
Los Ritmos en la Oración del Corazón
Florin Mihaescu
Orar es orientar el conocimiento hacia el cielo, intentar elevarse para encontrar la gracia e ir al encuentro de Dios. "El conocimiento es maravilloso porque opera concertadamente con la oración, despertando la capacidad que el intelecto tiene de contemplar el conocimiento divino" (1). Al margen de las plegarias de agradecimiento, de petición o de alabanza, la oración debe ser "una encantación... una aspiración del ser hacia lo Universal, teniendo como objetivo obtener una iluminación interior, cualesquiera que sean por otra parte los medios exteriores que pueden ser empleados accesoriamente como soportes del acto interior y cuyo efecto es el de determinar vibraciones rítmicas que tienen una repercusión a través de la serie indefinida de estados del ser" (2). En otros términos, y teniendo en cuenta el hecho de que el universo entero es una manifestación de las energías increadas, a través de múltiples planos (San Gregorio Palamas), la oración puede ser considerada como una vibración ascendente de la energía humana (cuerpo y alma) en su tentativa de entrar en comunión (en resonancia) con la vibración de la gracia, a fin de poder alcanzar la proximidad del Ser divino (3).
Los medios exteriores son, en primer lugar, la intención y la atención, con el aislamiento y la concentración para buscar a Dios. Jesús mismo nos dice: "pero cuando ores, entra en tu habitación, cierra tu puerta y ora a tu Padre que está ahí en el secreto; y tu Padre, que ve en el secreto te lo dará" (Mt 6,6). Jesús pide por lo tanto a aquel que ora el retiro en soledad y en secreto para que la oración pueda elevarse hacia Dios. Y él añade: "Orando, no multipliquéis la vana palabrería, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de palabras serán atendidos. No os asemejéis a ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis, antes de que se lo pidáis" (Mt 6,7). La concentración debe tener lugar no solamente en nuestro pensamiento para calmar la agitación mental sino también en nuestras palabras. Porque si Dios conoce nuestras necesidades, incluso las palabras se vuelven inútiles; debemos por lo tanto orar en silencio y en soledad, que es soledad con Dios.
Los mandatos de Jesús han sido seguidos y realizados por una intensa práctica de la Oración del Corazón por los grandes hesicastas de la Ortodoxia, que han definido también los métodos para practicarla. Entre los numerosos textos contenidos en la Filocalia, citaremos algunos fragmentos de San Gregorio el Sinaita: "Hay dos maneras de encontrar la operación (energeia) del Espíritu recibido sacramentalmente en el santo bautismo: por una parte, este don se revela de una manera general por la práctica de los mandamientos y al precio de grandes esfuerzos (...), por otra parte, se manifiesta en la vida de sumisión (a un padre espiritual) por la invocación metódica y continua del Señor Jesús, es decir por el recuerdo de Dios. La primera vía es la más larga, la segunda es la más corta, a condición de haber aprendido a excavar la tierra con coraje y perseverancia par descubrir el oro. (...). A algunos, ella (la verdad) se manifiesta como la luz de la aurora; a otros, como una exultación mezclada de temblor ("vibración") y de alegría, a veces también con lagrimas y temor (...). Eso se llama también pulsación ("vibración") y suspiro inefable del Espíritu que intercede por nosotros ante Dios (...). Desde la mañana, siéntate en un asiento bajo, de medio codo, aparta a tu espíritu de la razón en tu corazón y manténlo ahí, mientras que, laboriosamente encorvado, con un vivo dolor en el pecho, los hombros y la nuca, gritarás con perseverancia en tu espíritu y en tu alma: ¡Señor Jesucristo ten piedad de mí! Después (...) tu transportarás tu espíritu sobre la segunda mitad de la invocación diciendo: ¡Hijo de Dios, ten piedad de mí! (...) Domina la respiración de los pulmones de manera que no respires con comodidad." (4)
Con muchas variantes que se esfuerzan por traducir la diversidad de los "temperamentos espirituales", los aspectos de la oración de Jesús son generalmente los mismos para todos los hesicastas, de Nicéforo el Solitario a Simeón el Nuevo Teólogo y a Gregorio Palamas. En todos los textos, se trata, en lo que concierne a la "técnica" de oración, de la auscultación de los latidos del corazón y del descendimiento del intelecto en el corazón, de la coordinación de la oración con la respiración y con la guarda del corazón, de la pronunciación encantatoria del Nombre de Dios.
