VIRGO VIRGINUM

Alan Watts

 

Oh Virgen de Vírgenes, ¿Cómo será esto? Pues ni antes de ti hubo alguien como tú ni lo habrá después. Hijas de Jerusalén, ¿por qué os asombráis de mí? Lo que contempláis es un misterio divino.

En la mitología cristiana la figura de la madre de Dios sólo sigue en importancia a la del mismo Cristo y a veces la devoción popular ha dado la impresión de querer elevarla a un grado incluso superior. Desde todo punto de vista (teológico, histórico o metafísico) su papel en el esquema cristiano es crucial, pues sin ella Cristo no hubiera existido. Su consentimiento – «Hágase en mí según tu palabra»– era condición necesaria para la encarnación y de este modo ella es el puente imprescindible entre la muerte y la vida, el pecado y la santidad, la "mediadora de todas las gracias", por cuya apertura al espíritu pudo consumarse el milagro de la redención. Como resulta obvio ella ocupa el lugar de Isis, Astarté, Ceres, Afrodita, Cibeles, Innana, Maya-Shakti, y de todas las grandes diosas-madre de la tierra conocidas desde la historia antigua, pues la piedad católica le ha dotado de sus títulos: madre de Dios y reina de los cielos.

 

Ave, Regina caelorum,

Ave, Domina Angelorum:

Salve radix, salve porta,

Ex quua mundo lux est orta.

¡Ave, reina de los cielos!

¡Ave, señora de los ángeles!

Salve a ti, raíz y portal,

por quien la luz del mundo ha nacido!

 

La tradición hace remontar su árbol genealógico hasta Jesé, el padre de David, e incluso al mismo Abraham, de modo que representa la culminación de toda la historia del pueblo elegido (el árbol brotó de la raíz de Jesé y la semilla de Abraham, cuya propia esposa, Sara, engendró a su hijo milagrosamente a edad avanzada). Pero detrás de esta ascendencia terrenal la Iglesia discierne su origen celeste, confiriéndole un misterioso parentesco con sofía, la sabiduría divina, antes de que el tiempo existiera. Se puede suponer que respecto a este origen premundano, en la festividad de la asunción de la Virgen, la lectura en la misa se toma de Eclesiástico 24, In omnibus requiem:

En todas las cosas busqué reposo; y moraré en la heredad del Señor.

Entonces el Creador de todas las cosas me ordenó y me habló; y el que me creó descansó en mi tabernáculo.

Y me dijo: pon tu tienda en Jacob y tu heredad en Israel, y echa raíces en mi elegido.

Desde el comienzo y antes del mundo, fui creada, y no dejaré de ser en el mundo que ha de venir; y en la tienda santa, en su presencia, he ejercido el ministerio.

Así en Sión me he establecido, y en la ciudad santa yo descanso, y en Jerusalén se hallaba mi poder;

He arraigado en un pueblo glorioso, y en la porción de mi Dios su heredad, y mi morada se halla en la asamblea de los santos.

Como cedro me he elevado en el Líbano, como ciprés en el monte Sión; como la palmera me he elevado en Cades, y como plantel de rosas en Jericó;

Como palmera me he elevado en Cades, y como plantel de rosas en Jericó;

Como gallardo olivo en la llanura, como un árbol de plátanos me he elevado por el agua de las calles.

He dado fragancia como cianamomo y bálsamo aromático; cual mirra exquisita he dado buen olor.

Parecería que la asociación de la Virgen con sofía, la segunda persona de la Trinidad, se debe a que ella es su contraparte, consorte e imagen femenina, aunque material (es aquella materia prima que fue la matriz de la creación). Pues la Virgen es tanto esposa como madre de Cristo Hijo. Esposa en cuanto que representa el universo y la Iglesia, destinada a una unión eterna con Cristo, y madre en la medida en que el Hijo toma de ella su naturaleza humana al entrar en su seno y nacer en el mundo. el simbolismo nupcial de la relación entre Dios y el mundo es antiguo y se halla muy extendido tanto en la mitología como en la mística. No cabe duda de que tiene sus orígenes históricos en los cultos antiguos de fertilidad, cuando la fertilización de la madre tierra por el Sol y la lluvia desde el cielo se veía en analogía con la procreación humana. Tampoco cabe duda de que en ocasiones –en la mística– es una "fantasía de compensación" por la vida de celibato. Pero una cultura sexualmente auto-consciente como la nuestra debería tener cuidado de su tendencia natural a ver la religión como un símbolo del sexo, pues para los pueblos sin complicaciones sexuales siempre ha sido obvio que el sexo es un símbolo de la religión. Es decir, el autoabandono extático del amor nupcial es lo más parecido, de lo que el hombre medio tiene a su alcance, al estado de ausencia-del-yo propio de la experiencia mística o metafísica. Por esta razón el acto de amor es la ilustración más fácil y más inteligible de lo que es estar en "unión con Dios", vivir la vida eterna, libre del yo y del tiempo (1).

