OPUESTOS COMPLEMENTARIOS

Fragmento de una reseña del abbé Henri Stéphane sobre el libro de F. Schuon «Les Stations de la Sagesse»

 

 

CONTEMPLACION - ACCION

En la vida del alma, podemos distinguir un "modo pasivo" y un "modo activo", como en toda existencia animada, pero el modo pasivo está antes que el modo activo, como el "ser" está antes que el "hacer".

Esta virtud pasiva está hecha de calma, de contentamiento contemplativo, de paciencia; es la calma de aquello que reposa en si mismo, en su propia cualidad; es el generoso descanso, el equilibrio, la armonía; es el reposo en el Ser puro, o en Dios (Hesykia).

Esta actitud suelta los nudos del alma; aleja la agitación, la dispersión, la crispación, la curiosidad y la inquietud, porque la crispación es el aspecto estático complementario de la agitación.

La virtud de la calma deriva de la Paz Divina, que está hecha de Beatitud y de Belleza infinita. La belleza tiene en todas partes y siempre, en su raíz, un aspecto de calma, de reposo existencial, de equilibrio de las posibilidades; es decir que tiene un aspecto de ilimitación y de felicidad.

La esencia del alma es la beatitud; es la dispersión la que nos lleva a ser extranjeros de nosotros mismos y nos proyecta en la miseria y la fealdad, en un estado de derroche estéril semejante a una parálisis agitada, a un movimiento desordenado que se ha vuelto un estado, mientras que, habitualmente, es lo estático lo que se encuentra en la base de lo dinámico y no inversamente.

La belleza lleva en sí todo elemento de dicha, de ahí su carácter de paz, de plenitud, de saciedad; ahora bien, la belleza está en nuestro ser mismo, nosotros vivimos de su substancia.

Es la perfección calma y simple, pero ilimitada y generosa, del estanque en el cual se reflejan la profundidad del cielo y su serenidad; es la belleza del nenúfar, del loto que se abre a la luz. Es el reposo en el centro, la bienaventurada sumisión a la Voluntad divina. El reposo en Dios.

 

El alma es sin embargo susceptible, no solamente de un reposo en su equilibrio inicial o en su perfección existencial, sino también de una tendencia positiva inversa, de una "salida fuera de si" en modo activo; es entonces la fe confiada y caritativa, el fervor; es la fusión del corazón en el calor divino, en Dios que es Misericordia, Vida esencial, Amor infinito.

El hombre, en su estado de decadencia, se cierra a la gracia; está como muerto a Dios y cerrado a la Misericordia divina; este estado es el endurecimiento del corazón, la indiferencia hacia Dios y hacia el prójimo, el egoísmo, la avaricia, la trivialidad mortal; esta última es como el complemento inverso de la dureza, es como un desmenuzamiento del alma en hechos estériles, en su multiplicidad insignificante y vana; es el chapoteo de la "vida ordinaria" donde la fealdad y el tedio se erigen en "realidad". En este estado el alma es a la vez dura como la piedra y pulverizada como la arena; el alma vive en la corteza muerta de las cosas y no en la Esencia una que es Vida y Amor; el alma es entonces dureza, pesadez, sequedad, disolución.

Opuesta a esta disolución es la licuefacción espiritual del ego; es la fe en la misericordia divina, el fervor confiante, la bondad, es la unificación intensa de los movimientos del alma en un impulso de amor; es el deseo de Dios, con la fe en su misericordia inconmensurable. Es la cualidad cálida y suave de la luz del sol, del fuego que disuelve el hielo, revivificando los miembros; es la suavidad confiante y cálida del amor, la concentración fervorosa, la alegría de la bondad.

El amor al prójimo es una manifestación necesaria de la licuefacción espiritual del corazón, es como el criterio del amor de Dios: primero porque el ego, que es una forma de petrificación, es compensado y vencido por la caridad, y segundo porque Dios aparece en el prójimo, al menos para nosotros y de una cierta manera; en otras palabras hay que amar a Dios -que es misericordia- no solamente perdiéndose uno mismo, sino también reconociéndole en el prójimo.

