A PROPOSITO DE LA EVOLUCIÓN
Abbe Henri Stéphane
Jean Rostand confiesa su escepticismo hacia las teorías evolucionistas pero, añade él, es una hipótesis de la que no podemos prescindir; es la única explicación racional de la "génesis" de los seres vivos.
Esta necesidad de explicación racional es una enfermedad mental -o una "pasión mental"- del hombre moderno que, incapaz de captar las verdades esenciales, busca compensar su impotencia metafísica con la "investigación" científica. A fin de cuentas ¿por qué plantearse la pregunta de si el hombre descendería del lagarto? Se podría responder, situándose en el mismo terreno "racionalista" o un poco "escolástico": si el hombre descendiera del lagarto, sería que el hombre estaría contenido virtualmente en el lagarto, y este sería ya al menos un hombre en potencia y no un lagarto; pero este genero de razonamiento no interesa en absoluto a nuestros contemporáneos, que prefieren las brumas de la fenomenología o del existencialismo.
Para nosotros una pregunta así no tiene ningún interés. ¿Qué bien puede hacerme, a mí, el que el hombre descienda, o no, del lagarto? ¡Que extraña manía de querer hacer salir lo más de lo menos, lo superior de lo inferior! Llevándolo al límite ¿porque el mundo no vendría de Satán, el ser más inferior de todos? Esta tendencia democrática de querer hacer surgir todo "de abajo" tiene algo de mórbido que repugna a todo hombre sano de espíritu.
Si se nos permite una vez más hacer algo de "escolástica" ¿se puede situar el origen de la humanidad sobre el plano mismo de la existencia? J. Rostand lo presiente bien cuando declara: "Aun admitiendo la hipótesis de la evolución, no se podrá jamas conocer la CAUSA de esta evolución". He aquí la confesión de impotencia metafísica, salida de la boca de un sabio cuyo testimonio no tiene nada de sospechoso; santo Tomas de Aquino no habría hablado mejor, pero a él ya no se le concede ninguna credibilidad. Aprovechémonos sin embargo de una confesión tal para recordar que, en efecto, la causa es esencialmente de otro "orden" que sus efectos; ella se encuentra en otro plano si se prefiere así, y la ciencia que evoluciona en un plano completamente "horizontal" no llegará nunca a salir de él y a darnos la "causa" que se sitúa a un nivel evidentemente superior, y de "causa" en "causa", o de plano en plano, se desemboca en la Causa Primera que está "fuera" de todos los planos y "por encima" de las causas.
Pero esta cuestión de la "causalidad" no interesa en absoluto a nuestros contemporáneos: ellos se complacen en la "investigación" por si misma, indefinida y sin objetivo: ¡el arte por el arte!
Confesaremos incluso, en lo que nos concierne, que la forma "dialéctica" dada a este género de cuestiones, no nos interesa tampoco en absoluto, salvo quizás a título de "apologética" para aquellos que son todavía sensibles a este genero de argumentación.
Para nosotros, la única cuestión verdadera es la siguiente: ¿Quién soy yo? A esto ninguna hipótesis o búsqueda científica puede responder. ¿Quién es mi padre, quién es mi madre? ¿Son ese hombre y esa mujer que me han concebido en el arrebato de su amor? No, ya que en aquel momento, ellos no sabían que era "yo"; podría haber sido "otro". El origen de mi "ser" verdadero, no es mi padre ni mi madre, ¡y con más razón tampoco un lagarto!
Ahora bien, si abro el Génesis, si mi inteligencia no está oscurecida por las elucubraciones de la ciencia o de la filosofía profana, aprendo de la teología -y no de la historia o de la ciencia- aprendo que Dios a creado el Cielo y la Tierra, que el Espíritu de Dios se movía por la superficie de las Aguas, que el hombre a sido hecho a "imagen de Dios", que el hombre a sido creado "varón y hembra", que mi padre se llamaba Adam y que mi madre Eva, pero que después de haber probado del Arbol de la ciencia del Bien y del Mal, todo fué puesto en duda. Si continúo leyendo la sagrada escritura -saltando hasta lo más importante- y si yo añado los comentarios de la Tradición y de los Padres, aprendo que "Adam" no era mas que la figura de Cristo, el Nuevo Adam, y que "Eva" no era mas que la figura de la Virgen María o de la Iglesia Virgen y Madre, la Nueva Eva. Aprendo también que la Nueva Eva, la Iglesia, la Sagrada Esposa, salió de la costilla del Cristo dormido en la muerte, en el momento en el que el centurión Longin atravesó con su lanza el costado del Crucificado, exactamente como Eva salió de la costilla de Adam dormido; aprendo además que el agua salida del costado de Cristo no es otra que el agua del bautismo, el agua de la "regeneración", la misma que las Aguas del Génesis en las que se movía el Espíritu de Dios... ¡y aprendo todavía muchas más cosas!
