VARIOS ESCRITOS SOBRE ARTE
Abbé Henri Stéphane
NOTA SOBRE EL ARTE SAGRADO
Conviene hacer las distinciones siguientes:
1. El Arte sagrado, que es una expresión o un modo de la Revelación, tiene como función la de «representar» -rendir presentes- las Realidades celestes, o los Arquetipos eternos de todas las cosas, y comunicar así al alma del contemplativo la virtud transformante, alquímica, santificante de la Luz Increada (1) . el Arte sacro no es por lo tanto y de ninguna manera la expresión de la sicología individual del artista y de sus fantasías más o menos patológicas (2).
Esto supone que los modelos son perfectamente conformes a sus Prototipos celestes y que el artista se conforma él mismo, a esos modelos. Una tal conformidad no es realizable más que en un ambiente tradicional, como el de la Edad Media, o en el ambiente carismático de la Iglesia Oriental. El artista es o bien un «monje iconográfo» o bien un «iniciado» al Arte Real (Regio), un «constructor (maçon) operativo», uno y otro ejecutando su arte según las Reglas canónicas y bajo la autoridad de los teólogos o del Maestro de Obra.
Las fuentes del Arte sacro son evidentemente la Santa Escritura y la Teología mística; ciertos modelos son de origen milagroso y transmitidos por la Tradición; sus «cánones» son erigidos por los Concilios. La inspiración es necesariamente celeste o suprahumana: el artista desaparece ante su obra y no la firma.
2. El Arte religioso, característico del Renacimiento, es un arte profano con motivos religiosos; es la expresión de la sicología del artista o del ambiente mundano de una época. No obedece ya a ninguna regla tradicional y su inspiración es puramente humana.
3. El Arte profano, propiamente dicho, característico del mundo moderno, no es más que la expresión del individualismo o del colectivismo contemporáneos. Cuando refleja los bajos fondos del siquismo inferior del hombre, su inspiración es más o menos demoníaca, o cuando menos infrahumana. Se esfuerza generalmente en «romper las formas» para hundirse en lo informe, expresando así el caos del mundo moderno.
DISTINCIONES INDISPENSABLES
Ars sine scientia nihil (3). En este proverbio, la palabra «ciencia» no tiene la menor relación con la que se utiliza comúnmente hoy en día para designar un saber puramente profano que no estudia más que las relaciones entre fenómenos y permite aplicaciones técnicas diversificadas, pero que no constituye de ninguna manera un conocimiento esencial del universo. Este compete a la vez de una ciencia y de un arte (de una théoria y de una praxis), que se designan con los nombres de Ciencia Sacra y de Arte Sacro, y que se distinguen de la ciencia y del arte profanos como la luz de las tinieblas.
La Ciencia y el Arte sacros son de origen suprahumano, pero la ciencia y el arte profanos son de origen infrahumano, ya que el hombre solo no existe, y una de las grandes ilusiones del humanismo moderno es el haber olvidado que el hombre se sitúa siempre entre el ángel y el demonio. Existen, naturalmente, grados en lo infrahumano como los hay en lo suprahumano, pero lo que importa subrayar es que la inspiración, de la que se habla por todas partes sin hacer ninguna distinción, puede ser «celeste» o «infernal», y esto, como hemos dicho, en diversos grados. Así, las formas más aberrantes del arte moderno, que no expresan más que el caos actual del alma y del medio, son de inspiración diabólica; el arte publicitario, que no hace más que explotar las pasiones humanas, lo es en su grado menor. En el otro ámbito, la inspiración de los iconógrafos bizantinos es celeste, la de los artistas todavía religiosos del Renacimiento ya lo es menos (4).
