La Vuelta a la Contemplación
Elémire Zolla
Los criterios perennes siguen sólidos, están a nuestra disposición: basta con revivirlos para que vuelvan a irradiar sus gratos beneficios; basta con supeditarlos a su máximo valor, fin en sí mismo, a cuyo servicio debieran estar todas las cosas: la quietud contemplativa.
Hasta los umbrales del mundo moderno, todo, de los negocios a las artes, cobraba sentido en la medida en que propiciara ese estado de atención hacia lo permanente que hay en lo real.
Las páginas de la Ética Nicomáquea (1177 a-b) de Aristóteles, confirmadas por Cristo, que antepuso, como única cosa necesaria la contemplación de María a la obra de Marta, fueron el fundamento de todo el pensamiento de Occidente:
«Si la felicidad es una actividad de acuerdo con la virtud, es razonable (que sea una actividad) de acuerdo con la virtud más excelsa, y ésta será una actividad de la parte mejor del hombre (...) Y esta actividad es contemplativa (...) Y pensamos que el placer debe estar mezclado con la felicidad, y todo el mundo está de acuerdo en que la más agradable de nuestras actividades virtuosas es la actividad en concordancia con la sabiduría (...) El sabio, aun estando solo, puede teorizar, y cuanto más sabio, más; quizá sea mejor para él tener colegas, pero, con todo, es el que más se basta a sí mismo (...) Esta actividad es la única que parece ser amada por sí misma, pues nada se saca de ella excepto la contemplación, mientras que de las actividades prácticas obtenemos, más o menos, otras cosas, además de la acción misma.
Se cree, también, que la felicidad radica en el ocio, pues trabajamos para tener ocio y hacemos la guerra para tener paz. Ahora bien, la actividad de las virtudes prácticas se ejercita en la política o en las acciones militares, y las acciones relativas a estas materias se consideran penosas; las guerreras en absoluto (...) También es penosa la actividad del político y, aparte de la propia actividad, aspira a algo más, o sea, a poderes y honores, o en todo caso, a su propia felicidad o a la de los ciudadanos, que es distinta de la actividad política» (1): (aspira) a la posibilidad de contemplar, sin la que no se ejerce política, sino que se es ejercido por la política.
La contemplación «sería superior a la de un hombre, pues el hombre viviría de esta manera no en cuanto hombre, sino en cuanto que hay algo divino en él; y esta parte divina del alma es tan superior al compuesto humano que su actividad supera todas las otras virtudes (...). Si, pues, la mente es divina respecto del hombre, también la vida según ella será divina respecto de la vida humana. Pero no hemos de seguir los consejos de algunos que dicen que, siendo hombres, debemos pensar sólo humanamente y, siendo mortales, ocuparnos sólo de las cosas mortales, sino que debemos, en la medida de lo posible, inmortalizarnos y esforzarnos al máximo para vivir de acuerdo con lo más excelente que hay en nosotros; pues, aun cuando esta parte sea pequeña en volumen, sobrepasa a todas las otras en poder y dignidad».
Las palabras de Aristóteles permanecieron durante siglos como una sólida roca en el centro de todo pensamiento y, gracias a ellas, el hombre volvía a encontrar su centro de gravedad, la orientación natural, ya que, semejante a una carpa, se desarrolla cuando en el centro del estanque hay una piedra en torno a la cual dar vueltas, y se encuentra desvalida en un espacio de agua sin puntos de referencia; hasta a ciertos menores del Renacimiento se les repetía alegremente el pensamiento que, pese a su reiteración, nunca aburre:
Luz no es, si no llega de la serenidad
que no se turba nunca; es, en cambio, tiniebla
o sombra de la carne o su veneno. (2)
Quietud, contemplación, alegría, cielo, están ligados a un único nudo en el sistema de intuiciones sagradas que rige nuestras lenguas. Ram- en sanscrito es alegrarse, aram-, disfrutar y, por tanto, serenarse; la misma raíz tiene el griego eremos, desierto, de donde vienen eremita, ermita, ermitaño, yermo.
El gótico autja, «felicidad», corresponde a la quietud contemplativa de los latinos, el otium.
Quietud y tranquilidad están en correspondencia con el avéstico syata, «felicidad» (la q latina corresponde a la sibilante). El galés llonyd significa «quieto», y llon, «alegre». Y «contento», (en latín contentus significa, también, «limitado». ndt) ¿no equivale a «contenido»?
El objetivo de los ritos es infundir quietud; «eucaristía» se dice, en inglés, housl, y, en gótico, «sacrificio» es hunsl; su equivalente protoeslavo (la aspirada germánica corresponde a la sibilante) es sviat, «santo», ligado al sánscrito sânta, «tranquilo».
¿Quién es el guardián totémico de los pacíficos? Ovícula, «ovejilla», llamaban los romanos a quien tenía maneras compasivas, como Fabio Cunctator («el Contemporizador»), develador de las decisiones de Aníbal. Pero la oveja es hija del carnero, que en las mitologías desencadena el trueno con el choque de sus cuernos, es el cielo alto, lluvioso (ur), envolvente (vr-): Varuna, Urano; en sánscrito, el cordero lanudo se llama urana. Los cristianos se denominaron corderos y estirpe celestial; cabales e inmemoriales metáforas. En la mística hindú de os sonidos ram- es la sílaba seminal de fuego (agni), cuyo vehículo (o animal emblemático) es el carnero. Agni, el dios-fuego de la India, deriva de una raíz distinta de la del agnus latino, pero en las mentes estaba implantada una relación entre el fuego del ara y el cordero, que, en los sacrificios solemnes romanos (suovetaurilia: sus-ovis-taurus), represente, junto al cerdo terrestre y el toro atmosférico, el cielo más elevado, de puro fuego resplandeciente; junto al mundo productivo y el guerrero, la esfera sacerdotal y contemplativa (así, al menos, lo considera Benveniste).
El Agnus Dei cristiano tiene las mismas funciones purificadoras que Agni, es la semilla de lo sereno que nunca se turba. No se piense tampoco en una naturaleza débil: de la oveja han sido extraídas las cualidades celestes, y también podía servir como emblema, en Grecia, de las iniciaciones solares y guerreras.
El ignominioso vilipendio de la contemplación fue inaugurado, en el Renacimiento, en una página de Coluccio Salutati, hipócrita y pérfida premisa de futuras persecuciones:
«No creáis que huir de la gente, evitar la visión de las cosas bellas, encerrarse en un claustro o retirarse a una ermita, constituyen el camino de perfección».
La lista formada por Salutati es engañosa: cuando el ascetismo florecía, se edificaron catedrales y cartujas, y se forjaron objetos de culto perfectos. Y él añade:
«Está dentro de ti lo que, por obra tuya, adquiere título de perfección»
como si cupiesen dudas acerca de ello; pero ¿quién puede prescindir de la mediación de los gestos, de patentes decisiones que simbolizan y exteriorizan lo que es interior? Cierto es, asimismo, que, al volverse el hombre hacia los placeres interiores, se aislará cuanto pueda sin acarrear más preocupaciones que las inevitables, dejando de ser un hazmerreír.
