
UN ROSTRO DE ETERNIDAD
A aquella que es infinitamente joven, porque es también infinitamente madre.
A aquella que está infinitamente erguida, porque también está infinitamente postrada.
A aquella que es infinitamente dichosa, porque también es infinitamente dolorosa.
A aquella que es infinitamente conmovedora, porque también está infinitamente conmovida.
A aquella que es infinitamente celeste, porque también es infinitamente terrestre.
A aquella que es infinitamente eterna, porque también es infinitamente temporal.
A aquella que es María.
A aquella que está la más próxima de Dios, porque está la más próxima de los hombres.
(Charles Péguy - Le Porche du mystere de la deuxième vertu, 1911)
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Esa efusión sobreabundante
Las Lagrimas de la Madre de los Dolores colman la Escritura y desbordan sobre todos los siglos. Todas las madres, todas las viudas, todas las vírgenes que lloran no añaden nada a esta efusión sobreabundante que sería suficiente para lavar los corazones de diez mil mundos desesperados. Todos los heridos, todos los desnudos y todos los oprimidos, toda esta procesión dolorosa que llena los atroces caminos de la vida, son recogidos cómodamente en los pliegues que arrastra el manto azul de Nuestra Señora de los Siete Dolores. Siempre que alguien estalla en lágrimas, en medio de la multitud o en la soledad, es ella misma quien llora, porque todas las lágrimas le pertenecen en su calidad de Emperatriz de la Beatitud y del Amor. Las Lágrimas de María son la Sangre misma de Jesucristo, derramada de otra manera.
(Léon Bloy (+1917) - Symbolisme de l'apparition)
Un lugar donde las columnas en ti se elevan
Para comprender como era ella, entonces debes evocar antes que nada un lugar donde las columnas en ti se elevan, los peldaños se asientan bajo los pasajes, arcos vertiginosos cubren el abismo de un espacio que en ti ha quedado, porque está construido de tales materiales que tu no los puedes quitar de ti a menos de derrumbarte. Estás en ese punto en el que todo en ti es piedra, muro, escalones, portillo, bóveda... ¿Cómo lo soportarás?
(Rainer Maria Rilke (+1926) - La Vida de María)
Miradas y estremecimientos
Que un ángel entrara, eso no es (compréndelo) lo que la hizo estremecerse (...) No, sino que (...) su mirada y la que ella elevaba hacia él, se fundieran como si súbitamente todo estuviera vacío y eso que veían, buscaban, llevaban millones de hombres estuviera concentrado en ella: solamente ella y él; la visión y lo visto, la mirada y la alegría de la mirada, en ningún otro lugar más que aquí: ¡Mira! Eso da miedo. Y los dos se estremecieron. Entonces el ángel cantó su melodía.
(Rainer Maria Rilke, La Vida de María )
Esos ojos transparentes de tierra y traspasados de cielo
A la Más Bella, a la Más Bondadosa, a la Más Querida, de quien la mirada divina te ha reflorecido a menudo (...) Nada se puede contra la suavidad de su autoridad, su carne espiritual tiene el perfume de los ángeles y su mirada nos reviste de un hábito de claridad (..) Marchan ante mí esos ojos llenos de luz.
(Charles Baudelaire - Obras Completas)
Anunciación... Crucifixión
Por el arco iris bajo el chaparrón de rosas blancas, por el joven estremecimiento que corre de rama en rama y que ha hecho florecer la estirpe de Jessé; por las Anunciaciones riendo en los rocíos y por las pestañas bajas de los novios serios: Ave, María.
Por los cuatro horizontes que crucifican el mundo, por todos aquellos cuya carne se desgarra o sucumbe, por aquellos que no tienen pies, por aquellos que no tienen manos, por el enfermo al que se opera y gime y por el justo rebajado al rango de asesino: Ave, María.
