Dios existe, yo me lo encontré.
André Frossard
(...)
Bien considerado, creo que la política y sus sucesos del día no ocupaban más espacio en nuestro espíritu que la anécdota en esos cuadros de Brueghel, en los que el tema teórico de la composición se encuentra relegado en un ángulo de la tela invadida de montañas, de cielo y de océano. Sin embargo, volvíamos sin cesar sobre las izquierdas, las derechas, la monarquía, la república, sin avanzar un paso el uno hacia el otro, y pienso que, con la esperanza de asestar un golpe decisivo a mi socialismo obstinado, mi siamés me prestó un día el libro de Nicolás Berdiaeff, titulado Una Nueva Edad Media.
Este libro, al no alcanzar en absoluto su fin, fue la causa del malentendido que se encuentra en el origen de mi conversión.
Aquí sobreviene el acontecimiento que está en el centro, debería decir en el comienzo, de mi vida, puesto que ésta, por la gracia del bautismo, debería revestir la forma de un nuevo nacimiento.
Un acontecimiento que iba a operar en mí una revolución tan extraordinaria, cambiando en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir, transformando tan radicalmente mi carácter y haciéndome hablar un lenguaje tan insólito que mi familia se alarmó. Todavía la víspera era un muchacho rebelde y fácilmente insolente, es verdad, pero, desde el punto de vista de la estadística, normal, gravitando en un círculo de ideas conocidas, teniendo, en materia de educación sentimental, el desorden que se decía propio de su edad, en fin, capaz de todo, pero no de sorprender. Al día siguiente era un niño dulce, asombrado, lleno de una alegría grave, cuyo sobrante no podía contenerse de derramar sobre unos allegados, desconcertados por la excentricidad de ese cardo que inopinadamente florecía en rosas.
Se creyó oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme examinar por un médico amigo, ateo, buen socialista, que tenía la habilidad de no convocarme a su despacho, donde no habría abierto la boca, sino de venir a casa en visita amistosa y de interrogarme indirectamente, sin insistencia ni curiosidad aparente, no volviendo a los puntos que le interesaban sino después de largos rodeos. Algunas de esas conversaciones sosegadas le pusieron en situación de comunicar a mi padre sus conclusiones: era la «gracia», dijo, un efecto de la «gracia» y nada más. No había por qué inquietarse.
Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que presentaba tales y cuales síntomas fácilmente reconocibles. La naturaleza del mal resistía aún al examen, pero los trabajos avanzaban. ¿Era una enfermedad grave? No. La fe no atacaba a la razón. ¿Había un remedio? No; la enfermedad evolucionaba por sí misma hacia la curación; esas crisis de misticismo, a la edad en que yo había sido atacado, duraban generalmente dos años y no dejaban ni lesión, ni huellas. No había más que tener paciencia.
Mi madre no pedía nada mejor. Mi metamorfosis le devolvía la esperanza, y si había que dar gracias a la religión, ¡bien!, ella tendría el realismo de agradecérselo sin cumplidos. Mi padre, al principio, y antes de recurrir a la medicina, se había mostrado menos complaciente. Yo había rogado en secreto a algunas personas que tenían que instruirme, que explicarme la Iglesia y que bautizarme. Comprendía bien lo que podía tener de desagradable para un militante socialista de la envergadura de mi padre, ser contradicho a domicilio por su propio hijo, y había creído que tomaba bastantes precauciones para que el menudo hecho diferente de mi paso al catolicismo no se convirtiera en una novedad política.
Desgraciadamente, el secreto fue mal guardado, y al leer un diario de extrema derecha mi padre se enteró de todo, salvo de lo esencial, es decir, de las circunstancias exactas de mi conversión. El periódico, que no se interesaba precisamente por mi alma, insistía sobre el poco caso que parecía hacer de mi educación socialista al preferir, decía, «la compañía de San Francisco de Asís» a la de los amigos de mi padre. El punto de vista no era muy elevado, pero el golpe hirió. Mi padre creyó comprender que las derechas, ayudadas por algún sacerdote solapado, se habían aprovechado de la fragilidad de mi carácter y de mi ausencia de discernimiento para montar una maniobra contra él. Irritado, rehusó verme; negarse a hablarme no hubiera cambiado gran cosa nuestro estatuto belfortiano.