La importancia del simbolismo nupcial de la unio mystica explica la presencia en la sagrada escritura de ese gran poema de amor hebreo El Cantar de los Cantares, sistemáticamente interpretado en el cristianismo como el diálogo entre el esposo-Cristo y su esposa, la Iglesia o el alma humana, de la cual la Virgen es el ejemplo supremo. El Cantar de los Cantares es, por tanto, una de las fuentes más importantes tanto de los símbolos de la Virgen como de las devociones litúrgicas en su honor.

¿Quién es ésta que surge cual la aurora,

bella como la Luna,

refulgente como el Sol,

imponente como batallones?

Negra soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén;

por ello el rey se ha alegrado de mi presencia

y me ha llevado a sus mansiones

Mira, ha pasado ya el invierno,

han cesado las lluvias y se han ido:

levántate, amada mía y ven.

De este poema la Iglesia deriva símbolos como el de la Virgen en tanto que rosa de sarón, el lirio, el huerto cerrado, la fuente sellada y la torre de marfil, y su lenguaje brillante corre a través de toda la liturgia como un hilo de oro en un tapiz bordado.

¿Adónde se fue tu Amado,

oh la más bella de las mujeres?

¿Adónde tu Amado se volvió?

Bolsita de mirra es mi Amado para mí,

toda la noche reposará entre mis pechos.

Confortadme con pasteles de pasas,

con manzanas reanimadme,

que de amor estoy enferma.

El salmo 45 es otra fuente de la poesía de la Virgen, y la concepción que la Iglesia tiene de su gloria ha sido mejorada gracias al lenguaje de los pasajes escriturísticos que parecen aplicables a ella:

Eres la más hermosa de los hijos de los hombres;

la gracia está derramada en tus labios;

por eso Dios te bendijo para siempre...

Todos tus vestidos huelen a mirra, áloe y casia,

Desde palacios de marfil en los que te han alegrado.

Hijas de reyes hay entre tus preferidas;

A tu diestra una reina, con el oro de Ofir.

Escucha, hija, mira y pon atento oído,

olvida tu pueblo y la casa de tu padre;

y el rey se prendará de tu belleza;

Él es tu Señor, ¡postérnate ante él!...

Toda espléndida, la hija del rey, va adentro

con vestidos en oro recamados;

con sus brocados es llevada ante el rey.

Vírgenes tras de ella, compañeras suyas,

donde él son introducidas;

entre alborozo yregocijo avanzan,

al entrar en el palacio del rey.

 

La imagen más característica de la Virgen en la plenitud de su gloria celestial procede de la visión de san Juan en Patmos:

Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida con el Sol, con la Luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

En este pasaje basa el arte católico su iconografía de la Virgen reinando como reina del cielo después de su asunción (con la Luna creciente bajo sus pies y las doce estrellas formando una aureola sobre su cabeza).

A pesar de su riqueza y complejidad, el simbolismo de la Virgen ofrece una imagen definida de su papel en el esquema de la mitología cristiana. La Virgen madre es, en primer lugar, mater virgo –la materia virgen o el suelo no labrado–, es decir, la materia prima anterior a su división, o labranza, en la multiplicidad de las cosas creadas. Como estrella del mar, stella maris (mare= María), fuente sellada, "la inmaculada matriz de esta fuente divina", ella es como el agua sobre la que el espíritu se movió en los comienzos del tiempo. En tanto que "mujer vestida con el Sol y la Luna bajo sus pies", ella es también todo lo que en otras mitologías representa la diosa de la Luna, que brilla por la luz del Sol y aparece por la noche rodeada (coronada) de estrellas. Como matriz en la que el logos se gestó, ella es también el espacio, representado en la convención artística consistente en vestirla con un manto azul tachonado de estrellas. Como árbol de Jesé, cedro del Líbano, ciprés del monte Sión, palmera de Cades y olivo de las llanuras, ella ha de ser identificada también con el eje/arbol del mundo, con la serpiente en sus raíces –"él te pisará la cabeza, mientras acechas tú su calcañar" (Genesis)– y llevando tanto los frutos de la muerte como los de la vida. Como rosa y lirio ella es la copa abierta de la flor, símbolo del aspecto receptivo, pasivo, femenino, de la transformación espiritual del ser humano (representado también en el cáliz o grial que recibe la vida/sangre de Cristo).

