
EL CUERPO CRÍSTICO
LEO SCHAYA
I
La «adoración en espíritu y en verdad», enseñada por Jesús, sobrepasa el culto ordinario; ella significa: meditar sobre las Perfecciones divinas y humanas encarnadas por Cristo, imitarlas, realizarlas; contemplar los Aspectos inteligibles de Dios hasta la entrada en la «contemplación oscura» de su Absolutidad sobreinteligible, entrada, pasaje por la «puerta estrecha» interior, «muerte espiritual» desenbocante en la suprema unio mystica, la theosis. Encontraremos ahí, en otros términos, las mismas realidades que precedentemente, desembocando en la extinción y la identificación supremas; al mismo tiempo, el Evangelio enseña que es con nuestro propio espíritu y la verdad que está en nosotros, como debemos adorar y realizar el Espíritu y la Verdad en si, que es Dios, lo mismo que según el budismo, es en nuestra naturaleza propia y nuestro propio espíritu donde debemos encontrar la naturaleza de Buda y su Cuerpo de Verdad. «El Reino de Dios está en vosotros mismos»; para entrar en el, hay que espiritualizar cuerpo y alma, renacer espiritualmente, devenir un recién nacido en Dios: el Hombre nuevo, el Hombre interior, que es «hijo de Dios» a la imagen de Su Hijo único. Por la deiformidad, el hombre accede a la deificación; «Dios se ha hecho hombre, para que el hombre se haga Dios».
Dios ha enviado a Su Hijo para salvar al mundo, como en las tradiciones no cristianas, los «hijos de los dioses», los «enviados de Dios», los Avataras, los Budas y Bodisatvas, han descendido a la tierra para liberar a los seres. El Verbo eterno, tras haberse revelado como Arquetipo espiritual del universo, como Forma o Imagen universal de Dios, o como Esfera suprema e ilimitada, ha aparecido en tanto que Hombre celeste y se ha hecho carne aquí abajo, lo mismo que el eterno Buda, descendiendo del Dhamakâyâ, o cuerpo de verdad metacósmica ha asumido la Forma espiritual y universal (macrocósmica) del Sambhogakâya (o cuerpo de gozo celeste), para encarnarse aquí abajo en el Nirmânakâya (o cuerpo de transformación). En el cristianismo, como en el budismo, el «Cuerpo» del Mediador tiene una función salvífica; y como en otras tradiciones, el cuerpo grosero e «impuro» del hombre ordinario –su «carne»– debe ser purificado, espiritualizado y sobrepasado, con el fin de acceder al cuerpo puro del hombre «interior», que está unido al Cuerpo del Salvador. Este cuerpo tiene varios aspectos fundamentales, definidos simbólicamente como otros tantos «cuerpos»; es así para Cristo como para Buda. Para empezar, en sentido ascendente, por el cuerpo de encarnación de Jesús, este asume la naturaleza compuesta y mortal de la «carne», aun habiendo surgido de una fecundación espiritual y de una concepción virginal: se trata, al nivel de los elementos groseros, de un «cuerpo puro», inocente, perfecto desde su nacimiento: este cuerpo vehicula las dos naturalezas de Cristo, su naturaleza humana y su naturaleza divina, su presencia redentora que viene a purificar y a salvar las almas caídas encerradas en cuerpos impuros.
En el interior de su cuerpo de encarnación se encuentra el cuerpo de transfiguración que el Salvador ha revelado a tres de sus discípulos en el monte Thabor y al cual corresponde el Nirmânakâya o cuerpo de transformación terrestre de Buda. En la medida en la que este cuerpo de transfiguración de Cristo es intrínsecamente de naturaleza sutil-celeste, corresponde también al aspecto individualizado del Sambhogakâya o cuerpo de gloria de Buda. Pero extrínsecamente es de la naturaleza etérea propia de los cuerpos del paraíso terrestre; eso le permite manifestarse en este bajo mundo, dado que el éter en tanto que quinta essentia de los cuatro elementos paradisíacos unidos, así como de sus reflejos groseros-terrestres desunidos, compuestos y condenados a la descomposición, hace posible el paso directo de los primeros a los segundos. Está ahí también el cuerpo glorioso o cuerpo de resurrección, en el cual Jesús ha aparecido a todos sus discípulos atravesando el espacio y toda materia terrestre sin resistencia, y revelándolo finalmente como su cuerpo de ascensión, que se ha reabsorbido en su propia substancia sutil y celeste.
