DIALOGO SOBRE LA ORACIÓN

Abbé Henri Stéphane

 

El Discípulo. ¿Cuál es la esencia de la espiritualidad?

El Maestro. Es que el alma se vuelva virgen para que el Verbo pueda encarnarse ahí por la operación del Espíritu Santo.

D. ¿Cómo puede el alma llegar a ser virgen?

M. Eso también es obra del Espíritu Santo.

D. ¿Cómo puede el Espíritu Santo realizar esa obra en el alma que no está todavía purificada para que su operación verdadera, la Encarnación del Verbo, pueda realizarse ahí a continuación?

M. Esta cuestión es absurda. No hay más que una operación del Espíritu Santo, pero se puede dialécticamente distinguir dos aspectos o dos fases: una fase de purificación y una fase de transfiguración, pero estas dos fases no son distintas más que desde nuestro punto de vista; en la realidad Una, el Verbo no cesa de encarnarse en la Virgen, el Intelecto no cesa de transfigurar la Substancia: María es Inmaculada en su Concepción, su Virginidad es eterna, su Asunción está fuera del tiempo.

D. Pero entonces ¿Cómo el alma caída de su condición primordial puede recobrar su virginidad intemporal?

M. Es necesario que el alma escape de la ilusión egocéntrica o «separativa». El ascetismo debe mortificar las pasiones; la Fe o la Gnosis debe purificar su inteligencia; la Esperanza o el Recuerdo de Dios debe purificar la memoria; la Caridad y las Virtudes espirituales deben purificar su voluntad. Todo esto es obra del Espíritu Santo.

D. ¿Cuál es el medio de esta transfiguración?

M. La Oración. Según la enseñanza del Apóstol, «Nadie puede pronunciar el Nombre de Jesús, si no es por el Espíritu Santo» (1 Cor. XII, 3); «Nosotros no sabemos lo que debemos pedir en nuestras plegarias, pero el Espíritu él mismo ora por nosotros con gemidos inefables; él ora según Dios por los santos» (Rom. VIII, 26-27)

D. ¿Cómo debemos orar? ¿Cómo el Espíritu ora en nosotros?

M. Pronunciando los Nombres divinos de Jesús y de María. El Espíritu realiza en nosotros el Misterio de la Encarnación y de la Transfiguración, de la Purificación y de la Iluminación. Diciendo «María» el alma se identifica con la Substancia primordial siempre virgen; diciendo «Jesús», el Verbo-Intelecto se encarna ahí y la transfigura. Y todo esto es la ora del Espíritu Santo.

D. ¿Durante cuanto tiempo debemos orar?

M. Según la enseñanza del Apóstol, debemos orar sin cesar: semper orare.

D. ¿Cómo se puede orar sin cesar, y realizar las acciones de la vida cotidiana?

M. La oración perpetua no puede subsistir en nosotros más que en ciertas condiciones. Si estas condiciones se cumplen, la acción como tal es indiferente; dicho de otra manera el alma en «estado de oración», o el alma contemplativa , está liberada de la acción.

D. ¿Cuáles son esas condiciones?

M. En primer lugar la acción debe ser lícita, ya que la Invocación puede superponerse a un acto así, pero no a un acto ilícito o vil.

D. La Oración articulada no puede ser perpetua; ¿Hay pensamientos que la excluyen? ¿Cómo conciliar las dos cosas?

M. Si la Invocación no puede superponerse a todo pensamiento útil o bello, puede sin embargo continuar vibrando durante todo pensamiento de ese género, es decir durante toda articulación mental que tenga un carácter de necesidad o de virtud; en ese caso, la articulación mental, aunque excluyendo la articulación del Nombre, no interrumpe la Invocación a los ojos de Dios. Al margen de la condición de necesidad, la de virtud es esencial, ya que, por lo mismo que la Invocación no puede superponerse a un acto ilícito o vil, por lo mismo el perfume del Nombre no puede subsistir durante un pensamiento contrario a la humildad o a la pobreza (la no-pretensión, la consciencia de nuestros límites ante Dios y el prójimo), a la caridad ( el no-egoismo, la consciencia de la indistinción entre el «yo» como tal y el «otro» como tal), a la verdad o a la sinceridad ( la objetividad, la contemplación adecuada y desinteresada de la realidad); además, es evidente que la vibración del Nombre en ausencia de su articulación presupone por una parte el hábito de la Invocación, y por otra la intención de continuar esta practica intensificarla; es así que el «pasado» y el «futuro», lo efectivo y lo intencional, concurren en la presencia inarticulada del Nombre.

D. ¿Cuál es el efecto propio del Nombre?

M. El apaciguamiento de la mente: el cuerpo es una red de sensaciones y de instintos. El yo es una red de imágenes y de deseos. Todo esto forma parte de la corriente de las formas, que no es de ninguna manera nuestro verdadero «Si-mismo». El Nombre supremo es la expresión y el continente de nuestro verdadero Si-mismo: él no pertenece a la corriente de las formas; en él nosotros somos Nosotros-mismos. El es la «Forma de lo Supra-Formal», la «Forma Sin-Forma», la «Manifestación de lo No-manifestado». Shankara dice: «Discierne lo efímero de lo Real, repite el santo Nombre de Dios, y apacigua así al pensamiento inquieto».

D. ¿El efecto del Nombre es inmediato o progresivo?

M. La mente del hombre que ha sido cogido por el Nombre Supremo, y en el cual el Nombre Supremo se ha fijado para ser su segunda naturaleza, es tan diferente de la mente del hombre ordinario, todavía completamente absorbido por el ruido terrestre, que un paso inmediato del uno al otro sería como un desgarro mortal. Entonces, puesto que no puede haber un paso directo sin una gracia especial, que no está de ninguna manera en el poder del hombre, es muy importante que el hombre se integre en las reglas diversas de la Tradición; semejante choque es por ello mismo absorbido, semejante oposición suavizada, y semejantes durezas poco a poco disueltas.

 

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ANEXO: Rezando Despacio...