DE LA IGNORANCIA

Abbé Henri Stéphane

La ignorancia es la raíz de todo mal: todo ser es bueno en su esencia verdadera, pero el mal proviene de que ignoramos esta esencia verdadera, tanto la nuestra como la de los demás seres. El peor de los errores es confundir nuestra esencia verdadera –nuestro «Si-mismo» inmortal– con nuestro ego perecedero, que no es más que la serie de nuestros estados de consciencia y de nuestras relaciones con el mundo exterior.

La ignorancia pura y simple del «iletrado» es benigna e «inocente» al lado de las pretensiones sapienciales del hombre «cultivado» cuyo saber profano es un obstáculo a la Luz, mientras que la «virginidad mental» del iletrado (1) puede ser una apertura a la Verdad. La ciencia profana, que no es más que un formalismo seudo-metafísico, constituye de hecho una ignorancia tanto más «monstruosa» cuanto que ella se desarrolla sobre si misma fuera de toda teología. En cuanto a la filosofía profana, es la palabrería de un ciego disertando sobre los colores. El arte y la literatura profanas no son entonces más que la expresión colectiva de una sicología reducida a los estados de consciencia o a las situaciones humanas más vulgares del hombre sumido en las tinieblas de la ignorancia más espesa y las intrigas más banales de la vida ordinaria (F. Schuon).

No hay peor ilusión que la ciencia, la filosofía, el arte y la literatura profanos: es ahí donde reside la ignorancia verdadera, puesto que una seudo-sabiduría tiende a substituir a la Sabiduría Verdadera (1 Cor. I, 19). Por que esta es también «Ignorancia», No-saber, Apofatismo. Se le llama la «Docta Ignorancia», y la ignorancia del iletrado es, de alguna manera, su reflejo diríamos natural; el falso-saber del filósofo profano es, por el contrario, su contraparte satánica o luciferína.

¿En que consiste la «Docta Ignorancia»? En saber, en primer lugar, que mi ego perecedero es una pura nada ante Dios, una sucesión de estados de consciencia y de relaciones con el mundo exterior, sin consistencia y sin realidad: «Este no es mi Si-mismo» (2); en saber, en segundo lugar, que ninguna de mis facultades humanas puede liberarme el «Secreto supraesencial» de mi esencia verdadera, mi verdadero Nombre (Apoc. II, 17). En otros términos, la «Docta Ignorancia» consiste en saber que Dios es incognoscible. En verdad, la Esencia divina es absolutamente incognoscible, incluso por ella misma: Dios no puede conocer que es él, por que él no es ningún «que»; él no es nada de lo que, en nuestra ignorancia, creemos poder afirmar de él. Lo que nosotros afirmamos de él, hay que inmediatamente negarlo: tal es el apofatismo. Pero en verdad, Dios está más allá de toda negación como de toda afirmación: él es el Inefable.

Sin embargo si la Esencia divina es incognoscible, incluso a si misma, no es menos verdad que Dios es Omni-Conocimiento, lo mismo que es Todo-Amor, sin distinción de sujeto cognoscente y de objeto conocido, o de amante y amado. Es de alguna manera el Testigo inmutable e inafectado de todo Conocimiento y de todo Amor: él es el «Si-mismo» supremo e incondicionado, absoluto y transcendente.

Uno puede preguntarse evidentemente que relación tiene lo Absoluto con lo relativo es decir con la creación; esta relación es unilateral: el efecto depende integralmente de la Causa, pero esta no es afectada en absoluto por el efecto. Se puede decir también que este está contenido «eminentemente» en la Causa, en la que está protegido de todos sus limites o determinaciones, a título de «pura relación» o de «posibilidad»: en el seno de la Esencia divina, toda posibilidad es necesaria, permanente, eterna, y si bien una posibilidad es distinta de otra, ella no se distingue sin embargo de la Esencia divina en la que no hay ninguna distinción. El conjunto de las posibilidades –que se puede llamar la Omni-Posibilidad– no añade por lo tanto nada a la Esencia divina que es infinita, y es por esto que lo creado es rigurosamente nulo frente a lo Increado: no subsiste en si mismo más que a título de pura relación: «Yo soy una pura relación con respecto a Dios», yo no soy por lo tanto nada por mi mismo y en mi mismo.

La expresión dogmática de esta verdad aparece netamente en el Misterio de la Inmaculada Concepción: la Virgen es una pura relación con Dios, ya que ella no tiene realidad más que por la Encarnación del Verbo. Decir «Yo soy la Inmaculada Concepción» equivale a decir: «Yo soy una pura relación en Dios». Es a este nivel «ontológico» donde se sitúa la verdadera Virginidad, y todas las disertaciones morales sobre la pureza o la castidad no son más que sombras en comparación con la verdadera esencia de la Virginidad. Que el alma humana, purificando sus facultades mentales o síquicas por la «Docta ignorancia», se esfuerce en contemplar su propia virginidad, en el estado de pura relación con respecto a Dios, realizando su esencia verdadera: «Yo soy la Inmaculada Concepción».

El Misterio de la Asunción se presta a la misma dialéctica. Llegada a ser «Virgen», es decir «llegada a ser lo que ella es», o aquello que ella nunca ha dejado de ser en el seno de la Esencia divina, a saber una pura relación con la Deidad, el alma humana es «asumida» por el Verbo: Jesús, que nace en ella, la absorbe en El.

El simbolismo de la Flor, o de la Rosa, ilustra todo esto que acabamos de decir: el Cáliz abierto hacia el Rocío Celeste, la flor girada hacia el sol, simbolizan la virginidad de la mente en el estado de «Docta ignorancia». No carece de interés el notar que este simbolismo es universal: Jesús de Nazaret quiere decir «Jesús nacido de la flor», ya que Nazaret significa «flor» (3). La invocación budica mani padmé –joya en el loto– tiene la misma significación. El simbolismo del «Profeta iletrado» en el Islam significa igualmente la virginidad mental –o la Docta ignorancia– de aquel que recibe el Corán. Citemos finalmente este pasaje de un poema turco: «He preguntado a la flor: «¿Por que inclinas la cabeza?» La flor me ha respondido: «Oh derviche, mi corazón está erguido hacia Alá». (4)

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1.- Al Angel Gabriel, la Virgen responde que ella no «conoce ningún hombre»; el Profeta responde que él es «iletrado».

2.- Fórmula por la cual A.K. Coomaraswamy expresa la doctrina búdica del anâtman (o anatta); cf. Hinduismo y Budismo.

3.- De la raíz hebrea NâZaR (floruit), pero esta etimología es discutida.

4.- Poema de Younous Emré.

 

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