Bajo su forma de gloria celeste, el cuerpo de Cristo es a menudo representado rodeado del «arco iris» del que habla Ezequiel (I, 28) y, a continuación, el Apocalipsis de San Juan (IV 3), en su descripción de Aquel que está sentado sobre el trono divino. Esta forma celeste es la revelación suprema del hombre individual, mientras que el arco iris simboliza su transmutación en la forma esférica y puramente luminosa del Hombre universal, el conjunto de estos aspectos correspondiendo a los del Sambhogakâya. En efecto, en el budismo también, el Cuerpo de Gloria, sinónimo del Cuerpo de Arco Iris, es descrito como el cuerpo más elevado que puede ser alcanzado por el yogui que está todavía en el Samsâra (la existencia individual); es comparable al cuerpo glorificado del Christos, tal como los discípulos lo han visto sobre la Montaña de la Transfiguración. En el Cuerpo de Gloria, se dice que el Maestro en yoga puede existir durante eones, poseyendo el poder de aparecer o de desaparecer a voluntad en los numerosos lugares de existencia del universo entero.
Pues bien, antes de pasar de este cuerpo de transformación o transfiguración terrestre y celeste de Cristo a su cuerpo universal, es necesario, en el ámbito individual-humano insertado en el de la Iglesia, mencionar todavía el Corpus Christi sacramental de la Eucaristía, que perpetúa el don de si del Salvador a la humanidad y permite a esta comunicarse con la Presencia real. Este Cuerpo sacramental es idéntico, en su totalidad intrínseca, al Corpus mysticum de Cristo, que reúne a todos los miembros de la Iglesia y prolonga su Cuerpo puramente universal, del que vamos a hablar ahora.
Este cuerpo universal es, en efecto, la esencia universal de su Cuerpo místico, que pertenece todavía a los mundos terrestre y celeste de las individualidades humanas ocupando ahí el lugar asignado, entre las religiones, al cristianismo. El Cuerpo universal de Cristo se identifica con la manifestación total del Logos o Verbo de Dios, en tanto que él es la fuente unánime de todas las religiones y las transciende por ello mismo, incluido el cristianismo; todas las revelaciones se religan a él, de una manera o de otra, cada una reclamando ser la expresión directa de la Palabra del Principio. Es la esfera supra-formal, que comporta en fusión espiritual y sin confusión cualitativa, los arquetipos eternos o esencias divinas de todos los seres, en el estado inmanente. Es la Forma o Imagen integral de Dios, más allá de toda forma o imagen particular; es su Verbo omnipresente, por el cual, según el Evangelio de San Juan, «todo ha sido hecho»: en él está «la Vida», la «Luz de los hombres». Es la «Verdadera Luz», que corresponde a la «Clara Luz» de Buda, unida, desde el punto de vista inmanente, a su «Compasión viniendo a liberar a todos los seres», por lo mismo que, según el Evangelio, el Padre, por amor, ha enviado a su Hijo para salvar al mundo. Esta misma Luz se encuentra, en el estado transcendente, «en el seno del Padre», y «Lo hace conocer», El, el «Dios, que nadie ha visto jamás» y al cual corresponde Shuñnya, el «Vacío» que, en si , es la Plenitud absoluta, el «Cuerpo de Verdad».
II
«Al Principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». (Juan I,1).
El «Dios desconocido» es el Sobre-Ser, la Realidad sobreinteligible, la Esencia transcendente del Verbo, del «Hijo único, que está en su seno» y que «Le hace conocer». El Hijo es Su Ser inteligente e inteligible: él es la Verdadera Luz –la Clara Luz– que se desprende de su Oscuridad o Vacuidad más que luminosa y «más que plena»; él es la Verdad, que emana de Su Cuerpo de Verdad transcendente, para manifestarse como Cuerpo de Gloria y de Gracia inmanente y universal, y para revelarse en tanto que el Hombre celeste, antes de encarnarse aquí abajo.
«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y nosotros hemos contemplado su Gloria, una Gloria que el Hijo único ha debido al Padre, lleno de Gracia y de Verdad... Y es de su Plenitud que nosotros hemos todos recibido, gracia sobre gracia...» (Juan I, 14,16).