¡Que lejos estamos del lagarto!
A PROPOSITO DEL TRANSFORMISMO
No hay motivo para refutar el transformismo más que cualquier otra teoría del mismo género, ya que participa necesariamente de la ilusión cósmica y de la vanidad de la ciencia profana, pero se puede utilizarlo como ilustración de los principios universales que vamos a recordar.
No hay más verdad que la Verdad. Solamente Dios es la Verdad. Fuera de El, no hay más que error: "omnis homo mendax" (todo hombre es mentiroso).
Toda cosa es un símbolo, y todo símbolo tiene dos caras: una cara "positiva" vuelta hacia Dios, una cara "negativa" vuelta hacia Satán. La manifestación universal, un grado de existencia o un "mundo" son igualmente símbolos.
El hombre caído no ve con el ojo corporal mas que la cara negativa de la manifestación, en particular del mundo corporal, y su inteligencia encerrada en los límites de la mente no ve mas que "abstracciones", aspectos formales, a partir de los cuales edifica teorías abstractas, radicalmente erróneas: la ciencia, la filosofía, la literatura, el arte profanos son necesariamente "luciferinos".
Cuando el hombre caído ve el pan, dice: "Es pan"; cuando el hombre verdadero -el Cristo, Indra- ve pan dice: "Este es mi Cuerpo". Adam, en el Paraíso terrestre, dice viendo a Eva: "Esta es verdaderamente la carne de mi carne, los huesos de mis huesos"; el hombre caído cuando ve a una mujer la toma por una prostituta; el hombre tradicional, si él es cristiano por ejemplo, la mira como el símbolo de la Iglesia, la Sagrada Esposa del Cordero inmolado, una hipóstasis de la Virgen.
Cuando el sabio profano analiza la célula viva con un microscopio electrónico, termina por no ver nada: queda de cara a la nada; cuando el contemplativo mira una flor -con el ojo del Corazón- ve en ella el rostro de Dios, el reflejo formal de la Belleza informal.
El Cosmos caído presenta al hombre caído su aspecto de inversión con relación al Principio Supremo. Cuando el paleontólogo examina las capas geológicas, estas no le muestran más que el aspecto invertido de la "ontogénesis", y su mental ignorante edifica una teoría abstracta: ese es el origen del transformismo.
Cuanto más analiza, más estrecha los eslabones de lo que él llama "evolución", más crece su ignorancia y se cierra en la ilusión de su "sistema". Hacer derivar al hombre de una serie de seres inferiores y finalmente de algún "átomo primitivo" -o cualquier otra teoría del mismo género- es una parodia y una falsificación de la "ontogénesis" tradicional: el hipotético "átomo primitivo" no es más que una parodia de la "Substancia primordial" (Prakriti); la "filogénesis" no es más que una parodia del "encadenamiento causal" que religa entre ellos los diferentes estados del ser, cuyo lazo es "Purusha", y cuya "permanente actualidad" excluye toda evolución. Esto no es finalmente más que un "punto de vista" elaborada por un mental ignorante, a partir de datos empíricos proporcionados por el aspecto negativo del Cosmos, por medio de una hipótesis gratuita, una especie de "juicio sintético a priori" o de síntesis artificial, propiamente "luciferina".
"En verdad somos de Allah y a Allah volvemos". El origen del hombre es Dios, y no hay otro origen. El origen de la vida es el Verbo, "Vida y Luz de los hombres", y no hay otro origen.
El físico que ve en la luz una vibración electromagnética, o una "onda-corpúsculo", o cualquier otra teoría del mismo género-, se hunde en la ignorancia a medida que analiza los hechos y que edifica teorías cada vez más complicadas, ya que no ve, con el ojo del Corazón, que la luz creada es idéntica, en su esencia, a la Luz Increada, ya que "no hay luz que no sea la Luz".