La Virgen María ejemplifica, pues, todo lo que viene significado por Mâyâ en el hinduismo y el budismo (es decir, la shakti femenina o consorte de Dios, el mundo que "Dios tanto amó", o la manifestación finita del infinito). El término mâyâ deriva de la raíz matr-, medir, de la que a su vez procede meter (madre), metro, matriz, mater y materia, pues mâyâ es esa nada/no-cosa (no-thing), que al ser medida o dividida se convierte en cosas. El divisor ("No he venido a traer la paz, sino la espada") es el logos, quien "trazó un círculo sobre la faz del abismo" (Proverbios 8,27), el que "separó la luz de las tinieblas" (Génesis 1,4) y creó el firmamento para "separar unas aguas de otras" (Génesis 1,6). Así, se profetiza de María, "y a ti misma una espada te atravesará el alma" (Lucas 2,35), puesto que en todas las grandes tradiciones la creación es siempre a través del sacrificio: la multiplicidad de cosas es el uno des-membrado y dividido. Mediante otro sacrificio el uno es remembrado/re-cordado (re-membered): "Haced esto en conmemoración (anamnesis) mía"; pues la unidad original se restaura cuando el sacrificio se repite, ya que la repetición es el recuerdo de lo que se hizo "en el principio".

La historia de la creación del mundo mediante la desmembración o división del caos femenino, la materia prima y la materia virgen, tiene una de sus formas más tempranas en las tablillas de Babilonia:

Cuando en lo alto el cielo no había sido nombrado

y la tierra debajo todavía no tenía nombre,

ni el Apsu primordial que los engendró,

ni el Caos, Tiamat, la Madre de los dos.

Sus aguas se unieron,

y no se formó ningún campo, ningún pantano se veía;

cuando ninguno de los dioses había sido llamado a ser,

y ninguno tenía nombre ni destino alguno había sido decretado...

El Señor se detuvo ante las partes difíciles de Tiamat,

y con su despiadado garrote aplastó su cabeza...

Entonces el Señor descansó, mirando sobre su cuerpo muerto,

mientras separaba la carne... e ingeniaba un plan astuto.

Él la dividió como un pescado grueso en dos mitades;

una de las mitades la utilizó para cubrir el cielo.

 

Caos-Tiamata se representa como un dragón o una serpiente porque, antes de la división, carece de pies y de medida. Es la nada/no-cosa que mediante la medida, la mâyâ, el "arte" de la palabra, hace que aparezca como cosas.

En el cristianismo, sin embargo, la teología ha reprimido sistemáticamente una verdad que en otras tradiciones resulta muy clara. Pues cuando la madre primordial se des-membra en "cosas" y sólo entonces, ella se convierte en algo creado. Antes de su división aparente en partes por el arte o mâyâ de la palabra, ella es increada y divina, siendo simplemente el aspecto femenino de la divinidad (2). Pero para la teología esto es blasfemia y herejía, puesto que la teología, a diferencia del mito, es la creación de individuos que no pueden ver esta verdad por la simple razón de que están todavía hechizados, encantados por la Palabra que hace que los muchos parezcan ser diferentes entre sí y respecto del uno, y la creación separada del creador. Sin embargo, mientras que el teólogo individual permanece hechizado, no sucede lo mismo con el pueblo, el ser humano común. Durante más de seiscientos años la teología ha librado una batalla perdida de antemano con la mente popular católica que, paso a paso, está convenciendo a la Iglesia oficial par que reconozca la verdadera divinidad de la Virgen.

