RESIDUOS PSÍQUICOS

René Guénon

Capítulo XXVII de "El reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos"

 

Para comprender lo que hemos dicho en último lugar a propósito del «chamanismo», que constituye la razón principal por la que hemos hablado de él, es preciso señalar que este caso de vestigios que subsisten de una tradición posteriormente degenerada, cuya parte superior o «espiritual» ha desaparecido por completo, es en definitiva perfectamente comparable con el de los restos psíquicos que un ser humano deja en su pos al pasar a un estado diferente y que al haber sido de esta forma abandonados por el «espíritu» pueden servir para cualquier cosa; por otra parte, ya sean utilizados conscientemente por un mago o brujo, o bien inconscientemente por los espiritistas, los efectos más o menos maléficos que pueden resultar de ello no tienen evidentemente nada que ver con la calidad propia del ser al que estos elementos han permanecido con anterioridad; ya no se trata más que de una categoría especial de «influencias errantes», por emplear la expresión que a este respecto utiliza la tradición del Extremo Oriente, que no han guardado de tal ser, en el mejor de los casos, sino una apariencia puramente ilusoria. Lo que hay que tener en cuenta para comprender tal similitud, es que las propias influencias espirituales, deben encontrar cierto número de «soportes» apropiados para entrar en acción en nuestro mundo, tales «soportes» deben pertenecer en primer lugar al orden psíquico y posteriormente al propio orden corpóreo, de manera que aquí se produce algo parecido a la constitución de un ser humano. Si posteriormente se retiran tales influencias, sea cual fuere la razón de que así ocurra, sus antiguos «soportes» corpóreos, ya se trate de lugares o de objetos (y cuando se trata de lugares su situación naturalmente se relaciona con la «geografía sagrada» a la que antes hemos aludido), no dejarán por ello de estar cargados de elementos psíquicos, que serán incluso tanto más fuertes y persistentes por el hecho de haber servido de intermediarios y de instrumentos a una acción más poderosa. De esto podría deducirse con perfecta lógica que el caso en el que se trata de centros tradicionales e iniciáticos importantes, extinguidos desde hace más o menos tiempo, en definitiva es el que mayores peligros supone a este respecto, sea porque simples imprudentes provoquen reacciones violentas de los «conglomerados» psíquicos que subsisten o bien, y sobre todo, porque algunos practicantes de la «magia negra», según la expresión corriente, se adueñen de estos para manejarlos a su antojo y obtener resultados de conformidad con sus designios.

El primero de los dos casos que acabamos de indicar basta para explicar al menos en una parte substancial, el carácter nocivo que presentan ciertos vestigios de las civilizaciones desaparecidas cuando son exhumados por gentes que, al igual que los modernos arqueólogos, ignoran todo lo referente a estos asuntos y por ello mismo se comportan como verdaderos imprudentes. Ello no quiere decir que no pueda haber a veces otro tipo de cosas: de esta forma, tal antigua civilización o tal otra ha podido degenerar en su último período por un excesivo desarrollo de la magia (1); naturalmente, sus restos conservarán entonces la huella de este hecho bajo la forma de influencias psíquicas de un orden muy inferior. También puede ocurrir que, incluso al margen de todo proceso degenerativo como el anteriormente descrito, haya lugares u objetos preparados especialmente para prevenir cualquier intento de aproximación indebida, ya que tales precauciones no tienen en sí nada de ilegítimas, si bien el hecho de conferirles demasiada importancia no sea un índice de los más favorables por la prueba que supone de la existencia de unas preocupaciones bastante alejadas de la pura espiritualidad, y tal vez incluso de cierto desconocimiento del propio poder que en ella reside, sin que se necesite recurrir a tales «ayudas». Mas, aparte de todo esto, las influencias psíquicas subsistentes, desprovistas del «espíritu» que antes les dirigía y reducidas de esta forma a una especie de estado «larvario», pueden reaccionar perfectamente por sí mismas ante una provocación cualquiera, por muy involuntaria que ésta sea, de manera más o menos desordenada, y que, en todo caso, no tiene relación alguna con las intenciones de quienes las utilizaron anteriormente en una acción de un orden completamente diferente, como ocurre con las descabelladas manifestaciones de los «cadáveres» psíquicos que a veces intervienen en las sesiones de espiritismo y cuyo comportamiento carece de la menor relación con lo que, en cualquier circunstancia, habrían podido o querido hacer las individualidades de las que constituían la forma sutil y cuya «identidad» póstuma siguen simulando como buenamente pueden para asombro de los ingenuos que se empeñan en tomarlos por «espíritus».