SOBRE EL CONCEPTO DE CREACIÓN
La dificultad que presenta esta cuestión se debe evidentemente a una imperfección de nuestro espíritu y, como siempre, a la imperfección del lenguaje que es la expresión de nuestro pensamiento. Hay sin embargo aquí un obstáculo especial, una ilusión "sui generis", que vamos a intentar precisar. Es relativamente fácil, para un hombre normal y sano de espíritu, el concebir a Dios como, por ejemplo, el "Esse per se subsistens" (el Ser subsistente por si mismo), el Acto Puro, el Infinito, lo Incondicionado, etc. Además el hombre toma consciencia, de una manera inmediata, de su existencia y de la de el mundo que le rodea. La dificultad mayor es entonces la de la relación entre el universo y Dios, es decir precisamente el "problema" de la creación. De hecho estos dos "problemas", el de Dios y el de la creación, están conectados. Si uno se hace de Dios una idea falsa o insuficiente, uno estará tentado de deificar el universo y de desembocar así en una u otra de las formas de panteísmo, y el concepto de creación no tendrá evidentemente ningún lugar en un sistema tal. Pero puede ocurrir que se tenga de Dios una idea exacta pero, por así decirlo, "ineficaz", y que uno esté en una especie de impotencia para concebir la relación del universo con Dios: no se "ve" la relación de lo finito -o de lo indefinido- y de lo Infinito, del tiempo y de la eternidad, de lo contingente y de lo necesario; parece que el espíritu humano carece entonces de una dimensión conceptual, de una "calidad contemplativa" que le permita pasar del plano horizontal, en el que se despliega el universo, al plano "vertical" en el que se sitúa realmente la Causa del Mundo. Esta incapacidad es casi congénita en todos los "cientifistas", positivistas o humanistas, y finalmente materialistas del mundo moderno. Armados de procedimientos de investigación de la ciencia, del telescopio o del microscopio electrónico, buscan, conscientemente o no, la causa del mundo en el mundo, a menos que, reducidos al estado de "sabios" o de "coleccionistas", no se contenten con buscar el "como" de los fenómenos o de clasificarlos en un fichero de biblioteca. El agnóstico del mundo moderno es un impotente condenado a poner etiquetas sobre los hechos, o a tejer sobre los datos de sus observaciones una red de ecuaciones diferenciales que no explicarán nunca nada, pero que permitirán eventualmente construir frigoríficos o aviones a reacción.
No merecería la pena insistir más sobre el caso de estos impotentes, que no son en el fondo mas que un tipo especial de "edonistas", y se podría abandonarlos a sus juegos infantiles, si no existiera entre ellos un cierto número de "filósofos" que quieren erigir sus hipótesis o sus teorías científicas en sistemas pretendidamente metafísicos y susceptibles de proporcionar una "explicación" del mundo. La futilidad de su empresa aparece inmediatamente desde el momento en el que uno se da cuenta de que sus trabajos y sus descubrimientos se sitúan únicamente en le "plano horizontal" del mundo material, no permitiéndoles de ninguna manera llegar a la "dimensión vertical" del Cosmos, que religa a este con su causa ontológica. Después de haberse así dispersado en un análisis indefinido de los hechos, experimentan a pesar de todo una cierta nostalgia del "metacosmos", y entonces intentan, con la ayuda de hipótesis puramente imaginativas o de teorías mentales físico-matemáticas, rehacer una síntesis a partir de los hechos imprecisos que ellos tienen bajo sus ojos y en los cuales han conseguido a duras penas establecer "leyes" que no son más que generalizaciones estadísticas. Un simple ejemplo permitirá comprender lo que en realidad es una ley física: cada vez que una corriente eléctrica pasa por un conductor, se produce un cierto desprendimiento de calor. Una formula matemática establece una relación entre las medidas convencionales de magnitud tales como la intensidad expresada en amperios y la cantidad de calor expresada en calorías; se constata que esta ley es verificada siempre y se admite que lo será por siempre, de ahí su carácter esencialmente "estadístico". El sabio puro se contenta con constatar la invariabilidad de esta relación consultando su termómetro y su amperímetro, pero el sabio "filósofo" tiende a confundir esta ley con una "relación causal", confunde entonces el plano horizontal del mundo sensible con la verticalidad del "mundo inteligible", y sin dudar de ello, evidentemente, diviniza al cosmos; profesa un panteísmo materialista puro y simple.
