Orar en la Ciudad 1

Pierre-Marie Delfieux (Fraternidades Monásticas de Jerusalén).

Dios está en la ciudad y allí se le puede encontrar. La ciudad tiene ciertamente un poco de la fascinación de Babel y mil tentaciones que la llenan y que parece que constantemente pueden desviarnos del Señor. Pero en el desierto, también podemos ser tentados. En medio de las soledades podemos ser charlatanes y a la sombra de los claustros se puede ser muy mundano. Dios está en la ciudad y es preciso buscarle allí. A quien llama, él le abrirá. A quien pide, le dará. Y quien le busca, lo encontrará.

Yo me digo frecuentemente, después de haber oído desde hace años tantos testimonios sobre este tema, que la iglesia más grande es el metro. ¡Si se supieran todas las oraciones que por centenares de millares se recitan allí cada día, desde antes de la aurora hasta avanzada la noche! En el cielo nos sorprenderemos descubriendo a todos aquellos que en el metro, autobús, en el taxi y en los coches particulares, se han santificado desgranando las cuentas del rosario o rezando simplemente por los que les rodean.

A veces me gusta imaginarme a la ciudad, representándomela como Verlaine desde mi celda, "por encima del tejado". Allá, bajo nuestro ojos, alrededor de la catedral, todas esas iglesias, esas basílicas, esas capillas, esos oratorios, esos conventos, esos monasterios, esas mil y una lámparas de oración que arden y brillan invisiblemente a lo largo de los días y en medio de la noche... son otros tantos signos perceptibles de la Presencia de Dios.

Desde las maternidades a los velatorios, desde las camas de los hospitales a las celdas de los prisioneros, en los apartamentos ricos y en las buhardillas insalubres, en los despachos edificados en torres de cristal, en los subsuelos de los talleres en semioscuridad, en comercios y tiendas, por todas partes, unos labios balbucean su oración, unas manos se vuelven hacia el cielo, unas almas se elevan hacia Dios. Corazones que gritan, susurran, suspiran, cantan a Dios. ¿Cómo no lo encontramos en la ciudad si, abriendo los ojos, lo podemos encontrar en cada cruce del camino? Se alza en medio de las plazas. Corre a lo largo de las calles. Reside detrás de cada fachada y él mismo baña la ciudad entera de la luz de su Palabra y la llena del misterio de mil eucaristías.

Remontemos, pues, las aceras de nuestras ciudades. Está claro que si no prestamos atención, todo puede desviarnos de Dios. Pero todavía es más cierto que, si lo queremos, todo puede sernos ocasión para volvernos hacia él y encontrarlo de verdad. Aquí, una alabanza por este cruce de miradas puras, por este gesto de caridad percibido a medias, por la belleza contemplada de la arquitectura, la maravilla de esa proeza técnica. Más allá una súplica por ese rostro extenuado, ese cartel insultante, esa miseria que nos interroga, ese escaparate innoble o inútil de despilfarro o de sensualidad.

Necesitamos aprender a orar en la ciudad. Prolongar los murmullos y elevar los suspiros y los gritos hacia el cielo. Incluso inventar una nueva espiritualidad, como los Cistercienses lo hicieron en la vida rural, Teresa de Jesús en la vida del convento, Bruno en la soledad, Benito en el trabajo, la liturgia y la lectio... Pero no digamos que esto no se puede realizar. El evangelio nos dice que sí (Lc 24, 49). «Queridos compañeros en la fe –exclamaba el hermano Carlos Caretto dirigiéndose a los que habían escogido el desierto en la ciudad– sois los testigos de lo Invisible, los creyentes en el Dios único, los adoradores del Espíritu, los partidarios del Reino de los Cielos. Sois los que esperan en el desierto de la ciudad el regreso de Cristo, diciendo como los primeros cristianos: ¡Maranata! ¡Ven señor Jesús! Estos cristianos velan orando y su casa es un nuevo monasterio». Sí, Dios está en el corazón de las ciudades, podemos encontrarlo allí de verdad y siempre.

 

Orar en la Ciudad 2

Guy Gaucher

Los hombres

Cuando ores en la ciudad, busca allí, en primer lugar, al Señor. Estás allí por él, que te amó primero. Pero si tú está aquí y no en otra parte es por estos hombres y mujeres , tú eres uno de ellos. Eres su voz ante el Señor. Tú estás con ellos cada instante. Comparte sus fatigas, sus desvelos sobre su salud, el porvenir, el trabajo, la crisis económica, las incertidumbres políticas, el paro de sus hijos... todos estos iconos desfigurados han sido creados a imagen y semejanza de Dios. "El cristianismo es la religión de los rostros". Tu oración restaura estos iconos; a veces te maravillará verlos con un sonrisa, redescubrir su cara de niños. Eses portugués a quien das un apretón de manos todas las mañanas, ese niño maltratado que se te cuelga del cuello, esa vecina que te confía la salud de su hija que ha tenido un accidente, ese drogadicto depresivo que no espera ya su liberación, esa manifestación que está pasando.