Es evidente que Ciencia y Arte sacros son inconcebibles fuera de una civilización tradicional o religiosa, en la que la inspiración (celeste) solo puede venir de lo alto; en una civilización profana o antitradicional, no puede venir más que de lo bajo. Inversamente, toda civilización tradicional comporta una Ciencia sacra (una doctrina) y un Arte sacro. La doctrina comprende esencialmente la metafísica, la cosmología y la antropología y, además, las ciencias tradicionales secundarias que no son más que aplicaciones; estas aplicaciones se refieren sin embargo tanto al Arte como a la Ciencia: la medicina, la arquitectura, por ejemplo, son a la vez ciencias y artes. Es importante recordar que, en una civilización tradicional, Ciencia y Arte, doctrina y aplicaciones, son de origen no humano y no son de ninguna manera invención de los hombres, como lo creen comúnmente los historiadores y los etnólogos contemporáneos. Pero por razones a la vez cósmicas y humanas, lo que, en el origen, es de inspiración celeste o suprahumana, puede, con el devenir de los tiempos, volverse infernal o infrahumano y es la razón por la cual hemos hablado de origen «no humano».
La degeneración y la caída de las civilizaciones tradicionales están ligadas estrechamente a la idea de caída en la enseñanza bíblica; esta se opone evidentemente a la idea de progreso, tan querida de nuestros contemporáneos, pero que no se aplica precisamente más que al mundo profano: progreso científico, progreso técnico, progreso social, etc. Se puede por lo tanto, si es el caso, continuar hablando de «progreso», a condición de utilizar esta noción en los límites del mundo profano y sin que este «progreso» haga el menor daño a la idea tradicional de «caída» que no se sitúa en el mismo plano. Así, por ejemplo, los progresos incontestables de la matemáticas no conllevan de ninguna manera un «progreso» en la metafísica tradicional que se sitúa en un ámbito totalmente diferente y que no es de ninguna manera susceptible de progreso.
En cuanto a la degeneración de las civilizaciones tradicionales, se puede decir -a la manera de los positivistas y de los cientifistas- que es un hecho histórico: a partir de un cierto umbral, la civilización conlleva su desaparición más o menos completa. Las civilizaciones tradicionales pueden conservarse en estado latente en el «folklore», es decir en la «memoria popular», pero verdaderamente han dejado de estar vivas; es el caso, por ejemplo, de las civilizaciones griega o egipcia. Antes de morir, dejan generalmente testigos: los templos griegos, las pirámides, y se podría también hablar, mutatis mutandis, de la civilización cristiana de la Edad Media, que en tanto que tal a desaparecido dejándonos, entre otras, como testigos las catedrales, sin que se pueda decir por lo tanto que el cristianismo haya sufrido la misma suerte que esa civilización. Esto sería contrario a los hechos y contradiría a la Escritura: «Yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo» (Mat. XXVIII, 20)
Hay sin embargo que distinguir entre «civilización tradicional» y «religión», esta última teniendo evidentemente un carácter tradicional, pero no estando sin embargo ligada a una civilización determinada (Occidente cristiano y Oriente cristiano). El cristianismo puede subsistir en el seno de la civilización profana moderna, porque «mi reino no es de este mundo» (Jn. XVIII, 36) y porque «yo no he venido a salvar a los justos sino a los pecadores» (Mat. IX, 13) pero no es menos cierto que las aberraciones del mundo moderno, de inspiración más o menos satánica y perfectamente características del «fin de los tiempos», no pueden más que perjudicar a la religión (5).
EL PORTICO REAL DE CHARTRES
La inteligencia de una obra de arte tradicional como el Pórtico Real de Chartres supone un cierto conocimiento de la cosmología tradicional de la Edad Media, totalmente ignorada por nuestro contemporáneos, y de la «teología mística»; esta a su vez exige un cierto conocimiento de la Santa Escritura, pero sobretodo una «sensibilidad espiritual» del alma evidentemente muy rara en un mundo totalmente ahogado por el materialismo y el cientifismo.
Todo se basa en el simbolismo de las formas: estas deben reflejar las Realidades celestes, lo cual supone que están conformadas a su Prototipo divino. Este excluye todo lo arbitrario y toda fantasía, de lo cual las aberraciones del arte moderno ilustran el carácter a la vez siniestro, caótico y demoníaco, y expresan perfectamente bien la ruptura y la revuelta contra todo orden tradicional. Se concibe difícilmente que un modernista o un progresista -a fortiori si es ateo- pueda comprender nada de una obra de arte tradicional. Por lo mismo, un profano, un «no-iniciado», si no tiene las «cualificaciones espirituales» requeridas, no será capaz de penetrar en los arcanos del Arte sacro: ningún estudio libresco, ningún comentario tan fiel como sea posible, no le entregará el secreto del simbolismo, si su mentalidad esta «descalificada» por las tendencias más o menos «mundanas» o, a fortiori, si su alma está pervertida por todas las teorías subversivas de la época actual.
