EN LA PENUMBRA DE LA CRIPTA

 

La cripta es ese lugar oscuro bajo tierra y que tan bien evoca por su penumbra las tinieblas a la vez destructivas y generadoras. Es principalmente en este lugar donde eran veneradas las Vírgenes Negras en su origen. No será más que siglos más tarde cuando se las retirará de ahí para establecerlas en los santuarios de superficie. Numerosas Vírgenes Negras llevan nombres que evocan este mundo subterráneo. Por no citar más que la más célebre de entre ellas, la Virgen de Chartres era llamada en la Edad Media «La bendita Dama Subterránea» (La benoiste Dame Souterraine) antes de ser conocida con el nombre de Nuestra Señora de Bajo-Tierra, y este nombre se volverá a encontrar en numerosas estatuas que fueron descubiertas en las grutas cuya cripta es una figuración. En estas criptas, la Madre Universal se hace presente en el seno de la Tierra Madre, la Nueva Eva estera allí al peregrino en la suave penumbra. La cripta es una imagen de la matriz y por Su presencia, esta imagen coge fuerza.

Este emplazamiento de elección de Nuestra Señora la Negra es el lugar calmo y tranquilo en el que no entran los ruidos del mundo. Uno puede recogerse allí sin ser perturbado, y ser divertido en el sentido pascaliano. ¡Hace falta tan poca cosa par que el espíritu flote y se desvíe de su meditación! Pascal decía: «No es necesario el ruido de un cañón para interrumpir los pensamientos; basta con el rudo de una veleta o de una polea». En otra parte dirá que el zumbido de una mosca basta para hacerlos derivar, tan grande es nuestra debilidad y frágil nuestra capacidad de concentración. La cripta es verdaderamente ese lugar donde el alma puede encontrar la paz en una atmósfera propicia y elevarse, libre de molestias, hacia el mundo sagrado. «La cripta es el lugar del mundo donde uno puede hacerse, antes que la idea, el sentimiento, es decir la intima y experimental convicción» (Dom Jean Nesmy. Le monde des cryptes)

Hubo toda una evolución en la utilización de la cripta. En el origen, era la tumba de un santo o de un mártir sobre el cual había sido construido el santuario. Era entonces casi inaccesible al común de los fieles. Era sobre todo el caso de las iglesias románicas primitivas desde la liberalización de los cultos con el edicto de Milán en el 313. Más tarde, en las iglesias nuevas, las criptas contenían simplemente un relicario. Se les llamaba confesiones a estas tumbas o a estos relicarios, ya que aquel que reposaba allí, o cuyas reliquias estaban así conservadas y protegidas, había confesado su fe en palabras y en actos. La iglesia superior, en la que el altar se encuentra normalmente en el eje de la cripta, es como sostenido por ella, por esta confesión, encontrando en ella su fuente y sus fundamentos. Se encuentra entonces orientada según los seis ejes del espacio.

En el plano simbólico, no hay diferencias esenciales entre la cripta, la gruta y la caverna. No hay aquí más que un juego de matices secundarios y pueden ser considerados como prácticamente intercambiables en cuanto a su significación. Las tres son los emblemas de una única y misma cosa, de una única y misma «Idea», en el sentido dado por Platón a este término. La única y verdadera diferencia que merece aquí ser subrayada es que la gruta o la caverna tienen un origen natural, mientras que la cripta está hecha por la mano del hombre. Pero esta diferencia se borra en gran parte, y pierde su importancia, cuando se sabe que muy a menudo las criptas han sido construidas para simular la gruta antigua que fue, ella también, lugar de sepultura y de culto. No faltan además templos ni iglesias, en Oriente como en Occidente, cuyas criptas sean, en su origen, excavaciones naturales modificadas y arregladas por el hombre para hacerlas más adecuadas al uso litúrgico que le era destinado. A menudo también el primer coro de la iglesia se adosaba a una anfractuosidad rocosa, como por ejemplo en el Monte St Michel. No era más que tras la elevación del edificio que el coro de origen se encontraba convertido en cripta.

Tradicionalmente estos espacios subterráneos poseen una doble función. En todas las mitologías es el punto de contacto con el mundo ctonico, la puerta de acceso al mundo de los muertos, el punto de unión de los dos universos. Es eso lo que hemos encontrado en el origen de la cripta cristiana. Es también el lugar de vuelta a los orígenes, el lugar de donde surge la energía primordial durante mucho tiempo considerada únicamente bajo su forma telúrica. Es el lugar que debe permitir una regeneración –«reencontrar las raíces»– y religar lo alto con lo bajo. La gruta o la caverna, y por tanto la cripta, no pueden disociarse del concepto de la Tierra Madre. Es el lugar propicio por excelencia al nacimiento y a la regeneración. Es descendiendo en las entrañas de la tierra que uno puede remontar al cielo. Hacerlo, no es otra cosa que materializar la investigación interior que debe ser hecha: descender a lo más profundo de si mismo para encontrar allí su realidad y por ahí acceder a la verdadera luz. Si el grano no muere, ¿a que fruto podría dar a luz? Es por la enorme potencia de la imagen, por la oscuridad y la profundidad del mundo físico que se pueden encontrar los principios metafísicos.

