NOTA SOBRE LA ORACIÓN
Abbé Henri Stéphane
La actividad más elevada de la inteligencia , es la Oración. Según Evagiro Pontico, «la Oración es la actividad en la que encuentra su dignidad la inteligencia; en otros términos, el ejercicio más excelente y el más completo de esta» o también: «La Oración es una ascensión de la inteligencia hacia Dios».
Estas palabras son incomprensibles al hombre ordinario: semejante a los prisioneros de la Caverna, él no ve más que las sombras sobre la pared y su inteligencia se aplica en construir una ciencia efímera; el prisionero que busca escaparse es deslumbrado por el Sol inteligible, porque su inteligencia no está purificada, y vuelve a entrar en la Caverna. Según Evagiro, «Moisés, cuando quiso acercarse a la Zarza ardiente, fue impedido hasta que se quito el calzado» lo que simboliza evidentemente la purificación previa. «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mat. V, 8).
En ambiente cristiano, no hay otra actitud que la del Orante: es la actitud de la Theotokos, cuyo seno virginal espera el descenso del Logos, por que el Padre no tiene otra voluntad que la de engendrar el Hijo único, por el Espíritu Santo. Así el alma o la inteligencia, semejante a la Theotokos, iluminada por el Logos y transformada por el Espíritu Santo, entra en la Circumincesión de las Tres Personas, y participa en la Liturgia divina, «Porque, nosotros no sabemos lo que debemos pedir a Dios en nuestras plegarias, pero el Espíritu mismo ora por nosotros con gemidos inefables, diciendo: Abba, Padre» (Rom. VIII, 26 y 15). Según Evágiro «El cuerpo tiene el pan para la nutrición, el alma tiene la virtud, la inteligencia tiene la oración espiritual». «El estado de oración es un habitus impasible que, por un amor supremo, arrebata sobre las cimas intelectuales a la inteligencia prendada de sabiduría».
En ambiente cristiano, toda otra actitud es inoperante e inadmisible: esta actitud es muy difícil de comprender, todavía más de realizar, y está tan alejada de un quietismo perezoso como de un prometeismo conquistador o de un fariseismo orgulloso. Sucede en el estado de oración como en el estado de gracia, donde toda la iniciativa viene de Dios que nos vuelve «agradables a sus ojos en su Hijo bien amado» (Ef. I, 6), en «quien nosotros hemos sido elegidos... para servir a la alabanza de su gloria» (Ef. I, 11-12). Por tanto, esto no quiere decir que nosotros no debemos tomar ninguna iniciativa, y no hay que olvidar que «el Reino de Dios pertenece a los violentos» (Mat. XI, 12).
La única manera de conciliar todo esto, es la de tomar la iniciativa de la Oración, siempre sabiendo que no somos nosotros quienes la tomamos, lo cual evita todo fariseismo. A este respecto, las palabras de San Pablo citadas más alto (Romanos VIII, 26-27) y 1 Corintios XII, 3) son decisivas: cuando oro, debo saber y tomar consciencia que no soy yo quien oro; como la lira bajo los dedos del artista, no soy yo quien ejecuto la «alabanza de gloria», el canto del Trisagion, y sin embargo, dice San Pablo, «Yo orare con el espíritu, pero orare también con la inteligencia» (1 Cor. XIV, 15), pero «Ya no soy yo que vivo, sino Cristo que vive en mí» (Gal. II, 20), y «Yo conozco como yo soy conocido» (1 Cor. XIII, 12); entonces «el alma aspira en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espíritu Santo, que a ella la aspiran en la dicha transformación» (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 38).
Tal es, en definitiva, la oración espiritual, «habitus impasible» que embelesa la inteligencia en las «más altas cimas» de las Escrituras místicas (San Dionisio): «El Espíritu sabe que él ora según Dios por los santos» (Rom. VIII, 27); son las oraciones de los santos, los perfumes de las copas de oro que ofrecen los veinticuatro Ancianos (Ap. V, 8), y es también en este sentido como hay que comprender que en el Iconostasio la Theotokos de la Deisis ora por todos los santos representados en los Iconos.
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