Es de ese tipo de mentalidad simplista e ingenua de donde han nacido todas las tentativas de explicación del mundo que pululan en la filosofía moderna. Las pseudo-sintesis así elaboradas no son en definitiva más que un producto de la imaginación humana; por poco que a ellas se mezclen unas consideraciones morales o sentimentales y una cuidada propaganda o vulgarización, se desemboca en sistemas alejados todo lo posible de la metafísica verdadera, como el "marxismo" por ejemplo. Todo esto no es en realidad romanticismo, ya que la piedra angular de todos estos edificios pseudo-metafísicos parece ser la idea de "progreso", igualmente designada bajo el nombre de "evolución"; de manera que nos parece indispensable insistir un poco sobre este punto.
Si es verdad, como o afirman ciertos teólogos, que la hipótesis evolucionista no tiene nada que ver con la idea de creación y que ella no compromete de ninguna manera la tesis tradicional, no es menos cierto que constituye de hecho, si no de derecho, un caballo de batalla temible. Su carácter seductor es capaz de trastornar irremediablemente las creencias ya de por si muy frágiles de nuestros contemporáneos, cuya debilidad mental y síquica, y la indigencia intelectual se muestran impotentes para resistir eficazmente a la acción corrosiva de semejante invención. Esta tiende pura y simplemente, como además lo reconoce el P. Sertillanges, a evacuar la necesidad de un Creador, y por lo tanto, en definitiva, a negar a Dios.
Podemos ahora precisar lo que hemos llamado al comienzo de este artículo la ilusión "sui generis" concerniente a la creación: esa ilusión consiste esencialmente en imaginarse que se ha explicado el "origen del mundo" cuando se han establecido entre las cosas de aquí abajo, relaciones temporales o un encadenamiento pseudo-causal remontando, sin salir del plano horizontal, hasta una "monada" o un "átomo" primitivo cualquiera, sea como sea la manera como se imagine todo esto. La consecuencia desastrosa de esta fantasmagoría es, al menos para una gran parte de los "intelectualmente débiles", la expulsión pura y simple del Creador. Se debe señalar a propósito de esto la conexión entre el concepto de creación, entendido correctamente, y las "pruebas de la existencia de Dios" tal como son desarrolladas por la filosofía escolástica. Los dos argumentos se implican mútuamente: la prueba de Dios por la contingencia de lo creado implica la dependencia "vertical" y "actual", extra-temporal e incondicionada del cosmos vis-a-vis de su Causa ontológica, a falta de lo cual se desemboca todo lo más en una concepción "demiurgica" de la formación de las cosas y de la Divinidad misma. Es necesario a la vez concebir a la Causa Primera como absolutamente transcendente a sus efectos, y a estos en dependencia "total" y "actual" con relación a ella; de ahí resultan la importancia y la necesidad de una concepción exacta de la creación bajo pena de falsear igualmente la del Creador, de ahí la obligación de mostrar la futilidad y la nocividad de esos productos de sustitución como el evolucionismo.
A decir verdad, la vanidad de una hipótesis científica o de una teoría matemática como tentativa de explicación del mundo aparece con una claridad evidente para aquellos que han comprendido el concepto de creación tal y como lo acabamos de exponer en pocas palabras, a pesar de que la refutación del evolucionismo debería consistir en exponer pura y simplemente la tesis tradicional. Desgraciadamente, en el siglo de la televisión, del deporte y del automóvil, ¿quién es capaz de comprender las "relaciones causales"? para los "hedonistas" de toda clase, el progreso técnico, debido a los descubrimientos de la ciencia y a sus aplicaciones, no tiene evidentemente nada que ver con una concepción metafísica del mundo incapaz de proporcionar la menor realización técnica. Estamos finalmente frente a dos actitudes o a dos mentalidades aparentemente incompatibles: la del materialista "hedonista" para quien este bajo-mundo es lo único real, siendo la metafísica algo abstracto, irreal y desprovisto de todo interés; y la del espiritual "contemplativo" para quien, por el contrario, el mundo es irreal y Dios es lo único Real de lo que está suspendido el mundo en su totalidad.