Durante algún tiempo, mi madre me llevó la comida a mi habitación. Después, mis arrestos se dulcificaron, todo volvió a ser como antes, y fue entonces cuando vino un médico. Se estableció un modus vivendi. Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que fuese discreto, como lo serían conmigo. Se me rogó que me abstuviese de todo proselitismo en relación con mi hermana menor (ella se convertiría a pesar de todo al catolicismo, y mi madre también, bastantes años después de ella). Respetuosos con nuestras convenciones, me instalé en una especie de catacumba interior, con mis certezas y esa felicidad que tanto me hubiese gustado distribuir, extender, entregar al saqueo. Cuando habitábamos en un ministerio, lo que era cada vez más frecuente, salía furtivamente por la mañana mucho antes de que el portero hubiera comenzado su servicio, e iba a encontrarme con mi querido siamés que me esperaba en la esquina de una calle, con su bamboleante vehículo, para llevarme a una misa del alba en Notre-Dame o en otra parte. Una o dos silleras, canosas bajo su sombrero de paja negra, eran toda nuestra compañía. Las miraba, agarradas a sus reclinatorios como a un escala de Jacob en miniatura, y me decía que tal vez debía a la fidelidad mantenida de edad en edad por tantas ancianas como ellas, el haber encontrado, en la hora señalada, una religión intacta. Un gran arranque de gratitud me llevaba hacia ellas y hacia todos aquellos que habían guardado la fe; la idea de que la religión habría podido desaparecer de la superficie de la tierra antes de mi llegada me daba el escalofrío de los terrores retrospectivos.
Paja de sombreros y paja de sillas, grano de evangelios y candeal de hostia, ¡que bien estábamos bajo las vigas de piedra gris, en la soledad de esos graneros donde el sacerdote, acompañado por la imperceptible música del amanecer, realizaba en el altar su milagro tranquilo!
Después de la misa, íbamos a pechar con nuestro plantón en el periódico, cargados hasta irnos a pique de riquezas que, teníamos que darnos cuenta, a nadie tentaban. Eramos dos Cristóbal Colón que volvían de las Américas en medio de la indiferencia general. Unos huían de nuestra solicitud, otros pretendían haber descubierto América antes que nosotros, y estar de vuelta hace mucho tiempo. ¿Era posible? ¡Hablaban de ello tan poco, tan mal! El poderoso naviero me hizo llamar: fue para dirigirme una afectuosa e insistente homilía sobre los peligros del misticismo, fuera de ciertos límites por lo demás fáciles de alcanzar. Sobre todo, que no fuese a hacerme fraile: me comprometería con lo irrevocable, causaría la desesperación de mis padres; por cierto que también la mía, algún día. No pensaba más que en mi bien. ¿Le comprendía? Sí, le comprendía, pero le escuchaba mal; su voz me llegaba lejana, desde el fondo de un mundo sumergido. Hubiera querido ayudarle. Se hubiera sorprendido de darse cuenta.
¿Con quién podría compartir lo que había recibido, lo que me embriagaba? En casa, nuestros amigos socialistas me consideraban un poco débil de espíritu y me trataban con la mansedumbre apropiada. En el periódico, estaba claro que después de haber intrigado, nos indisponíamos. Nos veíamos reducidos a trasegar nuestros pensamientos a solas, y el pasillo de la redacción era el claustro donde se intercambiaban los versículos y las respuestas de nuestra novísima alegría. Para tranquilizar, nos inventábamos citas de amor con criaturas imaginarias, lo contrario de la vieja costumbre que pretende que se cubran las escapadas sentimentales con una coartada decente.
