LA IRRADIACIÓN DEL DESPOJAMIENTO

Christian BOBIN

Dialogo con Marie DE SOLEMNE

 

MDS - ¿Hablarías de la soledad más bien como una gracia o como una maldición?

CB - Antes que nada hablaría más bien de su materialidad. Antes incluso de ser un estado metal o afectivo, la soledad es una materia. Por ejemplo, es exactamente la materia que yo tengo bajo los ojos en este momento. Son las diez de la noche, está oscuro. El cielo no está todavía del todo oscuro, hay silencio –es muy material también el silencio–, un pequeño piso en el cual vivo desde hace unos quince años, cigarrillos –que no puedo evitar de fumar–, libros –que no puedo evitar abrir. En el fondo, de manera curiosa, la soledad se puebla muy rápidamente.

La soledad es antes que nada eso: un estado material. Es que nadie viene... Que nadie viene al lugar en el que tu estás. Quizás ni siquiera uno mismo...

Pero para responder a tu pregunta, la soledad es más una gracia que una maldición. A pesar de que muchos la vivan de otra manera. Ocurre con la soledad como con la locura: hay dos locuras, como hay dos soledades. Hay una locura que es padecida... padecida por aquel que la vive. Esta no es ni envidiable ni dichosa. Es negra, no es mas que eso. No es mas que negra, pesada. De la misma manera hay una mala soledad. Una soledad negra, pesada. Una soledad de abandono... quizás desde siempre... Esta soledad no es de la que yo hablo en mis libros. No es la que yo habito, y no es a la que me gusta ir, a pesar de que me ha tocado –como a cada cual– conocerla. Es la otra soledad la que yo amo. Es la otra soledad la que yo frecuento, y es de esa otra de la que yo hablo casi enamorado...

¿Existen verdaderamente dos formas de soledad, o bien la soledad cambia de rostro en función de la mirada con la que se la mira?

Creo que para vivir –porque uno puede pasar por esta vida sin vivir, y es un estado sin duda peor que la muerte– hay que tener una cosa que, desgraciadamente, no es muy corriente, y se trata de una gracia. Para vivir, hay que haber sido mirado al menos una vez, haber sido amado al menos una vez, haber sido sostenido al menos una vez... Y después, cuando eso ha sido dado, uno puede estar solo... La soledad ya no será nunca más mala. Incluso si ya no te sostienen, incluso si ya no te aman, incluso si ya no te miran, aquello que ha sido dado, verdaderamente dado, una vez, la ha sido para siempre. En ese momento, puedes ir hacia la soledad como una golondrina puede ir hacia el pleno cielo.

Quizás no haya dos soledades, pero yo tengo a menudo la necesidad, para verlo claro, de cortar, de separar. Yo se bien que por debajo, al lado o en otra parte, los cosas están religadas. Pero a propósito de la soledad, cuando menos tengo la necesidad de separar, porque siento que a veces puedo inducir a un malentendido, a algo desdichado, muy rápidamente. Puedo, yo, hablar con goce, con regocijo de un estado, y calificar ese estado con una palabra: soledad, mientras que para muchas personas el mismo asunto sería completamente incomprensible. Para ellos, eso les envía a un estado de privación insoportable. Y yo entiendo también que eso pueda ser insoportable...

Soledad y aislamiento son dos términos no solamente confundidos en la mente de muchos, sino que incluso los diccionarios no ofrecen prácticamente ninguna diferencia de sentido. ¿Qué matices te inspiran estas dos palabras?

La soledad que yo amo, es la vida la que me la ha dado... No hay elección en ello... No más que yo no he elegido ser escritor (suponiendo que lo sea...). Verdaderamente yo he elegido muy pocas cosas. Mis elecciones más bien se han hecho sobre los rechazos. Mis elecciones habrán consistido no tanto en querer, como en decir no quiero esto o lo otro... Por eso, en la soledad de la que hablamos aquí, en este momento, no hay aislamiento. Creo no ser un bárbaro, pero tengo una "barbaridad": puedo, y me gusta, estar horas y días enteros sin ver a nadie... Ahora bien, yo vivo la mayor parte de esas horas y de esos días, como horas y días de plenitud en los que me siento como unido a... ¡exactamente todo! Ves... ningún rostro, ninguna palabra a veces, durante horas y días, y no me siento separado de nada. Quizás porque escribo... Quizás porque es una soledad que hace que yo escriba...

