LA ORACION DE TODOS LOS SENTIDOS

Jean-Yves Leloup

 

¿Es necesario, para meditar y orar, desprenderse de la influencia de los sentidos?

¿Es la oración cristiana un proceso de desencarnación con el fin de ir más rápido, "puro espíritu", hacia aquel que es Puro Espíritu?

¿No dice Jesús en el Evangelio: "Dios es Espíritu y aquellos que le adoran, es en espíritu y en verdad que deben adorarlo"? (Jn 4,24). Conviene sin embargo investigar el vocabulario griego. Lo que nosotros traducimos por "espíritu" en el texto ¿es el nous, el intelecto o el pneuma, el aliento divino?

"...patri en pneumati kaî aletheia" (en el texto de la Vulgata: in spiritu et veritate oportet adorare: Spiritus, y no mens o intelectus).

Orar "en pneumati", no quiere decir "poner entre paréntesis el uso de nuestros sentidos", cerrar las puertas de la percepción, sino al contrario abrirlas, introducir el pneuma, el aliento en cada una de ellas para que devengan los órganos del conocimiento de Dios.

Es así además como lo han comprendido los Padres de la Iglesia cuando elaboraron la doctrina de los "sentidos espirituales" es decir de los sentidos espiritualizados, habitados, animados por el espíritu de Dios, no siendo el hombre en la antropología cristiana "la tumba del alma" (cf. Platón), sino "el Templo del Espíritu" (cf. San Pablo).

Orígenes, y siguiendole Gregorio de Nisa, Macario, Diadoco de Foticé, Máximo el Confesor, Symeon el nuevo teólogo, propondrán toda una pedagogía de los sentidos espirituales, en relación además con la vida sacramental, ya que se trata siempre de elevarse del ámbito sensible hacia el reino que está "más allá de los sentidos", "ir de estas realidades que pasan hacia la realidad que no pasa". Los sentidos no son destruidos, sino transfigurados: devienen sentidos divinos, que vuelven al hombre cada vez más "capax dei".

Un examen de la cuestión hará decir, siguiendo la terminología de la escritura, que existe una especie de genero, un sentido divino que el bienaventurado encuentra en el presente, en palabras de Salomón: "tu encontrarás un sentido divino". Y este sentido comporta especies: la vista que puede fijar las realidades superiores a los cuerpos, de las que forman parte los querubines y los serafines; el oído percibiendo sonidos cuya realidad no está en el aíre; el gusto para saborear el pan descendido del cielo y dando la vida al mundo; lo mismo para el olfato, que percibe esos perfumes de los que habla San Pablo, que se dice ser "para Dios el buen olor de Cristo", el tacto gracias al cual Juan afirma haber tocado con sus manos "el Logos de Vida". Habiendo encontrado el sentido divino, los bienaventurados profetas miraban divinamente, escuchaban divinamente, gustaban y sentían de la misma manera, por así decirlo con un sentido que no es sensible; y ellos tocaban el Logos por la fe, si bien que una emanación les llegaba desde más lejos para curarlos. Así ellos veían aquello que escribían haber visto, escuchaban aquello que decían haber escuchado, sentían sensaciones del mismo orden cuando comían, como ellos lo describieron, el "rodillo" de un libro que se les habían dado (Orígenes C.cels I, 48)

Para Orígenes una vez más, el Dios que habita una "luz inaccesible" puede ser dicho captable de alguna manera por los sentidos y no solamente por el corazón y el intelecto, porque él se ha realmente encarnado en Jesucristo. Como lo dirá Ireneo:

"Jesús es lo visible de lo invisible". A Dios, nadie le ha visto nunca ni lo verá jamás. Dios no es aprehensible, comprensible, más que en su creación o su "humanidad".

Cristo deviene el objeto de cada sentido del alma. Se le llama la verdadera luz para iluminar los ojos del alma; se le llama el verbo para ser escuchado, el pan para ser degustado; de la misma manera se le llama óleo de unción y nardo para que el alma se deleite en el perfume del Logos; él ha devenido "el Verbo hecho carne" palpable y asible, para que el hombre inferior pueda asir el Verbo de Vida. El mismo Verbo de Dios es todo esto (Luz, Verbo, etc.). El lo deviene en una oración ferviente y él no permite que ninguno de los sentidos espirituales sea desprovisto de gracias. (Orígenes en Cant. II).

