LITURGIA ORTODOXA

(Impresiones de un Occidental primitivo)

Abbé Henri Stéphane

 

Si se intenta caracterizar la liturgia ortodoxa, se puede decir que ella es esencialmente un reflejo de la Liturgia celeste. Si se precisa que es eminentemente escatológica y apocalíptica, hay que añadir inmediatamente que este Apocalipsis ( = Revelación) no es visto como un acontecimiento que vendrá en el futuro, sino que es «hecho presente» por la acción litúrgica y por el cuadro en el que ella se desarrolla. El Cristo Pantocrator, la Theotokos, los Angeles, los Santos están ahí, representados en los Iconos o las pinturas murales: el mundo celeste participa en la liturgia terrestre, si bien que no hay finalmente más que una Liturgia, a la vez terrestre y celeste, de la cual la Liturgia trinitaria, el Trisagion –la triple «acción de gracias» in divinis– es el prototipo eterno e inmutable. Es por eso, tras las oraciones penitenciales, que el diácono comienza por incensar los Iconos, después a los celebrantes (siendo la jerarquía eclesiástica la imagen de la jerarquía celeste) y finalmente el pueblo fiel.

La luz de la Transfiguración, anunciada por el Prólogo de san Juan, aparece a través de la Bóveda iluminada por el Sol, al cual responden los innumerables cirios que los fieles vienen a depositar al pié de los Iconos, que son bajados respetuosamente.

Los fieles no participan activamente en la liturgia. Tras la proclamación del Evangelio y el canto de las Letanías, se cierran las puertas del iconostasio tras las cuales van a ser celebrados los santos misterios, así sustraídos de la mirada de la multitud. El pueblo, pasivo, receptivo, es tomado interiormente por el ambiente, del que hemos subrayado el carácter celeste o apocalíptico. Pero si la función de los Iconos es la de actualizar la mirada interior, dirigida hacia las realidades escatológicas, es necesario ahora mencionar el papel del canto: tímido y reservado al comienzo, alcanza a continuación una amplitud extraordinaria, como por ejemplo en la proclamación del Evangelio. El coro de niñas es evidentemente invisible: son los Angeles que cantan. Las melodías sobre dos notas son las más frecuentes, pero la polifonía no se excluye; el alargamiento de las notas finales da al conjunto el «sentido de la eternidad» y la certitud de la inmortalidad.

(Escrito tras la visita a una Iglesia Ortodoxa)

 

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