¿Una soledad creativa y fecunda?

Eso es.

¿Por qué ahí, tu soledad tiene un sentido?

Si.

Antaño el solitario era llamado recluso, hoy en día se habla más de excluido... Parece que hay una rotunda perdida de sentido en nuestras soledades contemporáneas. ¿Piensas que esta perdida de sentido condiciona el malestar que engendra la soledad?

No se si puedo –e incluso creo que no– generalizar a partir de lo que yo vivo... Hablando de uno mismo, o hablando de una manera general, encuentro que uno tiene demasiado rápido tendencia a partir hacia el cielo, hacia el teatro del cielo... Lo que yo podría decirte a propósito de la soledad, lo podría decir igualmente a propósito del amor y de muchas más cosas. Todas estas cosas se tocan y hacen música juntas... Es muy difícil aislar una de ellas. Todos estos átomos están ligados, como los que componen el aire que respiramos... Además todas estas cosas son «respirantes»: ayudan a respirar; dan la mayor respiración posible. El amor, la soledad, la escritura, el canto, el juego, me gusta por ejemplo hacerlos girar como peonzas sobre la página, porque yo los experimento en mi vida como dando vueltas uno sobre otro, uno sobre otro.

Sin embargo, ¿qué podría yo decir de la soledad de los otros?... A pesar de que yo haya ya escrito sobre ello, reconozco que, personalmente, tengo tendencia a, a veces, ir demasiado rápido hacia lo sublime, hacia lo celeste. Hay por tanto que precisar que yo no he elegido vivir como vivo, incluso si estoy feliz con ello, e incluso si me siento viviendo en esta clase de vida, un poco extraño y un poco, por algunos lados, retirado...

Yo no he elegido este tipo de vida, e incluso debo añadir –es un pensamiento que me viene a menudo y que me hace sonreír– que, por muy poco, ¡yo habría sido un buen autista!. Quizás ha habido una desventaja al comienzo, quizás me ha faltado algo... Se me han dado algunas cosas y otras no se me han dado... Pero uno no puede recibir todo, lo mismo que uno no puede dar todo tampoco... Creo que eso no está en nuestro poder. Está quizás en el poder de Dios, pero no en el nuestro. Ciertas cosas no me han sido dadas, que han hecho –y de eso estoy casi seguro– que yo hubiera podido ser un salvaje mucho mas huraño de lo que soy... e incluso desdichado. Todo se ha decidido por muy poco... Es por eso que tengo escrúpulos en ir hacia algo que se asemeje a una teoría de la soledad. Por lo mismo, soporto bastante mal las teorías, los grandes sistemas de pensamiento, o los pensamientos demasiado construidos, demasiado elaborados sobre el amor... como sobre todo lo que quieras.

El amor y la soledad no están tan alejados ...

Están tan poco alejados que uno de los más bellos títulos de poesía es ese de Eluard: «El amor la soledad». No están separados ni siquiera por una coma... Es muy exacto porque el amor la soledad son como los dos ojos de un mismo rostro. No está separado y no es separable.

Pero yo te digo esto hoy en día, con cuarenta y cinco años... Me han hecho falta años, mucho tiempo, para llegar a entender un poco de estas cosas. Ha venido poco a poco, por ocasiones, por azares, por encuentros. Curiosamente, son algunas personas, algunos encuentros, los que me han dado la soledad. Es un don, que me ha sido hecho. Como todo lo demás por otra parte... No es algo mío, es algo que se me ha dado...

¿Cómo se puede hacer don de la soledad?

