EL SENTIDO DE LA VIDA
Abbé Henri Stéphane
Se dice a menudo que la Religión da un sentido a la vida, pero nos contentamos generalmente con fórmulas bastante vagas, cuya significación profunda se nos escapa: ritualizar nuestros actos, ofrecer nuestras acciones en «sacrificio», hacer todo por la gloria de Dios, etc. Estas proposiciones, incontestablemente verdaderas en su conjunto, no por ello dejan de ser, a nivel de la sicología humana, extremadamente superficiales, como las ondas producidas en el agua por una piedra y que se borran rápidamente.
No nos entretendremos en discutir la ideología «moralista» que otorga a las acciones humanas un «valor en si»; la idolatría del trabajo, del progreso técnico, del progreso social, etc. tiende a sustituir la Religión verdadera, por una seudo-religión, y la estupidez de todas esas formas de «idealismo» aparece con tal evidencia que no habría lugar para mencionarlas todavía más, si no fuera porque otra forma más sutil de idealismo no hubiera intentado una especie de compromiso o de conciliación entre la Religión y el «humanismo» precedente. En otras palabras, existen actualmente dos formas de «humanismo» que tienden a acaparar las almas: un «humanismo ateo» que, haciendo tabla rasa de todo lo «sobrenatural», no puede evidentemente dar valor más que a lo que es humano, y un «humanismo teista» que, mirando al mundo como la obra de Dios, le otorga así un «valor en si» no difiriendo en nada de la concepción puramente materialista del humanismo ateo. El hombre es entonces visto como cooperante con Dios en la obra creadora que, repitámoslo, es considerada como poseedora de un «valor» por si misma. A pesar de las apariencias esta forma de «idealismo materialista» no es menos ilusoria que el «idealismo materialista» al cual pretende «dar un sentido». La ambigüedad del «humanismo espiritualista» reside en el hecho de que es bien exacto que el mundo es la obre de Dios, pero es falso darle un «valor» cualquiera; en otros términos, este humanismo se basa en una verdad parcial olvidando bien otra verdad complementaria, bien una verdad esencial que se le escapa. Si es verdad que el mundo es la obra de Dios, no lo es menos que el mundo está «caído», y que es el «reino de Satán»; si no se mantienen estas dos verdades teológicas una frente a otra, se está necesariamente en el error, y esta «verdad complementaria» enseñada por la teología más corriente no debería escaparse a los adeptos del «humanismo espiritualista». En cuanto a la «verdad esencial» que es de orden metafísico*, admitimos de buen grado que ella se escapa ordinariamente a la mentalidad limitada del hombre actual, y no creemos útil hablar de ella enseguida.
Habiendo así limpiado el terreno, podemos intentar precisar la cuestión abordada al comienzo: ¿da la religión un sentido a la vida, y cual es este?
A esta cuestión, hay que responder si y no. Si se considera la vida en el sentido habitual de la palabra, es decir este conjunto de actividades humanas de las que somos conscientes, hay que responder que no. En efecto, este conjunto de actividades conscientes no desemboca en nada, puesto que todo se termina con la muerte, y el hecho de transmitir la vida a nuestros descendientes, que mueren a su vez tras haberla transmitido a otros, no cambia nada de la situación. Todo esto se desenvuelve indefinidamente y sin objetivo, en el «plano «horizontal»; los cambios «internos» susceptibles de producirse en el interior de este «circulo» en el curso de la historia pueden dar a los ingenuos la ilusión de un progreso o de una evolución. En realidad, el círculo está cerrado y no se puede salir de él más que siguiendo la «vertical».
Es aquí donde la religión interviene para dar un «sentido» a la vida, pero en otra dirección que la de la vida misma: «El que pierde la vida la ganará». Al margen de la paradoja, es la muerte la que da un «sentido» a la vida, porque ella permite escapar a la «ronda infernal» de la existencia. La muerte pone un «termino» –un objetivo– a la vida; es una «realización» en la que todo lo que ha sido efectuado en la vida es «resumido», después «juzgado», pasado por el cedazo, y solo los resultados positivos pueden ser integrados en un nivel superior de existencia, siendo los resultados negativos rechazados a las «tinieblas exteriores»; tal es el sentido del Juicio, de la separación entre los «elegidos» y los «condenados».
Así, lo que da un sentido a la vida, es la muerte, pero lo que da un sentido a la muerte, es el Juicio, y es la Religión la que nos enseña el Juicio, la Discriminación, el Discernimiento.
Este Discernimiento comporta varios grados: en el más bajo, distingue en primer lugar entre el «bien» y el «mal», pero no hay que olvidar, conforme a la narración del Génesis, que el conocimiento del Árbol del Bien y del Mal es precisamente inherente a la «caída», y que la caída no existía antes de que el hombre hubiera probado el fruto de este Árbol (Gen. II, 8,17). Entonces, lo que hay que reencontrar, es el Árbol de la Vida que estaba situado en medio del jardín y al cual se identifica la Cruz de Cristo, el Árbol de la ciencia del Bien y del Mal debe ser reintegrado en el Árbol de la Vida. En definitiva, el discernimiento del Bien y del Mal debe de ser superado, y el error «moralista» consiste en pararse ahí.