 

MEDITAR Y ORAR EN TODOS LOS SENTIDOS

En la oración, antes de iluminar, la obra del Espíritu es curar, enseñar al hombre el buen uso de sus sentidos con el fin de que pueda –en verdad– ver, escuchar, tocar, sentir, gustar "aquello que es" y entrar en la Presencia de "Aquel que Es".

El ejercicio meditativo de todos los sentidos podría ser así la introducción a una oración profunda.

Se trata de considerarlos como aliados en la oración y no como enemigos u obstáculos a la gracia.

Todo lo que se sabe de Dios, es siempre un hombre quien lo sabe. Todo lo que el hombre sabe de Dios, lo sabe en su cuerpo. Paul Evdokimov, siguiendo la tradición ortodoxa, hablará de una "sensación de Dios" indicando la participación de todo el ser en la oración.

En el estudio contemporáneo de los procesos de la memoria se conoce mejor la importancia del cuerpo. Uno no se acuerda más de aquello que ha realmente vivenciado en su cuerpo. Acordarse de Dios en la tradición antigua no es un simple acto de la inteligencia y del corazón, es guardar en si la huella de una presencia. "Camina en mi presencia y se perfecto" decía Dios a Abraham.

Orar no es pensar en Dios; es mantener la sensación de una presencia que nos envuelve y nos guía.

Desde luego no se trata de reducir esta presencia a la sensación que podemos tener de ella (como a la comprensión o al amor que podemos tener de ella).

La presencia desborda por todas partes nuestra aprehensión, pero sin embargo, "según nuestra capacidad", que siempre es ampliable, ella se comunica realmente a nosotros.

La esencia de Dios permanece inaccesible, es su energía la que se comunica a nuestros sentidos, podríamos decir retomando las distinciones de Gregorio Palamas. Nosotros no estamos en el corazón del sol, y sin embargo cada rayo de su luz es completamente el sol... Orar, es permanecer desnudo y dejarse solear.

La ascesis comienza por una purificación de todos los sentidos. Se trata de armonizarlos perfectamente a la presencia de lo increado, de hacerlos silenciosos, sin las interpretaciones de la mente, es decir desnudos en el abrazo con aquello que es.

 

ESCUCHAR

"Escucha Israel... amarás..."

El primer mandamiento es "Escucha". Orar, en efecto, no es antes que nada hablar a Dios, es más bien callarse para escucharle. Y lo que se escucha en primer lugar, no es su infinito silencio, sino el ruido de nuestros pensamientos, de nuestras representaciones, de los conceptos que nos hemos forjado a lo largo de siglos. Escuchar este ruido, estos rumores, pueriles o grandiosos, estas palabras que nos dicen cuando menos alguna cosa de Dios. "Alguna Cosa", justamente; ahora bien Dios no es "una cosa que causa" sino "alguien" cuya presencia resuena en nosotros y que hace nacer a veces el canto, a veces la palabra profética. Ecos poderosos e inciertos de esta Presencia.

Escuchar... abrir el oído... Se dice a menudo que Israel es el pueblo de la escucha más que el pueblo de la visión (los Griegos) pero ¿por qué privilegiar un sentido más que otro, orar con un sentido más que con otro? ¿No existe una escucha global que es atención global a aquello que es...?

Es verdad que en el desierto no hay nada que ver. Los ojos se apoyan mal sobre la luz... pero están los cantos de la arena, el rumor de los animales y hay voces en el viento, palabras en el interior... "Escucha Israel".

El pueblo que lleva la palabra de Dios es el pueblo de la Escucha.

Orar es escuchar.

Tender el oído, y a veces resistir al deseo de escuchar algo, hasta que el silencio excave en nosotros un deseo mas alto. Comprender entonces que aquel que nos habla nunca nos dirá una palabra...

Escuchar nos calla por todos los lados y en este silencio captamos hasta que punto el Otro es totalmente Otro y hasta que punto existe...

 

VER

El libro de Job finaliza por estas palabras que parecen indicar una cierta superioridad de la visión sobre la escucha. La escucha mantiene la distancia; en la mirada, la presencia aparece en su proximidad.

"Yo no te conocía más que de oídas, pero ahora mis ojos te han visto. Así, yo retiro mis palabras, y me inclino sobre el polvo y sobre la ceniza" (Job 42,5)

Escuchar a alguien no es todavía verle; ahora bien el deseo del hombre es también el deseo de ver y si se trata de Dios, verle "tal como es", como lo dice San Juan, y no solamente como uno puede imaginárselo, pensarlo, representarlo...