Coluccio cita a los patriarcas cargados de rebaños y de hijos para contraponerlos a los eremitas cristianos y añade:
«Huyendo del mundo puedes caer desde lo alto del cielo, mientras que yo, permaneciendo en el mundo, podré elevar mi corazón al cielo. Si provees y sirves a la familia, a tu hijos, al prójimo, a tu Estado que todo lo abarca, pensando en ellos no podrás dejar de elevar tu corazón al cielo y agradar a Dios. Antes bien, quizás ocupándote en ello agrades más, pues no querrás hallar la serenidad en Dios, sino con Él, a quien son caras ya sea las cosas necesarias a la familia, ya las que son caras a los amigos, ya las beneficiosas para el Estado, te juntarás y obrarás de acuerdo con quien te ha otorgado el poder (...) ¿Y alguno se habrá perdido hasta tal punto en la contemplación, tan absorto en Dios, que no se conmueva ante las calamidades del prójimo, que no se duela ante la ruina de la patria? Quien fuese verdaderamente así, y así se mostrara en la vida social, no sería un hombre, sino un tronco, una madera inútil, una roca pétrea, un canto durísimo, y no podría ser imitador de Cristo, mediador entre Dios y los hombres y ápice de perfección (...) si estás firme en Cristo, no puedes pensar en la soledad».
Toda la hipocresía de los siglos venideros se resume en esta página del primer Tartufo filantrópico, incluido el recurso a la casuística lacrimógena, la pecaminosa apelación a los sentimientos virtuosos; el caso de quien no se duela ante las ruinas cívicas por estar absorto en Dios es, ciertamente, singular, pero ¿a santo de que reprensible? (Nadie ha modificado jamás un hecho doliéndose y conmoviéndose, desplazamientos un tanto inútiles, y tenidos por tales hasta la llegada de los supersticiosos tiempos modernos») «Tronco» o «roca» siempre fueron sinónimos de quien había alcanzado la perfección interior y rechazado el conformarse a su siglo.
Imaginándola a la manera de Coluccio Salutati, se altera la relación entre el individuo y la colectividad, que tiene sentido si sus términos son dos cualidades, no cuando a una cualidad individual se opone una cualidad social. El todo incluye la parte, pero la sociedad incluye al individuo sólo pactando que ambos aspiren al mismo fin.
Salutati sacude el eje sobre el que había girado el pensamiento humano hasta los umbrales del mundo moderno; la falsa moneda, acuñada por Salutati, ha echado a la buena.
Ya en el siglo XVIII, el odio hacia la contemplación domina descaradamente los ánimos; Muratori sostiene que «la poesía está sujeta a la política», Genovesi pretende que las letras sean sometidas «a las necesidades humanas». Desde entonces, el odio se convierte en un hábito institucional, con todos y cualquier pretexto político o humanitario.
Llega incluso a suceder –no se sabe (y poco importa saberlo) si por locura o por cálculo– que la proclama suprema de la contemplación, el sermón de la montaña o las bienaventuranzas, se haga pasar por un mitin, aunque los mansos de los que habla sean, precisamente, los contemplativos, los perfectos, quienes en el De sermone Domini in monte (I, 2,9 y I, 5,13) de San Agustín, fiunt Regnum Dei, se convierten en regiones del reino de Dios, exentos de turbación (in pace perfectio est ubi nihil repugnat), que pueden ofrecer su alma en sujeción a la mente por cuanto su mente obedece, a su vez, al intelecto activo (neque enim imperare inferioribus potest, nisi superiori se subjiciat). El príncipe de este mundo, Satanás, persigue a los vástagos de este Reino, por cuya razón los perseguidos y los pobres (por espíritu propio o bien por expreso deseo), que lloran en contacto con el mundo, son benditos del cielo (magna merces in coelis est, quae sentitur in corde patientium), es decir, en el culmen de su espíritu.
Crudelis Herodes, Deum
regem venire quid times?
Non eripit mortalia
Qui regna dat coelestia. (3)
Los sentimientos del hombre moderno se presentan fabricados, no han crecido como una flor en lo alto de un tallo, sino que se disparan como muelles de un engranaje al toque de un amo invisible.
Quien esté completamente inmerso en su propio tiempo ha perdido incluso el recuerdo de la diferencia entre espontaneidad y coacción sentimental al punto de ignorar cómo se distinguen las necesidades reales de las falsas, cuando no confunde esa diferencia con la que hay entre el mínimo que se necesita para la subsistencia material y el lujo. Ello no es de extrañar, si pensamos que la separación entre lo espontáneo y lo artificioso debe referirse a metáforas y enunciados que han sido reprimidos o abandonados. Así, para decidir acerca de lo genuino de una necesidad corporal, basta con preguntarse:«¿Qué bien se deriva de ella para la tranquilidad del alma?», y para discernir en el alma los sentimientos límpidos de los turbios:«¿Qué ventaja obtiene el espíritu contemplativo?»
¿Por qué resultan intolerables estas preguntas a una mente moderna?
En primer lugar, a causa de lo desacostumbrado de los términos «alma» y «espíritu», que, al usarlos, provocan dos reacciones igualmente insensatas. A algunos les parecen corteses apelaciones a buenos sentimientos genéricos, y entonces se toma el alma o el corazón por un semillero de zalamerías, por el reino de lo vago, de lo antiintelectual, de lo confuso e infantil, y el espíritu por una especie de aptitud para la elocuencia engallada. Por esa razón, quienes cultivan los ternurismos aprobarán los mencionados términos sin entender por ello su sentido exacto, mientras que los que rinden culto a la brutalidad los escarnecerán y, al hablar de sentimientos, o de instintos, o de movimientos del espíritu, usarán una jerga preñada de neologismos que, pensándolo bien, son metáforas bastante menos exactas que las antiguas: dirán «campo de pulsiones instintivas» o «estructuras del superyó», monstruos filológicos que se cree que conciernen a la realidad porque comparan la psique humana con un ingenio mecánico o electrónico, con una turbina o un sistema hidráulico, donde se producirían impulsos, contraimpulsos y equilibrios. Las antiguas metáforas –alma, espíritu, mente– son, verdaderamente, las únicas exactas; ánima indica la parte sensitiva de donde nacen odio y amor, fantasía y pasión; espíritu delimita la parte que recoge los nexos intelectuales y simbólicos entre las realidades; por último, la mente designa al hombre en cuanto capaz de reflexión metafísica, capaz de discurrir (4). Abandonada a si misma, el alma está expuesta a la turbación y a todas las sugestiones, pero se torna capaz de pureza y paz cuando se ve sometida al espíritu y éste se vale de la mente. Para el hombre moderno, estas relaciones jerárquicas entre las partes de sí mismo resultan incomprensibles porque su alma está reducida a un lugar donde se desencadenan procesos psíquicos completamente artificiosos, alienada a los poderes sociales que lo rodean; cree poder actuar sobre el alma, sobre el ánimo, gracias a medios mecánicos o excitantes o depresores, merced a encuentros autoritarios o seductores, pero no concibe que se ejerza sobre aquélla una autoridad intelectual; por el contrario, frente a las órdenes espirituales, es un puntilloso Calibán en presencia de Próspero. En cuanto al espíritu y a la mente, están en él, y para él, desprovistos de todo poder autónomo, reducidos a su aspecto meramente técnico, medios con que realizar las operaciones impuestas por la colectividad y, por otra parte, receptáculos de meras opiniones subjetivas. El hombre moderno ignora las intuiciones intelectuales, la espontaneidad sentimental, la naturaleza de las necesidades, es decir, no tiene espíritu, y su alma no es libre.
Cree que la espontaneidad es una especie de erupción de magma del subconsciente, una disipación, que la intuición intelectual es una actividad irracional, un arbitrio subjetivo. Por este motivo ignora la felicidad sólida, que procede de saber poner en su justa relación las distintas partes que forman el hombre. Ante todo, el alma y el ánimo deben subordinarse al espíritu y, por ello, los sentimientos ya no son reprimidos, sino que se orientan en la dirección correcta: el odio y el desprecio hacia la vida mundana y el pecado; el amor y el respeto hacia aquello que los trasciende. Hoy día, cuando no nos abandonamos a la pura reacción mecánica, se toma la bondad por una completa extinción del odio y del desprecio, propósito imposible, y que, en el caso de intentarse, conduce al sentimentalismo, a la frígida y lacrimógena filantropía.