Y «a todos aquellos que le recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios, a aquellos que creen en su Nombre, que, no de sangre, ni de deseo de la carne, ni de deseo del hombre sino de Dios son nacidos (Juan 12). Sus verdaderos cuerpos, aún estando envueltos aquí debajo de la «carne», son los «cuerpos interiores», no carnales, espirituales y comunicando permanentemente con el Cuerpo del Salvador que ellos han «revestido» realizando, por la muerte de su «hombre viejo», las palabras del apóstol Pablo:
«... revestíos del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias.»(Rom. XIII 14). «Porque vosotros sois todos hijos de Dios por la fe en Jesucristo; vosotros todos que habéis sido bautizados en Cristo, vosotros estáis revestidos de Cristo» (Gal. III, 28). «... nosotros todos que hemos sido bautizados en Jesucristo, es en su muerte que nosotros hemos sido bautizados... nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él, afín de que el cuerpo de pecado fuese destruido... miraros como muertos al pecado, y como vivos por Dios en Jesucristo» (Gal. VI, 3,6,11).
El germen espiritual de esta muerte y de esta resurrección en Cristo está depositado en el hombre en el momento del bautismo; su realización consecutiva es la fructificación de este germen, en la cual el bautizado y confirmado «reviste» en pleno conocimiento el Cuerpo de Cristo, Cuerpo eminentemente universal, que, en si, no es otro que el «Reino de Dios». No se trata aquí de simples virtualidades, como lo es para muchos, si no para la mayor parte, de los Cristianos, sino de la plena fructificación o realización de aquello que ha sido «despertado» en el hombre por las gracias del bautismo y de la confirmación. Se trata de la muerte espiritual del «hombre viejo» antes de su muerte corporal, y de un «segundo nacimiento» hecho posible por la influencia divina transmitida con el «agua» bautismal, que purifica la substancia síquica y física del ser y permite, en principio, la transmutación de esta en materia prima totalmente «virgen»; se añaden aquí los dones del «Espíritu» que vienen a «confirmar», es decir iluminar, el espíritu y la substancia del ser que, desde ese momento, podrá, en principio, realizar en si mismo el Hombre nuevo. Es este Hombre con cuerpo espiritual, y solo él, quien es apto a «entrar en el Reino de Dios», siendo este Reino, en último análisis, su propia Realidad total, universal e infinita. Tal es la revelación de Jesús a Nicodemo:
«En verdad, en verdad te digo, si un hombre no nace de nuevo, él no puede ver el Reino de Dios. Nicodemo le dice: ¿Cómo puede un hombre nacer cuando es viejo? ¿Puede volver al seno de su madre y nacer? Jesús respondió: en verdad, en verdad te digo, si un hombre no nace del agua del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que ha nacido de la carne es carne, y lo que ha nacido del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te lo diga: es necesario que nazcáis de nuevo. El viento sopla donde quiere, y tu escuchas el ruido; pero tu no sabes de donde viene y a donde va. Es lo mismo para todo hombre que ha nacido del Espíritu» (Juan II, 3-8).
Todo Cristiano nacido del Espíritu ha «revestido» el Cuerpo de Cristo bajo sus diversos aspectos, comenzando por su Cuerpo de Resurrección cuya actualización en el seno del hombre es ritualizada por el bautismo, y ocurre lo mismo para su cuerpo sacramental asimilado en la comunión; pasando de un grado de unión al otro, el hombre interior, en su cuerpo espiritual, termina por unirse totalmente al Cuerpo místico del Salvador y, por ello, a su Cuerpo universal a la vez inmanente y transcendente.
«La copa de bendición que nosotros bendecimos, ¿no es la comunión con la sangre de Cristo? El pan que nosotros rompemos ¿no es la comunión con el cuerpo de Cristo? Puesto que hay un solo pan, nosotros que somos varios, nosotros formamos un solo cuerpo; ya que nosotros participamos todos en un mismo pan... Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y vosotros sois sus miembros, cada uno en su parte» ( I Cor; X, 16,17; XII, 27).
Ahora bien, aquellos que han realizado plenamente que ellos «forman un solo Cuerpo en Cristo» y son todos miembros los unos de los otros, son espiritualmente resucitados y reintegrados en él; ellos pueden, con la ayuda de Dios, «revestir» el Cuerpo de Cristo hasta su Forma o Deiformidad universal, y acceder por esta hasta su propia Deificación.