"Sabemos que más allá de esta manifestación nosotros seremos semejantes a El, porque lo veremos tal como El es" (I, Jn, 3/2)

Para ver a Dios "tal como es" el ojo lo mismo que la oreja tiene necesidad de ser purificado. De lo contrario, corre mucho el riesgo de no ver más que un espejismo, una proyección.

Nuestra mirada está tan a menudo cargada de memoria, de juicios, de comparaciones...

Quien haya visto tan solo una vez una rosa sabrá lo que es orar...

La rosa es un rostro.

Ahí donde los hombres veían una adultera o una pecadora, Jesús veía una mujer; su mirada no se detenía en la máscara o en el gesto, él contemplaba el rostro.

Orar es contemplar el rostro de todas las cosas, es decir su presencia, su tuteo fraternal que nos hace un gesto de la ternura de Dios.

Uno es siempre bello ante la mirada de un hombre que ora; él no está engañado por nuestros remilgos, sino que mira más lejos, hacia lo que nosotros somos de mejor. El mira a Dios.

Para orar mejor, si nuestros ojos comenzaran a ver lo que ven, si nuestra mirada se tomara el tiempo de posarse y de reposarse en lo que ve, descubriría que todas las cosas nos miran, que todas las cosas oran.

Dejar de poner etiquetas.

Pasar de la observación a la contemplación, tal es el movimiento de la oración de los ojos.

Captar todo lo que hay de invisible en lo que se ve.

Ir hasta ese punto inaccesible donde se encuentran las miradas.

Ver deviene visión.

Visión deviene unión.

"Nosotros nos volvemos semejantes a El porque nosotros le vemos tal cual es"

 

TOCAR

Escuchar, ver, nos mantiene en la proximidad. Pero la presencia solo se hace estrecha por el tacto. Es además la progresión indicada por San Juan en su primera Epístola como si el uso de cada sentido manifestara un grado de intimidad particular con el Verbo de Vida:

"Lo que era en el comienzo. Lo que hemos escuchado. Lo que hemos visto con nuestros ojos. Lo que hemos contemplado. Lo que nuestras manos han tocado del Verbo de Vida. Porque la vida se ha manifestado... Damos testimonio de ello" (I, Jn, 1)

Aquello que escuchamos, vemos, tocamos, precisa San Juan, es "aquello que es desde el comienzo". No tenemos nada más que añadir, nada que inventar; se trata de aplicar nuestros sentidos a aquello que es para que "eso" pueda manifestarse.

El tacto da a veces miedo como si se refiriese a una sensorialidad más burda que la de la Escucha y la Visión, más ligada a la materialidad, a la pesadez de las cosas.

En la oración, el oído se vuelve capaz de escuchar lo inaudible, el ojo de ver lo invisible. ¿No hace la oración que el tacto se vuelva capaz de sentir lo impalpable, el espacio en la superficie? Nos acordamos de esta experiencia de Teilhard de Chardin estrechando en su mano un trozo de metal; esa fue su primera "sensación de Dios"; un infinito se hizo presente en este ínfimo fragmento del universo...

"Si supierais lo profunda que es la piel", decía también Paul Valery. Si, eso depende de cómo se la toque... Hay personas que os tocan como una coraza y otras que os remueven hasta la raíz. Hay manos que os aplastan, os cosifican, os bestializan y hay manos que os apaciguan, os sanan y a veces incluso os divinizan (cf. la imposición de manos, para la curación pero también para la comunicación de la gracia).

Los Ancianos hablan a menudo de la oración de las manos a propósito del trabajo, pero las manos ¿solo oran cuando trabajan? ¿No pueden orar cuando acarician, es decir cuando el amor y el respeto que las habitan, las "espiritualizan"?

La oración del Tacto, es la oración de un cuerpo que no se agarra, que no se encierra sobre el otro. Tocar a Dios o dejarse tocar por El, no es sentirse aplastado, sino sentirse envuelto de espacio. Dios nunca nos asfixia.

La oración es un abrazo que nos deja libres.

No se ora con los puños cerrados, no con garras, ni con pegamento en los dedos...

Solo se puede orar con las manos abiertas, las palmas oferentes "ante Ti, Señor".

 

DEGUSTAR

A fuerza de bien Escuchar, de bien Ver , y de bien Tocar, la Presencia se ha vuelto más familiar. El contacto está establecido. ¿Podemos todavía dar un paso más en la intimidad?. El salmo nos invita a ello: "Gustad cuan bueno es el Señor". Se trata de gustar y de saborear esta Presencia.

