SOBRE EREMITISMO

Frithjof Schuon

 

El Buda, su tipo de perfección y su imagen canónica representan o sugieren para muchos un ideal «asocial», un ieal propio del eremita, en suma; y el eremita, a los ojos de muchos, se sustrae a sus «responsabilidades» consagrándose a un ideal «egoísta», etc... etc...

Para empezar, es absurdo querer definir al hombre a partir de lo social, pues el ser humano no es ni una abeja ni una hormiga; si el destino lo arroja a una isla desierta, no por ello deja de ser hombre. Además, las «responsabilidades» (1) sociales –suponiendo que no sean imaginarias– son evidentemente algo relativo, mientras que los fines últimos del hombre coinciden con lo absoluto; son precisamente estos fines últimos los que encarna el eremita, el contemplativo, el Buda. Toda actitud humana es metafísicamente «egoísta», salvo la superación del ego;(2) el egoísmo de la especie, tan marcado entre los animales, no es más transcendente que el del individuo, bien que prime sobre él biológica y moralmente. Por lo demás, no hay que perder de vista que el ego, en tanto que dato natural, tiene un lado positivo, como cualquier otro fenómeno de la naturaleza, pues el mandato de «amar al prójimo como a sí mismo» implica que es legítimo e incluso necesario –y en todo caso inevitable– amarse a sí mismo; sería el colmo de la hipocresía que los protagonistas de lo social negasen este amor a sí mismos. Todo este núcleo de posiciones fácilmente reductibles al absurdo no es superado más que en el nirvana, donde no hay ya un «sí mismo» que deba ser amado, como tampoco, por lo demás, ningún «prójimo»; es en este sentido en el que Shri Râmana Maharshi ha podido decir: «Un hombre que despierta de un sueño, ¿despierta a todos aquéllos con los que ha soñado?»

Cuando el reproche de «egoísmo» procede de quienes no admiten ni el Absoluto transcendente (3) ni el más allá, la controversia es evidentemente un diálogo de sordos; pero cuando este mismo reproche es formulado por «creyentes», habría quizá que recordarles que el «bien» que el individuo puede hacer a la sociedad se sitúa, como la sociedad misma y como el individuo en cuanto tal, en un plano cósmico que engendra el «mal» y no puede no engendrarlo; y el sufrimiento no se opone por naturaleza a la salvación, como tampoco el placer o el desahogo material se oponen a la perdición, si se nos permite repetir aquí un hecho evidente que, desgraciadamente, los propios «creyentes» se ingenian en ignorar cada vez más. El sufrimiento, según ellos, no sería más que una especie de desventurado azar que se puede suprimir a fuerza de «progreso» y tras milenios de misteriosa impotencia; se puede superar el samsara pero no se lo puede abolir. Más vale salvar las almas que salvar los cuerpos, aunque esta segunda actividad no sea de ningún modo despreciable y se integre incluso en la otra, con la condición formal de que la preeminencia de la primera sea siempre mantenida; ahora bien, para poder salvar a los demás, es preciso primero «salvarse a si mismo», si es posible expresarse así; (4) no hay ningún otro medio de comunicar el «bien absoluto», respecto al cual la distinción entre un «yo» y un «no yo» apenas tiene ya, por otra parte, ningún sentido. Por último, no se puede salvar un alma como se sacaría a alguien del agua; (5) no se puede salvar más que a quienes consienten en ello, (6) y por eso es absurdo reprochar a las religiones no haber salvado al mundo.

El eremita encarna más visiblemente que nadie la soledad contemplativa, y por eso algunos le atribuyen un máximo de «inutilidad»; (7) en realidad, nada es más útil que mostrar concretamente el valor del Absoluto y la dolorosa vanidad de las cosas efímeras; el eremita realiza el mayor acto de caridad posible, puesto que indica –al margen de la cuestión de su propia liberación– el camino hacia lo que tiene más valor y, en última instancia, hacia lo único que tiene valor. Se objetará, pero ¿qué sería de la sociedad si todo el mundo se hiciera eremita? A esta objeción respondemos que, en primer lugar, la cuestión de lo que ocurriría a la sociedad es secundaria, pues la sociedad no tiene razón suficiente en sí misma y no representa un valor incondicional; segundo, si todos siguieran el ejemplo del eremita, o estuvieran dispuestos a seguirlo, el mundo se salvaría de todas formas, ordenándose entonces lo accesorio en función de lo esencial; tercero, para contemplar la cuestión de una forma más concreta: siempre ha habido santos comprometidos en los asuntos del mundo, hombres como Shôtoku taishi, (8), Hôjô Tokimune, (9), Shonin shinran o Nichiren; (10) a ninguno de ellos se le pasó por la cabeza censurar a los eremitas –es lo mínimo que se puede decir– y ninguno habría podido hacerlo, visto el ejemplo de tantos contemplativos solitarios. El mensaje del eremita no se centra en las rocas y los árboles, sino en el desapego a lo transitorio y en el apego a lo Eterno; el eremita demuestra no una contingencia sino un principio; demuestra la superioridad de la contemplación sobre la acción –incluso si ésta se enmarca en aquélla–, (11) del «ser» sobre el «hacer», de la verdad sobre las obras. El hombre pertenece ante todo al Absoluto –ya hablemos de «vacío» (shûnya), de «extinción» (nirvana) o de «Dios»–, y ante el Absoluto está solo. Desde otro punto de vista, diremos que no hay soledad frente el Infinito.

