
Santuario del Espíritu Santo
San Maximiliano Kolbe
El Padre Maximiliano Kolbe nació en Zdunska Wola cerca de Lodz en Polonia, en enero de 1894. Entró en 1907 en el seminario de los Franciscanos Conventuales, fue enviado a Roma para continuar allí sus estudios eclesiásticos.
Cuando todavía era estudiante, fundo con algunos amigos la Misión de la Inmaculada con vistas a santificar el mundo entero con la ayuda de la Virgen Inmaculada.
Ordenado sacerdote en 1918. En 1929 fundó un "Convento-Casa de Edición" confiado a María: Niepokalanow (Ciudad de la Inmaculada) centro de vida religiosa y de diversas formas de apostolado, donde varios centenares de religiosos vivían en una pobreza de vida verdaderamente franciscana, pero trabajaban con las máquinas más perfectas para la época. Setecientos hermanos trabajadores franciscanos hacían "cantar" las máquinas a la gloria de Dios.
Deseoso de comunicar el amor de la Inmaculada a todos fundo en Japón una institución semejante.
De vuelta a Polonia en 1936, fue encarcelado por primera vez en 1939 por los Alemanes. Detenido definitivamente el 17 de Febrero de 1941 fue enviado a Auschwitz. Vivió allí entre las privaciones y las persecuciones, iluminando de fe, esperanza y de caridad ese lugar de muerte y de odio, hasta el día en el que se ofreció para morir en lugar de un padre de familia. Su cuerpo fue incinerado el día de la Asunción.
Pablo VI lo declaro beato en 1971. Juan Pablo II lo declaró santo el 10 de octubre de 1982.
Devoto de la Inmaculada Concepción vio en la aparición de Lourdes y en el mensaje que allí se formuló, un acontecimiento de vital importancia para la catolicidad: una confirmación del dogma marial y en consecuencia de la verdad de la Iglesia que lo proclama. Nadie discute hoy en día su santidad ni su fin heroico, pero lo que se ignora y a veces se oculta son sus últimas meditaciones sobre la Inmaculada Concepción y la teología que se desprende de ahí. En 1941, en su último escrito el Padre Kolbe enuncia "La Inmaculada es en un cierto sentido la encarnación del Espíritu Santo". Nosotros diríamos preferentemente "manifestación" –o "tulku" en el lenguaje oriental– mejor que "cuasi-encarnación" pero tocamos aquí los límites expresables de la teología y llegamos a la más alta metafísica...
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Inmaculada Concepción: estas palabras han salido de la boca misma de la Inmaculada; por lo tanto deben mostrar de la manera más precisa y más esencial quien es ella.
Puesto que las palabras humanos no son capaces de expresar las realidades divinas, entonces estas palabras –inmaculada, concepción– deben de ser comprendidas en un sentido más profundo, incomparablemente más profundo, más bello, más sublime que en su sentido habitual, mejor que lo que pudiera comprender la razón humana más penetrante.
Lo que dice San Pablo, tras el profeta Isaias: «Cosas que el ojo no ha visto, que la oreja no ha oído y cuya idea no ha venido al corazón del hombre» (Is 64,4), «tales son los bienes que Dios ha preparado para aquellos que le aman» (I Cor 2,9), puede aplicarse aquí con toda su fuerza.
Sin embargo se puede, e incluso se debe, escrutar el misterio de la Inmaculada y expresarlo con palabras forjadas por nuestra inteligencia con sus medios propios.
¿Quién eres tú, Inmaculada Concepción?
No eres Dios, porque El no tiene comienzo. No eres ángel, creado inmediatamente de nada. No Adán, formado del barro (Gen 2,7). No Eva, formada de la costilla de Adán (Gen 2,21). No el Verbo encarnado que existe desde todos los siglos y que es más concebido que concepción. Los hijos de Eva no existen antes de su concepción; se debe entonces llamarlos concepciones (creadas). Pero tu, tu difieres de todos los hijos de Eva, ya que ellos son concepciones manchadas por el pecado original, mientras que tú eres la única concepción inmaculada.