¿Estamos lejos de Nuestra Señora y de la Virgen Negra? No parece; todo nuevo nacimiento y toda revelación pasa por una estancia en las entrañas de la Inmaculada Concepción, que tiene el negro rostro no solo del caos original sino también de la Tradición Primordial.

Por todas estas razones, este lugar siempre ha tenido una función de centro, como lo expone René Guénon. La cripta es también, simbólicamente hablando, análoga al atanor del alquimista donde debe producirse la transmutación de la materia vil en oro puro, en oro espiritual. Si queremos «modernizar» esta imagen, diríamos que ella simboliza el lugar de la interiorización que permite a la persona empezar un proceso de individuación.

Los antiguos misterios que daban lugar a una iniciación siempre se realizaban en «el lugar oscuro» del que la cripta, soporte del Templo, es la representación más perfecta. Se puede señalar que en el libro del Génesis los enterramientos importantes, tales como los de Adán, Sarah, Abraham, Jacob, etc., se realizaban en las cavernas. Como no estar convencido de ello por estas palabras del profeta Isaias: «Yo te daré los tesoros de la oscuridad y las riquezas escondidas en un lugar secreto para que tu sepas que yo soy el Eterno» (Is 45,3). Las riquezas de las que se habla no pueden ser otras que la pura potencia no manifestada, por lo tanto no comprensible directamente por la inteligencia humana. La oscuridad es la fuente de la Luz Sin Límites. El abismo, que es el lugar secreto designado en este versículo, es a menudo llamado «agua profunda». Es el agua profunda incluida en el nombre mismo de Myriam, nombre original de Nuestra Señora cuyo nombre se abre y se cierra por la letra hebrea Mem, símbolo de las aguas primordiales, las maïm. Ella emblematiza por su doble presencia en su nombre la reunión de las aguas superiores y de las aguas inferiores separadas en el primer capítulo del Génesis.

Las leyendas hablan de las Vírgenes Negras como «Vírgenes encontradas» (tronco de un árbol, mata de espinos, subsuelo...). Estas «Vírgenes encontradas» lo son siempre en un lugar natural donde están escondidas desde tiempos desconocidos. Podemos ver a través de las leyendas como ellas no aceptan ser desplazadas, volviendo siempre al lugar de origen.

Este lugar constituye de alguna manera un centro. Es este lugar central el que es ese punto tan particular donde deben tradicionalmente anclarse las cosas, los seres y los acontecimientos. Un lugar tal no podría ser único. Si, para el pensamiento tradicional, existe un centro primordial, de este centro emanan centros secundarios que tienen vocación de permitir una transmisión. Estos centros tradicionales son de orden espiritual pero se figuran, se anclan, en los lugares materiales. Desde siempre esa fue una de las funciones reconocidas de la cripta. Es una imagen de la naturaleza y está enterrada en la tierra madre. Su enterramiento en el seno de la tierra fecunda hace de ella un lugar privilegiado de renacimiento. En la oscuridad de la cripta nos situamos en la frontera del mundo de los vivos y del mundo de los muertos, en la frontera de lo conocido y de lo desconocido. ¿Quién no ha percibido la atmósfera particular que reina en una cripta, y por poco que se haya dejado llevar, deteniendo todo pensamiento parásito, quién no ha sentido la paz que emana de este lugar? ¿Por qué en los monasterios como el de San Benoît sur Loire, por no citar más que uno, las vísperas y las misas de los monjes se desarrollan en la cripta? No es necesario considerar esto como una supervivencia o una transposición de los misterios antiguos, sino como una necesidad ontológica.