Esta es la tendencia obvia tras la promulgación de la Inmaculada Concepción y la asunción de la Virgen como dogma, creencia que es "esencial para la salvación", y apenas puede dudarse de que con el tiempo llegará, primero, el dogma de que ella es la mediadora de todas las gracias y, al final, algún dogma según el cual debe recibir latría –la adoración propia del mismo Dios– en virtud de su asimilación a la divinidad (3). Esto sería la victoria de lo que resultaba evidente hace tiempo en Chartres y actualmente en México, donde la Virgen de Guadalupe es –en la práctica– venerada muy por encima del Padre y el Hijo, y cuya imagen se alza ante los adoradores por derecho propio, representando a la Virgen sola, sin el Cristo-niño en sus brazos siquiera. Además, el templo de Nuestra Señora de Guadalupe es una basílica, y se sitúa en tercer lugar entre todos los templos de la cristiandad católica.(4)

El dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen (que no ha de confundirse con el del nacimiento virginal de Cristo) tiene el sentido de que María fue concebida sin heredar la mancha del pecado original que descendió a todos los otros seres humanos desde Adán y Eva. No es de extrañar que la misa propia de la festividad de este misterio, tenga como epístola el pasaje que dice Dominus posedit me, de Proverbios 8, en el que Sofía, la sierva del logos, declara: "desde la eternidad fui moldeada" y "el que me halla, ha hallado su vida". Por el milagro por el cual la virgen está libre del pecado original, el hecho de que ella nunca "pecó" o "estuvo fuera de lugar", resulta evidente que ella es de origen celestial o divino. Como el Hijo, ella fue "engendrada antes que todos los mundos", pues "yo existía desde antiguo, antes de que la tierra fuese".

El dogma de la asunción mantiene que, después de su muerte, la Virgen María fue ascendida corporalmente al cielo, donde fue, posteriormente coronada –"más gloriosa que los querubines y los serafines"– para reinar con Cristo por siempre jamás.

La más inefable Trinidad le aplaude en incesante danza, y como su gracia fluye totalmente hacia ella, hace que todos le sirvan. La más espléndida orden de apóstoles le ensalza con alabanzas inenarrables... el mismo Infierno a desgana le grita, y los tercos demonios chillan alabanzas a ella. (De las Homilías de Gerardo)

 

La naturaleza misteriosa y totalmente peculiar de la asunción es todavía más clara en el siguiente pasaje de san Juan Damasceno:

¡Oh bendita Virgen, tú no has ido al cielo como Elías o Pablo, que llegaron al tercer cielo; tú has subido incluso al trono real de tu Hijo! La muerte de los otros santos es bendita porque les lleva a la beatitud, pero esto no es cierto de ti; pues no es que tu muerte... te haya otorgado la seguridad de tu bienaventuranza, ya que ¡tu eres el comienzo, el medio y el final de toda beatitud que sobrepasa la mente del ser humano! Por tanto, ¡no es que la muerte te haya beatificado a ti, sino que tú has glorificado la muerte, disipando su tristeza y convirtiéndola en gozo!

Nos encontramos aquí ente el reconocimiento de que la asunción es la revelación de lo que la Virgen era desde el comienzo –la que reina eternamente con Cristo, sofía como consorte del logos, divina matriz del universo–. Todos los honores y símbolos de este estado se hallan presentes y lo único que falta es la definición teológica precisa.

Estamos ahora en posición de ver qué luz proyecta la figura de la Virgen sobre el problema metafísico de la redención del ser humano del tiempo, la muerte y el pasado. Un simbolismo muy extendido compara el movimiento creativo de la vida con el paso de un pájaro a través del firmamento; la similitud está en que no deja rastro, porque el firmamento es siempre "puro e inmaculado". De forma similar, el mundo real y la vida real del ser humano es un presente eterno sin pasado ni futuro; se desplaza por el vacío como un pájaro o una chispa danzante que no deja nada tras de sí. Por esta razón, las memorias que dan la impresión de que hay un "yo", un pasado condicionante cuya mano muerta rige el mundo, son sombras sin substancia. Por eso Ruysbroeck dice: "tenemos que fundar nuestra vida sobre un abismo insondable"; pues así es, en verdad, como están fundadas (sobre un abismo en el que nada permanece ni deja rastro slguno, ya que todas las cosas pasadas son irreales como "las huellas de una estrella"). Este abismo en el que nada deja mancha alguna es la Virgen, la matriz inmaculada en que la creación ve la luz y que, después del nacimiento, sigue siendo "Virgen para siempre" e impecable.