Uno solo de nuestros compañeros se mostraba ávido de saber el contenido de nuestras conversaciones, de nuestras risas, de nuestros cuchicheos. Con tal de picar su curiosidad por más tiempo, le contestamos en tono entre serio y divertido que hablábamos de ciertas cosas, de algunas cosas, en fin, de cosas que él no podía comprender, puesto que no estaba bautizado, ni era creyente, ni deseoso de serlo. Como protestara con vehemencia de su buena voluntad, le dimos como consigna que, si quería verdaderamente la fe, fuese a buscarla a la iglesia de Saint-Nicolas-des-Champs, en donde no dejaría de encontrarla. Le bastaría, para ello, con asistir todas las mañanas, durante un mes, a la misa de seis: nosotros salíamos fiadores del resultado. Recuerdo que éramos muy jóvenes y no necesito precisar que de nada dudábamos. Nuestro compañero siguió escrupulosamente nuestras instrucciones. Todas las mañanas iba a misa. «¿Y bien?»; le preguntábamos cuando llegaba al periódico. «Nada», contestaba afligido. Nada al cabo de quince días, nada al cabo de tres semanas. Comenzábamos a estar sordamente inquietos. Cuando el mes transcurrió día tras día, estábamos sobre ascuas. ¿Había encontrado, por fin, la fe imprudentemente prometido? No, nos dijo con una horrible mueca. Le era forzoso reconocer que no creía, a pesar de nuestras seguridades, de nuestra seguridad. Estábamos consternados.
Pero qué sorpresa fue la nuestra al enterarnos, al día siguiente, de que nuestro energúmeno –así llamaban antaño al aprendiz de cristiano– había ido una vez más a la iglesia. No tenía fe, pero no podía pasarse sin la misa, de tal manera y tan bien que terminó por ser cristiano de la forma menos corriente que existe: por codicia y por testarudez. A su hora, y no a la nuestra. Su obstinación le valió una fe maravillosa de frescura y la costumbre de proceder por intimaciones a lo divino. Llevaba el nombre de un pececillo. Aún está en la red.
No siempre procedíamos de esta manera extravagante. Pero nos esforzábamos en vano, ya que los curiosos eran raros. Por mi parte, pronto me di cuenta de que ni siquiera se me creería, de que ni se me escucharía, mientras no hubiese aportado la prueba de mi buen sentido, de mi aptitud para vivir como los demás, superando exámenes, ganando mi vida de otra forma que por medio de relaciones, en pocas palabras, actuando de manera que un día se aceptase, si no seguirme, por lo menos entenderme. Vi que antes de demostrar a Dios, tenía que demostrarme a mi mismo. El relato que vais a leer fue aplazado tanto, hasta que me di cuenta de que, a fuerza de pasar por razonable, corría el riesgo de serlo demasiado. Si me permitís una última humorada, diría que después de mi conversión he pasado tanto tiempo tratando de demostrar mi equilibrio, que lo he perdido.
* * *
Espero que, mientras caminábamos, habré demostrado que nada me predisponía a la religión excepto el hecho de que carecía de religión. Si mis padres, de quienes sólo he recibido cariño y buenos tratos, hubiesen tenido fe, me la habrían comunicado, naturalmente. Puesto que no la tenían –y a pesar de que el socialismo no había apagado del todo el protestantismo de mi madre–, era natural que me educasen en la concepción del mundo que era la suya y que ha sido la mía hasta los veinte años. Nada he ocultado que debiera ser dicho sobre mis años de juventud, pero nada he dicho sobre lo que una buena costumbre –algo perdida– mandaba ocultar antiguamente, como esas experiencias y perturbaciones de la adolescencia sobre las que verdaderamente nada tengo que decir que pueda enseñar algo a alguien.
En fin, lamento haber hablado tan a menudo en primera persona; pero ¿cómo librarse de esta desagradable necesidad? Un gran hombre, y con gran talento, a quien contaba mi historia no pudo impedir que se manifestara su asombro exclamando: «Le estimo mucho, pero, en fin, ¿por qué a usted?». La respuesta es que no hay respuesta. He sido un muchacho vulgar, y además con algunas debilidades, sin otras señas particulares que un pie partido por la explosión de una bomba y una clara propensión a la ausencia intelectual, moral y, en lo posible, física. Según las Escrituras, la gracia no hace acepción de personas y creo haber demostrado que, dirigiéndose a mí, se dirigía a cada hijo de vecino. Lo que me ha sucedido puede suceder a todo el mundo, al mejor, al menos bueno, al que sabe, al que cree saber; al lector mañana mismo, esta tarde quizás, con seguridad un día.