La contemplación es, en primer lugar, el movimiento por el que nos libramos de la preocupación por lo contingente, de las pasiones e intereses, sean individuales o colectivos. En la contemplación dejamos de decir «yo» o «nosotros» y, por ende, se observa en todo lo que nos rodea la distinción fundamental entre los aspectos pasajeros y los inmutables, y nos apercibimos de que, en la medida en que el ser se afianza, se aplacan las pasiones, se disfruta de una perfecta indiferencia.
Se identifican, entonces, lo eterno y la quietud, se afirma que aquél se refleja en el hombre a través de ésta. Se aprende, así, a subordinar jerárquicamente lo transitorio a lo eterno, instituyéndose como valor supremo, internamente, la propia quietud, indiferencia, soberanía, elevándose sobre las pasiones desordenadas, por filantrópicas que sean o se pretendan. Manzoni escribió:
«Pero se objetará: si se quisiera vivir conforme a esos principios, ¿qué podría hacerse en todo caso? ¡Ah! Estos principios no se siguen, pero, entretanto, ¿qué se hace? Pero ¿consiguen los hombres, entretanto, el fin que se proponen? (...) Tampoco se diga: "Imaginar una multitud de hombres que siga fielmente esta regla es un sueño". Quizá sea así, pero confiésese que este reproche no se compadece con el otro, porque la doctrina o es eficaz, y obrará efectos conformes a su espíritu, o no lo es, y entonces, ¿cómo se le acusa de hacer a los hombres siervos?»
Tal estado de contemplación es común no sólo a los hombres de excelsas disposiciones místicas o, bajando de nivel, artísticas; por el contrario, la contemplación es conocida a cualquiera que encierre dentro de si un núcleo de quietud y de espontaneidad espiritual. En cierto sentido, constituye un privilegio. Pero ¿qué tiene que ver con las circunstancias más o menos favorables en que la sociedad coloque a un hombre, si es tan vasto el número de contemplativos que han vivido en la pobreza por propia decisión? La contemplación no tiene –casi da vergüenza escribirlo– relación con las informaciones culturales: el número de contemplativos ignorantes es grande. Tampoco significa que se esté inactivo: Mahoma supo fundar la máxima potencia del mundo medieval no a pesar de, sino porque subió al tercer cielo; Santa Teresa de Jesús fue una mujer de negocios de las más sagaces de España, y así sucesivamente, los ejemplos desmienten el embuste que declararía inepto o débil al artista o al santo, y en general al hombre no ligado a la servidumbre cotidiana, de la que sabe zafarse y abstraerse. A la inversa, es cierto que el hábito contemplativo es la única cárcel de la espontaneidad y de la habilidad para la acción; San Francisco de Sales escribía en sus Entretiens que raramente un alma triste llega a actuar con prontitud o diligencia.
La mentalidad moderna gusta confundir a menudo la contemplación con un estado de simple moralidad o de fervor filantrópico, órdenes de la realidad completamente distintos; aunque sea cierto que el contemplativo se revela a través de una vida subordinada a las normas del derecho natural, también se muestra inconfundible con el hombre corriente, éste atemorizado por la moral social o atareado en obras de filantropía. El criterio de acción del contemplativo es distinto al del hombre moralizante o «altruista», como suele denominarse bárbaramente, con un término no por casualidad muy moderno, a quien pecaminosamente se ensaña consigo mismo (de hecho, en las relaciones con el prójimo, no es posible más que martirizarse cuando la acción no es consecuencia –sombra– de la contemplación). San Agustín observaba en su Homilía sobre el capítulo decimoquinto de San Juan (LXXVII, 1): ¿quién (espontáneamente) se abstiene de lo que lo desfigura, si no ama lo que lo hace honesto? ¿Quién es longánimo en las buenas obras, si no arde de amor? ¿Quién es provechosamente manso, si no está moderado por el amor? Por último, y sobre todo, ¿quién goza verdaderamente, si no ama el bien que le concede el gozar? Y, ¿qué es el bien, sino el objeto de la contemplación del espíritu? Así, de eslabón en eslabón de la cadena racional, se llega al principio de toda acción digna de amor, la precedente y subsiguiente contemplación: Quis autem bene gaudet qui bonum non diligit unde gaudet?... «Fructus» inquit «spiritus caritas est».
Desde el momento en que se niega la contemplación como valor máximo, como lo único necesario, queda como principio de orden de la existencia el moralismo, que, separado de la contemplación, no es más que la cristalización de la violencia social. Las distintas normas no tienen sentido y razón en sí mismas, y prueba de ello es que varían en el tiempo y en el espacio, que la poligamia es lícita o reprensible según la latitud o que los sacrificios son honorables o repugnantes según la época.
Una vez cumplida la orden contenida en un precepto moral, ¿qué ganancia derivará de ello? Si se trata de un beneficio económico o una consideración social, resulta patente que el precepto es exterior y humillante; si el provecho es, por el contrario, una satisfacción interior, un complacerse en el acto ejecutado u omitido, se seguirá de ello una corrupción psicológica, un desdoblamiento hipócrita, una idolatría hacia la propia imagen. La satisfacción de haber cumplido con el propio deber es un movimiento muy repugnante; todas las imprecaciones de Cristo van dirigidas no tanto a los pecadores cuanto a los complacientes. Schuon observó: «En nuestras buenas obras y en nuestras virtudes hay un veneno que sólo es eliminado por la convicción de que Dios no las necesita en absoluto, y que deben ser gratuitas como las flores del campo». Las normas morales tienen sentido en la medida en que se justifiquen ante un tribunal superior, en que reconozcan la quietud, de modo que se resuelvan, correctamente entendidas, en consejos, en verificaciones de equilibrios psíquicos: «Si evitas esta acción, no serás perturbado» es la forma justa de la norma moral; la apódisis varía según épocas, lugares y vocaciones, el contenido es siempre relativo, mientras que el criterio de la contemplación se mantiene como eje inmutable que no puede vacilar: absoluto.
Un fruto macado del árbol, corrompido y hediondo, es el sentimiento socialmente más recomendado en la actualidad, y se le conoce por el nombre impropio de piedad (o caridad); entendámonos, nada que ver con las antiguas virtudes cristianas sinónimas, pues carece de toda intención divina, está velado de melancólica docilidad y de anhelante sociabilidad. La piedad de los antiguos –la de Eneas, el piadoso por antonomasia– era, además, confiarse a los signos del destino por el que se abandonaban con presteza los disipadores ternurismos, las vinculaciones más profundamente humanas; llaman los dioses, los oráculos han suscitado una respuesta en el espíritu, una coincidencia ha desvelado cómo ha sido acogida una plegaria, y he aquí que, de pronto, todo afecto apacible es expulsado del alma. La piedad de los modernos, es contrariamente, la excusa para todo vicio. En una novela de Graham Greene, El revés de la trama, el protagonista, Scobie, es el prototipo de hombre «humanísimo», que fornica, se aflige y no cesa de corromperse sólo por piedad. Este debilitamiento puede asociarse a cualquier horror; al describir al Robespierre retratado por David, Michelet ya observa esa posibilidad de monstruosas amalgamas: L'impression toutefois, que'on ne s'y trompe pas, n'est point de haine; ce que'on éprouve, c'est une pitié douloureuse, mêlée de terreur.
He aquí, invertida, la perfecta formulación de la regla del contemplativo, que excluye toda adulteración de la caridad, toda conmiseración humanitaria, la propuesta de una (entre las escasas) santa de nuestro tiempo, la madre Francesca Cabrini: «Todas las criaturas animadas e inanimadas deben servirme para mejor servir a Dios. Las usaré, pues, o las abandonaré, según vea que puedan servirme o impedir el servicio de Dios, mi santificación».
