DE LA SUMISION A LA VOLUNTAD DE DIOS

Abbé Henri Stéphane

 

¿El hombre ordinario, en su estado individual, realizando una acción cualquiera, efectúa «la voluntad de Dios»?

Desde el punto de vista teológico ordinario, esta sometido a «la voluntad de Dios» aquel que realiza un acto conforme a una «ley moral» concebida como «expresión» de la Voluntad Divina y conocida como tal por la razón humana iluminada por la fe. Toda transgresión consciente y querida de esta ley es «pecado», y se considera como no conforme a la Voluntad Divina. Esta actitud es valida en el modo religioso, pero no tiene nada de metafísico. Puede sin embargo ser tomada, en su orden y en su nivel, como símbolo de la actitud metafísica correspondiente.

Metafísicamente, solo está sometido a la Voluntad Divina el hombre liberado de las condiciones de existencia individuales. Es el «hombre verdadero» (tchenn-jenn) (1) el cual, habiendo realizado la vuelta al «estado primordial», se encuentra desde ese momento establecido en la «Vía». Ya no se puede decir más, hablando con propiedad, que él «hace» la «voluntad de Dios» ya que, estando en el «no-actuar», no realiza ninguna acción en el sentido ordinario de la palabra, y estando «identificado» con el Principio, ya no hay para él separación entre Dios y él mismo; no se puede ya más hablar de «ley» como «expresión» de la Voluntad Divina. Esta, en efecto, como tal es inexpresable, siendo idéntica al Principio mismo, si bien que no se puede decir que Este quiere «esto» o «eso». El Principio no quiere nada. No hay más que el ser individual que quiere «esto» o «aquello». Es por lo tanto de alguna manera concibiendo a Dios en «modo individual» –o dicho de otra manera; a su imagen– como el hombre ordinario declara «hacer la voluntad de Dios». Pero, desde el punto de vista metafísico, un tal hombre no está «sometido» (muslim), y mientras permanezca en las condiciones de existencia individuales, está en «perdido». Es en este sentido que se ha escrito: «No hay justo, ni uno solo; no hay nadie que tenga la inteligencia... todos han salido de la vía (Tao), todos están pervertidos...» (Rom. III, 10-17). Es también lo que quiere decir Maestro Eckhart en este pasaje: «Mientras el hombre tenga algo hacia lo cual su voluntad esté dirigida –e incluso si su voluntad es la de colmar la voluntad bien amada de Dios– un tal hombre no tiene la pobreza de la que aquí se trata».

Existen por lo tanto, desde el punto de vista metafísico, los «fieles» y los «infieles». Estas dos categorías pueden entonces ser simbolizadas sobre el plano teológico, exotérico y social, por los «buenos» y los «malos» en el sentido ordinario. Pero, desde el punto de vista metafísico, unos y otros están igualmente «fuera de la Vía», y están «perdidos». El hombre ordinario que realiza una acción «buena» no está sin embargo sometido a la Voluntad de Dios más que de una manera totalmente simbólica y por así decirlo «ideal». Pero esto no impide que la distinción entre acción buena y acción mala continúe valiendo sobre el plano individual, en particular por lo que concierne a las consecuencias de la acción sobre este plano. Este hombre no esta liberado de la Ley, mientras que, por el contrario, «aquel que ha nacido de Dios, dice san Juan, no peca más y no puede más pecar, porque la simiente de Dios permanece en él» (1 Juan III, 9). Es el estado del «hombre verdadero» de la que se ha hablado más arriba.

Así, metafísicamente, todos –salvo el «hombre verdadero»– están «perdidos», y sin embargo, en otro sentido, ninguno puede escapar al Querer Universal Divino. Pero mientras que los «fieles» se conforman consciente y voluntariamente al Querer divino por el Conocimiento metafísico, los otros permanecen en la ignorancia, y es en este sentido que no pueden ser llamados «sometidos».

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1.- Sobre el hombre verdadero ver: R. Guénon, La Gran Triada, cap. XVIII.

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