No desprecies a nadie nunca. "No juzgarás". Asume, intercede, adora, arde como una vela, lucecita en la noche. Déjate evangelizar por los pobres. A menudo descubrirás al Espíritu que actúa y gestos de amor que tú eres incapaz de realizar. Acepta recibirle. Aprenderá a orar en las condiciones ordinarias de la vida. Con los hombres, por ellos.

El ateísmo

Cuando oras en la ciudad, respiras una atmósfera de ateísmo práctico. No te asombres, pues es una de las razones por las que tú está ahí. El desierto te ha seducido. No impidas que cuando recibas el choque diario, sientas fuertemente los pies de esta alienación, de esta neurosis: "Dios rechazado" como dijo Claudel. Según hayas sido educado en el serrallo católico o hayas salido del mundo ateo, reaccionarás de forma distinta. En ambos casos sufrirás. No te cierres nunca a esta llamada. Acepta la lucha cotidiana: salir de tu comunidad orante para ir al trabajo y viceversa. El Señor te acompaña aunque a veces permanezca silencioso. "Duerme" decía Teresa del Niño Jesús. Puede ser que conozcas desde el interior lo que viven los que te rodean. Pero rechaza las etiquetas. Evita el hablar de "ateos", de "increyentes", de "no practicantes". ¿Qué sabes tú? Mira, escucha, deja que estas cuestiones caigan en tu corazón.

El trabajo

Si oras en la ciudad, no puedes ser gravoso con nadie. No serías creíble. Quizás hará falta tiempo para que los de tu alrededor crean verdaderamente que no recibes un subsidio del Vaticano. La Iglesia tiene fama de rica. Unos años no son suficientes para acabar con la mentalidad secular. Pero podrán comprender –sobre todo los jóvenes– que rechazas emplear toda tu vida en el trabajo.

Media jornada es suficiente para vivir, sobre todo en comunidad, cuando se reducen las necesidades. Según sea tu llamada, tu profesión, trabajarás a jornada completa con la óptica de compartir la vida, la presencia. Podrás hacer una elección radical a favor de la oración: permanecer en los escalones más bajos, rehusar un puesto de responsabilidad, ocultarte en el anonimato.

Tu trabajo fabricará tu oración. Salario pequeño, aprisionado por los horarios, interesado por las luchas sociales, tu mirada sobre la realidad evolucionará; conocer el precio de la carne, las legumbres y la fruta no perjudicará tu oración. Fregar los platos todos los días y cocinar, te ayudará a encontrar a María, José y Jesús: "El Verbo de Dios, hijo de un carpintero; el trono de la Sabiduría, madre de familia". (C. Lucich)

Ya seas un franciscano que trabaja en una fábrica o un benedictino que durante media jornada trabaja de jardinero, enfermera en el pabellón de operaciones o empleada de hogar, deberás encontrar la unidad de tu trabajo y tu oración. Nadie lo hará en tu lugar.

 

Orar en la Ciudad 3

(C. F. A.)

Chicago en invierno

Al metro de Chicago lo llaman "elevado", porque los raíles van por arriba caso todo el trayecto, y sólo entran bajo tierra en algunos puntos del centro de la ciudad. Si todas las líneas fueran por debajo, pronto darían con el lago Michigan, o con alguno de los canales y ríos que atraviesan la ciudad. Así que el metro va "elevado", o "L" por abreviar. Desde un punto de vista alto, se ve muy bien esta metáfora de Encarnación que es la ciudad. Belleza, suciedad, arte, violencia, ternura, familias enteras y familias rotas: la suma de la gloria y de la miseria humanas. Todo lo que ha tomado Cristo sobre sí. El resultado del amor y el resultado del pecado. La vida es messy (desordenada, liosa...). Y ahí es donde la asume Cristo. Y ahí es donde todas las mañanas intento aprender a aceptarla en amor, pasión y compasión.

Mi trayecto pasa por un barrio bastante pobre, muy hispano. Esta es la gente que siento como más mía. Esta es a la vez la audiencia de mis pequeñas hojitas, y la que las escribe. Esta es la gente que escribe su vida que yo luego –a veces muy torpemente– intento traducir. Son emigrantes, como yo, pero su emigración es muy distinta a la mía porque la suya es obligada, mientras que yo quise la mía. De todas formas, todos estamos de viaje, y todos nosotros producimos los sonidos de un lenguaje que no es el de nuestras madres. Tenemos acento. Como Jesús, el galileo.

