David Galindo
Scrooge



Mi caldo casi está, pero el timbre y entonces las voces fuera. Parecéis como en un túnel, ingrávidos, dóciles, gigantes o microscópicos según os acercáis o alejáis de mi puerta. Y es como si tú te fueras a otra dimensión cuando enciendes la luz de la escalera y luego un masaje cardíaco te ha recuperado para esta orilla mientras yo, por mi humilde estatura, hago equilibrios inverosímiles evitando expiraciones ruidosas no sea que empecéis a aporrear la puerta gritando que sabéis que estoy aquí y sería muy desagradable ver los ávidos medios rostros de mis vecinos asomados y receptivos, con las manos manchadas de bondad y a medio vestir para la gran ocasión.
Y tú desentonas tanto con esos monstruos, tú, tan mujercita ya, vestida desde temprano para no molestar luego y tan buena, ofreciéndote a pasear por todo el edificio a los enanos cantores. Y sabes bien que estoy solo y no he puesto árbol, por eso vais en seguida hacia otra puerta aunque me hayas oído refunfuñar y te hayas acordado de que en tu casa me llaman Scrooge. Sabes bien que estoy solo y que os miro cantar y que veo tu gesto de "ya ve señora", paseando a los pequeñajos para que no den mucho la lata en casa y que he visto que mirabas de reojo mi puerta y sonreías, sabiendo.

Lo que no sabes es que voy a cenar caldo recalentado por tu culpa y que a ti van a decirte que has crecido y eres toda una mujer, que cada día te pareces más a la abuela, que vas a sonrojarte cuanto te pregunten si tienes novio. A ti van a dejarte probar el primer sorbo de champán y a besarte por última vez sin pensar que vaya con la niña.
Y sí, mejor que vayas a otro piso, me hace daño mirarte, mejor que me dejes con mi caldo y te vuelvas a casa.


Maullidos a un Marco Descolorido y Roto


Querida pasajera

Amputando ciertas partes de mi cerebro y de mi cuerpo. Imagino que no sería necesario recurrir al olvido. Y no es que no esté dispuesto a que me cercenen las yemas de los dedos o los lóbulos de mis humildes orejas o a que me arranquen la epidermis que cubre el esternón y las costillas (incluidas las flotantes, favoritas de tu boca), pero intuyo que son innecesarias tales mutilaciones porque no sirven ya de nada las pruebas que pudiera mandarte en cajitas multicolores, con lacito y amebas de papel. Así que tendré que recurrir al olvido aunque, como sabes, no me entusiasmen los procesos lentos y mucho menos los irreversibles.
Me llueves desde las celestes penumbras que no dejan ver los astros ni los satélites rencorosos que se regodean siguiendo su propia estela, amenazantes y programados. Y sabiendo qu emi debilidad son las mujeres mojadas y desprotegidas, han intentado humedecer los cabellos de las más bellas y necesitadas, pero aún no tengo ojos más que para tu recuerdo. A veces eres granizo qu edestrozas el mobiliario urbano y mis cosechas, y me dueles al chocar contra mi rostro siempre erguido y como buscando los ojos tristes de donde deben salir las piedrecitas. Aunque prefiero cuando lloviznas, porque entonces eres como eras.
Si eres viento, me soplas desda las ocho direcciones y creo que me atraviesas, porque a la señora que va detrás de mí le vuelas maliciosa y brutalmente el sombrero que tantas vejaciones le costó conseguir de su marido. Levantas las faldas de las colegialas y secretarias y montañas, y por mucho que intentes, todavía no tengo fuerzas para fijarme en otras piernas, pero te agradezco la intención. Cuando eres huracán y revuelves mi pelo escrupulosamente peinado desde el último parte meteorológico, me recreo en tus dedos etéreos arañando mi cuero cabelludo, asomando al balcón y viendo volar señoras y señores, niños y niñas, macetas y perros, sillas y coches, colillas y semanas. Pero sabes que te prefiero brisa, porque entonces eres como eras.
Si eres océano, me ruegas desde tus olas agonizantes como manos que suplican, desde tu horizonte liso y perfecto como barrote de manicomio. Claro, y caigo en la tentación de desnudarme y sumergirme en la agonía y entonces las arrugas de tu epidermis, que bebo religiosamente, y las de la mía se hacen una, pero los primeros síntomas de congelación son solamente míos y, bueno, salgo decepcionado de mi impotencia y de ciertas partes de mi cuerpo. Para entonces has intentado enternecer a selectas y sensuales damas, pero yo no tengo ojos más que para mi vergüenza y tu silueta bidimensional. Otras veces, obviamente, tu excitación salta a la vista, eres maremoto, y me recuerdas los perfumes y discos volando en nuestras peleas y las ropas y rencores aterrizando en nuestras noches. Pero te prefiero calma chicha, porque entonces eres como eras.
Si eres silueta veloz que escapa entre las riadas de gente en alguna calle comercial, me haces un vago gesto con las manos y yo te persigo frenético y ansioso por callejones y secciones de ropa interior femenina y portales viejos. Y resultas ser una pintora o maestra o ministra, muy interesantes todas, pero, ya sabes, todavía no puedo despegar mis pupilas de tu imagen. Y cuando eres figura sentada en el fonde de algún café ocre, o silueta de suicida en lo alto del campanario, o niña jugando a la comba en el patio, desapareces y yo me quedo con la palabra en los labios, la promesa de las vísceras, la mirada en el suelo. Y te prefiero cuerpo entre mis brazos, porque entonces eres como eras.
Y sólo me queda la fotografía lejana de marco descolorido y ojos premonitorios. Y yo te prefiero viva, porque entonces eres como eras.

Cabizbajamente tuyo:
Un Humilde Servidor.





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