LA EVOLUCIÓN PÓSTUMA DEL SER HUMANO
RENÉ GUÉNON
Hasta aquí hemos considerado la constitución del ser humano y los diferentes estados de los cuales es susceptible como compuesto de diversos elementos que hemos tenido que distinguir en dicha constitución, es decir, durante la duración de su vida individual. Es necesario insistir respecto de este punto, en que los estados que pertenecen verdaderamente al individuo como tal, es decir no solamente el estado grosero o corporal para el que la cuestión es evidente, sino también el estado sutil (con la condición, por supuesto, de no comprender allí más que la modalidades extracorporales del estado humano integral, y no los restantes estados individuales del ser), son propia y esencialmente estados del hombre viviente. Esto no significa que haya que admitir que el estado sutil cesa en el mismo instante de la muerte corporal y por el sólo hecho de esta: veremos más adelante que se produce entonces, por el contrario, un paso del ser a la forma sutil, pero dicha travesía no constituye más que una fase transitoria en la reabsorción de las facultades individuales de lo manifestado a lo no-manifestado, fase cuya existencia se aplica naturalmente por el carácter intermediario que ya hemos reconocido al estado sutil. Se puede, sin embargo, es verdad, tener que considerar en cierto sentido, y en ciertos casos al menos, una prolongación, y hasta una prolongación indefinida de la individualidad humana, que se deberá relacionar forzosamente con las modalidades sutiles, es decir extracorporales de esta individualidad; pero dicha prolongación ya no es lo mismo que el estado sutil tal como existía durante la vida terrestre. Se ha de tener en cuenta, en efecto, que bajo esta misma denominación de "estado sutil", debemos comprender modalidades muy diversas y extremadamente complejas, aún si nos limitamos sólo a la consideración del dominio de las posibilidades propiamente humanas; por esto nos hemos propuesto desde el principio prevenir que siempre debía ser entendido en relación con el estado corporal tomado como punto de partida y como término de comparación, de modo que no adquiere un sentido preciso sino por oposición a este estado corporal o grosero, el cual por su parte, se nos manifiesta como suficientemente definido por sí mismo porque es aquel en el que nos encontramos en el momento presente. Se habrá podido destacar también, que entre las cinco envolturas del "Sí-mismo", hay tres que se consideran como constitutivas de la forma sutil (mientras que una sola corresponde a cada uno de los otros dos estados condicionados de Âtmâ: a uno, porque no es en realidad sino una modalidad especial y determinada del individuo; al otro, porque es un estado esencialmente unificado y "no distinguido"), y esto constituye una prueba aún más manifiesta de la complejidad del estado en el que el "Sí-mismo" tiene esta forma como vehículo, complejidad que se debe tener siempre presente si se quiere comprender lo que puede decirse de él según se lo considere desde diversos puntos de vista.