El nirvana es la Verdad «en estado puro»; en ella se reabsorben todas las verdades relativas y parciales. Los errores no pueden no ser, en tanto que su posibilidad relativa no ha alcanzado su término; (12) pero, para el Absoluto, jamás han sido y jamás serán. En su propio plano son lo que son, pero es el silencio del Adi-Buddha eterno el que tiene la última palabra.

(Tesoros del budismo) 

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No hay ningún «egoísmo» posible en la actitud del puro contemplativo, pues su «yo» es el mundo, el «prójimo». Lo que se realiza en el microcosmos irradia en el macrocosmo, a causa de la analogía de todos los ordenes cósmicos. La realización espiritual es una especia de «magia» que se comunica necesariamente al ambiente. El equilibrio del mundo tiene necesidad de contemplativos. (13)

Perderse por Dios es siempre darse a los hombres. Reducir toda espiritualidad a la caridad social es no sólo colocar lo humano por encima de lo divino, sino también creerse indispensable y conceder un valor absoluto a lo que uno es capaz de dar.

¿Por qué la beneficencia social no es en sí una virtud y no trae consigo el conocimiento de Dios? Porque puede perfectamente ir acompañada de la suficiencia, que anula su cualidad espiritual. Sin las virtudes interiores, como la humildad y la generosidad, las buenas obras no tienen ninguna relación con las santidad y pueden incluso, indirectamente, alejar de Dios.

Según las circunstancias, la virtud es posible sin beneficencia, pero ésta no es nada –desde el punto de vista del amor a Dios– sin la virtud intrínseca, del mismo modo que, en otro orden de ideas, el desapego es posible sin renunciamiento, mientras que éste sólo tiene sentido con miras a aquél.

(Perspectivas espirituales y hechos humanos)

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El hombre ha sido creado solo y solo muere; el monaquismo quiere salvar esta soledad en lo que ella tiene de metafísicamente irremplazable; el monaquismo quiere restituir al hombre su soledad primordial frente a Dios, o también, quiere devolver al hombre a su integridad espiritual y a su totalidad. Una sociedad perfecta sería una sociedad de eremitas, si se nos permite esta paradoja; eso es exactamente lo que tiende a realizar la comunidad monástica, que en un cierto sentido es un eremitismo organizado.

Las reflexiones que van a continuación parecerán quizás como truismos a algunos, pero ellas se refieren a hábitos mentales tan duros de desenraizar que es difícil de subestimar su importancia cuando se va al fondo de las cosas. Lo que queremos decir es que, según la opinión corriente, el monaquismo es asunto de «vocación», pero no en el sentido propio de ese término; cuando un hombre es tan simple para tomar la religión al pié de la letra y que además comete la imprudencia de dejar transparentar opiniones o actitudes demasiado espirituales, nadie duda en señalarle que su lugar está «en el convento», como si fuese un cuerpo extraño que no tuviera ningún derecho a la existencia fuera de los muros de una institución apropiada. La noción de «vocación», positiva en si misma, se vuelve entonces negativa: es «llamado», no aquel que está en la verdad y porque está en ella, sino aquel que molesta a la sociedad haciéndole sentir involuntariamente lo que ella es. Según esta manera de ver más o menos convencional, la ausencia de vocación –o digamos la mundanidad– existe de jure y no de facto solamente, lo que significa que la perfección aparece como una especialidad facultativa, y por tanto como un lujo; se la reserva a los religiosos, pero se olvida plantear la cuestión de saber por que ella no es para todo el mundo.