La etimología de la palabra sabiduría=sapientia, sapere, nos recuerda que el sabio, es aquel que sabe degustar, aquel que "gusta" el sabor del Ser en sus formas más variadas.

Orar, es tener el gusto de Dios. "Que me bese con los besos de su boca", dice el primer versículo del Cantar de los Cantares y el comentario del Zohar añade: "Cuando el Santo –bendito sea él– reveló a Israel, en el monte Sinaí, el Decálogo, cada palabra se dividió en setenta sonidos; y estos sonidos aparecieron a los ojos de Israel como otras tantas luces resplandecientes".

Israel vio también –con sus propios ojos– la Gloria de Dios, así como está escrito: "Y todo el pueblo vio los ruidos" (Ex. XX, 18). La Escritura no dice "escuchó", sino "vio" (rô'îm). Este ruido se dirigió a cada uno de los israelitas y les pidió: "¿Quieres aceptar la ley que encierra tantos preceptos negativos y mandamientos?"

El pueblo de Israel respondió: "¡Si!" Entonces el ruido beso en la boca a cada israelita tal y como está escrito: "Que me bese con los besos de su boca" (II, 146 a).

No basta con "escuchar" el mandato de Dios. Es necesario además "verlo" encarnado en la persona del Justo, y después finalmente "gustarlo", apreciarlo por si mismo, manifestarlo por la vida propia.

Rabbi Isaac dice además en el Zohar (II, 124b): "¿Por qué la Escritura no dice: "que él me ame", en lugar de: "que él me de un beso"?. Por el beso, los amigos intercambian sus espíritus (sus alientos), y es por eso que el beso se aplica en la boca, fuente del espíritu (pneuma). Cuando los espíritus de dos amigos se encuentran con un beso, boca sobre boca, estos espíritus no se separan más el uno del otro. De ahí viene que la muerte por un beso es tan deseable, el alma recibe un beso del Señor, y ella se une así al Espíritu Santo para nunca más separarse de él.

He aquí por que la Asamblea de Israel dice: "Que él me de un beso de su boca para que nuestro espíritu se una al Suyo y no se separe de él nunca más".

Este lenguaje lleno de imágenes puede irritarnos, pero si Dios "habla a los hombres" ¿por qué no diríamos que "El los abraza"? La tradición nos dice que Moisés habría muerto a causa de un beso de Dios, indicando por eso, de manera simbólica, a que estado de unión le había conducido su plegaria.

Dios, en la experiencia de oración, no es algo sin sabor, a pesar de que ningún sabor, ninguna comparación pueda acercar la Realidad que El Es. Los Padres de la Iglesia –siguiendo a los Rabinos– retomarán este tema del gusto en la oración y del beso místico a propósito de la Eucaristía. El Sacramento es el signo sensible de una realidad invisible, como el beso de la madre a su hijo es el signo sensible del amor que ella le tiene. La Eucaristía es el signo sensible del amor que Dios tiene por nosotros. El se convierte en nuestro pan, nuestro vino; El quiere ser gustado, conocido desde el interior.

Se conocen las repercusiones en el cuerpo humano de un beso en los labios y la ebullición íntima que puede despertar. La oración saboreable es una entrada en la cámara nupcial, misterio de la Unión de lo creado y de lo increado. Dios es entonces experimentado, dirá San Agustín, como "totalmente Otro que yo mismo y más yo que yo mismo". 

 

 

OLER

Tras el abrazo, el cuerpo del otro ha dejado sobre nuestro propio cuerpo un poco de su perfume y uno puede permanecer todavía largo tiempo como envuelto en su presencia... De nuevo, es la metáfora amorosa la que parece más adecuada que la metáfora conceptual para describir la vivencia de esta forma de oración: "Mi Bienamado es para mi un saco de mirra que reposa entre mis senos". (Cant. I, 13) 

No hay más bella imagen, dirán los rudos ascetas del Desierto, para describir los más altos grados de la oración del corazón. La Presencia de Dios nos impregna entonces por dentro y por fuera y todos nuestros actos son como el aura perfumada de Cristo viviendo en nosotros...

A propósito del versículo I, 12 del Cantar: "Mientras que el rey estaba en su salón, mi nardo ha exhalado su perfume", el Zohar ya decía: "El rey designa al Santo, bendito sea él"; "en su salón" designa al hombre unido a su Señor y marchando en la buena vía, hombre en el cual el Señor fija su residencia; "mi nardo ha exhalado su perfume" designa las buenas obras del hombre (I, 56,b).