Ahora debemos abordar la cuestión de lo que se llama ordinariamente "evolución póstuma" del ser humano, es decir, las consecuencias que entraña para este ser la muerte o, por precisar mejor cómo entendemos esta palabra, la disolución de este compuesto del que hemos hablado y que constituye su individualidad actual. Es necesario distinguir, por otra parte, que cuando esta disolución ha tenido lugar, no hay ya ser humano en el sentido propio de la expresión, puesto que es esencialmente el compuesto lo que constituye al hombre individual; el único caso en que se podría continuar llamándolo humano en cierto sentido es aquél en que, después de la muerte corporal, el ser permanece en una de estas prolongaciones de la individualidad a las que hemos aludido, porque en este caso, aunque esta individualidad no sea completa en cuanto a la relación con la manifestación (puesto que el estado corporal le falta de ahí en adelante por haber terminado las posibilidades que le corresponden en el ciclo entero de su desarrollo), algunos de sus elementos psíquicos o sutiles subsisten en cierta manera sin disociarse. En todos los demás casos, el ser no puede ya ser llamado humano, puesto que ha pasado del estado al cual se aplica este nombre, a otro estado, individual o no; así, el ser que era humano ha cesado de serlo para transformarse en otra cosa, así como por el nacimiento se había vuelto humano al pasar de otro estado a éste que constituye actualmente el nuestro. Por lo demás, si se entiende al nacimiento y la muerte en su sentido más general, es decir como cambio de estado, es posible darse cuenta inmediatamente de que son modificaciones que se corresponden analógicamente con el comienzo y el fin de un ciclo de existencia individual; y aún cuando se sale del punto de vista especial de un estado determinado para considerar el encadenamiento de los diversos estados entre sí, se ve que, en realidad, son fenómenos rigurosamente equivalentes, dado que la muerte a un estado es al mismo tiempo el nacimiento a otro. En otros términos, es la misma modificación que es muerte o nacimiento según el estado o ciclo de existencia respecto del cual se le considere, puesto que es propiamente el punto común a los dos estados o el paso de uno al otro; y lo que es verdadero aquí para estados diferentes lo es también, en otro grado, para modalidades diversas de un mismo estado, si se consideran estas modalidades como constitutivas, en cuanto al desarrollo de sus posibilidades respectivas, de tantos ciclos secundarios como los que se integren en el conjunto de un ciclo más extenso (1). Finalmente, se hace necesario agregar expresamente que la "especificación", en el sentido que hemos tomado esta palabra anteriormente, es decir la vinculación con una especie definida tal como la especie humana, que impone a un ser ciertas condiciones generales que constituyen su naturaleza específica, no vale sino en un estado determinado y no puede extenderse más allá; y no puede ser de otra manera, dado que la especie no es en modo alguno un principio trascendente en relación con dicho estado individual, sino que depende exclusivamente del dominio de éste, por estar ella misma sometida a las condiciones limitativas que lo definen; y por ello, el ser que pasa a otro estado no es ya humano, al no pertenecer más de ninguna manera a la especie humana (2).
Debemos hacer aún algunas reservas sobre la expresión de "evolución póstuma", que podría dar lugar muy fácilmente a diversos equívocos; y, en primer lugar, al concebirse a la muerte como disolución del compuesto humano, es muy evidente que la palabra "evolución" no puede tomarse aquí en el sentido de un desarrollo individual, puesto que se trata, por el contrario, de una reabsorción de la individualidad en el estado no-manifestado (3); sería entonces más bien una "involución" desde el punto de vista especial del individuo. Etimológicamente, en efecto, estos términos de "evolución" e "involución" no significan otra cosa que "desarrollo" y "repliegue" (4); pero sabemos bien que en lenguaje moderno la palabra "evolución" ha recibido corrientemente una acepción totalmente distinta, que ha hecho de ella poco más que un sinónimo de "progreso". Ya hemos tenido ocasión de explicarnos suficientemente acerca de estas ideas tan recientes de "progreso" o "evolución" que, al amplificarse más allá de toda medida razonable, han llegado a falsear completamente la mentalidad occidental actual; por lo que no volveremos sobre ello. Sólo recordaremos que no se puede válidamente hablar de "progreso" más que de un modo absolutamente relativo, y con la permanente precaución de precisar desde qué relación es entendido y dentro de cuáles límites es considerado; reducido a estas proporciones, no tiene ya nada en común con este "progreso" absoluto del que se comenzó a hablar hacia fines del siglo XVIII, y que nuestros contemporáneos se complacen en adornar con el nombre de "evolución", término supuestamente más "científico". El pensamiento oriental, como el pensamiento antiguo de Occidente, no podría admitir esta noción de "progreso" sino en el sentido relativo que acabamos de indicar, es decir, como una idea totalmente secundaria, de un alcance extremadamente restringido y sin ningún valor metafísico, puesto que es de las que no pueden aplicarse más que a algunas posibilidades de orden particular, y que no hay posibilidad de transponerlas más allá de ciertos límites. El punto de vista "evolutivo" no es susceptible de universalización, y no es posible concebir al ser verdadero como algo que "evoluciona" entre dos puntos definidos o que "progresa", inclusive indefinidamente, en un sentido determinado; tales concepciones están enteramente desprovistas de toda significación, y probarían una completa ignorancia de los conceptos más elementales de la metafísica. Se podría a lo sumo y en cierto modo, hablar de "evolución" para el ser en el sentido de paso a un estado superior; pero aún entonces habría que establecer una restricción que conserve en este término de "evolución" toda su relatividad pues, en lo que concierne al ser en sí y en su totalidad, jamás puede tratarse de "evolución" ni de "involución" en cualquier sentido en que se las quiera entender, puesto que su identidad esencial no es alterada en modo alguno por las modificaciones particulares y contingentes, cualesquiera que sean, y que afectan solamente a uno u otro de sus estados condicionados.