La contemplación es el valor supremo; por ello, quien la conoce, posee finalmente el criterio para valorar cuanto se presente ante él: saber si sirve o impide la contemplación misma. Cada persona que traiga ante nosotros el azar, cada empleo, cada empeño, valen en la medida en que toleren la comparación. Quien haya comprendido este simple núcleo de la existencia feliz, no preguntará más, como si fuese un rey del universo: «¿Qué debemos hacer?», porque hasta su vocación tendrá un perfil neto a la luz contemplativa, le hablará en el silencio de la meditación.
Y es precisamente por haber perdido esa fuente de distinción entre el mal y el bien, superior a cualquier norma moral o civil o política, e irreconciliable con una administración puramente económica de los propios intereses, por lo que el hombre moderno anta extraviado y es influenciable, servil y persecutorio al mismo tiempo. Pide una guía a la sociedad, pero únicamente recibirá de ella órdenes interesadas y engaños. Se dirigirá a instituciones, a sectas, a comunidades secularizadas y vulgarizadas, a partidos, y únicamente recibirá de ellos invitaciones al servilismo y al activismo. Si consulta, después, consigo mismo, únicamente descubrirá un serpentear de instintos confusos y de fantasías. De hecho, el antiguo precepto: «Haz lo que te diga el corazón» era entendido como: «Aplaca toda pasión y, en la indiferencia, el corazón, es decir, el intelecto puro, hablará». Con el Romanticismo, el corazón se convirtió en el lugar de las fantasías, de los melindres, de las apasionadas vilezas. Por otra parte, hacerse de nuevo con este bien supremo y simple es empresa terriblemente ardua, pues la sociedad moderna trata de impedir con todas sus fuerzas que se vuelva a dar con la piedra preciosa, la perla, la flor, la llave, la estrella, la barca, como ha sido designado progresivamente este superior criterio. Hubo un tiempo en que con frecuencia le era otorgado al hombre hallar con facilidad ese hilo, esa vía de salida del laberinto. Sólo en nuestra época ha sido sepultado bajo el vilipendio, calumniado como evasión de los deberes, cuando es la liberación de las servidumbres interiores, como sueño incapaz de luchar, cuando es destrucción de todo desvarío soñante, germen de las supremas construcciones.
(...)
EL GRAN CRITERIO DE LA QUIETUD
Y Satanás se nos presenta ahora en su capacidad de reducirse a lo infinitamente pequeño –evanescente voz en los márgenes de nosotros mismos o en el centro de nosotros mismos– o de dilatarse en lo infinitamente grande, espíritu dominador del ecúmene. Pero es una aproximación infinita a nuestro centro, destinada a no coincidir nunca con el mismo, y es una aproximación al infinito, a los límites mismos del mundo, de este siglo, al que nunca logrará cubrir enteramente, sin embargo, con su sombra: siempre tenemos la legítima esperanza de encontrar un mínimo rincón indemne.
Pero es necesario aprender a fondo el arte cuyo texto fundamental está en las páginas del Evangelio sobre la tentación en el desierto.
En una palabra, la señal por la que se reconoce que se está fuera de la dominación satánica es sencilla: la quietud.
La presencia del bien va acompañada por la suavidad. La presencia de Satanás, por la turbación.
Como advierte, no obstante, Bona, uno de los principales tratadistas de la discriminación de los espíritus, Satanás, que instila en los buenos escrúpulos y penas, y en los malvados deseos sensibles, mientras que en los primeros genera estruendo y congoja, adopta entre el resto dulces y agradables maneras (5). Por esta razón, durante los primeros acercamientos, Satanás ofrece al malvado su quietud. Será sólo a continuación, con la víctima bien atada, cuando suscite en él perturbación y tinieblas. Es lo que hizo con Judas. Al principio, Judas debió de sentirse enteramente self-righteous, satisfecho: estaba del lado de los pobres. De seguro sentía gran complacencia por sus preocupaciones humanitarias, las exibía con la quietud propia del demonio, un regocijarse, un regodearse ante sí mismo.
En este arte de la discriminación se puede adoptar una precaución: de Satanás procede esa falsa suavidad que acompaña a las pretensiones, a las proclamas de laboriosa filantropía.
Riccardo de San Vittore advertía: «Los demonios piden el celo a la salvación del prójimo. Inflaman e incitan a convertir y edificar a gentes lejanas para arrebatar la paz del corazón y distraer de pensar en lo debido para la propia utilidad y salvación. Cuando se sufren presiones para emprender cosas buenas en sí mismas, hay que examinar si no se mezclan indiscreciones y engaños del enemigo, si la empresa va unida al temor y a preocupaciones razonables, si no comparecen la ostentación y el gusto por los elogios en lo que se trata de llevar a cabo, si no mueven la vanidad o la ligereza».
En el comentario al Cantar amoroso, San Bernardo exhortaba: «¡Oh hermano que aún no estás fortalecido en tu salud, que aún no tienes caridad, o la tienes tan frágil y oscilante que se deja llevar por cualquier viento como un junco, y cree en todo espíritu, y que, yendo más allá del precepto, amas al prójimo más que a ti mismo, y tienes tan poca caridad como se ve por cómo actúas en lo que te concierne, ¿por qué locura te aprestas o te dejas convencer para cuidarte de lo que concierne a otros?»
Y Rosmini suministraba una regla de oro, «la indiferencia ante todas las buenas obras», explicando que «la obra puede ser santa en sí misma; pero no es la obra santa en sí misma lo que quiere Dios, sino la que es santa para nosotros. Pues Dios quiere de nosotros nuestra santidad, y no quiere otra cosa que nuestra santidad. Y, de hecho, ¿a qué aprovecharía que convirtiéramos a todo el mundo si después perdiésemos el alma? (...) Lo que Dios quiere de nosotros es nuestra santidad, y no aquellas cosas santas en sí mismas que no incrementan nuestra santidad, sea porque las asumamos temerariamente, sea porque no las hagamos de la forma debida o porque nos distraigan excesivamente de la devoción interior (...) De esta clase es el ejercicio de la caridad con el prójimo: la perfección está en aceptar las ocasiones de hacer el bien más que en buscarlas; buscándolas, a menudo miramos por nosotros, distinguimos entre bien y bien, excluimos el uno para atender al otro, mientras no sabemos lo que nos conviene, ni sabemos lo que conviene al bien general. Pero Dios lo sabe, y lo ha calculado ab aeterno, y también la ocasión».
Así pues, debe considerarse que el tejido de ocasiones sea providencial, que una mano nos esté guiando y, en este sentido de abandono y atención a la vez, como de quien está escuchando un relato y ve la psique propia como uno de los actores, está la señal de la inspiración benigna. La confianza en sí mismo es, por el contrario, de inspiración satánica.
Sin embargo, el terror es, asimismo, un signo de la presencia divina; sin embargo, en un segundo momento sobreviene la alegría, mientras que el terror de Satanás nunca se desvanece.
Por otra parte, tras haber insuflado dulzuras en el corazón de los principiantes, la visitación divina empieza a marchitarlos y atormentarlos: comienza el terrible proceso de purificación. Como la ganga en el crisol, siente veces habrá de purificarse antes de transformarse en oro. En este sentido, Dios trae desasosiego y tiniebla. Él es similar a un rayo, se presenta ante los vigilantes y después los pone a prueba son su ausencia; en palabras de Gregorio Magno, la contemplación desvela, mas la debilidad presto vela.