«Si entonces –escribe además el apóstol Pablo– vosotros estáis ya resucitados (espiritualmente) con Cristo, buscar (de realizar) las cosas de lo alto, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Aficionaros a las cosas de lo alto, y no a aquellas que están sobre la tierra. Porque vosotros estáis muertos (a la carne, al ego y al mundo), y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, aparezca, (no solamente en la parusia, sino desde el momento presente, en vosotros mismos) entonces vosotros apareceréis también (desde ahora) con él en la Gloria (interior y universal), puesto que estáis despojados del hombre viejo y de sus obras, y habéis revestido el hombre nuevo, que se renueva en el conocimiento (y en nuestro cuerpo de transformación espiritual), según la imagen (en primer lugar individual-humana y a continuación universal-divina) de aquel (que es su arquetipo y su esencia misma: el Hombre nuevo, el Cristo, Dios) que la ha creado. No hay aquí ni Griego ni Judío, ni circunciso, ni no circunciso, ni bárbaro ni Escita, ni esclavo, ni liberado; sino que Cristo es todo en todos». (Col III, 1-4, 9-11).
Es por eso, «que Él os de, según la riqueza de Su Gloria, el ser poderosamente fortificados por el Espíritu en el hombre interior, de manera que Cristo habite en vuestros corazones por la fe (devenida certeza); con el fin de que estando enraizados y fundados (realmente) en el amor (de Dios que une al hombre interior cada vez más a El elevándolo de su cuerpo individual hasta el Cuerpo universal de Cristo), vosotros podáis comprender (y realizar en vuestro propio ser) con todos los santos, que el la largura, la anchura, la largura, la profundidad y la altura (de este Cuerpo espiritual y universal, de esta «Esfera cuyo Centro está por todo y la circunferencia en ninguna parte»), y conocer (así por vuestra identificación con él) el amor (sin límites) de Cristo, que sobrepasa (incluso) todo (el) conocimiento (inherente a este Cuerpo inmanente, amor que eleva al ser hasta el «Comienzo» transcendente de todas las cosas, donde el Cristo es el eterno Verbo de Dios y Dios mismo), de manera que seáis (en esta transcendencia insondable, en esta oscuridad más que luminosa, en esta vacuidad más que llena) colmados hasta toda la plenitud (absoluta) de Dios (lo cual implica la total extinción y transformación del ser en El, la unidad suprema con El)». (Efesios III, 16-19).
Para aquellos que han realizado esta Unidad,
«ya no hay (nunca más) mas que un solo Cuerpo y un Solo Espíritu..., hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos y entre todos y en todos»; ellos han «llegado a la Unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado del hombre hecho, (de hombre individual perfecto, y a continuación) a la medida (inconmensurable) de la estatura perfecta (espiritual y universal) de Cristo (uniendo el ser al Dios Altísimo, al Supremo Uno)... Es por eso que ha sido dicho: Despiértate, tu que duermes; levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará!». (Efesios IV, 4,6,13; V, 14).
III
El paso del sueño existencial al despertar espiritual, de la muerte que representa una vida sin Dios a la existencia verdadera en El, el paso del cuerpo animal carnal y corruptible al cuerpo interior, glorioso e incorruptible, este paso y todo lo que implica el misterio de la transformación espiritual del hombre, encontrará su última expresión histórica en la resurrección de los muertos prefigurada por la de Cristo resucitado.
«... Cristo ha resucitado de entre los muertos, él es las primicias de aquellos que están muertos. Ya que puesto que la muerte ha venido por un hombre, es también por un hombre que ha venido la resurrección de los muertos. Y como todos mueren en Adán, por lo mismo también todos revivirán en Cristo, pero cada uno en su rango...» (I Cor. XV, 20-23).
El apóstol, explicando más adelante el aspecto escatológico de este misterio, ilumina al mismo tiempo su permanente actualidad, tal como se manifiesta en la espiritualización de los hombres de todos los tiempos. Lo que él enseña sobre este tema, nos permite profundizar a la luz de la Revelación crística, este secreto del ser humano, conocido por las tradiciones espirituales del mundo entero.