* * *
Nicolás Berdiaeff poseía una magnífica inteligencia, un espíritu sobrecargado de ideas cuyo peso hacía que, a veces, se le trabase la lengua. Después aprendía a admirarle; pero tenía entonces para mí un muy grave defecto: creía en Dios y hablaba de El no por hipótesis científica, cosa admisible, sino como si verdaderamente existiese, lo que –a mi modo de ver– quedaba por demostrar. El recurso a Dios para explicar el mundo y la historia me parecía un subterfugio indigno de un filósofo. ¿Qué valdría una novela policíaca en la que el enigma clásico del asesinato en un local cerrado, fuese artificialmente resuelto por la intervención de un ser sobrenatural capaz de atravesar los muros? Así razonaba en aquella época y por eso la lectura de Una Nueva Edad Media no me hizo la menor impresión. Este escritor era un autor religioso; las conclusiones que sacaba de su fe respecto al marxismo, a la Revolución rusa, o a la Revolución francesa, no me concernían, no podían conmoverme. Ese fue el espíritu con que respondí a Willemin, cuando mostró curiosidad por conocer mi parecer, que ese libro «no se discutía». Dando a Dios por sentado, lo demás seguía con pleno derecho; ninguna discusión posible.
El entendió, completamente al revés, que Berdiaeff me había convencido. Se puso contentísimo y quiso que festejásemos el acontecimiento comiendo juntos, cosa para la que siempre estaba yo dispuesto. Me gustaba su compañía, su agilidad de espíritu para sobresalir, se tratase de flauta, de medicina, de periodismo, de cocina lorenesa, o de imitaciones cómicas, contento –si no compartía sus ideas– de reír por las mismas cosas, al mismo tiempo que él. Mi poca afición a las situaciones claras o el temor de quitarle su buen humor, hicieron que no tuviese el valor de sacarle de su error y que le dejara en la alegría. Puesto que íbamos a cenar, pensaba, ya habría ocasión de desengañarle a los postres. Este fue el malentendido ejemplar del que ya he dicho, unas páginas antes, que se encontraba en el comienzo de mi conversión.
Nos largamos del periódico un poco antes de las cinco de la tarde y marchamos en su viejo coche –lujo entonces inaudito para lo jóvenes que éramos–, una de cuyas portezuelas era necesario mantener cerrada con el codo. Atravesamos el Sena, lejos de la isla de Saint-Louis; luego no iríamos a su casa. La plaza Maubert; suponía que iríamos a la calle Moufetard, donde se compraban los fritos. Así, pues, comeríamos bajo los puentes. No veía inconveniente alguno. Nos costaría un franco, más algunos cuartos para la botella de vino llena hasta el tapón de un líquido azul oscuro, agradablemente malva y translúcido a partir del gollete. Sin embargo, cuando hubimos franqueado sin apearnos la plazuela en la que desemboca la calle Mouffetard, me di por vencido. Después de todo, tal vez cenaríamos en el restaurante, aunque fuese todavía muy pronto para eso. Doy más de un dato que puede parecer insignificante. El lector tendrá la bondad de reconocer que uno está muy inclinado a entrar en detalles cuando ha tenido la extraña fortuna de asistir a su propio nacimiento.