En un segundo nivel, el Discernimiento deberá aplicarse sobre lo que es Real y sobre lo que no lo es: solo Dios es real, el mundo es irreal y la vida ordinaria es una «ilusión colectiva», un «sueño cósmico»; es ese el ámbito de Satán. El «Si-mismo Inmortal» es Real, el ego individual, efímero y temporal, es irreal.
Finalmente en un estadio superior, todo discernimiento queda sobrepasado: estamos en el nivel de la No-Dualidad, de la Esencia* divina que «comprende» todas las cosas a título de posibilidades «no existentes» o más bien «no manifestadas todavía», y que no se manifiestan más que en los estados inferiores. Estas posibilidades «no existentes» son por lo tanto «puras relaciones*» con la Esencia divina que, ella, es sin relación con cualquier cosa diferente, ya que este otro no existe; la relación es, si se quiere, unilateral. Vistas en el Intelecto divino (el Verbo) complementario de la Esencia con la cual el Intelecto se identifica como el Conocimiento del Ser, las posibilidades todavía no existentes toman el nombre de «arquetipos*»; apareciendo estos como «concepciones divinas», si bien que su conjunto es el de los «puros posibles» (1) constituyen la Posibilidad Universal, que no es otra que la Inmaculada Concepción –o la Omni-Potencia divina (Shakti*).
De esa manera, la realidad esencial de un ser –de una criatura o de un mundo– aparece in divinis como una posibilidad inherente a la Posibilidad Universal, o una «pura relación» con la Esencia divina. Como no hay nada fuera de esta divina Esencia, se puede decir que la Posibilidad Universal es un «aspecto» de la Esencia divina que, bajo este punto de vista, se identifica con ella; por el contrario, si se distingue la Posibilidad Universal de la Esencia divina, como no hay nada fuera de esta Esencia, se debe mirar la Posibilidad Universal como un «puro receptáculo», o también un «lugar» donde se ejerce la Omni-Potencia divina.
Se podrá observar, a propósito de esto, que es casi imposible para el alma humana hacer la síntesis de diferentes puntos de vista, aparentemente contradictorios, bajo los cuales puede ser vista la Realidad divina, y que necesario es mantener estos diferentes puntos de vista y evitar sistematizar uno de ellos en detrimento de los otros; sabemos que estas distinciones solo son válidas para nosotros, y que estas distinciones desaparecen completamente al nivel de la No-Dualidad divina.
Decimos, por ejemplo, que la Posibilidad Universal es a la vez un aspecto de la Esencia divina que se identifica obligatoriamente con ella, y un puro receptáculo de la Presencia divina, o un lugar donde actúa la Omni-Potencia divina. La Posibilidad Universal es por lo tanto a la vez un aspecto distinto y no distinto de la Esencia divina.
Esta actitud «intelectual» frente a la Realidad es indispensable para evitar perderse en la sistematización o el endurecimiento que es propio de la «opinión» en el ámbito de la simple «razón» humana; es ahí donde se ejerce el juego estéril de la fantasía individual donde se complacen los virtuosos de la filosofía profana y los «pensadores» mundanos que son la admiración del «gran público», y que no son en definitiva más que diletantes o charlatanes. Pero volvamos a lo esencial de nuestro propósito: lo que hay que retener, es que fuera de Dios no hay nada más que un «puro receptáculo», un «lugar» donde Dios quiere actuar.