Ciertamente, el religioso no censurará a ningún hombre por el solo hecho de vivir en el siglo; es la evidencia misma, en vista del clero secular y de los laicos santos; lo que es reprobable, es, no vivir «en el mundo», sino mal vivir en él y crearlo así de una cierta manera. Cuando se le reprocha al eremita o al monje el «huir» del mundo, se comete un doble error: primeramente, se pierde de vista que el aislamiento contemplativo tiene un valor intrínseco que es independiente de la existencia de un «mundo» ambiente; en segundo lugar, se aparenta olvidar que hay huidas que son perfectamente honorables y que, si no es ni absurdo ni vergonzoso huir ante una avalancha, si se puede, tampoco lo es huir ante las tentaciones o incluso simplemente las distracciones del mundo, o ante nuestro propio ego en tanto que él se encuentra enraizado en el círculo vicioso: y no olvidemos que desembarazándonos del mundo, desembarazamos al mundo de nuestra propia miseria. En nuestros días, se declara gustosamente que huir del mundo es desertar de las «responsabilidades», eufemismo perfectamente hipócrita que disimula detrás de una noción «altruista» o «social» la pereza espiritual y el odio hacia lo absoluto; nos gusta ignorar que el don de sí para Dios es siempre un don de sí para todos. Es metafísicamente imposible darse a Dios sin que resulte de ello un bien para el ambiente; darse a Dios, aunque fuese a espaldas de todos, es darse a los hombres, porque hay en ese don de sí, un valor sacrificial cuya irradiación es incalculable.

Por otra parte, conseguir la salvación propia, es como respirar, comer, dormir; uno no puede hacerlo por los demás, ni ayudarles absteniéndose de conseguirla uno mismo. El egoísmo, es quitar a los demás aquello de lo que tienen necesidad; no es egoísmo tomar para sí aquello que ellos ignoran o que no desean en absoluto.

No es el monaquismo el que se sitúa fuera del mundo, es el mundo el que se sitúa fuera del monaquismo: si todo hombre viviese en el amor de Dios, el monasterio estaría por todas partes, y es en este sentido en el que se puede decir que todo santo es implícitamente monje o eremita. O también: por lo mismo que es posible introducir el «mundo» en el cuadro monástico, porque todo monje no es santo, por lo mismo es posible transferir el monaquismo, o la actitud que el monaquismo representa, en el mundo, porque puede haber contemplativos en todo lugar.

(...)

Un mundo es absurdo en la medida en que el contemplativo, el eremita, el monje, aparecen en él como una paradoja o un «anacronismo». Ahora bien, el monje está en la actualidad precisamente porque es intemporal: nosotros vivimos en la época de la idolatría del «tiempo», y el monje encarna todo aquello que es inmutable, no por esclerosis o inercia, sino por transcendencia.

Y esto nos lleva a consideraciones que ponen negativamente en relieve la ardiente actualidad el ideal monástico, o simplemente religioso, lo que en último análisis viene a ser lo mismo. En este mundo de absurdo relativismo en el que vivimos, quien dice «nuestro tiempo» cree haber dicho todo: identificar cualesquiera fenómenos con «otro tiempo», o todavía más, con «tiempos superados», es liquidarlos; y notemos el sadismo hipócrita que recubre palabras como «superado», «anticuado» o «irreversible», las cuales reemplazan el pensamiento por una especie de sugestión imaginativa, una «música del prejuicio» podríamos decir. Se constata por ejemplo que tal práctica litúrgica o ceremonial ofende los gustos cientifistas o demagógicos de nuestra época, y se está encantado de recordar que el uso en cuestión data de la Edad Media o incluso de "Bizancio", lo que permite concluir sin otra forma de proceso que ya no tiene derecho a la existencia; se olvida totalmente la única cuestión que hay que planearse, a saber por que los Bizantinos han practicado tal cosa; ocurre que ese por que se sitúa lo más a menudo fuera del tiempo, que hay una razón de ser que revela factores intemporales. Identificarse uno mismo con un «tiempo» y quitar por ello a las cosas todo valor intrínseco o casi, es una actitud totalmente nueva, que es proyectada arbitrariamente en lo que nosotros llamamos retrospectivamente el «pasado»; en realidad, nuestros ancestros no vivían en un tiempo, subjetivamente e intelectualmente hablando, sino en un «espacio», es decir en un mundo de valores estables en el que el flujo de la duración solo era, por así decirlo, accidental; ellos tenían un maravilloso sentido de lo absoluto en las cosas, y del enraizamiento de las cosas en lo absoluto.