El olfato es quizás nuestro sentido más sutil, pero también aquel que el mundo contemporáneo parece temer más si vemos es éxito de los desodorantes... (¿o quizás es que la gente no tiene ya el buen olor que tenía en otros tiempos?) El perfume de alguien es un poco su secreto, su "esencia", y se dirá de una persona, de manera significativa aunque irracional: "no puedo ni olerla".

En el ámbito de la oración, los fenómenos de perfumes, llamados "sobrenaturales" no son raros. Pensemos en la experiencia que pueden tener algunos al orar en Notre-Dame-du-Laus; la Virgen manifiesta allí su presencia por un perfume que no se asemeja a ninguno de aquellos que se encuentran en los costosos estantes de nuestras tiendas.

San Serafín de Sarov inicia a su amigo Motovilov a la oración del Espíritu, por la presencia no solamente de una gran cantidad de paz y de suavidad, sino también por un perfume (cf. Conversación con Motovilov).

Además, ninguna tradición ignora el poder del incienso. Su papel es verdaderamente el de hacernos entrar en un nuevo estado de consciencia, de despertarnos a la belleza de la Presencia. Entonces uno puede que no quiera escuchar nada, cerrar los ojos, "solamente respirar", y en cada inspiración, sentir expandirse en todos nuestros miembros la Presencia misma del Viviente.

Expandir su perfume simboliza igualmente el acto por el cual uno se orienta totalmente a Dios en la oración. Es el acto de amor por excelencia; recordemos a María Magdalena a los pies de Jesús.

Cuando decimos con el salmo: "Que mi oración se eleve ante Ti como el incienso", eso quiere decir que nosotros nos dirigimos a Dios en "nuestra esencia, como en nuestra existencia". Todo Le pertenece de ahora en adelante, como el grano de incienso pertenece a la brasa.

 

LA LITURGIA O LA UNIFICACION DE TODOS LOS SENTIDOS

Hemos leído bastante a San Juan de la Cruz como para no desconfiar de las sensaciones en la oración, sean estas auditivas, visuales, gustativas u olfativas.

Orar, en efecto, no es buscar sensaciones. No es tampoco complacerse en ellas, sino que es acogerlas si llegan, como un don de Dios.

Pero conviene usarlas con discernimiento: de los sentidos, como de la razón, existe una utilización divina, natural o demoníaca.

La utilización divina o celeste, es la utilización que podemos hacer de ellos en la oración: orientarlos hacia Dios e ir así hacia El con todo nuestro ser.

La utilización natural o terrestre, es la utilización que podemos hacer de ellos en la meditación, para mejor escuchar, ver, gustar, tocar, respirar "aquello que ES".

La utilización infernal o demoníaca, es la utilización que podemos hacer de ellos en un narcisismo estéril y esquizoide que nos separa de lo Real. Uno se encierra entonces (estar en el infierno = estar encerrado / être en enfer = être enfermé) en una serie deshilvanada de sensaciones que son tomadas como toda la realidad, absolutización de lo relativo que es de nuevo una forma de idolatría.

La sensación puede de esa manera ser un icono, una imagen o un ídolo:

– un icono cuando nos pone en presencia de Dios; realidad visible que nos conduce a la Realidad Invisible;

– una imagen cuando nos revela la belleza de toda superficie pero sin penetrar en su profundidad;

– un ídolo cuando estamos "alienados" a su forma particular y estamos tentados de tomarla por "la única realidad".

La Liturgia en la tradición antigua, que es el lugar de la oración común, va a ser también el lugar de la purificación y de la unificación de todos los sentidos. Esta Liturgia se dirige, en efecto, no solamente al intelecto y al corazón, sino a todos los sentidos:

– al oído a través de los cantos,

– a los ojos a través de los iconos y por las luces,

– al tacto por la postura, las metanías (postraciones), el contacto con los iconos,

– al gusto por la Eucaristía,

– al olfato por el incienso.

Ningún sentido debe ser excluido de la alabanza. El hombre todo entero debe entrar en la Presencia; es el proceso mismo de la Transfiguración. La Liturgia, es la oración de todos los sentidos reunidos, como "ovejas razonables", ante la llamada del Verdadero Pastor. El hombre puede entonces cantar con San Agustín:

¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!

El caso es que tú estabas dentro de mí y yo fuera.

...

Tu estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.

...

Me llamaste, me gritaste, y desfondaste mi sordera.