Pero también Satanás puede dar revelaciones brillantes. ¿Cómo diferenciarlas? La confusión, el ridículo o la monstruosidad son señales ciertas, como los discursos y los razonamientos tendentes a demostrar la veracidad, la gran voluntad de divulgarla. Además, como decía Scaramelli, el espíritu diabólico enseña cosas inútiles, frívolas y sin provecho alguno. Cuando el demonio no encuentra el modo de insinuarse con la falsedad, usa el otro arte, el de atar a pensamientos inútiles.
Es el principio de los juegos a los que no se agrega un significado ritual simbólico y, por ende, cognoscitivo, tradicional. «El juego de azar es la prostitución de la providencia»; aquella sensación de maravilla por el devenir de la suerte, aquella espera de algo que no es humano y que se intenta calcular en vano, de lo fugaz y dominador que es la fascinación del juego, es la versión satánica de la espera, idéntica a la que, por inspiración divina, alimenta la vida del santo, quien considera que cada circunstancia añade una palabra al poema que Dios compone con su vida y observará las correspondencias significativas como el lector de poemas los estribillos y las rimas, a la manera en que el jugador se maravillará ante las constantes del juego. ¿Y qué alma sensible no advierte en el casino de juego la presencia gélida y agitada de Satanás entre aquellas luces, aquellos rostros y aquellas manos tan poco naturales? Un ritual que no extasía por más que hechice.
Pero Satanás es, también, el principio de las distracciones, especialmente de las que se han convertido hoy día en u producto industrial: una invitación satánica es emitida por la radio, se vislumbra en las pantallas, se amontona en las columnas de los periódicos. En general, la cultura moderna está bajo este satánico signo, sea cual fuere el objeto, desde el momento en que, según observaba C. S. Lewis, ya no se piensa en una doctrina como verdadera o falsa, sino como académica o práctica, caduca o actual, convencional o despreocupada. La cultura es, actualmente, una gran máquina montada para la ostentación o el beneficio, para la puesta al día o el fraude de las ganancias de la industria cultural, pero, sobre todo, para el pasatiempo o el juego de azar con ellas. El punto de vista histórico es la satánica astucia que vacía los pensamientos de todo significado para la vida, del mismo modo que «cuando se presenta a un entendido la afirmación de un autor, aquél ya no se cuestiona si es verdad. Se pregunta quién influyó en el autor, si la afirmación es coherente con lo que el mismo autor dijo en otros libros, y qué fase de su desarrollo o del de la historia del pensamiento en general está ilustrando, y cómo influirá en los autores posteriores, y cómo ha sido malinterpretado por otros». El entendido se ocupa de la crítica reciente y redacta el estado de la cuestión. Que, en virtud de la mencionada afirmación, él pueda modificar su conducta, se considera una ingenuidad, del mismo modo que «los mejores estudiosos del pasado están tan poco alimentados por el pasado como el paleto que dice "la historia no es más que un aburrimiento"».
A esta fase de esterilidad de una cultura que ya no propone como meta cultivar el discernimiento entre verdadero y falso, entre acción recta, orientada a la quietud, y envilecimiento, no podría más que suceder el odio por la cultura misma, su encarnizada persecución, a la que hoy se asiste. Satanás, que no permite que dure esa extraña, falsa y satisfecha quietud tan suya, no ha dejado subsistir por mucho tiempo una cultura ensoberbecida en sus inútiles inventarios, desdeñosa con la tradición, dotada de tan vanagloriosa quietud, sino que la ha transformado incapaz de defenderse por carecer de cualquier finalidad trascendente, en un carnaval de simplezas y chanzas exquisitamente satánicas.
Los tratadistas del discernimiento añadían los célebres signos enumerados por San Buenaventura para comprender el espíritu que anima las amistades. Es de Dios la que se nutra de discursos edificantes y de Satanás la que se complazca en inútiles chácharas. De Dios, la que obedezca a la modestia de los ojos, de Satanás, la que mire sin comedimiento, jugando con la fascinación de la mirada contra la que ya el Hàvamàl ponía en guardia. No se demora el amor divino en el pensamiento del amigo lejano, salvo para fiarlo al designio de la Providencia al que pertenece la amistad sobrenatural. La amistad satánicamente inspirada experimenta, por el contrario, los celos y enciende disputas que encadenan más que antes.
(...)
A VUELTAS CON EL GRAN CRITERIO DE LA QUIETUD
Satanás juega sobre la traducción a realidades materiales de las realidades espirituales, y nada hay que no pueda adulterar. Él puede incitar a la dedicación al prójimo, a la austeridad, y hasta a las visiones y a la obediencia a una autoridad respetable, mas hay algo que no sugerirá jamás: la quietud. Nunca podrá, ciertamente, pronunciar, pues no podría servirse de ella, la exhortación de Tersteegen:
Cierra el ojo, húndete en ti mismo
abandonado, quieto, desnudo en el instante.
Y, como un chiquillo, allí donde te encuentres, he ahí
El Reino interior, Dios y su quietud.
La única simulación de la quietud que Satanás puede procurar es un determinado cuanto atónito helor, como el que obtuvo una pequeña y humildísima devota suya (existen santos solitarios a quienes nadie conoce, así como pequeñas almas satánicas ignoradas), la Mouchette de Bernanos en Bajo el sol de Satán, la cual excitó en sí deliberadamente las potencias de la disolución, invocando la locura como invocan otros la muerte, pero la locura le negó su refugio, invocó, sin palabras o conceptos claros, pero invocó a Satanás, y entonces la alcanzó una gélida paz y se mató.
Otro tipo de paz satánica es la de la pereza, que, privada de dulzura, se trata más bien de una desgana. O la que experimenta, extrañamente, un hombre dedicado convulsivamente al mal, abocado de intriga en intriga a un lúcido frenesí, sin descanso, que tiene a veces la impresión de estar en el corazón de un tifón, como un pájaro planeando: es un momento de soberbia absorta en si misma.
Es sabido que el quietismo puede ser la puerta de disolución y muerte, pero sólo en la medida en que la quietud no sea el auténtico fin, sino un pretexto para fines distintos. Un vicio (a menudo de lujuria) puede imponerse con la excusa de traer quietud, pero es precisamente un trastorno, utilizar palabras devotas para magnificar ciertos actos.
La separación que la Iglesia trató de instituir en el siglo XVII llevó a una complicación jurídica desmedida; vale la pena observar esta tierra disputada, de frontera entre mística de quietud y degeneración, en el caso más exquisito, el de las proposiciones (cincuenta y cuatro) de que hubo de retractarse el cardenal Pier Matteo Petrucci en 1687. Algunas son admirables, palabras de pacificación y sabiduría como: «La nada es lo ejemplar de la vida mística. Como estaba ella antes de que Dios crease el mundo. ¿Pensaba en sí misma y se cuidaba de sí? ¿Daba, quizá, prisa al creador para la gran obra de la creación? ¿Pedía, quizá, elegir, cuando fuese creada, ésta o aquella condición? Ciertamente que no». Nada que censurar, admitió la comisión, pero hiperbólico. Y, sin embargo, ¿no es aquélla la condición precósmica del ayuno de cuarenta días? O bien: «La perfecta resignación de esta alma y muerte amorosa ha de ser como una llama devoradora que consuma todos los anhelos y todas las meditaciones y actividades, reduciéndola a esto sólo, por cuanto ella sabe que Dios es». Fue condenada por «temeraria y destructora de la disciplina». Y esta otra por malsonante y peligrosa: «Un alma que no aprenheda criatura alguna ni a sí misma, no vive distintamente memorable en sí, mas Dios vive en Dios, y Dios es vida, y Dios es», y esta otra aún: «No os hagáis reflexiones a vosotros mismos. La nada no se ve. Quien se ve es algo. Quien se ve a sí mismo, no ve su espíritu, porque el espíritu no es visible». Verdaderamente estas censuras oficiales eclesiásticas de clara defensa contra todo espíritu maligno e incitaciones a la vida mística muestran cómo únicamente el sentido mismo de la quietud divina puede llevar de la mano por este camino: nada puede sustituirlo.