Y es en la vida dura, de sacrificio y a veces de violencia, de desarraigo y de esperanza de este pueblo donde Dios me enseña cada día mi propia vida, lo que de verdad es importante. En esta vida que celebra y comparte en colores vibrantes y en ruido toda gracia recibida en dolor y en alegría.

Y hay también mañanas misericordes, como hoy, en que por unas horas, hay un atisbo de perfección y de limpieza. Hoy ha nevado y hay encaje hasta en los árboles, como si se tratara e una enorme boda. Ha tapado los grafitti, el deterioro de muchas casas, el desorden que se adivina desde el tren en las ventanas de las casas. Esto es el sueño de otra tierra. Es un sueño fugaz, pero tan real que ayudará a la memoria de otras horas. Es un sueño fugaz porque pronto hay negro de ruedas, de pasos, la realidad que vuelve. No es aquí donde se celebrará la enorme fiesta. Pero es aquí donde se vivirá la preparación y el sueño. Porque son las huellas del mismo Señor las que pisan la manta blanca. Sangre negra de humos y de barros. Y hielos peligrosos donde resbalan pies no tan seguros.

Es aquí donde, por un momento, se vive el sueño real de la resurrección y de la fiesta eterna. Porque aún hay niños, con la nariz pegada a la ventana, que esperan que nieve otra vez.

 

Orar en la Ciudad 4

Jesús López Sotillo

Un sosiego mudo

Recorría desde Atocha, una vez más, quién sabe cuál, la quinientas o la mil, el Paseo del Prado. Estaba muy cerca de Cibeles, en un de sus calzadas laterales, a la altura del Cuartel General de la Armada, ante las puertas del Museo Naval. Varios reclutas hacían guardia.

Apenas hay nadie en ese tramo del paseo un domingo de invierno a las nueve de la noche. Apenas hay peatones. Apenas hay coches, ni siquiera aparcados. Lo prohibieron, por miedo al terrorismo, después de que un atentado destrozara la fachada.

Mis ojos y mi corazón no veían más que ese paisaje quinientas o mil veces visto. Mis ojos y mi corazón no habían detectado, y son capaces de ello, ninguna novedad en el asfalto, ni en los jardines, ni en las fachadas, ni en el tono con que alumbraba la luz de las farolas, ni el mobiliario urbano. Todo estaba donde suele estar en esas horas de esa época del año en esa pequeña porción del Madrid inmenso. No había, ni veía, ni oía, ni sentía nada especialmente especial que evocara preguntas transcendentes o sugiriese luminosas respuestas fugaces.

Más adelante me aguardaba la Gran Vía, sus edificios, sus escaparates que simultáneamente permanecen y cambian, los levemente siniestros personajes que pululan frente al edificio de la Telefónica, las carteleras de los cines de estreno, Callao, la calle Preciados, sus músicos callejeros, los vendedores de baratijas, involuntarios mensajeros del Tercer Mundo, Sol, la calle Postas, su horrible escaparate de imágenes con niños Jesús rubios pero pintados de negro, la Plaza Mayor, la calle Toledo, los gitanos y gitanas ricos a la altura de la Latina regresando a sus casas después de asistir a los cultos aleluya en un templo cercano, la cuesta que baja al río Manzanares, el Puente, Marqués de Vadillo, la casa de mi padre, el periódico, la cena, la noche.

No se divisaban sobresaltos a primera vista, tampoco era de apatía o hastío el tono que tenía el aire, reinaba un presente conocido y se presagiaba un futuro inmediato otras cien, o quinientas o mil veces vivido. Ningún estremecimiento me hundía en un hipotético infierno caótico, ni Dios ni el Diablo resplandecían como llama o como relámpago por ningún lado.

Entonces lo pensé, entonces lo sentí, ahí, en ese momento, a esa altura del Paseo del Prado, un domingo cuya fecha no recuerdo, uno entre otros mil o quinientos: ese sosiego mudo, brotando de lo cotidiano, encierra mayor hondura comunicativa que la emoción suscitada en nosotros por lo inesperado, lo infrecuente, lo desconocido, un mensaje más radicalmente enigmático que esa repentina revelación que nos aturde y convierte en místicos espontáneos. El campo que no frecuentamos y cuyo desarrollo nos importa un bledo, la cima de una montaña que quizás nunca volveremos a alcanzar, el mar que contemplamos una vez al año, el fragor de la primera tormenta que nos ha pillado en el campo... nos muestran luces divinas o llamas diabólicas tan ciertas como el supuesto amor que, según él, siente hacia un joven romántico su amada, de la que no sabe siquiera el nombre o el timbre con que su voz suena cuando habla.