Es preciso hacer otra reserva aún sobre el tema del empleo de la palabra "póstumo". No es sino desde el punto de vista especial de la individualidad humana, y en tanto que ella está condicionada por el tiempo, que se puede hablar de lo que se produce "después de la muerte", así como de la que ha tenido lugar "antes del nacimiento", al menos si se pretende conservar a estas palabras ("antes" y "después") la significación cronológica que tienen comúnmente. En sí mismos, los estados en cuestión, si están fuera del dominio de la individualidad humana, no son en absoluto temporales y no pueden en consecuencia situarse cronológicamente; y esto es verdadero hasta para aquellos que puedan tener entre sus condiciones una determinada modalidad de duración, es decir, de sucesión, desde el momento que no se trata ya de la sucesión temporal. En cuanto al estado no-manifestado, es evidente que está liberado de toda sucesión, de modo que las ideas de anterioridad y posteridad, aún entendidas con la mayor extensión de la que sean susceptibles, no pueden aplicársele de ningún modo. Se puede señalar en este aspecto que, aún durante la vida, el ser no tiene noción del tiempo cuando su conciencia ha salido del dominio individual, como ocurre en el sueño profundo o en el desvanecimiento extático: en tanto permanece en estos estados, que son verdaderamente no-manifestados el tiempo no existe para él. Quedaría por considerar el caso en el cual el estado "póstumo" es una simple prolongación de la individualidad humana: en verdad, esta prolongación puede situarse en la "perpetuidad", es decir, en la infinidad temporal o, en otros términos, en una modalidad de sucesión que pertenece todavía al orden del tiempo (puesto que no se trata de un estado sometido a condiciones distintas de las nuestras), pero un tiempo que no tiene ya una medida común con aquél en el cual se cumple la existencia corporal. Por otra parte, ese estado no es lo que nos interesa particularmente desde el punto de vista metafísico, puesto que, por el contrario, debemos considerar esencialmente, en este punto de vista, la posibilidad de salir de las condiciones individuales y no la de permanecer en ellas indefinidamente; sin embargo, si nos vemos obligados a hablar de ellas, es fundamentalmente para tener en cuenta todos los casos posibles, y también porque, como se verá a continuación, esta prolongación de la existencia humana reserva al ser una posibilidad de alcanzar la "Liberación" sin pasar por otros estados individuales. Sea como sea, y dejando de lado este último caso, podemos decir esto: si se habla de los estados no humanos como situados "antes del nacimiento" y "después de la muerte", es ante todo porque aparecen así en relación con la individualidad; pero, por otro lado, se debe tener el cuidado de señalar que no es la individualidad la que pasa por estos estados o los recorre sucesivamente, puesto que son estados que están más allá de su dominio y que no le conciernen en tanto que individualidad. Por otra parte, hay un sentido en el cual se pueden aplicar las ideas de anterioridad y posteridad, fuera de todo punto de vista de sucesión temporal u otro similar: queremos hablar del orden, a la vez lógico y ontológico, en el cual los diversos estados se encadenan y determinan unos a otros; si un estado es entonces la consecuencia de otro, podrá decirse que es posterior a él, empleando en tal modo de hablar el mismo simbolismo temporal que sirve para expresar toda la teoría de los ciclos, y aunque metafísicamente haya una perfecta simultaneidad entre todos los estados, un punto de vista de sucesión efectiva no se aplica sino al interior de un estado determinado.