Todo aquello que está fuera de Dios, puesto que es de Dios y bajo todos los aspectos enteramente de Dios, lleva sobre si y en si la semejanza del Creador, y no hay nada en la criatura que no posea esta semejanza, ya que todo es el efecto de la causa primera.
Es verdad que las palabras, que expresan las cosas creadas, hablan de la perfección divina solamente de una manera imperfecta, limitada, analógica. Son un eco más o menos lejano, como todas las criaturas que esas palabras expresan, de las propiedades de Dios.
¿La Concepción es acaso una excepción? Nunca hay excepciones en estos casos.
El Padre engendra al Hijo, y el Espíritu procede del Padre y del Hijo. En estas pocas palabras se encuentra el misterio de la vida de la Santísima Trinidad y de todas las perfecciones en las criaturas que no son otra cosa que ecos variados, un himno de alabanza, en tonos multicolores, de este misterio primero y el más bello.
Debemos utilizar nuestro vocabulario habitual, ya que no tenemos otro, pero no debemos nunca olvidar que este vocabulario es muy imperfecto.
¿Quién es el Padre? ¿Cuál es su vida personal? Engendrar, ya que él engendra el Hijo en los siglos de los siglos, por siempre.
¿Quién es el Hijo? El Engendrado, ya que, por siempre y desde los siglos de los siglos, él nace del Padre.
¿Y quien es el Espíritu? Es el fruto del Amor del Padre y del Hijo. El fruto del amor creado es una concepción creada. Pero el fruto del Amor, prototipo de este amor creado, es necesariamente él mismo una concepción. El Espíritu es por lo tanto la Concepción increada, eterna, el prototipo de todas las concepciones de la vida en el universo.
El Padre engendra, el Hijo es el Engendrado, el Espíritu es la Concepción brotante (de Amor), y está ahí su vida personal, por la cual ellos se distinguen entre si. Pero ellos están unidos por la misma Naturaleza, la existencia divina.
El Espíritu es por tanto esta Concepción, muy santa, infinitamente santa, inmaculada.
En el universo, encontramos por todas partes la acción y la reacción que es igual a la acción pero en sentido contrario, la salida y la llegada, el alejamiento y el acercamiento, la separación y la unión. Y la separación es siempre para la unión que es creadora. Esto no es otra cosa que la imagen de la Santísima Trinidad en la actividad de las criaturas.
La unión, es el amor, el amor creador. Y la actividad divina no actúa de otra manera en el exterior. Dios crea el universo –es como si fuera la separación. Y las criaturas, según a ley natural que les es dada por Dios, se perfeccionan, se asimilan a él, retornan a él; y las criaturas inteligentes le aman de una manera consciente, y por este amor se unen cada vez más a él, y retornan a él. La criatura más totalmente colmada de este amor, colmada de la divinidad: es la Inmaculada, sin ninguna huella de pecado, que no se ha separado en nada de la voluntad de Dios; unida al Espíritu Santo como su esposa, de una manera inexpresable, pero en un sentido incomparablemente más perfecto que lo que puede ser atribuido a las criaturas.
¿Cuál es esta unión? Es ante todo interior, unión de su esencia con la «esencia» del Espíritu-Santo. El Espíritu-Santo habita en ella, vive en ella y esto desde el primer instante de su existencia, siempre y por siempre.
¿En que consiste esta vida del Espíritu en ella? El Espíritu mismo es el Amor en ella, es el Amor del Padre y del Hijo, Amor con el que Dios se ama a si mismo, Amor de toda la Santísima Trinidad, Amor fecundo, Concepción. En las criaturas hechas a semejanza de Dios, la unión por el amor esponsal es la unión más íntima. (Cf. Mt 19,6) De una manera mucho más precisa, más interior, más esencial, el Espíritu Santísimo vive en el alma de la Inmaculada, en su ser; él la fecunda, y esto desde el primer instante de su existencia, durante toda su vida, y por toda la eternidad.