Entonces el apóstol escribe:
«Pero alguien dirá: ¿Cómo los muertos resucitan (sea «interiormente», en la realización espiritual, sea «exteriormente», al fin de los tiempos), y con que cuerpo vienen (tanto en un caso como en otro)? ¡Insensato! Lo que tu siembras no vuelve a la vida, si no muere. Y lo que tu siembras, no es el cuerpo que nacerá; es un simple grano, de trigo quizás, o de cualquier otra simiente; después, Dios le da un cuerpo, como a El le parece, y a cada semilla El da un cuerpo que le es propio». (I Cor. 35-38).
Es decir que el cuerpo carnal, compuesto y mortal –o el «hombre viejo» que le corresponde en la realización espiritual–, no resucitará tal cual: él se descompondrá físicamente o se disolverá por la transmutación espiritual, y a su muerte, sea física, sea síquica o espiritual, se desprenderá el cuerpo interior e incorruptible. Este es el arquetipo y la causa inmediata del cuerpo perecedero: él ha transmitido la vida celeste y la forma paradisíaca a la simiente terrestre de este último, él se ha escondido como germen etéreo en esta simiente grosera creciendo, por decirlo así, con ella y en ella; y esto de acuerdo con su propia forma principial y edénica, forma perfecta y, como tal, inmutable, pero que no impide las deformaciones eventuales de su reflejo terrestre resultante de las huellas que la caída del hombre ha dejado en el alma. Estas huellas se han marcado en el alma y en el cuerpo, cuando Adán se alejó de la plenitud esencial que era Dios y que se manifestaba en primer lugar como la Forma del Hombre universal; es esta última la que ha dado la plenitud o perfección a la forma del hombre individual, forma de su cuerpo celeste y a continuación edénico. Entonces, el alma del hombre pecador alejándose de Dios, fue privada de su plenitud primera, lo que conllevó a su falta de forma, su deformación, mientras que su cuerpo o vehículo edénico, en el cual la perfección original se había cristalizado, permanecía, como tal, intacto e incorruptible. De esa manera le hizo falta al alma una nueva substancia apropiada, un nuevo cuerpo o vehículo adecuado, es decir el mismo caído: el cuerpo grosero, carnal y perecedero hecho de «tierra maldita». Pero en el seno de este cuerpo terrestre «roto», el cuerpo edénico permanece latente, aunque reducido al estado seminal, estando su forma perfecta conservada en su arquetipo eterno y pudiendo ser recobrada, sea por la muerte espiritual del «hombre viejo» y su unio mystica con Dios, sea tras la muerte física, en la resurrección de los cuerpos edénicos para el juicio negativo o para la beatitud sin fin.
La resurrección de los muertos consiste entonces en la aparición de los cuerpos interiores, etéreos y paradisíacos sobre la «nueva tierra» hecha de la misma substancia que ellos, y no sobre la antigua, desaparecida y antaño habitada por el «hombre viejo». De la misma manera, en la espiritualización siempre actual, cuando el «hombre viejo» ya no está, es el cuerpo interior el que sirve de verdadero vehículo o habitáculo al ser devenido un «hombre nuevo», un «hombre interior» y espiritual. Pero en este caso, su envoltura carnal existe todavía sobre nuestra «vieja tierra», y el hombre asume el peso, las enfermedades, el destino mortal. Sin embargo, él está como despojado en los momentos de su absorción espiritual en el único Verdadero y Real vehículo directamente por el cuerpo interior. El «cuerpo viejo», a pesar de los sufrimientos que causa, es desde ese momento vivido como un mal pasajero alrededor del cuerpo verdadero, perpetuo y beatífico del Hombre nuevo, alrededor de la substancia pura e incorruptible de su forma interior y perfecta.
En efecto, tal es la forma, tal es el cuerpo: la forma perfecta del hombre, o celeste o terrestre, posee una substancia a su vez perfecta, un cuerpo-receptor de la luz espiritual, cuerpo que es, o bien sutil-fluido, o bien etereo-cristalino, según que se mueva respectivamente en los grados celestes o terrestres del Paraíso o del Hombre nuevo. En cuanto a la forma imperfecta del hombre caído –o de su alma–, su substancia, ella también, es imperfecta: es la carne grosera, opaca y perecedera; y , acabamos de decirlo, en la medida en la que el ser humano, aún estando iluminado, participe, aunque solo sea exteriormente, en este estado de caída, será víctima de la ley de correspondencia entre la forma –o el alma– y la substancia con la cual ella «hace cuerpo». A propósito de esto conviene recordar que la virtualidad del mal se escondía en el alma o la forma interior del primer hombre, al mismo tiempo que la corruptibilidad material se encontraba virtualmente en su cuerpo edénico e imperecedero.