 

 

INTERIORIDAD - EXTERIORIDAD

La cualidad de la interioridad nos impone no un renunciamiento al mundo exterior -lo cual por otra parte sería imposible- sino un equilibrio determinado por el sentido espiritual del mundo y de la vida. El vicio de la exterioridad no consiste en el hecho natural de vivir en el exterior, sino que es la falta de armonía entre las dos dimensiones: entre nuestra tendencia hacia las cosas que nos rodean y nuestra tendencia hacia el "reino de Dios que está dentro de vosotros". Lo que se impone es lograr el enraizamiento espiritual que quite a la exterioridad esa tiranía que a la vez dispersa y comprime y que por el contrario nos permite "ver a Dios en todas partes", es decir percibir en las cosas sensibles símbolos, arquetipos y esencias; pues las bellezas percibidas por un alma interiorizada se convierten en factores de interiorización. Lo mismo sucede con la materia; lo que debe hacerse no es negarla -si tal cosa fuera posible- sino sustraerse a su imperio seductor y esclavizador; distinguir en ella lo que es arquetípico y casi celestial, de lo que es accidental y además terrenal; es decir, tratarla con nobleza y sobriedad.

En otros términos, la exterioridad es un derecho y la interioridad es un deber; tenemos derecho a la exterioridad porque pertenecemos a este mundo espacial, temporal y material, y debemos hacer realidad la interioridad porque nuestra naturaleza espiritual no es de este mundo, y en consecuencia tampoco lo es nuestro destino. Dios es generoso; cuando nosotros nos retiramos hacia el interior, El, en compensación, se manifiesta para nosotros en el exterior; la nobleza del alma consiste en tener el sentido de las intenciones divinas es decir de los arquetipos y de las esencias, los cuales se revelan de buen grado al alma noble y contemplativa. Inversamente, cuando nos retiramos hacia el corazón, descubrimos allí todas las bellezas percibidas en el exterior; no como formas, sino en sus posibilidades quintaesenciales. Al volverse hacia Dios, el hombre jamás puede perder nada.

Por lo tanto cuando el hombre se interioriza, se puede decir que Dios se exterioriza enriqueciéndolo en el interior; éste es todo el misterio de la transparencia metafísica de los fenómenos y de su inmanencia en nosotros.

En el exoterismo (la practica externa) la belleza apenas es un "consuelo sensible", e incluso se la considera como una espada de doble filo, una invitación al pecado y una concesión indigna de un perfecto asceta; ello implica que el ascetismo -el renunciamiento a cuanto la Tierra puede ofrecernos de agradable- es el único camino que conduce a Dios.

En el esoterismo (el conocimiento interno), por el contrario, podemos ver que en realidad, y por la fuerza de las cosas, nada de lo que nos ofrece la naturaleza es en sí mismo un obstáculo espiritual; muy por el contrario, el hecho de que la naturaleza nos conceda tal "consuelo" -el hecho mismo de que sea la naturaleza la que nos lo concede y de que nosotros no inventamos nada- ése hecho prueba que el don "consolador" posee una virtualidad sacramental, ya sea que nosotros seamos capaces de captarla o no. La primera condición de esta capacidad es la elevación del carácter, insistimos, y por lo tanto también el sentido de lo sagrado; pues solamente la belleza del alma permite asimilar espiritualmente la belleza de las cosas.

De todo ello resulta que la belleza que se percibe en el exterior -por ejemplo la "dama" del caballero o la obra de arte sagrado- debe ser descubierta o realizada en el interior, pues nosotros amamos lo que somos y somos lo que amamos. La belleza percibida es no solamente la mensajera de un arquetipo celestial y divino, sino que también es, y por ello mismo, la proyección exterior de una cualidad universal inmanente en nosotros, y evidentemente más real que nuestro ego empírico e imperfecto, que busca a tientas su identidad.

 

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