Esta eterna Inmaculada Concepción (el Espíritu Santo) concibe de manera inmaculada la vida divina en el seno de su alma, a ella, Inmaculada Concepción. Y el seno virginal del cuerpo de María le es reservado, y El concibe también en el tiempo –todo lo que es material ocurre en el tiempo– la vida del Hombre-Dios.
Y así el retorno a Dios, es decir la reacción igual y contraria (que es el amor), sigue un camino diferente del de la creación. El camino de la creación va del Padre por el Hijo y el Espíritu; aquí, va por el Espíritu y el Hijo al Padre, es decir que, por el Espíritu, el Hijo se encarna en el seno de la Inmaculada y, por este Hijo, el amor retorna al Padre.
Y ella (la Inmaculada), insertada en el Amor de la Santísima Trinidad, deviene, desde el primer momento de su existencia y por siempre, el «complemento de la Santa Trinidad».
En la unión del Espíritu Santo con ella, no es solamente el amor de dos seres, sino que, en uno de ellos, es todo el amor de la Santa Trinidad, y en el otro es todo el amor de la creación; y así en esta unión se reúnen el cielo y la tierra, todo el cielo con toda la tierra, todo el amor eterno con todo el amor creado. Es la cumbre del amor.
La Inmaculada de Lourdes no se designa como concebida inmaculada, sino como lo dice Santa Bernardette:
«Que soy era inmaculada concepciou» («Yo soy la Inmaculada Concepción»)...
Si en las criaturas la esposa toma el nombre del esposo porque ella le pertenece, se hace uno con él, deviene su igual y es con él principio creador de vida, con cuanta más razón el nombre del Espíritu-Santo: Concepción Inmaculada, es el nombre de Aquella en quien El vive como Amor, principio de vida en todo el orden sobrenatural de la gracia.
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Vida trinitaria y mediación de María. La vida de la Santa Trinidad dura desde siempre y por siempre; es inmutable. Desde siempre el Padre engendra al Hijo, y desde siempre el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. El Padre actúa por el Hijo, y el Hijo por el Espíritu Santo. He aquí aquello que nosotros no podemos comprender por nuestra sola inteligencia, ya que ella tiene sus límites, y la menor explicación nos sobrepasa. Tal es por tanto la vida interior de la Santa Trinidad: el Padre actúa por el Hijo y el Hijo por el Espíritu Santo; esta vida se refleja en grados diversos en las criaturas. Se repercute en todo el universo como una serie de ecos muy lejanos...
La criatura más elevada entre todas las criaturas es el hombre, y entre todos los hombre es la Inmaculada. Ella es la criatura más perfecta, sin la menor mancha de pecado: ella es Inmaculada.
Por todas partes en la naturaleza y en las leyes naturales, se encuentra el fenómeno de la acción y de la reacción. Es el reflejo de la acción de la Trinidad Santa. La acción, es Dios que crea a partir de nada; la reacción, son las criaturas que, más o menos perfectamente, tienden y retornan hacia el Creador, Dios.
Tenemos por lo tanto las tres Personas divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Padre actúa por el Hijo, y el Hijo por el Espíritu Santo, y, como un puente construido entre el Espíritu Santo y las criaturas, tenemos a la más perfecta de todas: la Inmaculada. Entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es una misma y única actividad, es la actividad de las tres Personas Divinas; y es imposible restringir su perfección. Por el contrario nuestra relación con Dios con el Espíritu Santo está lejos de la perfección. Es por ello que nos es necesario un puente, y este puente es la Inmaculada.
Todo lo que el Espíritu Santo recibe del Hijo, y lo que el Hijo recibe del Padre, todo ello él lo da a la Inmaculada y actúa por ella en las otras criaturas. He aquí entonces por que se llama a la Inmaculada la Esposa del Espíritu Santo. ¡No puede comprenderse por nuestra sola inteligencia, porque esto realmente nos sobrepasa!
Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la humana, unidas en una sola persona divina. La Inmaculada está tan unida al Espíritu Santo que no nos es posible comprender una tal unión. Sin embargo se puede decir a pesar de todo que el Espíritu Santo y la Inmaculada son dos personas que viven en unión tan íntima que tienen juntos una única y misma vida. De esa manera, todas las gracias que se desprenden del Padre por el Hijo y el Espíritu Santo vienen a nosotros por la Madre de Dios; he aquí por que ella es Mediadora.
Incluso si nosotros no pensamos en ella, o si oramos únicamente al Señor Jesús y a los santos, todas las gracias no nos llegan más que por ella. Si no queremos que esas gracias nos lleguen por la Inmaculada, nada recibiremos, y entonces trastornaremos el orden establecido por Dios según su voluntad. Es por eso que Satán se esfuerza por todos los medios en desasirnos de todo lo que liga a la Inmaculada.
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La fantasía nos lleva a presentar a Dios el Padre, Jesús, la Inmaculada, etc. como fines diversos de devociones casi equivalentes, en lugar de mostrarlas como los eslabones bien unidos de una misma cadena, subordinada como medios hacia un objetivo único: Dios, Uno en la Trinidad.
Todos los días, estemos cada vez más en la Inmaculada y, en ella y por ella, en Jesús, en Dios, pero nunca al margen de ella. Nosotros no servimos a Dios el Padre y a Jesús el Señor y a la Inmaculada, sino que servimos a Dios en Jesús y por Jesús, y a Jesús en la Inmaculada y por la Inmaculada.
La Madre de Dios es una criatura, Por lo tanto ella tiene de Dios todo lo que ella es. Pero ella es la criatura más perfecta. Es por eso que cada alabanza que se le dirige es, por su naturaleza, dirigida a Dios. Si nosotros admiramos la imagen, entonces honramos al artista que ha hechor semejante obra maestra... Rindiendo homenaje a la Madre santísima, honramos a Dios... Cuanto más se rinde homenaje a las perfecciones divinas que están en la Virgen María, más este homenaje hacia Dios es perfecto; es normal puesto que Dios la ha creado en la mayor perfección.
¿Por qué amamos a la Inmaculada y nos consagramos a ella sin límites? No por lo que ella es por si misma; sino porque ella es totalmente la propiedad de Dios... Nosotros la amamos porque amamos a Dios.
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Toda acción engendra una reacción
La reacción es el fruto de la acción.
Dios Padre: Principio primero y Fin último
La Inmaculada: Llena de gracia; nada le falta de lo que es gracia.
La vía de la gracia es la misma:
En acción: del Padre por el Hijo (Cristo: «Yo os llevaré») y por el Espíritu Santo (Inmaculada);
en reacción inversa: de la criatura por la Inmaculada (Espíritu Santo) y Cristo (Verbo) hacia el Padre.
Acción y reacción = amor = las gracias, las buenas obras.
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El Espíritu Santo está en la Inmaculada, a la manera, podríamos decir, como la segunda persona de la Santa Trinidad, el Verbo, está en su humanidad. Sin embargo, con esta diferencia: en Jesús, hay dos naturalezas, divina y humana, pero una sola persona que es Dios. Por el contrario la naturaleza y la persona de la Inmaculada son diferentes de la naturaleza y de la persona del Espíritu Santo. Sin embargo esta unión es inexpresable; es tan perfecta que el Espíritu Santo actúa únicamente por la Inmaculada su esposa...
Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la humana, unidas en una sola persona divina (es la expresión misma del dogma). La Inmaculada está tan unida al Espíritu Santo que no nos es posible comprender una unión tal. Sin embargo se puede decir a pesar de todo que el Espíritu Santo y la Inmaculada son dos personas que viven en unión tan íntima que tienen juntas una única y misma vida.
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Afirmamos que el Padre de los Cielos está en el origen de todo, que todo proviene de la Santa Trinidad. Dios, no podemos verlo. Es por eso que Jesús ha venido a la tierra para hacernos conocerle. La Virgen santísima es aquella en la cual veneramos al Espíritu Santo puesto que ella es su esposa...