La Virgen Negra se mantiene entre uno y otro mundo, el de arriba y el de abajo. A veces ella fue incluso llamada Nuestra Señora de la buena muerte (Clemont-Ferrand, Billom...), independientemente de la leyenda que relata su descubrimiento. Ella está situada allí para incitar al hombre a situarse en el centro y provocar un renacimiento, un nuevo nacimiento que pueda permitir al orante dejar su basura mental. El peregrino se sitúa en un punto de equilibrio de su existencia espiritual. Está sobre una verdadera línea fronteriza entre lo que era y lo que puede venir. La Virgen Negra está ella misma situada en un lugar bisagra, en una frontera, ella reúne todo aquello que puede y debe ayudar al basculamiento, a la realización de una metanoia. En las ceremonias de los misterios antiguos, la búsqueda iniciática conducía hacia el renacimiento espiritual y esta búsqueda era la única que daba acceso a los Misterios. La demanda dirigida a la Madre negra condensaba toda la esperanza del postulante. La Virgen Negra, a continuación de la gran diosa, condensa eso en un nivel completamente diferente. Ella nos exhorta a engendrar el hombre nuevo que recapitula el pasado y abre el porvenir verdadero, este porvenir que debe situarse en el mundo estando a la vez completamente fuera del mundo. Está ahí una de las formas del segundo nacimiento.

La penumbra de la cripta tiene su función propia. No siendo ni completamente luz, ni completamente oscuridad, es ella la imagen de un punto de paso, de una puerta. Esta penumbra nos obliga, para comprender porque ella era estimada como necesaria, a volver sobre el papel de las tinieblas evocadoras del color negro. Ella es, de alguna manera, una figuración materializada de la vía elegida.

La vía marial, porque es totalmente de ella de lo que aquí se trata, es considerada como una vía iniciática directa comportando una verdadera transmisión. Recordemos que iniciación: «deriva del latín initum y que esta palabra significa propiamente entrada y comienzo de una nueva existencia en el transcurso de la cual serán desarrolladas las posibilidades de otro orden que aquellas a las que está estrictamente atada la vida de un hombre ordinario; y la iniciación, así entendida en su sentido más estricto y más preciso, no es en realidad nada más que la transmisión inicial de la influencia espiritual en estado de germen».(René Guénon, Iniciación y Realización Espiritual).

Ahora bien, tradicionalmente, todo cambio de estado, y es eso lo que realiza una iniciación efectiva, se considera que solo puede realizarse en la oscuridad. Los más antiguos misterios, por lo que nos ha llegado, lo prueban. El candidato a la iniciación debe pasar por la oscuridad antes de acceder a la luz, no a la luz del mundo que no es más que gloria efímera, sino a la luz verdadera que solo el corazón es susceptible de percibir. Es en esta fase de oscuridad que puede efectuarse «una especie de recapitulación de los estados antecedentes, por la cual las posibilidades que se relacionan con el estado profano serán definitivamente agotadas con el fin de que puedan desarrollarse libremente las posibilidades de un orden superior que él (el candidato a la iniciación) lleva en si mismo» (Ibid).

Dirigiéndose a la cripta, el peregrino penetra en el nivel de las profundidades terrestres donde todo está todavía indiferenciado, el lugar donde la dualidad se encuentra en estado latente. Es en ese nivel donde se encuentra el fruto de la virtud de la Esperanza, ya que él contiene la paz, el reposo verdadero. El peregrino espera encontrarse ahí consigo mismo. Surgido de la tierra, él sabe que a ella retornará un día. El peregrino viene del mundo exterior donde esta dualidad es activa y donde los opuestos se combaten y se desgarran a veces, perfecta imagen del combate que se desarrolla, de ordinario, en el alma del hombre. Pero ha venido aquí para acceder al tercer nivel, el nivel superior, el nivel celeste donde los opuestos son «reconciliados», donde la dualidad se reabsorbe en a unidad, ya no más diferenciada sino llena y viva. Es el nivel de la victoria del hombre sobre el hombre.

El peregrino deberá seguir todo un camino para llegar a la cripta, a los pies de la estatua de la Virgen. El va a pasar figurativamente y materialmente del mundo profano al mundo sagrado. El franqueará antes que nada el porche de la iglesia y, atravesando el nartex, cambiará de universo. Después recorrerá el tramo central de la nave para llegar a la encrucijada del crucero que divide en dos a la iglesia, separando definitivamente lo profano de lo sagrado, antes de acceder al coro. Llegará a la puerta baja que, por una escalera estrecha, le hará enterrarse en las entrañas de la tierra. Esta escalera, la va a recorrer dos veces. Va a descender para volver a subir. Y cuando vuelva, él será más rico de lo que lo era al llegar. «Quien se eleve será rebajado, quién se rebaje será elevado» dicen en tres ocasiones los Evangelios.