Frente al Pórtico Real de Chartes, ¿cuál puede ser la reacción de un profano o de un ignorante? ¿Qué pueden significar para él el Zodíaco, el Tetramorfo, o las Artes Liberales? ¿Cómo podría comprender la composición del conjunto y el significado de los tres pórticos? En cuanto a los «teólogos oficiales», que han reducido la religión a la moral, a la sicología o a la sociología; habiendo destrozado la Santa Escritura por la «crítica histórica», ¿qué les queda para comprender el simbolismo? Su mentalidad está todavía más deformada por la «especialización» que la de un simple campesino para quién el sol es el sol y no un masa de gas incandescente: es decir que el cientifismo es el mayor obstáculo al conocimiento simbólico. La erudición de los «historiadores del arte» no es mucho mejor, la acumulación de conocimientos todos profanos y exteriores no pueden provocar la apertura de la inteligencia o del «ojo del corazón» necesaria para captar el lenguaje de los símbolos.
El simbolismo es propiamente el lenguaje de la Revelación: debería de ser comprendido directamente por el hombre en estado de gracia, y, a este respecto, todo comentario en lenguaje ordinario es ya una concesión a la ineptitud o a la descalificación intelectual del hombre ordinario. El «timo» moderno representa el grado más bajo de todo esto.
En el origen, Dios habla al hombre por intermediación del Cosmos y, a este respecto, la «naturaleza virgen» es el soporte directo de la Revelación. En el devenir de los tiempos, la «caída» conlleva a la vez un oscurecimiento de la inteligencia humana y un endurecimiento del Cosmos: la naturaleza ya no habla más y el hombre ya no escucha: él no percibe más que las cosas más que en sus aspectos prácticos y económicos. Entonces Dios «enseña» a los hombres las Artes y las Ciencias tradicionales, pero a su vez estas se corrompen en el «paganismo». Dios habla entonces al hombre por los Profetas y por la manifestación directa de su Verbo (Ep. a los Hebreos, I). Una restauración de las Artes y de las Ciencias tradicionales se opera entonces y dura hasta en final de la Edad Media, después es la decadencia y la perdida de las doctrinas tradicionales en los Tiempos modernos. Los testigos del pasado que han sobrevivido en el ámbito del Arte no son más, a los ojos de nuestros contemporáneos, que «monumentos históricos», incomprensibles para el hombre de la «era nuclear». En esas condiciones ¿cómo presentar a nuestros contemporáneos la cuestión del simbolismo?
NOTAS
1.- La luz que los Apóstoles han contemplado durante la Transfiguración.
2.- Es equivalente decir que una obra de Arte tiene necesariamente un «contenido inteligible» en el sentido platónico en el que el mundo sensible no es más que un símbolo del mundo inteligible; la obra de Arte sacro «reenvía» a su Prototipo celeste y sirve así de «soporte de meditación» o de contemplación; el sujeto humano que contempla la obra es puesto así en relación, gracias al «contenido inteligible» de esta, con el Prototipo celeste correspondiente (la Virgen, Cristo, en el caso de un Icono). Todo esto supone que la obra de Arte es objetivamente conforme a su Prototipo y que el alma del contemplativo está purificada por la ascesis e iluminada por el don de la Inteligencia que permite romper los límites del mental y escapar a la vez al racionalismo y al sentimentalismo.
3.- El Arte sin la ciencia no es nada.
4.- Es evidente que, para un individuo o una colectividad dada, hay generalmente una mezcla de «influencias celestes» y de «influencias infernales».
5.- La distinción entre civilización tradicional y religión presenta modalidades diversas: en el Hinduismo, por ejemplo, la religión se identifica con la civilización, lo cual excluye todo carácter «misionero». No ocurre igual con el Cristianismo (o el Islam) que ha podido determinar la civilización medieval sin modificar profundamente la civilización anterior. En cuanto al Budismo, se ha extendido fuera de la India, sin por otra parte, salir de Asia, al menos hasta una época reciente.
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