Tras haber dicho todo esto para que no se produzca la tentación de conceder a la expresión "evolución póstuma" (si se debe emplear a falta de otra más adecuada y para conformarse a ciertos hábitos), una importancia y una significación que no tiene y que no podría tener en realidad, volveremos al estudio de la cuestión a la cual se refiere, cuestión cuya solución, por otra parte, resulta casi inmediatamente de todas las consideraciones que preceden. La exposición que sigue está tomada de los Brahma-Sûtras (5) y de su comentario tradicional (y por éste entendemos sobre todo el de Shankarâchârya), pero debemos advertir que no es una traducción literal; a veces tendremos que reducir el comentario (6), y en ocasiones tendremos que comentarlo, sin lo cual el resumen sería poco menos que incomprensible, como ocurre muy a menudo cuando se trata de la interpretación de textos orientales (7).
NOTAS:
(1). Estas consideraciones sobre el nacimiento y la muerte son por otro lado aplicables al punto de vista tanto del "macrocosmos" como del "microcosmos"; sin que nos sea posible insistir en esto ahora, se podrán sin duda entrever las consecuencias que resultan de ello en lo que concierne a la teoría de los ciclos cósmicos.
(2). Debe quedar claro que en todo esto no tomamos la palabra "humano" más que en su sentido propio y literal, aquél donde se aplica solamente al hombre individual; no se trata de la transposición analógica que hace posible la concepción del "Hombre Universal".
(3). No puede decirse, por otra parte, que haya una destrucción de la individualidad, puesto que en lo no-manifestado las posibilidades que la constituyen subsisten en principio de un modo permanente, como todas las otras posibilidades del ser; pero, sin embargo, al no ser la individualidad tal sino en la manifestación, puede decirse que al volver a lo no-manifestado desaparece verdaderamente o cesa de existir en tanto que individualidad: no está aniquilada (pues, nada de lo que es puede cesar de ser), sino que está "transformada".
(4). En este sentido, pero sólo en este sentido, se podrían aplicar estos términos a las dos fases que se distinguen en todo ciclo de existencia, como hemos indicado precedentemente.
(5). 4º adhyâya, 2º, 3º y 4º pâdas. El 1º pâda de este 4º adhyâya está consagrado al examen de los medios del conocimiento divino, cuyos frutos se expondrán a continuación.
(6). Colebrooke ha dado un resumen de este género en sus Ensayos sobre la filosofía de los hindúes (IV ensayo), pero su interpretación, sin estar deformada por una toma de partido sistemática como la que suele encontrarse frecuentemente entre otros orientalistas, es extremadamente defectuosa desde el punto de vista metafísico, por pura y simple incomprensión de este mismo punto de vista.
(7). Señalaremos al respecto que, en árabe, la palabra "tarjumah" significa a la vez "traducción" y "comentario", y se considera a una como inseparable de la otra; su equivalente más exacto sería entonces "explicación" o "interpretación". Se puede decir también, cuando se trata de textos tradicionales, que una traducción en lengua vulgar, para ser inteligible, debe corresponder exactamente a un comentario hecho en la lengua misma del texto; la traducción literal de una lengua oriental a una lengua occidental es generalmente imposible, y cuanto más se esfuerza uno en seguir estrictamente la letra, más se arriesga a alejarse del espíritu; es lo que los filólogos son, desgraciadamente, incapaces de comprender.
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