Esta marca franqueada es de alguna manera una etapa sobre el camino del conocimiento que simboliza la escalera. Tradicionalmente, el descenso representa la búsqueda del conocimiento esotérico y la subida el del conocimiento exotérico; ahora bien no hay conocimiento completo más que cuando se reúnen los dos. El descenso se interpreta también, aquí, como una toma de conciencia. La subida sería su puesta en práctica después de la vuelta hacia la luz del mundo profano que el peregrino reencontrará tras haber de nuevo recorrido los diferentes espacios de la iglesia, pero en el otro sentido esta vez. Y este mundo profano, él, el peregrino habiendo recibido en las profundidades de la tierra una parcela de saber y una chispa de la luz escondida, deberá contribuir a transformarlo. Debe hacerlo, porque él ha vivido de alguna manera un renacimiento por una adhesión a lo real situándose en otro plano y más allá de las cosas.

J. Bonvin, en su obra (Virges Noires, la réponse vient de la terre), dice haber constatado que en las iglesias en las que las Vírgenes Negras ocupan todavía el lugar que les era primitivamente otorgado (lo que está lejos de lo que ocurre ahora), ellas están orientadas de tal manera que quedan frente al cuadrante noreste. Es decir que ellas miraban hacia el punto de la salida del sol en el solsticio de verano.

No sería para nada sorprendente que esta constatación corresponda a una realidad voluntariamente querida, dada la cantidad de elementos simbólicos que rodean a nuestras estatuas. Recordemos brevemente que los dos solsticios, «Puerta de los Cielos» para el de verano y «Puerta de los hombres» para el de invierno, están en relación en el esoterismo cristiano y en la tradición iniciática con los dos San Juan. La estatua de la Virgen hace así frente a la salida del sol en el día de la luz más grande, en el día en el que la noche es más corta. La oscuridad está como escondida en el instante en el que va a recomenzar el lento descenso hacia las tinieblas de la tierra, cuando se abre la «Puerta de los hombres». Es el baño de la luz celeste en su máximo de potencia que debe iluminar el ser interior realizando, simbólicamente, la conjunción de los contrarios (luz-tinieblas) así como lo muestra la cripta y el color negro con relación al solsticio.

En el oráculo sobre Babilonia, ciudad emblema de las naciones perdiéndose en la materialidad, donde los hombres no tienen ya la luz del saber iluminando lo cotidiano, es decir el ámbito de lo múltiple, está escrito «El sol en su salida está sombrío» (Is. XIII, 10). Pero el mismo profeta evocando la prosperidad futura de Sión enuncia «la luz de la luna se hará como la luz del sol» (Is. XXX, 26) mientras que, nosotros lo sabemos, «Aquella que surge del desierto es bella como la luna» (Cant. 1,10). Y esta luz es la del conocimiento que se vive en el interior, es el ámbito de la unidad.

Este cuadrante noreste ha tenido siempre una importancia particular. Es el lugar del alba, el del paso entre la noche y el día, lo que nos debe recordar esa «aurora» del Cantar de los Cantares. Se hace ahí una imagen de la conversión por la acogida de la luz naciente. Era el lugar donde se ponía la primera piedra, de la piedra fundacional sobre la cual iba a anclarse el edificio. Las piedras de los otros ángulos eran a continuación situadas sucesivamente en el sentido de la marcha aparente del sol. Es en este ángulo donde era elevado el primer muro tras el cual se abrigaría la logia de los albañiles y donde se realizaban los planos necesarios para la construcción y donde se enseñaba el arte del trazado considerado como un secreto del oficio.

Nuestra Señora la Negra, Aquella que es «como la aurora, bella como la noche» (Cant. 6,10), ofrece la posibilidad de acercarse a la verdadera luz encerrada en las tinieblas (Jn 1,5) y de la que ella es la depositaria. Ella está allí, en la cripta apacible, lista a dar sin medida a quien venga con un corazón puro. («Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios» – Mt 5,8 y  Ps 51, 12-13). La oscuridad, en verdad, corresponde menos a una ausencia de luz que a una luz escondida y esta luz invisible a los ojos de los insensatos, de los hombre divididos en si mismos, esta luz no brilla más que para aquellos que han llegado a las misteriosas bodas, a las Bodas de la Unidad.

Cripta, imagen de la gruta. Cripta, lugar oscuro situado en las entrañas de la tierra, figuración del vientre materno que nos lleva de múltiples maneras al concepto arcaico de la Diosa Madre, cripta que se sitúa en la frontera del mundo de los vivos y del mundo de los muertos, lugar donde nuestros lejanos ancestros buscaban la comunicación para establecer una especie de continuidad más allá de la temporalidad. Cripta, lugar de excelencia para buscar e intentar reencontrar la paz y la plenitud del alma y del espíritu ¿No es natural que hayas sido el santuario de la Dama Negra?

 

(Fragmentos extraídos de: «Realités et mystères des Vierges Noires, Roland Berman)

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