¿Cómo se logra la quietud?
Una respuesta muy simple sería: tornándose testigos de uno mismo, observando la propia psique, dando un paso atrás. La mente está activa sin tregua, igual que un huso desarrolla una tela de pensamientos, imágenes, sensaciones, la tela se desliza ante la atención para caer luego en la nada. Se desperdicia así, constantemente, la sustancia de la mente, que a causa de esta hemorragia se ve languideciente y como amodorrada. Si por el contrario, se detiene el flujo, la fuerza vuelve poco a poco a irradiar, se adquieren poderes insospechados. ¿Por qué se permite el flujo? ¿Por qué se acepta una vida moribunda cuando podría esperarse una vida viviente? Cada vez que se trunca un deseo, una curiosidad que no tenga como mira la quietud, o se aplasta una obsesión incipiente, entonces se ha alimentado el poder de la mente. La sensación de frescura (¿«psique», de «fresco», psychrós?), de vigor, es inmediata.
A medida que la mente crece y se contiene, se aprehenden momentos de vida distinta de la existencia del cuerpo. Lo que puede suceder en éstos lo recogen todos los textos de vida espiritual de todos los pueblos y es inimaginable para el profano. Quien lo haya conocido, incluso en breves trechos, se ha tornado bastante similar, por ser su opuesto, al culpable de una infamia. No podrá ni deberá narrar lo que ha visto: como a otros avergüenza, a él se lo prohibe el pudor. Sólo por una imposición excepcional se resuelve a romper el secreto, a riesgo de escarnio y envilecimiento.
Entre los frutos habrá una compasión por los profanos que viven los arquetipos de forma material e impura. Se ha oído el diapasón, los placeres comunes parecen desentonados. Es como escuchar ciertas campanas tibetanas fundidas y forjadas de forma que, percutidas, dan una límpida serie de armonías que precipita en el éxtasis; toda música que venga después vale en la medida en que se acerque a esa escala. Se ha oído, en sentido técnico, la música de las esferas (que era, precisamente, una sucesión de intervalos ente las armonías superponibles a las relaciones de los planetas). Hoy sería imposible, salvo el olvido de esta gracia, trocar un mísero deber social por el bien. Antes al contrario, hoy se sabe que el único criterio posible del bien social sería éste: que favorezca a quien desee vivir orientado a este centro. Se difunde paz, incluso material, en un cuerpo social iluminado y orientado de esta suerte, y florecerán artes magníficas y austeras. Cuando se habla de esto, se suscita el furor, los profanos reprochan los males que, a pesar de todo, existen en tales logros (¿quién osaría pretender extinguir el mal?), llaman al engaño (como si fuese posible divulgar siquiera un poco de ese bien, de ese éxtasis, sin alguna deformación). Es cierto que, cuando el ignorante ve que se propicia ese bien con jaculatorias, cánticos, inclinaciones, posturas variadas, imagina que se está buscando lo que él tiene en el corazón: la prosperidad de uno o de la mayoría o del mundo entero, salud y fortuna. Está claro que dejar creer que las cosas son así es erróneo; y, sin embargo, alguna relación existe también con aquellos beneficios, de los que es temerario hablar, no obstante, excepto por alusiones («tendréis ya el décuplo en la tierra»). Rezar para obtener, investir fe en aquello que podría dar beneficios puede ser un empuje para la concentración y la alabanza del ser. ¡Oh, ironía, oh, juego, oh engaño!
Gracias a semejante engaño (¿y qué palabra no es una metáfora, un engaño respecto a la cosa?), quizás alguien se aproxime al centro, aquel centro que, una vez fijado (contemplado, hecho centro de un templo), incardina y ordena todas las cosas. Todo acontecimiento existe en la medida en que está próximo a ese centro. En la historia hay sociedades que se acercan a esta claridad, donde la potencia que el hombre venera más es la de la psique dominada por el espíritu, donde el amor popular va al eremita, ante todo al recluido, después al penitente e inmolador y al intérprete de la tradición sagrada. Se otorgará obediencia a quien el santo, carente de bienes, de intereses, dedicado al sufrimiento, haya designado e inspirado. En la vida cotidiana se realizarán las labores asimilándolas a un cilicio o a una liturgia, según simbologías que el santo enseñará. El mal inevitable (que quizás está allí providencialmente a fin de hurtarnos a él, o pare que aprendamos que posibilidades del mismo hay en nosotros y que, si se mantienen alejadas, no es por mérito nuestro) se confinará en determinada parte de la sociedad y del año.
Esta posibilidad social puede parecer cercana a la realización del modelo que suministran algunas tribus de América. Pero no tiene ninguna importancia garantizar su existencia en vivo, pues lo importante es su posibilidad por sí misma; ésta es el único patrón racional que poseemos para juzgar acerca de todo lo visible midiendo su grado de ser. Ningún otro patrón sirve a ello; son de Satanás la utopía libertina de la socialización completa de la sociedad y la utopía del equilibrio de fuerzas e intereses, que es, sencillamente, la situación de hecho. Pero es un patrón ideal, y una vez realizado no tiene posibilidades de durar más que cualquier otra referencia. Fatalmente, entre el inspirado y los intérpretes de la tradición habrá malentendidos, por lo que habrá disputas entre el rey y los sacerdotes, y la grieta de la conexión serpenteará cada vez más hacia abajo, pues la autoridad real por sí sola no tendrá manera de gobernar contra sus intermediarios, ni éstos contra la base de la pirámide. Y no está garantizado cuándo entrará el santo en liza: ¿trajo, quizás, San Bernardo algún beneficio imponiendo la cruzada? ¿Y no arruinó Bérulle su causa haciendo subir a Richelieu al poder?
Pero, si éste es el destino no exorcizable, ¡que claridad procede de aquel modelo! Todo sufrimiento se explica como distancia respecto a él, cualquier trabajo cansa porque no es litúrgico, la familia se divide porque no es una communio in sacris, las relaciones son odiosas porque no tienen forma ni objetivo espiritual.
Tantos son los dones, pues, que reparte pródigamente el hombre espiritual...
El signo, no del hombre corriente, débil e inepto, sino del secuaz de Satanás, del siervo devoto del infierno, es que esta vida y conocimientos espirituales lo mueven a la abominación y al desprecio. Uno de los criterios demonológicos era que una furia natural se vence con sus contrarios, la mansedumbre, la resignación y la bondad, por cuanto una furia satánica se exaspera mucho más ante esa acogida. De igual modo, estas verdades y posibilidades y puntos de comparación espirituales tienen la virtud de desvelar, exasperándolo, al ser satánico.
«Hay quienes aman y desean este mundo, y quienes eligen librarse de él, y, ¿quién no ve que aquéllos serán enemigos de éstos? Si pudiesen, los arrastrarían con sus tribulaciones. Y se necesita gran habilidad para encontrarse cada día entre las palabras de aquéllos y no desviarse del camino de los preceptos de Dios. De hecho, la mente que se esfuerza por ir hacia Dios, a menudo tiembla, consumida, por el sendero; y a menudo no lleva a cabo el buen propósito para no ofender a aquellos con quienes vive, quienes persiguen otros bienes perecederos y transitorios. Todo hombre sano está separado de éstos, no en cuanto al lugar sino al ánimo», explicó San Agustín en su Comentario a los Salmos (6-9).
