La Iluminación
Abbé Henri Stéphane
El tema de la luz, del que hemos celebrado la fiesta el 2 de febrero, está presente en toda la Escritura. Se le encuentra en el origen de la Creación cuando la Palabra de Dios, el Verbo divino, ordena el caos primordial por el Fiat Lux: ¡que la luz sea! Y no se trata evidentemente de la luz del sol que no ha sido creado hasta el cuarto día. El mismo tema se encuentra en el Prologo de san Juan: el Verbo es la verdadera luz que ilumina todo hombre y san Juan comienza su primera epístola por estas palabras: «El mensaje que Jesús nos ha hecho oír, y que nosotros os anunciamos, es que Dios es luz, y que no hay en él tiniebla alguna» (1 Juan I,5). En el Apocalipsis, la Nueva Jerusalén está descrita como «una ciudad que no tiene necesidad ni de sol ni de la luna para iluminarla, ya que la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su candelabro» (Apoc. XXI, 23)
Habría que recordar aquí oda la liturgia del Sábado Santo, por ejemplo la bendición del Fuego nuevo y del Cirio pascual:
«Dios que, por su Hijo, la verdadera piedra angular, has aportado a tus fieles el fuego de tu Luz, santifica este fuego nuevo que nosotros hemos sacado de la piedra para nuestro uso, y concédenos estar tan inflamados durante estas fiestas pascuales por el deseo de los bienes del Cielo, que podamos llegar, con un corazón puro, a las fiestas de la Luz eterna»
«Que la Luz de Cristo resucitando en su gloria disipe las tinieblas del corazón y del espíritu»
«Dios omnipotente, que descienda sobre este cirio encendido tu abundante bendición. Autor invisible de la vida nueva, mira la llama que resplandecerá en esta noche, y haz que, no solamente el sacrificio que nosotros celebramos en esta noche se ilumine en contacto misterioso con vuestra Luz, sino también que en todo lugar a donde se lleve algo de este misterio de santificación, la maligna hipocresía del demonio quede oculta y que sea presentada la potencia de vuestra divina Majestad».
En este contexto, el bautismo aparece como el «sacramento de iluminación». Si nos referimos a su prototipo perfecto, es decir al bautismo de Nuestro Señor Jesucristo, aprenderemos por un evangelio apócrifo: «Mientras que Jesús descendía en el agua, el fuego se encendió en el Jordán». Es el Pentecostés del Señor, y el Verbo prefigurado por la «columna de luz» muestra que el bautismo es iluminación, nacimiento de el ser a la Luz divina. Antiguamente, en la víspera de la fiesta, tenía lugar el bautismo de los catecúmenos, y el templo quedaba inundado de luz, signo de iniciación al conocimiento de Dios. El testigo de esta luz, san Juan Bautista, es recordado en ese acontecimiento ya que él mismo es «la llama encendida y brillante» y las gentes venían a regocijarse en su Luz (Juan V,35)
Y ahora, es necesario comprender que todo lo que acabamos de decir no es solamente una cosa exterior, sino que debe de ser hecho realidad interiormente, espiritualmente. Todo el misterio de nuestra deificación por la Gracia puede ser considerado como una acción transformante del Amor divino o de la Luz divina (Dios es Amor y Dios es Luz). Aquí todavía, yo no podría hacer nada mejor que dar la palabra a san Pablo:
«Así, todos nosotros, reflejando a cara descubierta la gloria del Señor, somos transformados por la claridad en claridad en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor » (2 Cor. III, 18).
«Porque Dios que dijo que la luz resplandeciese en las tinieblas, él mismo resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» (2 Cor. IV, 6). Amen.
4 febrero 1975.
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