Creo que se te da eso amándote. Pero amándote plenamente, sin razón, de manera sin duda insensata... Si se recibiera al menos una parcela, una nada, un fragmento de un amor de esa clase, después, todo está abierto ante ti... E incluso si lo que se te ha dado desaparece ¡eso permanece abierto! Es el mayor bienestar físico, mental y espiritual. Me niego a separar estos ámbitos. Incluso si el lenguaje me lleva a formularlos en tres veces, en tres palabras diferentes, incluso si para reflexionar, para escribir, para hablar entre nosotros –o hablar de manera general– estoy obligado a pasar por una palabra y a continuación por la otra, yo se que todos estos estados en nosotros no son separables. La carne, el espíritu, el alma, el corazón... que se les llame como se quiera –es importante por otra parte nombrarlos, es importante también que tengan cada uno su nombre– no son en realidad separables. Y todas esas cosas están irradiadas por una mirada, cuando esta mirada es verdaderamente justa, verdaderamente todo benevolencia, amante. ¡A partir de ahí, es una libertad, una respiración inimaginable! Después puedes perderte, eso ya no tiene importancia. Después puedes aburrirte, eso ya no tiene importancia. Después puedes incluso conocer la mala soledad en ciertos momentos, eso ya no tiene importancia. Es como si me hubieran dado un alimento... que es suficiente. Que es suficiente incluso si no es renovado, incluso si no se vuelve a dar, incluso si no se sabe muy bien en que consiste. Es suficiente quizás con haber recibido esto, y con no dudar que ha sido dado. Con no poner la duda en ello. Con, quizás, mantener el resto de la vida en un gran estremecimiento, en una fiebre, en una inquietud –porque pienso que la inquietud es buena– pero no dudar de ese pequeño puntito. Desde ese momento, al mismo tiempo que al amor, es a nuestra soledad, es decir a nuestra libertad, a la que uno se ha dado. Para mi, las palabras soledad y libertad son plenamente equivalentes.

En tu obra «Un vestidito de fiesta» dices: «El cometa del amor no roza nuestro corazón más que una vez por eternidad. Hay que estar vigilante para verlo. Hay que esperar, mucho tiempo, mucho tiempo, mucho tiempo. Es ese el estado natural del amor: esperar, esperar, esperar. Más allá de la precipitación y del ruido. Más allá de toda crisis. Esperar apaciblemente». En este extracto se siente como una connivencia entre el amor, la soledad y la espera ¿para que el amor se sienta como en su casa, y tener el tiempo de amar?

Si, eso es. Me gusta tu expresión «para que el amor se sienta como en su casa». Y para que el amor se sienta como en su casa, bueno, él tiene que sentir que uno no le pone el pié encima. En el fondo, es necesario que se sienta en su casa, es decir en nosotros. Solo. Es importante que venga, que ocurra algo, que haya un encuentro, pero que eso no corte la soledad del uno y del otro, y que eso la corte tan poco, que esa soledad sea desarrollada, intensificada...

¿Para ti la soledad es sinónimo de paz?

Si... Si, pero no es siempre fácil. Tiene sus languideces. Sus terrenos vagos. Hablando concretamente, e incluso de manera un poco chistosa –donde soy yo el que tiene el papel de personaje cómico– un ejemplo: no tengo televisión, y no quiero tenerla, incluso tengo la impresión de que es un lujo. Vivir en la soledad es un lujo, vivir en el silencio es un lujo. No deseo por tanto tener imágenes aquí, para tener la paz, pero esto es todo menos una ignorancia del mundo por que leo mucho los periódicos, escucho mucho la radio. La lectura del periódico no es una lectura comparable a la de un libro. El libro es una cosa cerrada que el ojo, el ensueño y la mente van a abrir. Como una flor. Hay algo como de metamorfosis que ocurre entre un libro y el lector. Una cosa que no es únicamente mental sino también carnal. Uno lee también con su mano, uno es sensible a la apariencia, a la realidad material del libro. Por ejemplo, el ojo y la mente tienen necesidad del blanco. Que haya la cantidad suficiente de blanco, de respiración entre las páginas. Las cosas más mentales tienen siempre un pequeño reverso material.

La lectura de libros me ocupa más bien la tarde, avanzada la tarde. Pero durante el día, si estoy solo, tengo necesidad, una necesidad infantil, sin duda ligada a la de la inquietud o a una pequeña angustia infantil, de «comer» papel periódico. Leo muchos periódicos, y leo todo en los periódicos... Lo que digo tiene una relación muy estrecha con la soledad, porque es una manera, en ciertos momentos, de soportarla, de esperar a que la soledad devenga «buena». No es forzosamente buena siempre. A veces está al borde de ser pesada. Está a veces al borde de ser aburrida. Sin embargo no tengo demasiado miedo al aburrimiento. Pienso que es una cosa interesante que no es tan mala como dicen. Los niños lo saben por instinto. Incluso si no saben expresarlo fácilmente, saben que el aburrimiento no es forzosamente la peor cosa para ellos. Eso no impide que la soledad, incluso para mi, no siempre sea fácil... Si no tuviera los periódicos sino la televisión, yo vería la televisión. Y se muy bien lo que vería preferentemente: ¡cualquier cosa!... Para eso está muy bien la televisión... ¡Es como meter la nariz en el frigo durante las crisis de bulimia! Hay un hueco en uno mismo, que uno no soporta más, y que vas a llenarlo con alimentos mas o menos digestos... A menudo, se llena muy rápido ese hueco, ese vacío, esa espera naciente, mientras que eso pediría un poco de tiempo más para decirnos lo que tiene que decirnos. Pero nosotros intentamos llenarlo enseguida. Es como una pregunta que se plantea y uno intenta detenerla. No se la responde... se intenta matarla. Por ingestión de imágenes, etc... y en lo que a mi me concierne, de papel periódico. Yo «como» papel periódico. Además, para ser preciso, prefiero ciertos periódicos a otros, porque se que son los más largos de leer... porque hay más cosas dentro para leer...

