HOMILIA PARA EL VIGESIMO SEGUNDO DOMINGO

Abbé Henri Stéphane

 

Una de las causas de la decadencia espiritual de nuestro mundo, es el haber reducido la Religión a la moral; es lo que se llama el moralismo. La religión comporta esencialmente tres elementos: el dogma, la moral y el culto. Si se reduce la Religión a uno de sus elementos y si se dejan caer los otros dos, ya no es una Religión, es otra cosa, digamos: una ideología. Notemos que esta reducción no data de hoy en día; se puede remontar al humanismo del Renacimiento: en lugar de estar centrado en Dios (teocéntrica), la Religión está centrada en el hombre (Antropocéntrica); en la espiritualidad, se llega incluso a poner el acento cada vez más en la humanidad de Cristo, y su divinidad desaparece poco a poco. Hoy en día se llega al límite extremo: para los revolucionarios, Cristo no es más que un héroe, un líder de la Revolución (se dice también: la Liberación), revelándose contra el orden establecido (fariseos), contra los mercaderes del templo, etc. Se comprende entonces fácilmente que la Religión se reduzca a una moral completamente humana, ocupándose de las relaciones humanas: justicia social, construcción del mundo, liberación de los oprimidos... y es esto lo que se nos repite por todas partes, todos los días.

Se llega a exaltar el marxismo como siendo una moral al servicio de la ideología (la Humanidad) y realizándose en una perfecta sumisión al Partido y en la lucha de clases. Una tal reducción es radicalmente falsa en lo que concierne a la Religión, ya que la Religión es otra cosa.

Podemos nosotros tomar conciencia de ello una vez más intentando comprender la Epístola de hoy. He aquí lo esencial: «Lo que yo pido a Jesucristo, es que vuestra caridad abunde cada vez más en conocimiento (in scientia) y en toda inteligencia (in omni sensu) para que discernáis lo que vale mas, a fin de que seáis puros e irreprochables en el día de Cristo (in diem Christi) y colmados por Jesucristo de los frutos de la Santidad, para la gloria y la alabanza de Dios (in gloriam et laudem Dei)» (Fil. I, 9-11)

Estamos lejos de una caridad puramente humana, de un humanitarismo cualquiera. Es necesario que la caridad (la Caritas) se expanda en conocimiento y en toda inteligencia, para adquirir el discernimiento que permita estar colmados de Santidad para la gloria de Dios.

Perspectiva centrada en Dios (teocéntrica), ¿la santidad es para nosotros? Es para la gloria de Dios. Nosotros no podemos de ninguna manera considerarnos como santos: Dios solo es Santo («Dios solo es bueno»), pero sin somos puros e irreprochables, gracias al discernimiento de lo mejor, entonces Jesucristo puede colmarnos de los frutos de la Santidad. («Sin mi, no podéis hacer nada»... «Si alguno quiere ser mi discípulo, que renuncie a si mismo»).

En otra parte (Ef. I, 12) San Pablo declara: «Es en Jesucristo que nosotros hemos sido elegidos... para que sirvamos a la alabanza de su gloria» (la gloria de Dios).

¿Creéis vosotros, hermanos míos, que esta enseñanza sea algo de extraordinario? Desde luego que no. Se encuentra en la primera pregunta que se leía (¿antiguamente?) en ciertos catecismos elementales: «¿Por qué estamos nosotros en este mundo?» (¿Para fabricar máquinas?). «Estamos en este mundo para servir a Dios, amarlo y conocerlo», pero como solamente Dios es verdaderamente capaz de amar y de conocer, nuestra tarea es la de hacernos «puros e irreprochables» para que él pueda rendirse Gloria a si mismo a través de nosotros. Amen.

19 de Octubre de 1975.

 

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