Pero lo que es incorruptible no puede, por definición, corromperse como tal: el cuerpo paradisíaco, tal cual, permanecerá incorruptible. Lo que ocurre, es que la actualización del mal en el alma de Adán hizo salir, por repercusión descendente, los cuatro elementos sensibles fuera de su homogeneidad etérea, propia a todo su cuerpo edénico. Cuando su alma, hasta entonces deiforme, abandonó, en su pecado o movimiento deífugo, la contemplación del Uno y la absorción espiritual en El, los cuatro elementos corporales dejaron, por vía de consecuencia, su propia unidad primordial, la quinta esentia. Salieron del Éter, se disociaron y se «distanciaron» unos de otros, como los cuatro puntos cardinales determinando su plano de manifestación terrestre y con los cuales la cosmología tradicional los pone efectivamente en relación. Viniendo de los cuatro puntos cardinales, los cuatro elementos se reencontraron sobre ese plano de «caída» que fue la tierra extra-paradisíaca: se reunieron allí para componer los cuerpos corruptibles de esta tierra, incluido el cuerpo del hombre expulsado del Edén, cuerpo caído encerrando en si el cuerpo primordial e incorruptible como una pura virtualidad. Pero repitámoslo, este cuerpo paradisíaco, por muy virtual que sea, no es menos real en si, aunque reducido al estado seminal: es incorruptible a causa de su naturaleza etérea y por tanto no compuesta. Es por la inversión de las relaciones primordiales y normales, debida al pecado original y a su caída consecutiva, que aquello que no existía en principio mas que en estado virtual se actualizó y que inversamente, lo que estaba actual se retiró, se escondió, hasta devenir para el hombre algo puramente virtual. Es así que la virtualidad original del mal pasó al acto y se concretizó en el cuerpo caído, mientras que el cuerpo perfecto devino para el hombre una virtualidad: este cuerpo edénico no ha, por tanto, desaparecido completamente, sino que se encuentra como un «núcleo de inmortalidad» profundamente enterrado bajo su «envoltura» corruptible. En el momento presente, nuestro cuerpo terrestre es corruptible, porque está compuesto de los cuatro elementos previamente disociados; y lo que es así compuesto, está por definición, condenado a la descomposición, como lo ha enseñado Buda diciendo que lo que está «compuesto y que está (por ello mismo) sujeto a la descomposición, que eso no esté condenado a la descomposición, una tal posibilidad no existe». Y esto es verdad, tanto si esta «descomposición» tiene lugar por vía natural o que se presente bajo el aspecto de una transmutación inmediata de los cuatro elementos en su quintaesencia etérea, por vía de reintegración espiritual.
IV
Pues bien, hemos visto que la imperfección, que está en la base de esta descomposición y, antes que esta, de la corruptibilidad del cuerpo caído, reside en el alma misma o en la «forma interior» del hombre, es decir en la perdida de su «deiformidad intrínseca». La ley de esta correlación entre forma y substancia es simple: toda substancia, que sea celeste o terrestre, responde al alma o a la forma a la cual ella da cuerpo; la «carne caída» ella misma es más o menos imperfecta, según la forma, el alma, el ser que ella reviste, así como lo testifica el apóstol;
«No toda carne es igual, sino que una es la carne de los hombres, otra la de los animales, otra la de las aves, otra la de los peces. Hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero uno es el resplandor de los cuerpos celestes y otro el de los cuerpos terrestres. Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas. Y una estrella difiere de otra en resplandor.»(I Cor. 39-41).