 

Orar en la Ciudad 5

G. Besière. Préstame tus ojos (Ediciones Sígueme)

En el tren

Una apresurada señorita acaba de distribuir propaganda del bar. Un crío se fija en el papel satinado y lo enrolla para mirar, convirtiéndolo en un catalejo. Después lo transforma en una trompeta. Trompetea un instante y la hoja, un poco fatigada, queda de nuevo disponible para cualquier otra creación. Esta vez es un avión y el niño murmura sin mirar a nadie: el Concorde.

¡Cuántos universos disponibles si los hombres quisieran...!

Silbando

Rezo en cualquier sitio. Sin otro horario que el de la misa. "A la buena de Dios" Con frecuencia, andando por la calle, silbo más o menos fuerte, a tenor de mi fuerza interior. Lo cual no deja de tener sus riesgos.

Un día que estaba en plena forma, me puse a silbar, en la calle, el majestuoso Gloria de la misa Dumont, llamada Misa Real. Era el fragmento de lucimiento de las misas cantadas en las grandes festividades de nuestros pueblos. Y he aquí que delante de mí una joven echa a correr.

¿Tenía que alcanzarla para decirle que estaba equivocada, que lo que yo estaba haciendo era rezar? Vi cómo se alejaba veloz. Y continué: "et in terra pax hominibus bonae voluntatis"

Soplar

Esta noche es casa de una amiga he encontrado a un flautista: pequeña, como una niña que fuera adulta. Desgraciadamente, no había traído su flauta: hice que hablara. "Lo mas importante, me ha dicho, es soplar" ¡Claro!

Tras un silencio y una sonrisa, ha añadido como una confidencia: "A veces tienes la impresión de que es tu alma la que toca".

La luna

Una tarde, en París, cerca de una boca del metro, vi un hombre, provisto de un bastón blanco, que escrutaba el cielo. Me detuve y le miré. Se veía claramente que era tuerto y que en el ojo vivo conservaba sólo una visión muy débil. A través de su mano como si fuesen unos gemelos, miraba la luna que salía. Estaba apoyado contra una pared y no se movía. ¡Qué hermosa tenía que ser la luna para su único ojo! Estuve detenido junto a él antes de seguir mi camino. ¿Permaneció mucho tiempo contemplándola? No lo sé. Eran las siete. La gente circulaba por las aceras. Los escaparates de los almacenes estallaban de objetos. Sociedad del consumo... aquel hombre tenía la mano levantada hacia el cielo. Lamentando tener que seguir, pensaba que ese hombre, amenazado por la noche, no podía dormir.

Esta mañana lo recuerdo. Tengo ganas de hablar de él en la misa. También él me enseña. Ayer noche, los fuegos se encendían al caer el día. Hoy... los refugiados... las prisiones... las torturas... las dictaduras... las tinieblas son densas. Pero en el corazón de algunos hombres de mirada invencible, un resplandor más fuerte que el sabor de la muerte cercana, prosigue obstinado.

 

* * * * * * * * * * * *

 

Orar por la carretera

Ver

¿Quién pasa? Fijarse en la persona. Mirar a lo profundo. Preguntarse por mi vinculación con ella. ¿Qué significa para mi vida? ¿Cómo la mira Dios? ¿Por qué se ha producido este encuentro conmigo y que me aporta?

"Nuestras vidas son caminos"

¿Hacia dónde va tanta gente? ¿Por qué esta prisa? Los rostros se desfiguran, casi no son. La carretera es un lugar de paso, no de encuentro.

Lugar de vida –el viaje, la vacación, la felicidad, la amistad, el amor – y de muerte –el accidente, el olvido, la separación, la despedida–.

Es el camino, la ruta, la vereda, el sendero, la trocha, la autopista; cada camino, un diferente modo de caminar. En todos, aprender a Ver.

Sentir

Los que van y vienen llevan puesta la vida que nos hermana. No se puede permanecer insensible a la vida de los hombres. Son hermanos. Ahí hay dolor y esperanza, amor y frustración. Uno no puede "pasar"; hay que saber detenerse. Y comenzar a acercarse e iniciar un diálogo. Así se va construyendo un mundo humano.

Estar dispuesto a sentir la pena y la alegría del otro.

Es diferente ver pasar un tren de mercancías que uno de viajeros.