La tercera persona de la Santísima Trinidad no está encarnada, sin embargo nuestra palabra humana, esposa, no llega a expresar la realidad de la relación de la Inmaculada con el Espíritu Santo. Se puede afirmar que la Inmaculada es, en un cierto sentido, "la encarnación" del Espíritu Santo. En ella, es el Espíritu Santo a quien amamos, y por ella, al Hijo. El Espíritu Santo es muy poco conocido.
Filius incarnatus est: Jesús Christus
Spiritus Sanctus cuasi incarnatus est: Immacuata.
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Cada criatura, y todo en la creación, viene a la existencia, de Dios. Solo Dios existe pos si mismo. Toda cosa recibe su existencia, a cada momento, de Dios, incluso la humanidad de Jesús. La Madre santísima es también una criatura de Dios. En este sentido, por ella misma, no es nada. Lo que ella es, lo ha recibido de Dios.
Es verdad, la Inmaculada es la obra de Dios, y como toda obra de Dios, ella es, sin comparación, inferior, ya que ella depende completamente de su creador. Sin embargo, ella es la obra más perfecta, la más santa. Según San Buenaventura: Dios habría podido crear un mundo más grande y más perfecto, pero no podía realizar algo más digno que María.
La cumbre del amor de la criatura que retorna a Dios, es la Inmaculada: el ser sin ninguna mancha de pecado, totalmente bella, totalmente divina. En ningún momento su voluntad se ha alejado de la voluntad de Dios. Con toda su voluntad, ella está fijada en Dios.
Los seres espirituales son creados a imagen y semejanza de Dios; de ella se puede decir que es la hija de Dios. Como Criatura, ella está cercana a nosotros y toca la divinidad como Madre de Dios. Honorando a la Inmaculada, nosotros adoramos de una manera concreta al Espíritu Santo.
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Lo mismo que el Hijo, para manifestarnos su inmenso amor, se ha hecho Hombre, así la tercera persona, Dios-Amor, ha querido mostrar su mediación hacia el Padre y el Hijo por medio de un signo ostensible. Este signo es el corazón de la Virgen Inmaculada tal y como dicen los santos, sobre todo aquellos que consideran a María como la Esposa del Espíritu Santo. Esta fue la conclusión del Venerable Luis María Grignion, siguiendo a los Padres...: el Espíritu Santo, tras la muerte de Cristo, actúa también en nosotros por María. La palabra del Creador a la serpiente concerniendo a la Inmaculada: "Ella misma te aplastará la cabeza" (Gen 3,15) debe ser comprendida, según la doctrina de los teólogos, como aplicándose a todos los tiempos.
Hasta el fin del mundo pertenece al Espíritu Santo el formar a los nuevos miembros de los predestinados en el cuerpo místico de Cristo. Pero como el Venerable Luis María Grignion lo señala, esta obra es consumada con María, en María y por María.
Nosotros hemos llegado a esta conclusión –a saber que el Espíritu Santo actúa por María– con la ayuda de los textos de la Santa Escritura y las palabras de los santos, que son los mejores interpretes de la Santa Escritura: «Y yo rogaré al Padre y él os dará un nuevo Paráclito, para que quede con vosotros por siempre, el Espíritu de verdad...» (Jn 14, 16-17). «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre os enseñará y os recordará todo lo que yo os he dicho...» (Jn 14,26). «Cuando él venga, el Espíritu de verdad, él os conducirá a la verdad toda entera... El me glorificará...» (Jn 16, 13-14).
Por lo mismo entonces que la segunda Persona divina aparece en su encarnación bajo el nombre de «simiente de la mujer», así el Espíritu Santo manifiesta ostensiblemente su participación en la obra de la redención por la Virgen Inmaculada que, aún siendo una persona distinta de la suya, está tan íntimamente unida a él que esto sobrepasa nuestro modo humano de comprender. Por lo tanto, a pesar de que la unión hipostática de lo humano y de lo divino en la única Persona de Cristo sea otra, ello no impide que la acción de María sea la acción misma del Espíritu Santo. En efecto María, en calidad de Esposa del Espíritu Santo, está hasta tal punto elevada por encima de toda perfección creada, que ella cumple en todo la voluntad del Espíritu Santo que habita en ella desde el primer instante de su concepción.