Nuestra época tiende cada vez más a cortar al hombre de sus raíces; pero queriendo «partir de cero» y reducir el hombre a lo puramente humano, no se llega mas que a deshumanizarlo, lo que prueba que lo «puramente humano» no es más que una ficción; el hombre no es plenamente humano más que manteniéndose por encima de sí mismo, y no puede hacer esto más que a través de la religión. El monaquismo está ahí para recordar que el hombre no lo es mas que por su consciencia permanente del Absoluto y de los valores absolutos, y que las obras humanas no son nada en si mismas; los Padres del desierto, los Casiano, los San Benito han mostrado que antes de hacer, hay que ser, y que las acciones son preciosas en la medida en la que el amor de Dios las anima o se refleja en ellas, y tolerables en la medida en la que ellas no se oponen a este amor. La plenitud del ser, la cual depende del espíritu, puede en principio prescindir de la acción; esta no tiene su fin en sí misma, Marta no es ciertamente superior a María. El hombre se distingue del animal bajo dos aspectos esenciales, primero por su inteligencia capaz de absoluto y por consiguiente de objetividad y de sentido de lo relativo, y a continuación por su voluntad libre, capaz de elegir a Dios y de adherirse a él: el resto no es mas que contingencia, sobre todo esta «cultura» profana y cualitativa de la cual la Iglesia primitiva no tenía ninguna idea, y de la que se hace hoy en día un pilar del valor humano, en oposición a la experiencia corriente y a la evidencia.

(...)

Se ha dicho y vuelto a decir que el monaquismo bajo todas sus formas, sea cristiano o budista, es una manifestación de «pesimismo»: se elude así por comodidad o por aturdimiento el aspecto intelectual y realista de la cuestión y se reducen las constataciones objetivas, las ideas metafísicas y las conclusiones lógicas a disposiciones puramente sentimentales. Es tachado de «pesimismo» aquel que sabe que una avalancha es una avalancha, y es «optimista» aquel que la toma por una niebla; pensar serenamente en la muerte evitando las distracciones, es ver el mundo bajo colores sombríos, pero pensar en la muerte con repugnancia, o evitar pensar en ella, al mismo tiempo que encontrando todo el bienestar de que se sea capaz en las cosas pasajeras, es «ser animoso», parece, y es tener «sentido de las responsabilidades». Nunca hemos comprendido porque aquellos que ponen su esperanza en Dios al mismo tiempo que tienen suficiente discernimiento para poder leer los «signos de los tiempos», son acusados de amargura, mientras que otros pasan por naturalezas fuertes y dichosas por el hecho de que toman los espejismos por realidades; y es apenas creíble que este falso optimismo, que se encuentra en perfecta oposición con la Escritura por una parte y con los criterios más tangibles por otra, pueda ganar hombres que hacen profesión de creer en Dios y en la vida futura.

(...)

La condición del monje constituye una victoria sobre el espacio y el tiempo, o sobre el mundo y la vida, en el sentido de que el monje se sitúa por su actitud en el centro y en el presente: en el centro con relación al mundo lleno de fenómenos, y en el presente con relación a la vida lleva de acontecimientos. Concentración de oración y ritmo de plegaria: estas son en un cierto sentido las dos dimensiones de la existencia espiritual en general y monástica en particular. El religiosos se abstrae del mundo, se fija en un lugar definido –y el lugar es centro porque él está consagrado a Dios– , cierra moralmente los ojos, y permanece en el lugar esperando la muerte, como una estatua situada en un nicho, por hablar como San Francisco de Sales; por esta «concentración», el monje se sitúa bajo el eje divino, participa ya del Cielo religandose concretamente a Dios. Haciendo esto, el contemplativo se abstrae igualmente de la duración, porque por la oración –esta actualización permanente de la consciencia de lo Absoluto–, él se sitúa en un instante intemporal: la oración –o el recuerdo de Dios– es ahora y siempre, ella está «siempre y ahora» y pertenece ya a la Eternidad. La vida del monje, por la eliminación de los movimientos desordenados es un ritmo; ahora bien, el ritmo es la fijación de un instante –o del presente– en la duración, como la inmovilidad es la fijación de un punto –o del centro– en la extensión; este simbolismo, fundado sobre la ley de la analogía, se vuelve concreto en virtud de la consagración a Dios. Es así que el monje tiene al mundo en la mano y domina también la vida: porque que no hay nada tan precioso en el mundo que nosotros no poseamos aquí mismo, si este punto en el que estamos pertenece a Dios y si, estando aquí para Dios, nosotros le pertenecemos; y por lo mismo, toda nuestra vida está en ese instante en el que nosotros elegimos a Dios y no las vanidades.