Por lo tanto, tal es la forma de un alma o luz vital, tal es su carne o su cuerpo, que deja filtrar la claridad interior, de manera más o menos intensa, a través de su substancia más o menos pura o «translúcida». El alma corrompida del «hombre viejo» irradia débilmente en su carne corruptible, mientras que el alma divina del «hombre interior» o «nuevo» es vehiculada por su cuerpo glorioso, resplandeciente de luz espiritual. Cuando el «hombre viejo» muere, el ser humano resucita en este cuerpo luminoso e incorruptible del «hombre nuevo» que, siendo perfecto, es decir deiforme, es el único digno de vivir «por los siglos de los siglos», hasta su última reabsorción espiritual en la Perfección suprema y absoluta: Dios mismo. La forma imperfecta, el alma no deiforme del «hombre viejo» debe desaparecer: debe transmutarse en su prototipo perfecto y paradisíaco; y puesto que hay correlación entre la forma y la substancia, la «carne» imperfecta ella también, debe morir y reabsorberse finalmente en su quintaesencia perfecta, la substancia etérea propia al cuerpo a la vez primordial y final, cuerpo del Edén y de la Resurrección, cuerpo de la deiformidad y de la deificación. Es así como hay que comprender la continuación de la epístola de paulina anteriormente citada:
«El cuerpo (del hombre caído) es simiente corruptible (en correspondencia con su forma síquica corrompida por el pecado original), (pero) él resucita incorruptible (tras la descomposición natural –o su transmutación espiritual– y su reabsorción en el éter o la substancia del cuerpo primordial y glorioso, cuyo germen ha permanecido intacto en el seno de la imperfección de la carne); él es simiente despreciable (en tanto que materia grosera vehiculando la «ausencia de Dios»), él resucita glorioso (tras su transmutación en vehículo paradisíaco de la Gloria o Presencia divina); él es simiente enferma (a causa del alma «deformada» que él encarna», él resucita lleno de fuerza (celeste, en razón de la plenitud espiritual de la cual está lleno tras su transformación en cuerpo perfecto); él es simiente de cuerpo animal (es el «vestido de piel» con el que Dios revistió al hombre primordial tras su pecado), él resucita cuerpo espiritual (es el «vestido de luz» que fue, según la tradición, el cuerpo de Adán antes del pecado y que el hombre continúa llevando, en estado virtual, bajo el «vestido de piel», hasta quedar despojado de este último y revestido del primero, sea en la resurrección escatológica, sea en el «segundo nacimiento» espiritual prefigurando la última resurrección)».
En la continuación del texto, el apóstol insiste sobre el hecho de que la imperfección ha precedido a la perfección. Esta imperfección, es la posibilidad primordial de la caída, posibilidad o virtualidad inherente a la perfección pasiva del primer Adán que, ella, se distingue de la perfección activa del «último Adán» o del Mesías, estando esta exempta de la virtualidad del pecado y de sus consecuencias. En otras palabras, la perfección del primer Adán residía sobre todo en la receptividad espiritual de su alma; ahora bien, esta receptividad, antes de ser colmada de luz, implicaba las tinieblas primordiales de la creación –o del pasaje de lo Infinito a lo finito– , permaneciendo la fuente del mal latente en el alma, incluso tras su iluminación, y aun siendo como una pura virtualidad. En cuanto a la perfección del «último Adán» o del Mesías, ella es la del Espíritu mismo que viene a iluminar al primer hombre y, tras de él, a los seres humanos sedientos de Dios; y es él quien vendrá a restaurar el paraíso perdido reabsorbiendo para siempre el último rastro del mal, de manera que los hombres de este nuevo Edén –o de la «nueva Jerusalén»– serán, como él, verdaderos «hijos de Dios», puros «espíritus de Dios» revestidos de cuerpos inmaculados e incorruptibles. Tal es la diferencia entre el primer hombre y el hombre futuro. «Es por eso que está escrito: El primer hombre, Adán, devino un alma viva (en términos bíblicos o hebreos: nephesh hayah, que significa también «alma animal»; es decir que el primer hombre portaba en si mismo la posibilidad de caer del grado del «alma viva» y perfecta, vehiculada por un cuerpo a su vez perfecto, paradisíaco y «translucido», al grado del «alma animal» encerrada en un cuerpo que él mismo es animal, terrestre y grosero). El último Adán (por el contrario) ha devenido un espíritu vivificante (espíritu activo, que da la vida y la luz al alma revelándole la Esencia divina misma de donde ella ha surgido y a la cual debe retornar).
Lo que será, era y es. En la resurrección del hombre paradisíaco, el fin se une al comienzo de la humanidad, y esta unión está también sucinta al tiempo que se desliza entre los dos polos de la historia: ella coincide con la realización permanente del hombre interior. Sin embargo, cada uno de estos tres aspectos del tiempo o de la historia implica su característica propia. Así, el hombre primero, aun siendo de naturaleza edénica, no excluye la posibilidad de su propia caída; el hombre caído, incluso si recubre su naturaleza interior y se identifica por ello al hombre paradisíaco, debe guardar, por regla general, su envoltura carnal hasta la muerte natural de esta asumiendo todas las condiciones fundamentales de la naturaleza corrompida; solo el hombre resucitado, si no es objeto del rigor del Juicio final, reencuentra su naturaleza perfecta de manera integral y definitiva.