Relampagueaste, resplandeciste, y tu resplandor disipó mi ceguera.

Exhalaste tus perfumes, respiré hondo y suspiro por ti.

Te he paladeado, y me muero de hambre y de sed.

Me has tocado, y ardo en deseos de tu paz.

 

 

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CONVERSACIÓN CON JEAN-YVES LELOUP

¿Qué es la oración para ti?

¿Qué es la oración para mí? Digamos que intento vivir tres enseñanzas de Jesús en el Evangelio: primero, orar en el secreto, después orar en espíritu y en verdad, finalmente orar sin cesar.

El consejo de orar en el secreto se encuentra en ese pasaje en el que Jesús pide no parlotear como los paganos en las plazas públicas, sino orar al Padre que está en el secreto: cierra la puerta y entra en ti mismo. Me gusta mucho esta palabra: secreto, que significa el lugar escondido de uno mismo, el fondo de su ser, ya que define a la vez lo desconocido en si y lo inconfesado, lo inconfesable puede ser, y también todo el espacio de lo divino; y después esta idea de cerrar la puerta, de detener toda agitación, tanto si esta se sitúa a nivel de las relaciones como si se sitúa a nivel del mental, este acto de cerrar la puerta es la clave para entrar en esta presencia donde somos esperados. Porque está dicho que, en el secreto, el Padre está presente. Jesús lo llama Padre o podría llamarlo el Origen, la Fuente, el Fondo, poco importan las palabras pero es verdad que cuando se toca un poco el recogimiento de uno mismo, lo desconocido de uno mismo comunica algo. Puede ser que ahí esté eso increado de lo que habla Eckhart, y que habita en todo hombre. Algo que es terriblemente silencioso, que es el secreto del hombre y quizás incluso el secreto de Dios.

Por lo tanto, para mí, orar es coger momentos en los que cierro la puerta. Hay que ver esto a nivel material, espacios donde retirarse. Personalmente yo lo hago sobre todo en la noche, y ahí me encuentro con ese secreto de mi mismo que es el secreto del hombre.

¿Pero este acto de orar, es un acto en palabras? ¿Se trata de decir el Padrenuestro, el Ave María, el Confiteor?

Para mí, que he sido marcado y educado en la tradición hesicasta, esto comienza por la invocación del Nombre, el de Jesús, Ieshuah o el del Padre, Abba, esto crea un ritmo, una llamada. Es un movimiento del corazón en el que está la verbalización, el sonido, la palabra, y el objetivo de esto es conducir al silencio. La palabra Abba, por ejemplo, pronunciada con toda la voz y repetida conduce al corazón de la relación que Cristo podía tener con lo original.

¿Es una especie de salmodia?

Al comienzo si. Una especie de canto que hace el silencio en uno mismo. Es el papel, en las tradiciones orientales, del mantra, donde el sonido tiene una potencia que viene a encontrarnos ahí donde se tienen pensamientos un poco densos, con el fin de que nuestro pensamiento sea conducido poco a poco más allá del pensamiento.

Intento también orar en espíritu y en verdad. Y ahí también, me gusta la traducción que define el acto de orar in pneumatis, lo que significa orar en el aliento. Ahora bien el aliento es, creo yo, el segundo aspecto de la oración, el de la respiración. Es decir que la oración ya está en nosotros; por nuestra respiración ya se pronuncia el nombre de Dios, ese nombre impronunciable. En el corazón mismo de nuestro aliento se encuentra la verdad. Tras haberse retirado en el secreto, tras haber cerrado la puerta, hay que escuchar al aliento, ya que creo que nunca sabemos orar, es el espíritu el que ora en nosotros. Entonces el nombre pronunciado pone un poco de silencio en la mente que va a poder entonces escuchar a un nivel más sutil in pneumatis, en espíritu.

Considero que se ha perdido el nombre de Dios porque ya no escuchamos. Jesús transmite por el aliento. Entrar en la oración de Cristo es entrar en esta respiración. La nuestra. Orar es respirar. Encontramos aquí aquello que se ha dicho en la Filocalia, que el Nombre, la inspiración y la expiración no hacen más que una unidad.

El espíritu ora en nosotros, en verdad, si uno está atento a ello, si uno sabe ponerse en un estado absoluto de presencia.

¿Pero como hacer para orar sin cesar?

Para Cristo todo aquello que era encontrado en el borde del camino era la Zarza Ardiente...

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ANEXO: PEREGRINO DE LAS NIEVES (Emmanuel Muheim)