Expresando cosas semejantes pero en términos como influencia espiritual, energía, ritmo, vibración etc., René Guénon hablaba de la oración como aspiración hacia lo Universal: esta intención debe de ser "dirigida de tal manera que, por las vibraciones armónicas que despierta según la ley de las "acciones y reacciones concordantes" ella pueda ponerlas en comunicación espiritual efectiva con el centro supremo" (5). El estado de encantación implica por lo tanto la producción, durante la oración, de una vibración de todo nuestro ser que puede entrar en resonancia con el centro de los estados del ser, y por lo tanto con el "Vortex esférico universal". Dicho de otra manera, esta resonancia puede ser un signo de nuestra comunicación con la gracia, antes de ser una comunicación suprema con las energías increadas. Es un asentimiento que se manifiesta por un estado de contemplación, aunque solo sea un instante, acompañado de un estremecimiento, de una vibración que puede elevarse hasta el entusiasmo, hasta la iluminación.
Entre los medios de realización de estos estados vibratorios y de su resonancia con el ángel o la gracia, hay que subrayar en primer lugar la concentración sobre los latidos del corazón, por medio de la cual "se puede unificar la sensación del cuerpo con la sensación de la sangre; las sensaciones e incluso los sentidos desaparecen en el elixir así obtenido (...). Después, se debe percibir el ritmo y la fuente de ese ritmo, su origen que no puede ser otro que el corazón, pero el corazón sutil. El termino medio entre sístole y diástole es el punto de paso hacia lo universal (la puerta estrecha). Pero, todavía una vez más, no se trata de pulsaciones del corazón físico (todo lo más al comienzo), sino de la aspiración y espiración del vortex esférico universal" (6).
Paralelamente a los latidos del corazón, se debe seguir la respiración que, simbólicamente, no es otra cosa que la vibración del aliento universal en nosotros. Tras la inspiración, que hace subir el aliento desde el corazón hacia la cumbre de la cabeza, sobreviene un momento de pausa, de interrupción, de silencio, un instante de contemplación, tras el cual el aliento desciende de nuevo a el corazón por la espiración. En la cumbre de este ciclo, se puede experimentar el descenso de la gracia por la sublimación de la oración, por la obtención de ese estado de resonancia que intensifica la vibración hasta la alegría, hasta el entusiasmo.
"El cielo, es un estremecimiento, un hálito, un toque imperceptible en el fondo de nuestro corazón". Es el aliento que "une" toda la manifestación para su reabsorción y solicita el cielo para la bendición. Este estremecimiento, este hálito, este toque imperceptible, son percibidos por la Atención, por el mental desligado de todo accidente. El aliento lleva las "intenciones" de Dios; si hacemos silencio en nosotros, nosotros lo percibimos; entonces las "intenciones" de Dios se manifiestan en nuestro microcosmos, tomando la coloración de nuestro ser, colmándolo de dones y de bendiciones. Algunos minutos de atención durante el día pueden tener consecuencias incalculables y cambiar la dirección de toda nuestra vida, de nuestro devenir, no solamente en este mundo sino en el otro (7).
Finalmente, el tercer medio esencial para hacer elevar la oración es la pronunciación encantatoria del Nombre de Dios, que produce la sublimación, fija la vibración y la transmite al cielo. Ella da ese entusiasmo ("Dios en nosotros") que no es otro que el maravillamiento y la iluminación. Verbo y luz, más que calor y lágrimas, son el signo de que nuestro ser vibrante se une a la vibración de la gracia en el silencio supremo de la hesiquia. "Desde el punto de vista técnico, el entusiasmo no se esfuerza en el corazón, en el sentido profano del término, es decir el corazón como sede de los sentimientos; es necesario concentrarse por encima de la cabeza, en esa zona de nuestro ser que corresponde a los cielos. Esa concentración, sostenida por una aspiración hacia lo Universal y ayudada en nosotros por un Nombre divino, imprime en la parte sutil de nuestro ser un movimiento vibratorio extremadamente tenue al comienzo, pero que va amplificándose, después desciende al corazón y termina por abarcar todas las partes de nuestro ser, a condición de darle una homogeneidad, una indistinción, por la percepción de la contraparte sutil de nuestro ser. Se trata de sentir no solamente el cuerpo, sino la sensación del cuerpo, desligado y como separado de él (8)".
Intentando sintetizar todo esto, se puede afirmar que la oración debe recorrer las etapas siguientes, que son otros tantos grados, con el fin de reunir las energías increadas para obtener la iluminación:
– Sentarse sobre las rodillas o en posición oriental, en silencio y en soledad; percibir los latidos del corazón, separarnos no solamente del ambiente sino también de la agitación de la mente; crear así el clima necesario para que nuestro ser corporal entre en vibración rítmica, favoreciendo así la elevación de nuestra aspiración hacia el cielo y hacia Dios, como comienzo de la encantación.