(Francis Jammes (+1938) - La Iglesia vestida de hojas)
El reflejo del rostro de Dios
Única en esta tierra, esta Santa de entre las santas es sin pecado. Escondida bajo la banalidad humilde de la vida común: las faenas, los vestidos, la morada, en lo prosaico cotidiano, circulaba una santa de tipo edénico. María existe esencialmente para Dios, para proveer a ese gran amante de las almas, a ese creador de santidad, un mundo particular y privilegiado de adoración receptiva. Ella es el único espectáculo de alma humana sobre el cual Dios haya podido posar su mirada y reflejar su rostro.
(Joseph Melègues - Pénombres)
La niña del genero humano
La Virgen era la Inocencia. ¿Te das cuenta de que es lo que nosotros somos para ella, nosotros, la raza humana? ¡Oh! Naturalmente, ella detesta el pecado, pero, en fin, ella no tiene de él ninguna experiencia, esta experiencia que no ha faltado a los más grandes de los santos, incluso al santo de Asís, con todo lo seráfico que es. La mirada de la Virgen es la única mirada verdaderamente infantil, la única verdadera mirada de niño que nunca se haya elevado sobre nuestra vergüenza y nuestra desdicha. Si, hijo mío, para rezarla bien, hay que sentir sobre si esa mirada que no es de ninguna manera la mirada de la indulgencia –porque la indulgencia no va sin alguna experiencia amarga– sino de la tierna compasión, de la sorpresa dolorosa, de no se sabe que otro sentimiento, inconcebible, inexpresable, que la hace más joven que el pecado, más joven que la raza de la que ha surgido, y tanto como Madre por la gracia, Madre de las gracias, la niña del genero humano.
(Georges Bernanos (+1948) - Diario de un Cura Rural)
¡Grandioso! Dar a luz a Dios
¡Grandioso! Nosotros estamos llamados a dar a luz a Dios, a ser el Dios de Dios. La Virgen Madre en el fondo primitivo del plan divino, representa a la humanidad entera. Todos también debemos ser theotokoi (...). Dar a luz a Dios en nuestras almas, servir a Dios de Madre y comprender que él nos da, en nuestros hermanos, a Jesús para hacerlo nacer (...) Todos, nosotros tenemos que darnos a luz dando a luz a Dios en nosotros: theotokos. Y como si hubiera que ser Dios para se plenamente hombre, el hombre a pesar de su incomprensible debilidad es tal que tiene en si mismo bastante para que nadie más pueda ser tan grande.
(Maurice Blondel - Carnets intimes - L'action )
Aquella que hace a Dios
Y es así como San Lucas nos dice que la Santa Virgen conservaba, no que confería, todas estas cosas en su corazón. No las conservaba solamente, las confería, las concebía; las cogía juntas, integraba sus relaciones, se adhería a ellas por su inteligencia y por el amor no solamente a los hechos brutos, sino a la causa conjunta que los producía. (...) Ella no solamente comprende, ella encarna, ella elabora una imagen, ella es la Madre de Dios. Ella está bajo la acción del Espíritu Santo, aquella que hace a Dios, aquella que lo hace asimilable, aquella que realiza a Dios todo entero de nuestra carne y ante nuestras miradas. Es ella la que nos da el Hijo en tanto que hombre realizado. Es ella la que esposa al Padre en toda la energía de su principio generador, en tanto que él engendra a Cristo, no solamente una vez, sino por los siglos de los siglos en el corazón de cada cristiano.
(Paul Claudel (+1955) - L'Epée et le miroir)
Asunción
La tierra se ha dormido conmigo, el pozo en el patio, la higuera, la casa. Me he despertado en los brazos del Padre y de mi Hijo, llevando algo del atardecer violeta al cielo eterno. Aquel que no he todavía nombrado (un agua, un aliento, unas manos suaves) retiraba del corazón la espina original.
(Jean-Pierre Lemaire - L'Annonciade)
Un perfume de belleza
Solo el amor es capaz de mover al ser. Dios por lo tanto, para poder salir de si mismo, debía previamente lanzar delante de sus pasos un camino de deseo, extender ante El un perfume de belleza. Es entonces que El me ha hecho surgir, vapor luminoso, sobre el abismo –entre la Tierra y El,– para venir en mi a habitar entre vosotros. ¿Comprendéis ahora el secreto de mi emoción cuando me acerco?. (...) Situada entre Dios y la Tierra, como una región de atracción común, yo los hago venir el uno a la otra, apasionadamente.