Frente a la carencia intelectual - o a la impotencia contemplativa - de nuestros contemporáneos, ciertos apologistas, ellos mismos padeciendo mas o menos la misma ceguera, renuncian a exponer una tesis tradicional que no interesa a nadie y que consideran ellos mismos como "superada" o "anticuada", y se contentan generalmente en "discutir" las teorías cientifistas o evolucionistas situándose en el mismo terreno que ellas. Así, se cree útil enseñar por ejemplo, que el evolucionismo no tiene la forma simplista del "transformismo" primitivo; otros piensan encontrar en los hechos la hipótesis de una "evolución regresiva" que puede todo lo más atenuar el prestigio de la teoría inversa. Los "tradicionalistas" oficiales se contentan generalmente con oponer al evolucionismo la teoría "creacionista" tal como aparece en el relato del Génesis, pero presentándolo sobre el mismo plano que una hipótesis científica como las demás, lo cual le quita su verdadera significación que es de orden metafísico; pretender que el relato bíblico sea algo "histórico", es pura y simplemente hacer una concesión al "positivismo cientifista", y finalmente es adoptar la misma mentalidad.
En realidad, el significado del relato bíblico es esencialmente metafísico, y secundariamente cosmológico: considerar las diferentes especies como creadas por Dios unas "después" de otras, como un "sucesión temporal", no tiene ningún interés; pero lo que es necesario ver tras el relato en su significado profundo es la dependencia "total" y "actual" de cada especie vis-a-vis de su Causa ontológica, así como la relación causal de lo creado con relación a lo Increado, tal como la hemos considerado más arriba. Por el contrario, se hace "depender" una especie de otra especie inferior, según la teoría evolucionista, se corre el riesgo de no ver nada de la "dependencia total" y "actual" de los seres, definidos precisamente por su pertenencia a tal o tal especie, vis-a-vis del Creador.
En otros términos, lo que importa desde el punto de vista "teológico" no es el juego de "causas segundas"; tampoco es incluso la cosmología tradicional y todavía menos, o más bien de ninguna manera, las hipótesis científicas que no son en el fondo más que fantasmagorías imaginarias que Satán utiliza a buen precio para el desarraigo de los espíritus: lo que cuenta es, todavía una vez más, la "relación causal" concebida como dependencia total y actual y, por así decirlo, "directa" de lo creado cara a cara con lo Increado, esta dependencia directa no excluye el juego de las "causas segundas", pero las pone en su lugar que es "ilusorio" respecto a la Causa Primera. En el orden de la "salvación" o de la "realización espiritual", no tengo por que "creer" en la Evolución, pero yo debo de "creer" en Dios, el Padre Todo-Poderoso, Creador del Cielo y de la Tierra. Una tal proposición sobrepasa infinitamente en su contenido afirmativo todas las cosmologías del mundo, y reduce a la nada a todas las pseudo-sintesis científicas y filosóficas.
Se podrá sin duda lamentar la ausencia de una cosmología tradicional, provocando así una especie de divorcio entre la teología y la ciencia; es en efecto lo que se produjo al final de la Edad Media, ya que los intentos de síntesis en el estilo de la Summa Teológica no han sido finalmente más que el "canto del cisne" del pensamiento medieval, y no han podido sobrevivir al huracán de la subversión moderna. Ciertos "apologistas" contemporáneos conscientes de los perjuicios de este divorcio, pero ilusionándose gravemente sobre las posibilidades de una "conciliación", han intentado pseudo-sintesis en las cuales el crédito dado a las teorías evolucionistas de toda índole, corre el riesgo pura y simplemente de provocar el derrumbe de las verdades esenciales de la teología en beneficio de un enredo pseudo-intelectual y sentimental para uso de los "modernistas", sin ningún beneficio verdadero para el mantenimiento de la verdad en el seno de un mundo en plena descomposición. En la coyuntura actual, nos parece preferible dejar a la ciencia evolucionar en su propio plano, con la condición expresa de que se mantenga en los límites estrechos de una "puesta en ecuación" del mundo material permitiendo las aplicaciones técnicas indispensables para la vida corporal de tres mil millones de insectos humanos, y que los sabios renuncien a toda pretensión filosófica. Es entonces esencial el mantener contra este maremoto el dique inmutable de una teología y de una metafísica al abrigo de todo comprometimiento, intentado recordar a la inteligencia, como acabamos de hacerlo a propósito del concepto de creación, las bases esenciales para el mantenimiento de la verdad en su pureza inalienable e intransigente.
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