En definitiva todo el «mal» viene del desconocimiento o de la ignorancia de esta verdad fundamental. A partir del momento en el que el «receptáculo» se toma por algo diferente de un «receptáculo» y se afirma como una realidad autónoma, se «declara en rebelión» de alguna manera contra su «destino», revuelta por lo demás ilusoria, ya que a los ojos de Dios él siempre será tan solo un «receptáculo». Uno puede preguntarse evidentemente como una revuelta, incluso ilusoria, puede –o ha podido– producirse, aunque solo sea al nivel del mundo manifestado, puesto que la Esencia divina no podría estar afectada; pero una cuestión tal es insoluble «racionalmente», ya que esto, en el fondo, lleva a preguntarse por qué ciertas posibilidades «no existentes» (2) in divinis han podido manifestarse y por lo tanto afirmarse en tanto que realidades aparentemente separadas de Dios, a un nivel de existencia tal que el nuestro, por ejemplo. Esta cuestión no comporta otra respuesta que la que sigue: es en virtud de un cierto «contenido» de su «arquetipo» que ciertas posibilidades se manifiestan a diferentes niveles de existencia. Este «contenido» no podría manifestarse, según ciertos modos, y esto en virtud de la Infinidad de la Posibilidad Universal. Es por tanto en virtud de una cierta «necesidad» como los diferentes mundos han «aparecido», cualesquiera que sean además las consecuencias aparentemente «incomodas» de su «afirmación» en modo manifestado; pero estas consecuencias no son incomodas más que en virtud de una ignorancia que puede ser vencida gracias a la Revelación de la Esencia –o del Verbo-Intelecto– Revelación que «niega» la afirmación ilusoria del mundo por «Su afirmación de Si mismo»: «No piensen que vine a poner paz sobre la tierra: no vine a poner paz, sino espada» (Mateo X, 34)
No se trata solamente aquí de los diversos modos posibles de la Revelación, no siendo el modo histórico más que uno particular, adaptado al «momento cósmico», sino que se trata de la Revelación esencial de Dios a si mismo, que es el Prototipo supremo de todos los modos de «revelaciones» posibles; cuando Dios se revela a un mundo particular como el nuestro, él se reviste, de alguna manera, de un «velo», con el fin de que este mundo no quede «aniquilado» por la «fulguración» súbita de la Gloria divina, como debe serlo el Día del Juicio. Las diversas «teofanías»* del Antiguo Testamento y la del Nuevo Testamento, que es la manifestación del «servidor de YHVH*», del «Hijo del Hombre», del «Mesías sufriente», ponen claramente en relieve la diferencia entre estas «teofanías» veladas y la de «el fin de los tiempos» donde el mismo «Hijo del Hombre» aparecerá en su Gloria (Mateo XXIV, 30). Pero esta última teofanía no es todavía más que la de «el fin de un mundo», si bien que en definitiva todas estas «epifanías» son solamente determinaciones particulares, y por eso mismo símbolos, de la Epifanía Suprema, de la Teofanía de las teofanías, que es la Revelación esencial de Dios a si mismo.
Cuando Dios quiere «revelarse», comienza por revelarse a si mismo, con el fin de conocer su propio Misterio. Pero, ¿Cómo Dios puede revelarse a si mismo? La Esencia divina Una y sin dualidad no puede nunca devenir objeto de conocimiento, incluso para ella misma, y además ella no puede ser conocida por otro que por si misma, ya que este otro no existe. En su Eseidad Suprema, ella es el Testigo eterno de todo conocimiento, sin ser nunca ni objeto, ni sujeto de conocimiento, no siendo ni Esto que es conocido, ni Aquel que conoce, sino Conocimiento Puro e integral. Y todo lo que acabamos de decir del Conocimiento puede decirse igualmente del Amor: Dios es Amor Puro. Testigo de todo amor, pero no puede nunca ser objeto de amor, ni sujeto de amor, ya que su Transcendencia excluye toda dualidad de ese género.
Pero, por lo mismo que la «revelación histórica» del Verbo supone un plan de manifestación, que es el nuestro, por lo mismo que la Revelación esencial in divinis supone el «Puro Receptáculo» de la Posibilidad Universal, que, por una parte, permite esta Revelación, y, por otra parte, gracias a esta Revelación, es «reintegrado» en la Esencia divina.
Tal es la Revelación esencial del Dios a Si mismo –al tajallî– semejante a un Sol Irradiante cuyos rayos luminosos no se posan en ningún objeto.
¿Qué ocurre con el mundo en esta perspectiva? La respuesta está ya contenida en lo que hemos dicho del Receptáculo, pero, aquí, se puede hablar de Espejo que reenvía la Esencia divina a ella misma: los rayos luminosos no caen sobre un objeto –u objetos– corriendo el riesgo de ser absorbidos, sino sobre un Espejo –o Espejos– que los reenvían. Entonces es necesario que estos espejos existan (3). Tal es en definitiva el «sentido de la vida»que, en si misma, no tiene ningún significado y corre el riesgo de aparecer absurda ante la mirada de un existencialismo cualquiera.
Añadamos que esta idea de Receptáculo o de Espejo aparece claramente en la teología católica a propósito de la Theotokos*, Espejo de Justicia, Sede de la Sabiduría, Concepción Inmaculada, Receptáculo del Verbo. Hemos hablado suficientemente de ello en otros tratados (4).
NOTAS ––––––––––––––––––––––––––––––
Para los términos señalados con un * consultar el
GLOSARIO.1.-
Los «puros posibles» no se manifiestan; son «posibilidades de no-manifestación».2.- En el sentido de «todavía no manifestadas» como se ha dicho más arriba.
3.- Cf. Titus BURCKHARDT, Introducción a las doctrinas esotéricas del Islam, capítulo sobre la Creación.
4.- Ver en esta misma página: EL MISTERIO DE LA VIRGEN MARIA O DE LA THEOTOKOS / DE LA INMACULADA CONCEPCION, SOBRE LA VIRGEN / HOMILIA SOBRE EL ROSARIO / SOFÍA O LA SABIDURÍA / SOBRE LA ASUNCIÓN / TEMAS DE MEDITACION SOBRE MARIA.
* * * * * * * * * * * *