No hacía preguntas. Me dejaba levar por esa amistad, descuidado de la dirección que había escogido. Por cierto, que el itinerario se hacía cada vez menos explicable: describiendo un círculo en torno al Barrio Latino, volvimos sobre nuestros pasos por la calle Claude-Bernard, después de la de Ulm. ¿Qué nos llevaba a esos parajes despoblados por las vacaciones escolares? Nos detuvimos un poco antes de la Escuela Normal Superior, frente a mi antigua Escuela de Artes Decorativas. Mi compañero descendió y, con la cabeza inclinada en el centro de la portezuela, me ofreció que le siguiera o que le esperara unos minutos. Le esperaría. Tenía, sin duda, una visita que hacer. Le vía atravesar la calle, empujar una puertecita cerca de un gran portal de hierro sobre el que emergía la techumbre de una capilla. Bueno, iba a rezar, a confesarse; en fin, a entregarse a una u otra de esas actividades que ocupan tanto tiempo a los cristianos. Razón de más para permanecer donde estaba.
* * *
Estamos a 8 de julio. El verano es magnífico. Ante mí, rectilínea, la calle de Ulm abre su zanja soleada hasta el Panteón, que visto por este lado tiene la ventaja de presentarse casi a plomo. ¿Cuáles son mis pensamientos? No me acuerdo. Vagos, como de costumbre, deben errar a lo largo de los muros en busca de algún saliente, de algún ángulo, de un motivo geométrico al que asirse un momento ¿Mi estado interior? De atenerse al informe que la conciencia puede dar de si misma, perfecto, quiero decir, sin ninguna de esas perturbaciones que, según se pretende, disponen al misticismo.
No tengo penas de amor. Aquella misma tarde –esto para los que, haciendo profesión de perspicacia, explican la religión por su contrario, el espíritu por el cuerpo, lo más por lo menos y, muy especialmente, lo alto por lo bajo– he tenido una cita con una joven alemana de Bellas Artes, rubia, con los rasgos delicados de las solteras un poco gruesas, que me ha hecho esperar una defensa moderada de sus fronteras. Pronto estará tan completamente olvidada que ni siquiera pensaré en excusarme.
No tengo angustias metafísicas. Las últimas me sobrevinieron a eso de los quince años, en la forma insistente que he descrito al principio de este libro: el universo que me asedia y me ensordece con eso que no veo la manera de llamar de otra forma que su locuacidad muda, va a entregarme (es inminente) el secreto de su existencia. Nada en absoluto me ha entregado, y después he renunciado a acosarlo. Creo, con nuestros amigos socialistas, que el mundo es una política y una historia, y la metafísica el más decepcionante de los pasatiempos. De todas formas, si creyera que existiese una verdad, los sacerdotes serían las últimas personas a las que iría a preguntarla, la Iglesia, a la que no conozco sino a través de alguna de sus chapuzas temporales, el último lugar donde iría a buscarla. Mi oficio nada ha contribuido para atenuar mi excepticismo, pero ha hecho mucho para esfumar los temores que mi adolescencia desalentadora había causado a mis padres. Lo ejerzo demasiado joven y desde hace demasiado poco tiempo para ocasionarme esas decepciones que pueden crearnos un vacío, una sensación de soledad favorable para la aparición de un sentimiento religioso. No tengo preocupaciones, no las causo a los demás; la amistad de Willemin ha alejado las compañías peligrosas que durante algún tiempo habían sido las mías. En el plano general, el año es tranquilo, sin disturbios nacionales, sin amenaza exterior directa. La alarma no ha sonado aún; ninguna ansiedad obsidional en mi caso. Mi salud es buena; soy feliz, tanto como puede ser y saberse; la velada se presenta agradable, y espero.
En fin, no siento curiosidad alguna por las cosas de la religión, que pertenecen a otra época.
Son las cinco y diez. Dentro de dos minutos seré cristiano.
* * *
Ateo tranquilo, nada sé evidentemente cuando, cansado de esperar el fin de las incomprensibles devociones que retienen a mi compañero algo más de lo que había previsto, empujo a mi vez la puertecita de hierro para examinar más de cerca, como dibujante, o como mirón, el edificio en el que estoy tentado de decir que se eterniza (de hecho, le habría esperado, todo lo más, tres o cuatro minutos).