Esto es así según todas las tradiciones autenticas del mundo, y todas esperan igualmente a Aquel que debe venir para realizar la obra del fin y de la renovación, la de la vuelta de la multitud terrestre al Uno, que la manifestará de nuevo, bajo su forma perfecta, manifestándose El mismo a ella en una nueva Revelación única y universal. «En ese día, Dios será uno y Su Nombre será uno» (Zacarías XIV, 9), como El lo era para la humanidad, al comienzo. Según el cristianismo, el instrumento central de esta renovación y de esta revelación universal será Cristo volviendo y manifestándose de una manera súbita y fulgurante, de una extremidad del mundo a otra.
«Porque lo mismo que el relámpago parte del Oriente y se muestra hasta el Occidente, así será el advenimiento del Hijo del hombre... el sol se oscurecerá, la luna no dará más su luz, las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos quedarán estremecidas. Entonces el signo del Hijo del hombre aparecerá en el cielo, todas las tribus de la tierra se lamentarán, y ellas verán el Hijo del hombre viviendo sobre las nubes del cielo con potencia y una gran gloria. El enviará sus ángeles con la trompeta retumbando, y ellos reunirán a sus elegidos desde los cuatro vientos, desde una extremidad de los cielos hasta la otra» (Mat, XXIV, 27, 29-32)
«En verdad, en verdad, os digo, la hora viene, y ella ya ha venido, en la que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios ; y aquellos que la hayan escuchado vivirán. Porque, como el Padre tiene la vida en Si mismo; así El ha dado al Hijo el tener la vida en si mismo. Y El ha dado el poder de juzgar, porque él es el Hijo del hombre. No os asombréis por esto; por que la hora viene en la que todos aquellos que están en los sepulcros escucharán su voz, y saldrán de ellos. Aquellos que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, pero aquellos que hayan hecho el mal resucitarán para el juicio» (Juan,V, 25-29).
«Nosotros, los vivos, que permanecemos para la venida del Señor, nosotros no precederemos a aquellos que están muertos. Porque el Señor mismo, a una señal dada, a la voz de un arcángel, y al son de la trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primeramente. Después, nosotros los vivos, que hayamos quedado, nosotros seremos todos juntos elevados con ellos sobre las nubes, al encuentro del Señor en los aires, y así estaremos siempre con el Señor» (I Tes. IV, 15-17)
«Que el Dios de paz os santifique El mismo todos enteros, y que todos vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, sea conservado irreprensible, en el advenimiento de nuestro Señor Jesucristo» (I Tes. V, 23).
Aquellos que estarán de esta manera preparados para «el día grande y temible», y que serán encontrados dignos de perdón y de la gracia de Dios, resucitarán todos como Sus «hijos» a imagen de Su Hijo Único y Universal, –como hombres angélicos o celestes, hombres nuevos, espirituales e inmortales. Su resurrección, su nuevo nacimiento de Dios será la revelación misma de Su Ser a sus seres, su irradiación universal de la que ellos serán a la vez los rayos y los receptáculos: serán ellos mismos Su «Luz, en la cual ellos verán Su Luz» y que les unirá a Su Rostro irradiante. Tales serán los seres del «siglo que vendrá», y tal será la nueva Revelación de Dios a la humanidad.
«Los hijos de este siglo toman mujeres y maridos; pero los que sean encontrados dignos de tomar parte en el siglo a venir y en la resurrección de los muertos no tomarán ni mujeres, ni maridos. Porque ellos no podrán más morir, porque ellos serán semejantes a los ángeles, y ellos serán hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección (en El)». (Luc. XX, 35-36)
«Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no podrían ser comparados con la gloria a venir, que será revelada para nosotros. También la creación espera con un ardiente deseo la revelación de los hijos de Dios» (Ro. XVIII, 24).
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Editado por la revista CONNAISSANCE DES RELIGIONS ( http://cdr.religion.info/index.htm ), vol VIII, nº2, Septiembre 1992