(...)

La gran misión del monaquismo es la de mostrar al mundo que la felicidad no está en algún lugar lejano, o en alguna cosa que se sitúa fuera de nosotros, en un tesoro a encontrar o en un mundo a construir, sino aquí mismo donde nosotros estamos en Dios y somos de él. El monje representa frente a un mundo deshumanizado lo que son nuestras verdaderas medidas; su misión, es recordar a los hombres lo que es el hombre.

(Regards sur les Mondes Anciens)

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 La renuncia del contemplativo no tiene por objetivo una acumulación de méritos con miras a una beatitud individual, sino que sirve para poner al alma, mediante medidas radicales, si puede decirse así, en las disposiciones lo más favorables posibles con miras a la realización de su propia Esencia infinita.

El amor a Dios, lejos de ser esencialmente un sentimiento, es lo que hace que el sabio contemple antes de hacer otra cosa (14).

La virtud del contemplativo es que dispensa de sus virtudes a los demás; su virtud positiva es a fin de cuentas la de Dios, que él realiza en su visión.

(Perspectivas Espirituales y Hechos Humanos)

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NOTAS ––––––––––––––––––––––––––––––––––––

1.- Se advertirá el matiz hipócrita de esta palabra. En realidad, el hombre «útil» no se siente disgustado por tener que «estar en el mundo». Si el eremitismo es una «huída», el moralismo social lo es igualmente; queda por saber de qué es de lo que se huye en cada caso.

2.- Superar el ego es superar el ser humano, aunque se puede decir, desde otro punto de vista, que esta superación es «humana» en el sentido de constituir la excelencia específica del hombre o su fin supremo.

3.- Este epíteto es necesario porque los matemáticos y los físicos hablan también de un «absoluto», pero que sólo es un elemento contingente y ciego respecto a la Realidad total.

4.- No podemos tener en cuenta aquí todos los matices o reservas que se imponen.

5.- Sólo los budas pueden hacerlo, de una cierta forma y a título excepcional.

6.- La palabra «salvar» no tiene forzosamente aquí más que un sentido relativo, pero suficiente para justificar nuestra tesis.

7.- O de «improductividad», término cuya bajeza y barbarie no necesita ser explicada.

8.- El santo emperador que introdujo y consolidó el budismo en Japón.

9.- El gobernador que resistió a los mongoles, una de las más insignes figuras de la historia del Japón y del zen.

10.- O en Occidente; Carlomagno, San Luis, Juana de Arco, San Vicente de Paúl, por no citar más que estos nombres. En lo que atañe a Nichiren, su violenta hostilidad respecto a otras escuelas budistas no impide que su interpretación del saddharmapundarîka-Sûtra («Loto de la buena ley»), en virtud de la decadencia de los últimos tiempos, sea perfectamente válida y que su escuela sea intrínsecamente ortodoxa.

11.- Como es el caso en la Bhagavadgîtâ.

12.- «Cuando el hombre inferior oye hablar del Tao, se ríe; no sería el Tao si no se riera de él (...) La evidencia del Tao es como la oscuridad» (Tao-Te-King, XLI)

13.- Se trata de un equilibrio relativo, proporcionado a unas condiciones cíclicas determinadas. San Juan de la Cruz dice que «una chispa de puro amor es más preciosa ante Dios, más útil par el alma y más rica en bendiciones para la Iglesia que todas las demás piadosas juntas, aun cuando, según las apariencias, uno no haga nada».

14.- Para Shankara, la bhakti es lo que los musulmanes llaman himmah, a saber, el impulso espiritual; para Râmânuja es la continuidad o la perpetuidad de la contemplación; para Chaitanya es amor ilimitado; pero éste no es todavía más que el medio, no el fin. El objetivo es el prema, el Amor divino, la Beatitud. Para Orígenes, «toda la vida de un santo debe ser una única y grande oración continua, de la cual oración la que lleva habitualmente este nombre no es más que una parte, que no hay que llevar a cabo menos de tres veces por día» (De Oratione). «Celebra verdaderamente la fiesta aquel que hace lo que debe, que ora sin cesar, ofreciendo continuamente víctimas no cruentas en sus plegarias a Dios) (Contra Celsum).

 

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