Tu eres todo hermosura, oh María; en ti no hay ninguna mancha... Tus vestiduras son blancas como la nieve y tu rostro como el Sol. (Antífona del oficio de la Inmaculada Concepción)

En tanto que materia prima, la nada/no-cosa de la cual todas las cosas fueron hechas, la Virgen ha representado siempre nuestra verdadera naturaleza (la naturaleza humana que ella dio al Cristo al engendrarlo). Así pues, la redención del ser humano del tiempo depende del conocimiento de que su propia naturaleza o su naturaleza verdadera es, desde el comienzo, inmaculada: no tiene pasado, y la mancha que parece dejar tras de sí, y que es todo lo que añade su individualidad, es sólo una apariencia. En realidad no se encuentra allí; en realidad no hay más que la chispa de eternidad en el abismo inexplorado. "El dedo que se mueve escribe y, habiendo escrito, sigue moviéndose" –si, pero en realidad escribe sobre el firmamento–. Quizás no haya símbolo más elocuente de todo esto que el hecho de que nuestra tierra y todas las huestes de los cielos estén suspendidas en el vacío. El tiempo y el espacio son el mismo vacío. "¡Mira! –dice Meister Eckhart–, la persona que vive en la luz de Dios no es consciente del pasado ni del porvenir sino sólo de la eternidad única... Por tanto no obtiene nada nuevo de los acontecimientos futuros ni del azar, pues él vive en el instante-ahora que está constantemente "en verdor recién vestido".

Por poco familiar que resulte esta interpretación de la Virgen, la verdad es que surge bastante espontáneamente, sin forzar los símbolos, y es justamente la interpretación que muestra el mito cristiano en su verdadera relación con las otras grandes tradiciones mitológicas (como una extraña forma de la philosophia perennis más que como una extraña anormalidad). Al igual que el abismo en que Dios puso su compás, las aguas sobre las que el espíritu aleteó, la matriz en que el logos se hizo carne, la madre inmaculada y siempre virgen, es claramente esa "nada" en la que se hace que las "cosas" parezcan, a través de la mâyâ, mediante medida y división; también lo que llamamos espacio y tiempo son abstracciones creadas mediante mediciones sobre el vacío insondable. Desde otro punto de vista, la Virgen es aquello que pasivamente, voluntariamente, sin resistencia, se somete a los divisores y a la espada, sin ofrecer ningún obstáculo al libre juego de la mâyâ divina: "hágase en mí según tu palabra". Ella es, así, la apertura –la rosa, el lirio, la matriz, el firmamento– . y de este "no ser nada" procede, de forma paradójica y milagrosa, la fecundidad –el árbol y su fruto, la vara de Jesé que florece y sostiene al Cristo".

Este milagro es lo que "el yo" no puede entender nunca; pues "el yo" siempre cree que tiene que hacer algo para ser fecundo y creativo. No comprende la famosa "ley del esfuerzo invertido", por la cual la acción creativa a un nivel del propio ser depende de la inacción a otro nivel. Solamente cuando "el yo" se considera como nada, una sombre incapaz de mover ni siquiera una mota de polvo, el ser humano en nosotros viene a la vida "en un momento, en un abrir y cerrar de ojos".

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NOTAS ______________________________

1.- Así pues, buena parte de la interpretación freudiana de la mitología es válida sólo para aquellas subculturas occidentales en que la represión del sexo ha llevado a su sobre-evaluación obsesiva. La noción de que la experiencia sexual es hasta tal punto el summum bonum de la vida humana que constituye el significado interno y último de todos los símbolos mitológicos, es un punto de vista que parece increíblemente fantasioso a aquellos para quienes la realización sexual es tan natural y habitual como comer y dormir.

2.- La teología cristiana oficial, ha sido siempre unilateral e incapaz de descifrar el enigma del "círculo/compás" que Dios trazó sobre "la faz del abismo". Pues el compás, el que separa, es "dos" en las puntas y "uno" en el eje, de modo que quien lo mantiene en el eje está por encima y más allá de los "pares de opuestos" que incluyen ser y no-ser, padre y madre.

3.- La adoración es de dos clases: latría, la adoración de la divinidad, y dulía, la veneración de los santos, aunque la reverencia ofrecida a la Virgen se llama ya hyperdulia.

El texto de Alan Watts está publicado en 1968. Desde entonces ya ha ido tomando forma la demanda de muchos católicos para la promulgación del "Quinto Dogma". Sobre este tema puede consultarse la página VOX POPULI. También algunos documentos de la página CORAZONES, y de la pagina CRISTIANOS.

4.- Ocurre algo similar en Europa en la villa de Lourdes que, situada geográficamente en el centro de la cristiandad católica europea, acoge a mas de cinco millones de peregrinos al año. Fue además en esta aparición donde el cielo confirmo el dogma de la Inmaculada Concepción.

 

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( Fragmento extraído de MITO Y RITUAL EN EL CRISTIANISMO, Alan Watts. Kairós Editorial )