Lo que se podía ver de la capilla por encima del portal no era para entusiasmarse. Nada gana –si hablo mal de su colmena, perdónenme las hermanitas cuyo hermanito voy a ser– con verse desde su pie. Es, en el fondo de un patinillo, uno de esos edificios de un gótico preparado a la inglesa, construidos a finales del XIX por arquitectos decididos a poner orden en el estilo ojival, y que le han quitado así la vida y el movimiento. No escribo esto por el placer dudoso de criticar un arte a cuya reputación nada hay que añadir, sino para que esté claro que la emoción artística no tuvo parte alguna en lo que va a seguir. El interior no es más estimulante que el exterior. Es el casco vulgar de una nave de piedra cuyas líneas, de un gris sombrío, se detienen y reparten antes de tener la oportunidad de realizar el hallazgo cisterciense de lo austero y lo bello. La nave está claramente dividida en tres partes. La primera, cerca de la entrada, está reservada para los fieles, que rezan en la penumbra. Vidrieras, debilitadas por la masa de la obra circundante, calcan un poco de luz sobre algunas estatuas y un altar lateral adornado con ramilletes.
La segunda está parte está ocupada por la religiosas, con las cabezas cubiertas por un velo negro, que forman ordenadas filas de pájaros replegados en sus travesaños de madera barnizada. Más tarde me enteraré de que son hermanas de la «Asociación Reparadora», congregación fundada después de la guerra de 1870 como piadosa réplica a ciertos excesos de la Comuna. Relativamente poco numerosas –más adelante se verá que el detalle tiene su importancia–, pertenecen a una de esas ordenes contemplativas que han escogido la prisión para hacernos libres, la oscuridad para que tengamos la luz, y que la moral materialista, la mía aún durante un minuto, o dos, pretende que para nada sirven. Dicen una especie de plegaria a dos voces que se responde a sí misma de una orilla a otra de la nave para resolverse a intervalos regulares en la exclamación: gloria patri et filio, et spiritui sancto, antes de proseguir el chorro alternado de su navegación apacible. No sé que se trata de salmos, no sé que estamos en maitines, y que estoy acunado por el leve balanceo de las horas canónicas.
El fondo de la capilla está vivamente iluminado. Sobre el altar mayor revestido de blanco, un gran aparato de plantas, candelabros y adornos, está dominado por una gran cruz de metal labrado que lleva en su centro un disco de un blanco mate. Otros tres discos del mismo tamaño, pero de un matiz imperceptiblemente diferente, están fijos en las extremidades de la cruz. Ya he entrado en iglesias, por amor al arte, pero nunca he visto una custodia habitada, ni creo que una hostia, e ignoro que estoy ante el Santísimo Sacramento, hacia el cual se elevan dos filas de cirios encendidos. La presencia de los discos suplementarios y las complicaciones doradas de la decoración, me hacen aún más difícil la identificación de ese sol lejano.
Se me escapa el significado de todo eso y con más facilidad, ya que no lo persigo. En pie cerca de la puerta busco con la vista a mi amigo y no consigo reconocerlo entre las formas arrodilladas que me preceden. Mi mirada pasa de la sombra a la luz, vuelve a la concurrencia sin traer ningún pensamiento, va de los fieles a las religiosas inmóviles, de las religiosas al altar: luego, ignoro por qué, se fija en el segundo cirio que arde a la izquierda de la cruz. No el primero, ni el tercero, el segundo. Entonces se desencadena bruscamente, la serie de prodigios cuya inexorable violencia va a desmantelar en un instante el ser absurdo que soy y va a traer al mundo, deslumbrado, el niño que jamás he sido.
Antes que nada, me son sugeridas estas palabras: vida espiritual.
No me son dichas, no las formo yo mismo, las escucho como si fuesen pronunciadas cerca de mi, en voz baja, por una persona que vería lo que yo no veo aún.