Lo que tendrá la virtud, en particular, de desencadenar el odio del ser satánico es la pura contemplación sin sanción social alguna; aquel que busca la paz y conoce la Tradición, sin una vestimenta, un pretexto o una adhesión, que puede relacionarse, de algún modo, con las cosas conocidas y toleradas del mundo, será odiado sin motivo alguno.
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ESPERANZAS EN LA PROVIDENCIA
El bien nada puede si no recibe ayuda desde lo alto, una Revelación. Pero las ayudas que descienden están a la vez contrapuestas entre sí por más que aporten paz a los corazones y luz a las mentes. En Persia, los dioses de la India se tornan demonios; con el cristianismo, en el Mediterráneo, los dioses del Olimpo se transforman en lo que fueron los Titanes para ellos. Mahoma destruye las estatuas de la Ka'aba. ¿Es necesaria esta terible alteración y destrucción periódica? ¿Es necesaria esta sangría, esta amputación ritual? ¿Era necesario que Porfirio fuese difamado por quien debía perseguir, sin embargo, una ascesis similar a la suya? ¿Era necesario imputar el satanismo a los maniqueos, quienes amenazaban con la pena del pecado gravísimo a quien ofreciese sacrificios al principio de las tinieblas? ¿Era necesario que los pueblos del mundo tomases aspecto satánico a los ojos de los conquistadores europeos? ¿Que, entre el Islam y la Cristiandad, no se entendiese que Ibn'Arabi y Ricardo de San Víctor hacían idéntico camino? ¿Que los mongoles exterminadores de musulmanes no supiesen que sus chamanes seguían en el cielo los mismos caminos descritos por Avicena? ¿Que puritanos como Bunyan, que recorrió paisajes interiores inmemoriales o Jonathan Edwards, en sus raptos de éxtasis, no sintieran que recogían el hilo de la tradición custodiada en los monasterios que los suyos saqueaban? ¿Era, pues, necesario?
Ay de mí, para encarnar el Centro que no tiene circunferencia hay que fijar en la tierra un ombligo del mundo y, desde ahí, enmarcar el espacio, y hay que tener fe plena en ese descenso de lo divino, y esa fe plena puede oscurecer las múltiples posibilidades, providenciales, de la manifestación divina.
Sólo la idea de la Quietud como fin supremo, en sí y por sí, está limpia de sangre. No garantiza la paz material, de su proclamación puede surgir todo lo que forma el patrimonio del hombre caído, discordia y mortandad.
Pero a esta extrema tentación de Satanás se responde que aflicciones, discordias y mal siempre devastarán con un pretexto u otro; un mensaje divino de quietud no podrá ser la causa ejemplar, ni final, aunque su causa eficiente puedan ser los secuaces, extraviados por el espíritu satánico en el punto más íntimo, en el ímpetu mismo del entusiasmo con que han abrazado la revelación. La quietud es la perla caída en el barro; peor para quien, en lugar de recogerla y limpiarla, la deje en el barro.
Y cuando, a fin de que lo aprendiésemos, la religión ha sido perseguida para que diera inicio la Edad Moderna (y no se sabe si más el taoísmo de 1911 hacia acá o el catolicismo de 1789 en adelante, o, todavía más, desde 1964 hacia acá, el Islam turco de 1919 en adelante, o la Ortodoxia, mortificada ya por los Romanov, de 1917 en adelante), la sangre de los mártires mutará en semilla de quietud. Quien tenga como meta la estrella matutina de la imperturbable paz interior no será embrujado: la puerta amurallada se abre para él, la fuente brota para él, suyo es el jardín cerrado, la torre de marfil lo acoge y, en el exterior, el insulto y la ira de Satanás lo confirman y lo alaban. Y su distinción traspasará las puertas de la agonía porque, como recordaba Yeats en Oil and Blood:
En sepulcros de oro y lapislázuli
cuerpos de santos y de santas exudan
un milagroso aceite y olor a violeta,
Mas bajo capas de arcilla pisada
yacen los cuerpos de los vampiros ahítos de sangre.
Son sangrientos sus sudarios y tienen húmedos los labios.
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NOTAS –––––––––––––––––-
1.-
Aristóteles, Ética Nicomáquea, Madrid, Gredos, 2000.2.- Dante, Paraíso, XIX, 64-66
3.- Sedulio, Hymnus in Epiphania Domini.
4.- Sobre este tema, a propósito de toda tradición, el volumen Le potenze dell'anima, Milán, bompiani, 1968
5.- Edward Conze observa (en Thirty Years of Buddhist Studies, Oxford, Cassirer, 1967) que, al principio la meditación puede parecer una turbación: la soledad puede provocar ansiedad, miedo a no se sabe bien qué; la reacción del yo puede causar frustración, ira, que podrían disfrazarse y desembocar en el fanatismo persecutorio y celoso, o puede precipitar en la depresión; quienes no ejercen freno sobre sí mismos se complacen en ver estas pruebas en quién ha tomado el camino contrario, pues ignoran que son como el crujir de las coyunturas cuando, tras una larga inercia, se intenta de nuevo cualquier movimiento.
FRAGMENTOS
Si se define la Tradición como el conjunto de los actos por los que se transmiten los medios adecuados para propiciar la intuición del ser perfectísimo, tales como las Escrituras y comentarios, los ritos, las formas de oración y los preceptos morales (que purifican, si se cumplen, hasta posibilitar la oración), todas las tradiciones, sean del objeto que sean, se colocan, entonces, en la perspectiva de su medida eterna.
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¿Por qué se ha perdido, hoy en día, la costumbre de plantearse objetivos concretos? La propia disposición de los análisis tomistas dará la razón; están en la parte de la Summa dedicada al concepto de santidad, el fin último del hombre. El hombre tiende a la felicidad, pero no sólo sensible, antes bien global; si este fin siempre está en su mente, podrá definir incluso los objetivos menores, secundarios, pero cuando ello no esté en lo alto de sus pensamientos, ni siquiera logrará formular los pequeños fines cotidianos. ¡Es raro encontrar hoy quien sepa formular claramente como objetivo de su vida la quietud santa!
La terapia sería reorientar a su fin todo acto, y reorientar los fines al objetivo máximo, que es la beatitud como contemplación del ser en su perfección.
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Cuando la Magdalena se presenta a ungir con aceite los pies de Cristo, Judas Iscariote se lo reprocha diciendo que mejor sería dar a los pobres el precio de la venta del ungüento. En estas pocas palabras se encierra toda la filosofía de la tradición diabólica. De hecho, ésta propugna la subversión de los criterios: el primer lugar no ha de ser para el culto, es decir, el fundamento metafísico de la moral y del consejo de dar a los pobres, sino el acto de dar a los pobres, despojado de cualquier razón, desprovisto del fin último. Que es como decir: vuelto un hipócrita, transitorio y a merced de la psique. Si se despoja al culto de la primacía, también se le quita al objeto de culto: el ser perfectísimo; arrebatándole la primacía al ser perfectísimo, se le niega implícitamente la condición de absoluto, a la que se contrapone la naturaleza relativa de un acto humano, es decir, del hombre. El reproche de Judas contiene ya la sustitución de lo sagrado por lo humano.
Puesto que se antepone una necesidad humanitaria a la idea de la perfección absoluta, también se estará ayuno de todo criterio para colocar en ordenada jerarquía las necesidades, prevalecerá al fin la necesidad más violenta y más neuróticamente astuta. Saint-Simon y Fourier están ya in nuce en el discurso de Judas Iscariote.