Si consideramos juntas todas estas verdades, nos es permitido sacar la siguiente conclusión: María, como Madre de Jesús Salvador, ha sido hecha Corredentora del género humano; como esposa del Espíritu Santo ella participa en la distribución de todas las gracias. Es por eso que los teólogos tienen razón en decir (con la gran tradición de los Padres): «... Lo mismo que la primera Eva ha actuado para nuestra ruina por actos verdaderamente libres, ruina que se remonta por lo tanto hasta ella, así María a contribuido a la reparación por sus propias acciones verdaderamente libres... de manera que se puede muy manifiestamente hablar de verdadera y estricta mediación.»
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Hasta el final de los tiempos, Satán no cesará de tentar, de poner obstáculos, de combatir, pero solamente en los límites consentidos por la Inmaculada, lo cual quiere decir que mientras ello sea necesario para reunir méritos por una victoria siempre cierta si combatimos bajo su enseña, con ella, a través de ella, por ella y en ella.
Hay mucho mal en el mundo, pero acordémonos que la Inmaculada es más poderosa y que ella «aplastará la cabeza de la serpiente infernal».
Nuestra época es la época de la Inmaculada, o como otros dicen, la época del Espíritu Santo. La serpiente levanta su cabeza sobre toda la tierra, pero también la Inmaculada va a aplastársela por victorias decisivas, a pesar de que la serpiente no cese de acechar su talón.
Es necesario retornar a la Inmaculada, ella es completamente divina. Hay que despojarse de uno mismo lo más rápidamente posible, no guardar nada para uno mismo, absolutamente nada: es preciso que sea ella la que haga todo; seamos su instrumento... Lo esencial no es actuar mucho según nuestra idea, sino estar en sus manos. Ella es la que mejor puede realizar la gloria de Dios, mientras que nosotros, echamos a perder muchas cosas. Todo depende de nuestra perfecta docilidad hacia ella. Nada es más perfecto que la unión de nuestra voluntad a la suya.
A veces uno se pregunta: «¿Cómo tienes el ánimo de llegar a ser una santo siendo tan débil?» Cuanto más débiles somos, mejor. La Inmaculada es como la «encarnación» de la Misericordia divina. Si hay un alma para la que ya no hay más esperanza y que se pregunta que le va a pasar, ella la eleva hacia una santidad más allá de lo que esa alma podía pensar. Incluso los más perdidos, los más débiles, ella los eleva. Hay que decirle: «Si yo me pierdo y caigo al infierno, otros me seguirán. Pero si tu me das la mano, yo podría ser un gran santo y atraer a los demás hacia el Cielo»
A veces tenemos dudas: nos ocurre a menudo el no haber sido fieles a la gracia, si bien que ya no somos dignos de la ayuda de Dios. Pero he aquí porque Dios nos ha dado la celeste Madre a quien él ha confiado todo el orden de la Misericordia, como si quisiera protegernos ante su justicia. Tenemos por lo tanto un camino sobre la cual, marchando, podemos siempre obtener la gracia de Dios. Nunca hay que decir que ahora no es posible tener la gracia.
A pesar de que tengamos sobre nuestra conciencia graves pecados, podemos liberarnos. Basta con aproximarse a la Inmaculada. Que aquel que cae se vuelva hacia ella con toda confianza. No hay que concentrase en uno mismo. San Pablo dijo ya: «Todo lo puede en aquel que me fortifica», y nosotros también podemos decir: «Todo lo puedo en aquella que me fortifica».
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La Inmaculada debe conquistar para Ella al mundo entero, cada alma en particular y devolverlas todas a Dios. Es necesario entonces reconocerla tal como ella es, sometiéndose a su reino lleno de tranquilidad.
