LA CLARA MIRADA

DE LOS «HIJOS DEL INSTANTE»

Jean-Yves Leloup

 

«Lo que la soledad y el silencio del desierto aportan de utilidad y de divino gozo a aquellos que los aman, solo ellos lo saben, los que han hecho la experiencia. Ahí, en efecto, los hombres fuertes pueden recogerse tanto como lo deseen, permanecer en ellos mismos, cultivar asiduamente los gérmenes de las virtudes, y nutrirse con dicha de los frutos del paraíso. Ahí, uno se esfuerza por adquirir ese ojo cuya clara mirada hiere de amor al divino esposo, y cuya pureza da a ver a Dios. Ahí, uno se entrega a un ocio muy colmado y uno se inmoviliza en una acción tranquila. Ahí, Dios da a sus atletas, para la penosa labor del combate, la recompensa deseada: una paz que el mundo ignora y la alegría en el Espíritu Santo»

Así escribía Bruno, el fundador de esa orden de «solitarios dichosos» que llamamos los cartujos, a su amigo Raul De Verd.

 

Que la soledad sea «una gracia», y que nos haga «dichosos», no es evidente...

Todo, hoy en día, parecería decirnos lo contrario: cuando no se considera una desgracia, se considera una enfermedad –y si tan solo es una enfermedad (autismo), es un infierno. Porque ¿qué es el infierno sino estar «encerrado» (enfer - enfermé); encerrado en uno mismo, en sus memorias, sus temores, sus rechazos, sus culpabilidades...?

La soledad de Bruno y de sus compañeros es salvaje pero no es ni cerrada ni encerrada. Los lugares donde ellos se retiran son bosques considerados inaccesibles en la época. Inaccesibles a las miradas de los indiscretos que quisieran coger desde el «exterior» algo del secreto y de la intimidad de esos amantes en los que la desnudez y las lágrimas se muestran hoy en día, como ayer, difícilmente comprensibles. Pero ¿es el amor de los amantes algo comprensible?

 

«No echéis vuestras perlas a los puercos, decía ya Cristo, podrían romperse los dientes».

Las perlas de la soledad no tienen nada de «comestible»; como ese azul del cielo del que Bouvard decía a Pécuchet: «eso no se come».

Si, «eso no se consume». Las perlas no son «para comer»; uno puede mejor iluminarse o regocijarse con su transparencia..., es algo del orden de la gracia. Eso no tiene precio, y es lo más caro: ¡es «gratis»!

 

Otro solitario de otro siglo nos recuerda la «rareza» que es esta «gracia de soledad». El, no es permaneciendo inmóvil en su celda como la descubre sino marchando sin cesar, esforzándose por «volver a su espíritu solitario por la plegaria monológica»: el método de oración de los Padres del desierto y de los monjes hesicastas que tiene como objetivo reunificarnos de la dispersión o de la «atomización» de nuestro mental en la unidad de un corazón simplificado por el amor y la invocación del Nombre de Yeshoua.

Tras largos meses de práctica fiel y regular, «el peregrino ruso» puede compartir con nosotros un poco de su experiencia:

«He aquí como voy ahora, diciendo sin cesar la oración de Jesús que me es más querida que cualquier otra cosa del mundo. A veces hago más de setenta distancias en un día y no siento que camino: solo siento que digo la oración. Cuando un frío violento me coge, recito la oración con más atención y pronto estoy de nuevo totalmente caliente. Si el hambre se hace muy fuerte, invoco más a menudo el Nombre de Jesucristo y ya no me acuerdo de haber tenido hambre. Si me siento enfermo y mi espalda y las piernas me duelen, me concentro en la oración y ya no siento más el dolor. Cuando alguien me ofende, no pienso más que en la benéfica oración de Jesús; enseguida cólera o pena desaparecen y olvido todo. Me he vuelto un poco raro. No tengo necesidad de nada, nada me ocupa, nada de lo que es exterior me retiene, quisiera siempre estar en soledad»

 

Estas palabras están dichas con tal franqueza e ingenuidad que eso nos podría dar miedo...