... Hasta que en mi tenga lugar el encuentro donde se consuman la generación y la plenitud de Cristo, a través de los siglos.
Yo soy la Iglesia, Esposa de Jesús.
Yo soy la Virgen María, Madre de todos los humanos.
(Pierre Teilhard de Chardin (+1955) - El Eterno Femenino)
Misterio de lo femenino
Cuando Teilhard escribirá además, bastante más tarde, resumiendo una de sus meditaciones: «Anunciación: misterio de lo femenino», él no englobará a la Virgen en el misterio de lo femenino, sino que es este misterio el que él verá englobado en ella, recibiendo de ella su más alto significado. Con más razón, la Virgen María no es para él una especie de personificación literaria o de alegoría, destinada a hacer entender poéticamente alguna idea general. Si por lo tanto nosotros hablamos de símbolo, no diremos que la Virgen María es el símbolo acabado de lo Universal Femenino, sino que diremos más bien que este Universal Femenino debe de ser comprendido, en su pura esencia, como el símbolo de la Virgen María».
(Henri de Lubac (+1991), L'Eternel féminim. Etude sur un texte du père Teilhard)
El advenimiento de la mujer
María no es una mujer entre las mujeres, sino el advenimiento de la mujer, de la nueva Eva, restituida a la maternidad virginal. El espíritu santo desciende sobre ella y la revela no como «instrumento», sino como la condición humana objetiva de la Encarnación. Jesús no ha podido tomar carne humana mas que por que la humanidad en la Virgen María se la da (...) La Theotokos aparece como el centro preestablecido del mundo, el lugar tres veces santo del advenimiento divino. Su estado de santidad está hecho a la medida no de dar a luz al niño Jesús sino al Dios-Hombre (...) En tanto que nueva Eva, ella contiene en ella, como Adán, toda la humanidad: y su carne, que ella da a su Hijo, es la de la madre de todos los vivientes (Gn 3,20).
(Paul Evdokimov, La Femme et le salut du monde)
La obra que se asemeja al arquitecto
Lo que (Dios) ha buscado a través de toda la obra de la Creación, lo que se esboza de nuevo en la restauración de la naturaleza caída, es una misteriosa figura femenina (...) Porque el verdadero rostro de la Elegida, Dios lo lleva en si mismo desde toda la eternidad, como un perfectísimo reflejo de si mismo que la obra se asemeja perfectamente al arquitecto. Así, aquella que subirá hacia él desde el desierto al fin de los tiempos no habría hecho más que descender de su proximidad desde el origen.
(Louis Bouyer, Le Trône de la Sagesse, Cerf 1987)
Es por ti que yo he conocido al Hombre
Oh Madre, en verdad, he jugado con todos los vientos, erguido en la naturaleza, durante mi crecimiento.
Pero cuando el ciprés se ha doblegado como una torre, cuando el balanceo sagrado de la cima me ha iluminado hasta las raíces y que he sido cargado, como de frutos del ciprés, del fruto de la rectitud, Oh Madre, llegué entonces ante ti.
Es por ti que yo he conocido al Hombre, el nuevo nacido que apoya su mejilla contra tu mejilla y fija el abismo en tus ojos (...)
La sonrisa del amor total le iluminaba los labios, sobre su frente fulguraba todo el cielo.
(Anghélos Sikélianos, Cantique, en «Conscience de ma foi», Atenas 1947)
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Es mediodía. Veo la iglesia abierta. Debo entrar. Madre de Jesucristo, no vengo a rezar. No tengo nada que ofrecer ni nada que pedir. Vengo solamente, Madre, para mirarte.
(Paul Claudel - La Vierge à Midi)
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( Fragmentos extraídos de: La Vierge, Femme au visage divin - Sylvie Barnay - ISBN 2-07-053521-5 )