Dios envía a aquella que personifica su Amor, María, la esposa del Espíritu –Espíritu de amor maternal–, la Inmaculada, toda bella, sin mancha, a pesar de ser hija de la raza de los hombres, hermana de los seres humanos. Dios la encarga de distribuir toda su Misericordia hacia las almas. El la instituye como Mediadora de la gracia merecida por su Hijo, ella que est plena de gracia, Madre de las almas nacidas de la gracia, renacidas y siempre renacientes, deificándose cada vez más perfectamente.
Es la Inmaculada solamente la que puede instruir a cada uno de nosotros en cada momento, guiarnos y atraernos a ella para que ya no seamos más nosotros, sino ella la que viva en nosotros, como Jesús vive en ella y el Padre en el Hijo.
Las expresiones: servidor, hijo, esclavo, bien, propiedad, son bellas; pero nosotros quisiéramos algo más, quisiéramos ser-estar en ella (la Inmaculada) sin ninguna limitación; entonces, incluyendo todas estas expresivas denominaciones y otras que se podrán encontrar, una palabra unifica todas: ser-estar en la Inmaculada.
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Hay que conquistar el universo y cada alma en particular, ahora y en el porvenir hasta el fin del mundo, a la Inmaculada y, por ella, al Corazón sagrado de Jesús. Y después hay que velar de que nadie arranque de ningún alma el emblema de la Inmaculada, sino más bien que se profundice sin cesar en las almas el amor hacia ella, que se estreche ese lazo de amor entre las almas y ella, con el fin de que estas almas no formen más que una unidad con ella y ella sola. Es así que ella sola, la Inmaculada, podrá vivir, y amar, y actuar en estas almas, y por ellas. Lo mismo que la Inmaculada es a Jesús, a Dios, lo mismo cada alma va a ser por ella y en ella a Jesús, a Dios, y esto mucho mejor que sin ella... en la medida de lo posible. Es entonces que estas almas llegarán a amar el Corazón Sagrado de Jesús mucho mejor que lo hacen hasta ahora. Y como la Inmaculada, ellas van a penetrar en las profundidades del amor: la Cruz y la Eucaristía, mucho mejor que anteriormente.
El Amor divino, por ella, pondrá el fuego al mundo y lo consumirá: entonces, se producirá la «asunción de las almas por el amor». ¿Cuándo ocurrirá la divinización del universo en ella y por ella?... Para esto, es necesario que sea ella, y solo ella, la que actúe, y que aquellos que se entreguen, se entreguen sin límites, que sean antes que nada de ella, que profundicen sin límites esta donación, que estrechen este lazo de amor por ellos que les penetra el alma. Es la condición absoluta, indispensable. Ella actuará por ellos en la medida en la que ellos serán y estarán en ella. Entonces, es necesario que no quede nada en ellos. Es necesario que estén en ella y sean de ella sin límites.
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¿Quién es la Inmaculada?. A esta frecuente pregunta no es posible dar una respuesta satisfactoria, ya que sobrepasa la inteligencia humana.
En las Letanías de Loreto, hay una gran cantidad de bellos títulos dados a la Madre de Dios, pero esto no es suficiente. La Santa Escritura habla poco de ella, se limita a contarnos algunos hechos como la Anunciación, la Natividad, etc... San Juan habría tenido la posibilidad de decir mucho al respecto, él que fue el testigo de su vida bienaventurada durante largos años.
Diversas gracias en la historia de los pueblos, numerosas apariciones, pero sobre todo la historia de la gracia en cada alma ¡si se la pudiera escribir! Todo esto podría responder parcialmente a la pregunta: ¿Quién es la Inmaculada?
Ella es la Madre de Dios, y ella se llama la Inmaculada. Cuando Dios se manifestó a Moisés, dijo de si mismo: «Yo soy el que soy» (Ex 3,14), es decir el ser mismo.
La Madre Santísima, cuando Bernardette le preguntó cual era su nombre, respondió: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Tal es la definición de la Inmaculada.