Por lo tanto, las influencias en cuestión pueden en muchas ocasiones ser ya suficientemente nocivas por el hecho de haber sido abandonadas a sí mismas; ello obedece sencillamente a la propia naturaleza de estas fuerzas del «mundo intermedio» y nadie puede evitar que así ocurra, de la misma forma que tampoco se puede evitar que actúen las fuerzas «físicas», aludiendo con dicho término a las pertenecientes al mundo corpóreo que son objeto de la investigación de los físicos, causando igualmente, en determinadas condiciones, unos accidentes de los que no se podría hacer responsable a ninguna voluntad humana; el caso es que así puede comprenderse la verdadera significación de las excavaciones modernas y el papel que desempeñan efectivamente a la hora de abrir algunas de las «grietas» a las que hemos aludido. Mas, por otra parte, estas mismas influencias se encuentran a disposición de quien sepa «captarlas», como también ocurre con las fuerzas «físicas»; es evidente que unas y otras podrán servir entonces para los fines más diversos y opuestos, según sean las intenciones de aquel que se haya adueñado de ellas y las dirija a su conveniencia; de manera que, en cuanto a las influencias sutiles, si éste es un practicante de la «magia negra», es evidente que se les dará utilización completamente diferente de la que originariamente podrían haberles dado los representantes cualificados de una tradición regular.

Todo cuanto hemos dicho hasta ahora se aplica a los vestigios dejados por una tradición completamente extinguida; mas, paralelamente a este caso, conviene considerar otro: el de una antigua civilización tradicional que se sobrevive, digámoslo así, a sí misma, en la medida que su degeneración ha sido llevada hasta tal punto que el «espíritu» habrá terminado por retirarse definitivamente; determinados conocimientos, que en sí mismos no tienen nada de «espiritual» y que no dependen más que del orden de las aplicaciones contingentes, podrán seguir transmitiéndose, sobre todo los más inferiores; mas, naturalmente, serán desde entonces susceptibles de todo tipo de desviaciones, pues ellos tampoco representan más que meros «residuos» de otro tipo, al haber desaparecido la doctrina pura de la que debían normalmente depender. En semejante caso de «supervivencia», las influencias psíquicas anteriormente puestas en acción por los representantes de la tradición podrán volver a ser «captadas», incluso al margen de sus aparentes continuadores, sí bien en lo sucesivo éstos serán ilegítimos, quedando desprovistos de toda verdadera autoridad; aquellos que verdaderamente hayan de utilizarlas a través de éstos tendrán de esta forma la ventaja de contar, como instrumentos inconstantes de la acción que pretenden ejercer, no solamente con una serie de objetos supuestamente «inanimados», sino también con hombres vivos que igualmente pueden servir de «soportes» a tales influencias, y cuya existencia actual les confiere naturalmente una vitalidad mucho mayor. Este era exactamente el punto al que aludíamos al considerar un ejemplo como el del «chamanismo», si bien, por supuesto, todo esto puede no aplicarse indistintamente a todo cuanto habitualmente se incluye en tal denominación ligeramente convencional y que, de hecho, tal vez no haya alcanzado todavía semejante grado de decadencia.

Una tradición que haya sufrido tal desviación queda verdaderamente muerta como tal, en la misma medida que aquella para la que no existe ningún indicio de continuación; por otra parte, si todavía estuviese viva, por poco que fuese, semejante «subversión», que en definitiva no es más que una inversión de cuanto subsiste para poderlo utilizar en un sentido antitradicional por definición, evidentemente no podría producirse en modo alguno. Conviene, sin embargo, añadir que incluso antes de que las cosas llegasen hasta ese punto, y a partir del momento en que las organizaciones tradicionales están suficientemente debilitadas como para no ser capaces de una resistencia suficiente, una serie de agentes más o menos directos del «adversario» (2) pueden introducirse en ella para apresurar el momento en que tal «subversión» sea posible; no está claro que lo consigan en todos los casos, pues todo lo que todavía conserva algo de vida puede recuperarse; mas si en el ínterin sobreviene la muerte, el enemigo ya se encontrará en la plaza, valga la expresión, y estará perfectamente dispuesto a sacar partido de ello y a utilizar inmediatamente el cadáver para sus propios fines. Los representantes de todo cuanto todavía posee un carácter tradicional auténtico, tanto en el ámbito exotérico como en el iniciático, en nuestra opinión, harían bien en aprovechar esta última observación ahora que todavía es tiempo, ya que, a su alrededor, los signos amenazadores constitutivos de las «infiltraciones» de este tipo se manifiestan con toda claridad a aquel que sabe percibirlas.