La última sílaba de este preludio murmurado, alcanza apenas en mí la orilla de lo consciente que comienza una avalancha al revés. No digo que el cielo se abre; no se abre, se eleva, se alza de pronto, fulguración silenciosa, de esta insospechada capilla en la que se encontraba misteriosamente incluido. ¿Cómo describirlo con estas palabras huidizas, que me niegan sus servicios y amenazan con interceptar mis pensamientos para depositarlos en el almacén de las quimeras? El pintor a quien fuera dado entrever colores desconocidos, ¿con que los pintaría? Es un cristal indestructible, de una transparencia infinita, de una luminosidad casi insostenible (un grado más me aniquilaría) y más bien azul; un mundo, un mundo distinto de un resplandor y de una densidad que despiden al nuestro a las sombras frágiles de los sueños incompletos. El es la realidad, él es la verdad, la veo desde la ribera oscura donde aún estoy retenido. Hay un orden en el universo, y en su vértice, más allá de este velo de bruma resplandeciente, la evidencia de Dios; la evidencia hecha presencia y la evidencia hecha persona de Aquel mismo a quien yo habría negado un momento antes, a quien los cristianos llaman Padre nuestro, y del que me doy cuenta que es dulce; con una dulzura semejante a ninguna otra, que no es la cualidad pasiva que se designa a veces con ese nombre, sino una dulzura activa que quiebra, que excede a toda violencia, capaz de hacer que estalle la piedra más dura y, más duro que la piedra, el corazón humano.
Su irrupción desplegada, plenaria, se acompaña de una alegría que no es sino la exultación del salvado, la alegría del náufrago recogido a tiempo; con la diferencia, sin embargo, de que es en el momento en que soy izado hacia la salvación cuando tomo conciencia del lodo en que, sin saberlo, estaba hundido, y me pregunto, al verme aún con medio cuerpo atrapado por él, cómo he podido vivir allí, respirar allí.
Al mismo tiempo me ha sido dada una nueva familia, que es la Iglesia, que tiene a su cargo conducirme a donde haga falta que vaya; bien entendido que, a pesar de las apariencias, me queda alguna distancia que franquear y que no podría ser abolida más que por la inversión de la gravedad.
Todas estas sensaciones que me esfuerzo por traducir al lenguaje inadecuado de las ideas y de las imágenes son simultáneas, comprendidas unas en otras, y pasados los años no habré agotado el contenido. Todo está dominado por la presencia, más allá y a través de una inmensa asamblea, de Aquel cuyo nombre jamás podría escribir sin que me viniese el temor de herir su ternura, ante Quien tengo la dicha de ser un niño perdonado, que se despierta para saber que todo es regalo.
* * *
Fuera seguía haciendo un tiempo hermoso, yo tenía cinco años y ese mundo anteriormente hecho de piedra y de alquitrán era un gran jardín donde se me permitía jugar todo el tiempo que pluguiera al cielo dejarme en él. Willemin, que caminaba a mi lado y parecía haber descubierto algo singular en mi fisonomía, me observaba con insistencia médica: «–¿Pero qué te pasa?. –Soy católico», y como si tuviera miedo de no ser bastante explícito, añadí: «apostólico y romano», para que mi confesión fuese completa. «–Tienes los ojos desorbitados. –Dios existe, y todo es verdad. –¡No, si te vieses!». No me veía. Yo era una lechuza que hace al mediodía la experiencia del sol.
Cinco minutos más tarde, en la terraza de un café de la plaza de Saint-André-des-Arts, contaba todo a mi compañero. En fin, todo lo que en lucha con lo inexpresable llegaba a decir de ese mundo súbitamente desplegado, de ese sólido resplandeciente, que había hecho estallar sin ruido la casa de mi infancia y reducido mis paisajes a vapor. Los escombros de mis construcciones interiores cubrían el suelo. Observaba a los viandantes que caminaban sin ver y pensaba en su maravillado asombro cuando a su vez hicieran el hallazgo que acababa de hacer. Seguro de que la misma aventura les sucedería pronto o tarde, me divertía anticipadamente con la sorpresa de los incrédulos y de los que dudaban sin dudar. Como uno de nosotros dos evocó a ese dictador teatral que había concedido al cielo dos minutos para fulminarlo, sin lo cual se consideraría autorizado a declararlo públicamente vacío, la absurdidad de ese desafío lanzado al infinito por ese grano de polvo nos dio una risa nerviosa. Dios estaba, e incluso estaba allí, revelado y oculto por esa embajada de luz que, sin discursos ni figuras, hacía comprenderlo todo, amarlo todo. Me doy cuenta de lo que tales alegaciones pueden tener de excesivas, ¿pero que puedo hacer yo, si el cristianismo es verdadero, si hay una verdad, si esa verdad es una persona que no quiere ser incongnoscible?
