PEREGRINO DE LAS NIEVES
EMMANUEL MUHEIM
I
Un bosque brumoso. Nevado. Una nieve muy suave que acababa de posarse sobre las hojas con una ligereza, como excusándose. Una nieve que se quisiera como desapercibida para no desencadenar el invierno.
Avanzábamos mi mujer y yo, al azar de nuestros esquís, en una realidad transportada. Por el silencio.
Unico signo de que un movimiento era todavía posible, el derrumbe de la nieve que, desde una rama, un pájaro negro a veces provocaba.
Avanzábamos en una espera.
El bosque en un rasante se abrió, y la claridad de una imagen apareció. Digo bien, una imagen. Una imagen nacida de mi más lejana infancia, de no se yo que lectura o ensueño. Una imagen de muy lejanos tiempos: la Santa Rusia.
Si, dentro de la niebla, más espesa al estar libre de árboles, una iglesia, pequeña, blanca, redonda, apenas descubría sus muros; su bulbo de oro despegado, como elevado –¿por qué manos de ángeles?– y revestido todavía de su sol extinto.
Una imagen que iba seguramente a borrarse.
Pero la puerta se abrió. Y el starets apareció. Su presencia restableció la verticalidad del Mundo.
II
El hombre con su sayón avanzó. Una palabra de bienvenida. Se ocultó, nos hizo entrar. En la capilla.
El silencio. De una inmediata densidad.
Se mantuvo de pié, inmóvil ante el altar. Yo percibía en la penumbra algunas franjas doradas, algunos fragmentos de pinturas. Permanecimos allí de pié. El oraba. Se volvió, sonrió, nos hizo entrar a través de una puerta muy baja y un pasillo estrecho a una habitación bastante amplia.
El olor. Un olor de piedras impregnadas de frialdad de humedad de nieve. Un olor de pan, de leche cuajada. Un olor de invierno rural.
Una gran mesa, dos o tres sillas, un banco. Un fogón de cocina de hierro negro, astillas de madera blanca cuidadosamente apiladas. Paredes limpias, pobres. Un piso mal igualado. Sobre un estante, una simple tabla, libros.
Es todo.
Avivó el fuego, nos preparó un té, dispuso pan, queso. Sus gestos eran lentos, precisos. Hablaba. Apaciblemente.
Vivía allí, a mil ochocientos metros de altitud. Sabía que a partir de mañana permanecería aislado del valle durante varios meses.
De reojo yo miraba sus libros: La Biblia, cinco o seis Padres griegos de la Iglesia, maestro Eckhart, algunos místicos musulmanes. Eso es todo.
Por encima del estante un icono.
El estaba allí, sólido en su envoltura de soledad de la que no parecía en absoluto defenderse, sino que más bien le dejaba tan cómodo en sus respuestas como en su cuestionamiento.
Estaba allí desde hacía varios años, guardián de una fuente milagrosa, objeto de peregrinaciones de verano y de paseos. Parecía acoger a unos y otros tranquilamente, y preferir el invierno.
No era ni sacerdote, ni monje de ninguna orden.
El estaba allí.
Eso es todo.