La carretera es de caminantes, de gentes que son portadores de vidas con sentido o sin él, pero de existencias que merecen nuestra atención.

Compartir

Me ayudó a arreglar el pinchazo.

Le dejé la cantimplora con agua fresca.

Nos fumamos un pitillo juntos.

Le pude dar unas "tiritas".

Me dio su dirección.

Veníamos del mismo lugar.

Nos reconocimos después de muchos años.

Pasamos un rato muy agradable charlando.

Me llevó hasta el próximo pueblo.

Subí en el coche a aquel soldado.

Pude ayudarles en un accidente.

Nos detuvimos con aquella gente y comimos.

"Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó... y un samaritano que iba de viaje, se acercó a él y le vendó las heridas"

La carretera

La carretera va desde el pueblo hasta la estación. Uno se sienta en un banco que hay llegando a la estación. Es el atardecer.

Pasa la Sra. Juana. "¡Que cara tan estropeada tiene!, pienso. Buena vida no es que la dé Amancio, su marido. El pequeño, el que vive en casa, parece que está con lo de la droga. "Toda la vida trabajando para esto", suele decir. Aún tiene fuerza para sonreírme cuando la digo adiós. Hay gente que tiene el corazón como un huerto fresco y lleno de flores. Te doy gracias, Padre del cielo, porque éstos –los pequeños– son tus preferidos.

Pasa como un huracán el hijo de Julián en la moto. Por cierto, ¿Cómo se llama?. ¿Por qué no recuerdo su nombre? ¿A dónde irá? Tiene la novia en una cabaña a unos kilómetros de aquí. Es un chico que me pasa desapercibido; no trabaja; vive del paro agrícola. ¿Qué pensará de su vida?. Hay tantos que debiera conocer y no conozco, interesarme por ellos y no lo hago, acercarme a ellos. Siento un cierto malestar por ello y me pongo un poco nervioso. Creo que esto está mal. Me parece que ahora surge dentro de mi un deseo de pedir perdón por mi indiferencia hacia tantos como el hijo de Julián.

Y paso un rato solo, sin que pase nadie. Oigo que cantan pájaros y se va a poner el sol. Frente a mí hay un prado lleno de flores amarillas; parece un tapiz. Debería darme cuenta de esta belleza que me rodea y llenar mi alma de ella. Voy a dar gracias a Dios porque sus dones son maravillosos. Pasó por estos sotos con presura y yéndolos mirando, vestidos los dejó de su hermosura.

Echo a andar. Y voy despacio ¿hacia donde voy? Si me preguntara cada mañana lo que me solicita la carretera... Mi camino. Y no sé cómo pienso en mi vida como camino. Tu palabra es luz para mis pasos. Yo soy el camino. ¿Elijo yo el camino o me viene dado? Me va sosteniendo la esperanza de llegar a la estación a donde llega el amigo que pasará unos días conmigo.

Y me conforta su compañía y poder ayudarle a que pase un buen descanso. Yo estoy entre vosotros como el que sirve.

Me fijo en mis pies ¿hacia dónde los dirijo? Me han servido fielmente. Me han sostenido en pie cuando flaqueaba. Están hechos para andar por todas las carreteras, los caminos, los senderos, los atajos, los vericuetos, las trojas... por todos ellos han ido conmigo. Qué poco pienso en esto y cómo me ayudaría a estimar no sólo mis pies, sino todo lo que soy sin darme cuenta.

Ahora vienen en bicicleta un grupo de chavales. Da gusto ver lo alegres que son. Si pudieran estar siempre así y, sobre todo, si todos los del mundo pudieran ser felices. Quizá sea una bobada detenerme en esto, pero siempre que leo que cada dos segundos muere un niño de hambre, me siento muy mal porque algo tengo que ver en ello. Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber...Pongamos que cada uno hiciéramos este verano esto mejor hecho. Podríamos hacer la experiencia del camino de Emaús. Y nuestras carreteras se llenarían de ecos de la voz de Dios que nos habla ahí, desde ahí.

La carretera, las carreteras con el éxodo, son como la tienda del encuentro si sabemos descubrir, ver, lo que allí acontece, teniendo siempre encendidas las lámparas que alumbren la tiniebla que nos envuelve.

El Señor los precedía por el día en una columna de nube para marcarles el camino, y por la noche en una columna de fuego para alumbrarlos: así podían caminar tanto de día como de noche. La columna no abandonaba al pueblo durante el día, ni la de fuego durante la noche (Ex 13,20-22)

Carreteras, caminos, veredas... bendecid al Señor.

 

* * * * * * * * * * * *