José Torres
Al lado, Dionisos






Estaba sentado a la orilla del Hebrus para mirar la tarde y esperar, cerca del bosque, apartado de caminos y de miradas, mi alma quería sentirse sola... Estaba observando la ranura del sol desvanecerse tras las rocas y sintiendo, quizás, presencias en el límite de la mirada... Decenas de sombras perfumadas, calladas y quietas, almizcle y sudor... Rodeándome, furtivas, sin dar tiempo al entendimiento a captar los callados movimientos. Me importaba una higa, debo admitirlo, estaba ebrio de vino y desengaño de hembra.

Cuando el atardecer empezaba a cubrir de légamo la visión, un susurro de voces, a coro, comenzó a marcar los tonos blancoynegros de la vigilia... – “¡Euan!, ¡Euan!, ¡Eu!, ¡Oi!, ¡Oi!, ¡Oi!, ¡Oi!, ¡Oi!, ¡Oi!”... Los rumores se convirtieron en un evidente grito a medida que la luna fue manchando todo de noche... Los gritos y los ruidos derivaron en una extraña mezcla de canciones y rezos y susurros y palabras y sonidos guturales... al fondo, una vulgar canción de taberna:

        ("Así que toma mi copa
        y llénala hasta el borde
        con vino, vino, vino...")

Pero cerca de mí podía escuchar claramente aquella voz opalescente, -de diosa, pensé como sin quererlo- que al inarticulado susurro: “¿quiénes son?”, que casi sin sonido hacia mi pecho había escapado desde mi boca; respondía, helándome los huesos, daba la impresión que más que a la palabra estaba respondiendo al pensamiento.

“Somos las ménades,” –dijo– “celebramos con nuestro soberano. No buscamos revelación en el roce áspero de la carne y el pelo, ni en la alegría del líquido, ni en las espirales de humo; porque somos las amadas de Fuflans; no pedimos, tomamos, somos las bacantes... Ama con nosotras.“

        ("Para que el chico que antes parecía feo
        se vea guapo, guapo, guapo... ")

“Y nuestro nombre también es locura y nuestra verdad es intoxicación y desespero; cuando la sangre del dios infecta nuestras venas y nuestro humor alcanzamos la realidad del vino... ven y haznos el amor, ¿no ves que las puertas se abren?”.

En ese momento no sé si estaba petrificado de miedo, o víctima de encantamiento lunar... (¿puertas?, se preguntaba, independiente, mi cabeza...) Había oído hablar, por supuesto, de las queridas del dios de la floresta -¿quién no?- pero no podía pensar bien, me sentía como dirigido... Las puertas en verdad se abrían mientras aquella voz, oscura y sin rostro aún, hablaba.

“Las puertas son como la luz”, -seguía diciendo, ajena- “intangibles y dolorosas en exceso; hacen perder la decisión tal como la visión directa del sol hace perder la vista... las puertas son un acertijo sin respuesta o un fin sin medios, encontramos sin buscar. ¿Qué dios o fuerza premia o castiga sin motivo? ¿quién, sino la tierra y su hijo cornudo?... Ama con nosotras, en la redonda comunión dionisíaca cada cual recibe, quizá sin merecer”.

“Pero, ¿qué precio me pediréis?” –Me atreví a preguntar casi sin creer mi temeridad. “Conozco las historias: Orfeo, Agave y su hijo... todos los muertos y locos que quedan cuando pasáis son...” – pero ella me interrumpió sin dejarme terminar, ofensivamente, como despreciando mi gemido sin valor; había algo que me estaba volviendo loco de deseo en esa cálida voz altiva, de dioses... y, sumiso, callé.

“¿Orfeo? ¿Acaso viste tú la cabeza del cantor, que, separada del cuerpo, lloraba por su amada, perdida en las tierras sin esperanza?... te digo que quizá no gemía por su confundida humanidad, ni por su juventud amarga, pero aún fresca y esperanzante; Orfeo amaba la idea de su amor, más que a la propia Eurídice, por eso lloraba.” –la figura de la que emanaba aquella maravillosa voz se dejó iluminar por Selene, desnuda y lúbrica se alzaba ante mí; la canción a lo lejos, en segundo plano, traicionaba mi deseo:

        ("Un mortero necesita la maza...
        una funda, la espada.
        ¡Ya lo ves!...")

“¿O es posible que fueras tú testigo de cómo la madre tebana tomaba la vida de su hijo en el frenesí de la visión del dios?... “ –siguió diciendo, ignorando las voces, fijando sus ojos en mí– “Pudiera ser que, en su delirio, ella vislumbrara la cara del padre en el rostro del hijo, el futuro del hombre en la realidad del joven... por eso cualquiera merecería morir, por eso quizás tú merecieras morir.” –en ese momento sus blancas manos agarraban mi virilidad: “Oh, Diosa; en todo caso sería una agradable forma de morir”, pensé– “Los hombres pueden hacer la guerra por un trozo de tierra que en la vida pisarían si no hubiese otro que también la quisiese... ¿es más raro que nosotras nos abramos de piernas por que tenemos piernas?.” -me sonrió maliciosa- “Toda la filosofía y sabiduría de Aristóteles sólo ha servido para crear un tirano más cruel que el persa, pero Alejandro es un héroe y, ante nosotras, los sabios se esconden... no me hagas reír y tómame”

        (¡Así que toma mi copa
        y llénala hasta el borde,
        con vino, vino, vino...
        taaaán bueno!)

Y yacimos los dos, desde luego. Lo que pasara después (si algo pasó), para mí y hasta ahora, es un misterio, no recuerdo nada, quizá el Dios así lo haya querido, ¿y quién se atrevería a preguntar a los dioses sus motivos?... yo no, desde luego. Sólo guardo una imagen, iluminada con el resplandor de Eos, (la de dedos rosados, diosa del alba) aquella mañana:

Mi cuerpo en la hierba, desnudo. Al lado, Dionisos. Riendo.





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