El milagro duró un mes. Cada mañana volvía a encontrar, con éxtasis, esa luz que hacía palidecer al día, esa dulzura que nunca habría de olvidar y que es toda mi ciencia teológica. La necesidad de prolongar mi estancia en el planeta, cuando existía todo ese cielo al alcance de la mano, no se me mostraba con mucha claridad y la aceptaba por agradecimiento más que por convicción. Sin embargo, luz y dulzura perdían cada día un poco de su intensidad. Finalmente, desaparecieron sin que por eso me viese reducido a la soledad. La verdad me sería dada de otro modo: iría a buscar después de haber encontrado. Un sacerdote del Espíritu Santo se hizo cargo de prepararme para el bautismo instruyéndome en la religión de la que no he de precisar más sino que nada sabía. Lo que me dijo de la doctrina cristiana, lo esperaba y lo recibí con alegría; la enseñanza de la Iglesia era cierta hasta la última coma, y yo tomaba parte en cada línea con un redoble de aclamaciones, como se saluda una diana en el blanco. Una sola cosa me sorprendió: la Eucaristía, y no es que me pareciese increíble; pero me maravillaba que la caridad divina hubiese encontrado ese medio inaudito de comunicarse y sobre todo, que hubiese escogido para hacerlo el pan que es alimento del pobre y alimento preferido de los niños. De todos los dones esparcidos ante mí por el cristianismo, ése era el más hermoso.
* * *
Colmado así de bendiciones, creí que mi vida sería una Navidad que no acabaría. Las personas de experiencia a las que me había confiado, podían advertirme que ese estado de privilegio tendría un fin, que las leyes del crecimiento espiritual eran iguales para todo el mundo, que después de las suavidades de la excursión por los verdes prados de la gracia sensible, vendría la roca, la escalada, el riesgo, y que no siempre sería ese niño feliz; apenas las escuchaba. Estaba muy decidido a no cometer por segunda vez el error de crecer; ésa era mi sabiduría, menos segura que la suya. Ellas tenían razón, yo me equivocaba. Celebrada la Navidad, hubo que pasar por las cosas, por la piedra y por el alquitrán de un mundo que volvía a tomar poco a poco, solapadamente, su consistencia. Y hubo un Viernes Santo y hubo un Sábado Santo, silencio donde muere un grito.
Dos veces se abatió sobre mi hogar el sufrimiento más grande que puede infligirse a seres humanos. Los padres me comprenderán, las madres mejor aún, sin más palabras. Dos veces he tomado el camino del cementerio provinciano donde está señalado mi puesto, buscando con horror el recuerdo de la misericordia. Incapaz de rebeldía, excluido de los refugios de la duda, ¿de qué dudaría, sino de mí mismo?, he vivido con esa lanza en mi pecho y sabiendo que Dios es amor.
No escribo para hablar de mí, sino para dar testimonio, y mi testimonio exige que también eso sea dicho. La tumba que será la mía forma un ángulo de dos calles. Un día tuve la distraída curiosidad de ver cuál era la tumba vecina, que se le yuxtapone exactamente: era la sepultura de las Hermanas de la Adoración Reparadora. Conozco demasiado hasta qué punto las intervenciones del espíritu son diferentes e indudables, para hablar de señal. La coincidencia me bastó. A quinientos kilómetros de distancia, las hermanitas que han asistido a mi nacimiento estarán allí también en la hora de mi muerte, y pienso, creo, sé, que esos dos instantes serán idénticos, como serán uno solo, en fin, los seres perdidos, la dulzura reencontrada.
Amor, para llamarte así, la eternidad será corta.
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Extraído de: «Dios existe, yo me lo encontré» - André Frossard - Ediciones RIALP - ISBN: 84-321-0319-5