¿Qué quiere decir Inmaculada Concepción?
La palabra «concepción» quiere decir que ella no es eterna, que ella tiene un comienzo. «Inmaculada», que desde el primer instante de su existencia, no ha habido en ella el menor alejamiento de la voluntad de Dios. La Inmaculada es la más perfecta de las criaturas, la más sublime, ella es divina.
Ella fue por lo tanto inmaculada porque ella iba a ser Madre de Dios; y ella llegó a ser Madre de Dios porque ella fue Inmaculada.
Madre de Dios.
Es imposible comprender con la inteligencia humana quién es Dios; y no estamos tampoco en mejor posición para comprender la dignidad de la Madre de Dios. Se puede comprender más fácilmente el título «sierva de Dios», pero ya con más dificultad la expresión «Hija de Dios». En cuanto a «Madre de Dios», eso sobrepasa toda inteligencia.
Dios, al crear, llama a los seres a la existencia. A continuación esos seres, en su movimiento de retorno hacia Dios, se aproximan a El y se asemejan cada vez más al Creador. Dios sobreviene en la criatura más perfecta, la Inmaculada, y el fruto de este amor, es Jesucristo, Mediador entre el creador y las criaturas.
Cuando preguntamos: quién es la Inmaculada, nuestro lenguaje no está a la medida para poder responder. No es posible que nos hagamos una idea conveniente de ello...
El conocimiento de la Inmaculada, puede solamente venir por la oración. Cuanto más pura es un alma y más hace el esfuerzo por no caer, –e incluso si llega a caer, ella hace el esfuerzo para liberarse de ello reparando la caída con actos de amor–, y cuanto más humildad tiene y más espíritu de penitencia, más y mejor podrá ella conocer a la Inmaculada.
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Está muy bien estudiar la mariología; pero no olvidemos nunca que conoceremos mejor a María por una humilde oración, por la experiencia amante de la vida cotidiana que por doctas definiciones, distinciones y argumentaciones, a pesar de que no haya que despreciarlas.
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Dios, en sus obras, quiere siempre servirse de instrumentos... Dios que nos ha dado la voluntad libre quiere que nosotros le sirvamos libremente en calidad de instrumentos, por el acuerdo de nuestra voluntad con la suya, de la misma manera que la Madre Santísima cuando dice: «He aquí la Sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra».
Oremos mucho para poder comprender cada vez más lo que la Inmaculada ha dicho en el momento de la Anunciación: Yo soy la Sierva del Señor... Que sea como Dios quiera. Es ahí donde se encuentra toda la felicidad. Es eso se resume nuestra misión sobre la tierra. Dios nos ha creado para que seamos sus instrumentos... Pidamos a la Virgen María que nos enseñe como el alma debe ser la «Sierva del Señor».
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Los tiempos modernos están dominados por Satán y lo serán más todavía en el futuro. El combate con el infierno no puede ser llevado adelante por los hombres, incluso por los más preparados. Solo la Inmaculada ha recibido de Dios la Promesa de la victoria sobre el demonio. Ahora que Ella está en el cielo, la Madre de Dios pide nuestra colaboración. Ella busca almas que le sean totalmente consagradas, para devenir, entre sus manos, los instrumentos que van a vencer a Satanás y a extender el Reino de Dios en el mundo entero.
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«La Santísima Virgen es por naturaleza, y no por adopción, el receptáculo humano del Espíritu Santo (de ahí "gratia plena" y "dominus tecum"). "Inmaculada Concepción", la Santísima Virgen vehicula a priori al Espíritu Santo y de ese modo lo personifica. De ello resulta que una invocación a María, como por ejemplo el Ave, es práctica, implícita y quintaesencialmente una invocación al Espíritu Santo. La Virgen, como el Espíritu, es la "matriz" a la vez inviolable y generosa de todas las gracias». (Frithjof Schuon, El Sufismo, Velo y Quintaesencia)
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ANEXO: "L'Esprit Saint, La Trinite et l'Immaculee Conception"; Jean Borella