– Una vez realizado este descenso del mental en el corazón, seguir la respiración, como soporte del aliento vital, en cuatro (o cinco) fases: aspiración ascendente, pausa; inspiración; espiración descendente; pausa – lo cual amplifica y hace más sutil la vibración que envuelve así todo nuestro ser, corporal y síquico.
– En este estado, surge ascendente el recuerdo de Dios (anamnesis) por medio de la pronunciación de un Nombre divino o de la Oración de Jesús: la mitad en la inspiración ascendente que se eleva hacia la cumbre de la cabeza, la otra mitad en la espiración descendente de vuelta al corazón; el apex de este ciclo (la pausa, la retención del aliento) puede ser marcada por el signo de la cruz y por una corta mirada hacia el icono de Jesús, que puede exaltar la intensidad de la vibración y su sublimación, teniendo como efecto la apertura de nuestro ser espiritual con el fin de recibir la gracia que nos envuelve, un instante, en un estado de paz y de serenidad. En cuanto a la estación (hesiquia) que puede seguir a continuación, correspondería a la realización de los grandes espirituales visitados por la iluminación.
Y se retoma el ciclo de la oración, para elevarse más y más hacia la proximidad del Verbo y de la Luz increada, vivenciados como una presencia en ausencia en el silencio (hesiquia). Es la última estación, la de la deificación (theosis).
Para los temperamentos más inclinados a la devoción (bhakticos), menos intelectuales (jñanicos), en lugar de la vibración del alma o al mismo tiempo que ella, la elevación de la oración puede traducirse por un calor interior, acompañado o no de lágrimas; es la "vía húmeda" de la oración, complementaria de la "vía seca" de la que se ha hablado más arriba.
El mundo ha "comenzado" con la manifestación de las energías increadas por el Verbo y la luz divina, dando nacimiento a la vida (Verbum, Lux et Vita). El hombre puede volver a Dios reuniendo las energías increadas, gracias a la Oración del Corazón en la cual el Nombre de Jesús, pronunciado como encantación, abre la vía a la iluminación.
"Basta con pronunciar un Nombre divino, legítimamente, con la intención de la Presencia, para que Este se actualice. En otras palabras, no es necesario vivenciar de antemano la "Presencia" para poder pronunciar el Nombre, porque entonces ya no hay necesidad de su pronunciación. Cuando es elevado al punto culminante de la ascensión espiritual, el Nombre atrae inevitablemente la "Presencia" como el trueno acompaña al rayo (...). De una manera microcósmica, se manifiestan en primer lugar mi intención hacia lo Supremo, después la pronunciación de un Nombre, después la "Presencia" que se propaga necesariamente, después "a caballo" sobre ella, el asentimiento del silencio último. Todos estos elementos reunidos dan el Nombre inefable, pero cada uno debe de ser perfecto en si mismo, fruto del silencio" (9).
NOTAS –––––––––––––––––––––––––––––––––––
1.-
Evagiro Pontico, Tratado de la oración.2.- R. Guénon, El hombre y su devenir según el Vedanta.
3.- Para no crear confusiones, debemos decir desde el comienzo que términos como: energía, vibración, resonancia, etc., no tienen nada que ver con los mismos términos vehiculados por los medios ocultistas, pseudo-espirituales, o incluso neo-cientifistas (Nueva Era); se trata en efecto para nosotros de realidades físicas tomadas como soportes simbólicos para expresar mejor realidades universales.
4.- Gregorio el Sinaíta, Acróstico sobre los mandamientos... en Jean Gouillard, Petite Philocalie de la Prière du Coeur, Cahiers du Sud, París, 1953.
5.- René Guénon, El Rey del Mundo.
6.- Vasile Lovinescu, Aperçus initiatiques, Bucarest, 1997 (en rumano). Igualmente: "Apreciaciones Sobre el Simbolismo del Corazón"
7.- Vasile Lovinescu, ibidem
8.- Vasile Lovinescu, ibidem
9.- Vasile Lovinescu, Meditatións, symboles, rites, Bucarest, 1997 (en rumano). Presentación de Vasile Lovinescu en "Tradición en el Mundo Rumano" de la página "BAJO LOS HIELOS"
( Articulo extraído de: «Lumières sur la Voie du Coeur» - Revue Connaissance des Religions - nº 57-58-59. ISSN 0296.1288 - B. P. 32, 77212 AVON CEDEX, Francia )
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