Una nueva consideración que no carece de importancia es la siguiente: si el «adversario» (cuya naturaleza intentaremos precisar posteriormente) tiene la ventaja de adueñarse de los lugares que fueron sede de antiguos centros espirituales, tantas veces como pueda, no es únicamente por causa de las influencias psíquicas que en ellos se acumulan y que hasta cierta punto permanecen «disponibles», sino también por la situación particular de estos lugares, pues resulta evidente que no fueron escogidos arbitrariamente por el papel que les fuese asignado en una época u otra y respecto a una u otra forma tradicional. La «geografía sagrada», cuyo conocimiento determina tal elección es, como cualquier otra ciencia tradicional de orden contingente, susceptible de ser desviada de su uso legítimo para ser aplicada «al revés»: si un punto resulta «privilegiado» para servir a la emisión y a la dirección de las influencias psíquicas cuando éstas constituyen el vehículo de una acción espiritual, no lo será menos cuando estas mismas influencias psíquicas sean utilizadas de una manera completamente diferente para unos fines contrarios a toda espiritualidad. Tal peligro de desviación de ciertos conocimientos, del que tenemos ocasión de considerar un ejemplo particularmente claro, explica además, apuntémoslo de pasada, gran número de reservas que son perfectamente naturales en una civilización normal, pero que los modernos demuestran ser perfectamente incapaces de comprender, puesto que en general atribuyen a una voluntad determinada el hecho de «monopolizar» tales conocimientos, lo que en realidad no es más que una medida destinada a impedir que se abuse de ellos en la medida de lo posible. Por otra parte, y a decir verdad, esta medida sólo pierde su eficacia en el caso de que las organizaciones depositarias de tales conocimientos, dejen penetrar en su seno a una serie de individuos no cualificados e incluso, como acabamos de decir, a agentes del «adversario», uno de cuyos más inmediatos objetivos será entonces precisamente el de descubrir tales secretos. Ciertamente, todo esto carece de relación directa con el verdadero secreto iniciático que, como hemos dicho más arriba, reside exclusivamente en lo «inefable» y en lo «incomunicable» y que, evidentemente, por ello mismo se encuentra al amparo de toda investigación indiscreta; mas, aunque no se trate aquí más que de cosas contingentes, nos veremos obligados a reconocer que las precauciones que deben ser tomadas en este orden para evitar toda posible desviación y, por tanto, toda acción nociva que de ella pueda resultar, distan mucho de poseer un interés nimio.

De cualquier forma, ya se trate de los propios lugares, de las influencias que permanezcan vinculadas a ellos o bien de unos conocimientos del tipo de los que acabamos de mencionar, puede recordarse a este respecto el antiguo adagio que reza: «corruptio optimi pessima», que tal vez encuentra en este caso su mejor aplicación; pues conviene, efectivamente, hablar de «corrupción» incluso en el sentido más literal de la palabra, ya que los «residuos», como decíamos en un principio, son en este caso comparables a los productos de la descomposición de lo que fue un ser viviente; así pues, como toda corrupción resulta contagiosa en definitiva, tales productos de la disolución de las cosas pasadas ejercerán, en todas las partes en las que sean «proyectados», una acción particularmente disolvente y desintegradora, sobre todo si son utilizados por una voluntad claramente consciente de sus fines. Podríamos decir que aquí se produce una especie de «necromancia» que hace intervenir una serie de restos psíquicos completamente diferentes a los de las individualidades humanas y que ciertamente no es de las más temibles, ya que con ello disfruta de unas posibilidades de acción mucho más extensas que las de la vulgar brujería, pudiéndose incluso afirmar la imposibilidad de cualquier comparación a este respecto; por otra parte, y dada la situación actual, ¡nuestros contemporáneos deben estar verdaderamente ciegos para no sospecharlo siquiera!

NOTAS:

(1). Todo indica que tal fue el caso particularmente del antiguo Egipto.

(2). Como es sabido, «adversario» es la acepción literal de la palabra hebrea Shatan, tratándose aquí, efectivamente, de unos «poderes» de carácter auténticamente «satánico».