En todos los tiempos ha habido soledades dichosas y «habitadas»; pero el peregrino ruso precisa bien que él tiene consciencia de que a los ojos del mundo «se ha vuelto un poco raro». Así serán siempre aquellos y aquellas a los que se llama «contemplativos»: personas perfectamente insoportables, incluso «inadaptados»... Que se les propongan riquezas, poderes, o incluso amor y amistad; ellos no quieren nada de eso. ¡Ellos quieren «nada»! Quieren estar solos y en paz...

Invitado en Brasil a hablar a los miembros del gobierno sobre «la calidad de vida» yo les recordaba que la calidad de vida es en primer lugar la del agua y del pan; una cierta «calidad de vida material» que no es siempre del orden de la cantidad, de la acumulación de los bienes de consumo, como se quisiera hacernos creer: ¡«quien beba de esta agua tendrá siempre sed»!

La calidad de vida, es también la calidad de nuestras relaciones. Uno puede ser pobre y poseer una gran riqueza de corazón, de atención, de ternura... En las calles de Bahia, cuando aquellos que a veces son tratados de miserables se enlazan y se ponen a bailar, ¡entonces son señores! Y por las perlas que tienen en los ojos, uno dejaría de buena gana todo el oro del mundo...

La calidad de vida, es también la calidad de nuestra soledad. De ella depende evidentemente la calidad de nuestras relaciones, si no «el otro» no es más que un medio para evitar esa soledad; no es amado por si mismo.

Esta calidad, podemos aprenderla de esos seres «raros», «contemplativos». Según nuestros valores, ellos no tienen nada para ser felices: ni riquezas, ni relaciones, «ni haberes, ni saberes, ni poderes» ¡y sin embargo ellos lo son! La carencia es un espacio que les es necesario para respirar. Ahí donde otros esperan expectantes y se aburren, ellos... degustan. Son ellos los «Hijos del instante». Estar triste o alegre no es ya más su asunto o su problema, ni incluso la felicidad. Su alegría y su paz son de otro orden, no dependen de nada ni de nadie... La palabra gracia toma ahora todo su sentido.

Algunos dicen: «Es una alegría que no se explica más que por la existencia de Dios. Es El, la calidad de su vida, puesto que es El, el «Viviente de sus vidas».

Maestro Eckhart dirá simplemente: «Preguntareis mil años a la Vida: ¿por qué vives? Ella responderá siempre: vivo para vivir. La razón es que la Vida extrae su vida de su propio fondo y crece de su ser propio. Es por eso que ella vive sin preguntar el porque, porque no vive más que en si misma. Si se preguntara a un hombre digno de ese nombre, alguien que opera a partir de su fondo propio: «¿Porque operas tu tus obras?» Si el quisiera responder convenientemente no podría más que decir: «Obro por obrar». (Sermón nº 56)

El solitario vive en esta coincidencia con la Energía Creadora. Haciendo uno con este infinito y este crecimiento, es uno con todas las cosas. Se verifica entonces que ¡«nunca se está menos solo que cuando se está solo»!

Beata Solitudine...

Soledad no sufrida. Soledad elegida.

 

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Yo estoy solo

cuando yo dudo de Ti

cuando «yo» dudo...

Nunca,

si yo me abandono

a tus abandonos,

si «yo» me abandono...

Si ofrezco mi memoria

a tus olvidos,

al Olvido...

Yo estoy solo,

porque yo dudo de Ti,

yo estoy solo

porque «yo» no quiero estar solo:

El solo

el único que ama

cuando ya no hay nada

ni nadie para amar

El Amor que «queda»

cuando uno no se ama ya más,

El sol que brilla

cuando no hay ya nada que iluminar

La piedra que inciensa

cuando no hay nadie respirando...

El Amor solo

solamente el Amor

el único que ama

cuando no hay nada que amar.

Una soledad vencida

por la más Alta Soledad

aquella que ama

para nada,

para ser el Amor que Ella Es.

(Jean-Yves Leloup)

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 ( Extraído de: La Grace de Solitude, Editions Dervy, ISBN 2-85076-959-2 )