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Solo la benevolencia hacia el ser, movida por la admiración de su belleza o armonía, es el fundamento de una acción totalmente desinteresada y moral. Rosmini formularía casi del mismo modo el principio de la moral como reconocimiento o aprecio del ser en su orden. Se sigue de ello que toda ética distinta del ejercicio de una fuerza social debe ser religiosa, y que el fin de la moral, superior a la moral, sea la santidad. Rosmini añadía que debía ser la «beatitud como efecto de la justicia»; de hecho, aquélla no es el placer sensible, aunque puede redundar en un placer sensible, sino que se une al bien absoluto y «que sosiega , sin embargo, la extrema excelencia de lo creado». Todo lo que conduce a esa beatitud es bueno y la Revelación aporta las normas morales para hacernos saber en que medida nos vamos acercando a dicha meta; al violarlas, el transgresor tiene la prueba del propio alejamiento de su fin, por tanto, quien pretenda alcanzar ese bien violando las normas que la tradición le imparte será castigado. Toda norma es criticable en si misma; sólo en vista del fin último se torna significativa y obligatoria, de ahí la miseria de una moral civil sin objetivo sobrenatural, estafa de poderosos, invitación a la transgresión para todo hombre sagaz, fuente de hipocresía par quien se complazca en observarla, válida en la medida en que no se tenga valor para escarnecerla.
Vedla transformada, inversamente, en bendición para quien busque la beatitud, grato a ésta como el peregrino a las señales que le indican el buen camino. Para quien no esté en el camino de la beatitud, da lo mismo ir de un lado a otro, será asunto suyo calcular las consecuencias civiles de sus actos, esquivando el castigo de la sociedad. Sólo quien ha emprendido aquel camino aprecia las normas y se dedica a respetarlas para evitar toda perturbación nociva.
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Si alguien dirige, con un ánimo de tan frívola curiosidad, la pregunta: «¿Cuál es, pues, la religión y la moral verdadera?», se le responderá que verdadera es aquella capaz de transformarlo librándole de la tentación de proponer semejantes enigmas.
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Para quien se esté desplazando hacia la beatitud, las normas son indicaciones de lo que es grato (los Patriarcas griegos decían que las virtudes son instrumentos para formar la apatía perfecta); son las que lo previenen y preservan de la inquietud que sigue a la transgresión, las que lo confirman en el camino hollado por los predecesores. Pero sabe también que las indicaciones suelen estar alteradas, que a veces hay que desviarse del camino, cuando está ocupado por compañías perversas. Posee una brújula, el arte de la discriminación de los espíritus, al que le conviene recurrir siempre, especialmente cuando las tinieblas impidan distinguir las indicaciones. Respetará las buenas normas, pero no al margen de los fines de la quietud. El fin regula el uso de los medios.
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Alguno dirá que la meta de la vida es el coro de las virtudes, no la quietud. Pero las virtudes a los ojos de los Padres eran medios para obtener la quietud, y San Juan de la Cruz (M.C. II, 6) demuestra su carácter instrumental diciendo que la fe sirve para hacer el vacío en el raciocinio, liberando el intelecto (del cual escribió santo Tomás, el raciocinio es un defecto); la esperanza sirve para hacer el vacío en la memoria, proyectando más allá de todo recuerdo; la caridad, finalmente, sirve para desnudar de todo afecto y goce que no sea en Dios y de Dios, haciendo así el vacío en la voluntad. Fruto de estas virtudes es, pues, la quietud.
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Una experiencia mística que no se traduzca en fórmulas jurídicamente bien plasmadas renuncia a un acto de caridad, de transmisión, pero es destructiva una formulación jurídica que no se reconozca sierva estricta de la experiencia mística.
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Se contempla cuando se miran los significados de la realidad en un estado de quietud.
Entonces las cosas no se observan sólo, sino que se pregunta ¿por qué existen en el cosmos, por qué se ofrecen a nuestra atención?
Por eso, al contemplar, nuestra mirada se hace insólitamente intensa y absorta. Puede suceder que después no se sepa o no se desee declarar en discursos estructurados los significados descubiertos o entrevistos; tal vez se lanzará sólo un suspiro secreto, tal vez se presentará sólo una mirada tersa y distendida, pero seguramente, si ha habido contemplación, se ha ido más allá de las cosas significantes, en dirección a su significado.
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Mirar un rostro bello y admirarlo no es todavía contemplarlo; para tal fin es preciso que la admiración se dilate en un estupor más vasto e interrogativo: intensa, firme, excepcionalmente interrogativo. Nos preguntamos, al contemplar, por qué esa efímera piel tendida sobre esos huesos nos encanta, por qué ese entramado de líneas compone una red en la cual se nos queda prendido el ojo. ¿Qué es esa fuerza que desprende y que nos absorbe? ¿De dónde emana?
Insistiendo en preguntas semejantes, tal vez se llegue a concebir el ejemplar perfecto, rostro de los rostros, imán de los imanes, que estrecha en íntima trabazón el universo.
En el acto de contemplar no siempre se hacen tales preguntas. Éstas son meditaciones que pueden preceder, seguir o no aflorar en absoluto, permaneciendo más bien tácitas, sobreentendidas: permanecen presentes implícitamente, sobre el fondo.
Cuando la contemplación no da lugar a discursos ordenados, a menudo se expresa con signos todavía más elocuentes. A veces con la danza: todavía los lamas tibetanos sabían que debían aplicarse a la danza sagrada lo mismo que a la filosofía.
En los sagrados iconos, rigurosos como un tratado, cuyos autores son, según la teología ortodoxa, los Santos Padres, la contemplación se comunica a menudo combinando líneas y colores. La esencia de la contemplación se expresa a menudo en la forma de música, especialmente marcando un ritmo. La contemplación de una persona, de un paisaje, se expresa captando su ritmo latente, su pulso, la forma formante de esas formas formadas; sintiéndola en el interior de una forma formada, se accede a su raíz en el mundo de las esencias formadoras.
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Quién utiliza las palabras sin contemplar su sentido es capaz incluso de creer que la contemplación es algo «irracional», como si no fuese la premisa de todo sentido que la razón no pueda nunca ingeniárselas para enunciar. En realidad, la dialéctica raciocinante, si se lleva hasta el final, si se explora en todas sus antinomias, prepara para la contemplación mostrando la miseria de todas las opiniones, de todas las enseñanzas profanas. Quien haya agotado las opiniones está en los umbrales del conocimiento contemplativo; quien haya llegado al cinismo respecto a los valores profanos, tanto del individuo como de la sociedad, por haberlos indagado a fondo, hasta el desprecio respecto a las opiniones tanto ajenas como propias, está maduro para contemplar. La razón crítica culmina en la contemplación.
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El llamamiento a la contemplación es lo único que les queda a aquellos que en el mundo sólo tienen sus lágrimas para sacrificar, y a los que ha destrozado la rueda de la existencia: se les da a elegir entre suicidio y contemplación, sólo tienen aflicciones que olvidar, horrores que inmolar. Son la materia más perfectamente amasada y marcada, apta para acoger la forma de la más pura contemplación. No hay ya esperanza mundana para ellos, ninguna sensualidad puede encenderlos. A ellos sí puede hablarles el contemplativo, si la contemplación de verdad lo inflama, lo hace delirar, incluso sugiriéndoles visiones de más allá, imposibles (por celestiales) socorros, transmutaciones. Del encuentro entre el martirizado y el contemplativo nace la más atroz y gloriosa de las fiestas, cuyo arquetipo es la proximidad de las tres cruces. La cruz destroza la credibilidad del mundo profano, corta la respiración, no deja subsistir nada de la persona, que desaparece como cuando le salta encima una fiera o se cae en un remolino. ¿Dónde está entonces lo que creemos ser, lo que los demás creen que somos y en lo cual nos reflejamos? La contemplación mira a una liberación no menos radical. Entre «bienaventuranza» y «crucifixión» fluctúa, pues, la definición del contemplar.
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(Extraído de: "Que es la Tradición", Elémire Zolla – Paidós – ISBN 84-493-1393-7)