¿No es por llenar el tiempo?

Quizás hay algo de eso. Es para reunirme. Es para ir hacia el momento en el que eso que tu llamas una gracia va a llegar. Yo espero eso todos los días. Y todos los días eso llega. Pero a veces llega en el límite, en el extremo final del día... Cuando puedo pensar que ya estaba perdido. Cuando puedo pensar que es un día plasta, pesado, que no ha nacido. Un día en el que yo no he nacido, o yo no estaba ahí, o no del todo... Pero la mayor parte del tiempo –porque también hay algunos días así, como ladrillos– hay algo que es del orden del milagro que llega... Basta con esperar. Basta con dejar pasar la súbita pesadez del tiempo, y de uno mismo en el tiempo, esa pesadez que está en uno mismo de repente. Más que el tiempo, es uno mismo el que está en cuestión... Basta entonces con dejar pasar esa pesadez, sobre todo no contrariarla, no querer huir de ella. Esto no es evidente porque la primera tentación, que es muy humana y que no es criticable –estamos todos hechos así– es la de huir. El primer movimiento es el de huir de esa pesadez que es también una tristeza. Pero si es para huir hacia cosas que en el fondo son mucho más tristes...

La mayor parte del tiempo, las cosas que nos divierten son, en realidad, muy tristes. Las fiestas, las diversiones con ruido y parloteo que se ponen por ejemplo en la televisión o en la radio, son a menudo fiestas terriblemente tristes que son mucho peores que el aburrimiento que quieren ahuyentar. No hay nada peor que esas fiestas que se hacen para huir del aburrimiento. Son mucho más miserables que lo que pretenden evitar. Así, yo me dedico a micro-actividades, perezosas por otra parte, amorfas y un poco bulímicas, para alcanzar esa zona del día en la que algo se va a alumbrar. Porque yo se que todo está ahí todo el tiempo. Soy yo el que fallo. Las cosas de las que hablo, que son naderías, pequeñísimas nadas, son del orden de la alegría, de un regocijo. Eso es. Ahí está. El estado viviente, el más viviente que yo conozco, es un estado jubilatorio. Y este estado puede justamente serme dado por todo lo que es. Todo lo que está ahí, todo, incluso lo que no puedo conocer en este pequeño apartamento. Pero solamente a ciertas horas, en ciertos momentos. Tan solo es necesario que tenga paciencia, que atraviese las zonas muertas. Y durante esas travesías leo artículos de tres o cuatro páginas, muy detallados, sobre, por ejemplo, la economía, la etapa del Tour, etc...

¿Sientes una cierta forma de violencia hacia uno mismo en la soledad?

Hay una rudeza, una brutalidad de la soledad. Eso es innegable. Está muy bien que plantees el tema porque se tiene a menudo una rápida tendencia a olvidarlo. Eso existe incluso en los libros que uno lee. Yo me preguntaba por ejemplo que libros llevaría de vacaciones: quizás serían recopilaciones de textos de los Padres de la Iglesia... abro un paréntesis pero es que... ¡uno puede incluso entretenerse con ese género de escritos! Siempre me divierte pensar eso. Uno puede incluso divertirse con la verdad... Porque pienso que una verdad está depositada en esos libros, en esas experiencias, que son místicas y amorosas, que son indisociablemente místicas y amorosas. Además (perdón... todavía otro paréntesis), si uno quiere entender algo de eso que se llama lo espiritual, se beneficiaría mucho en apartar la palabra espiritual y simplemente pensar en lo que pasa cuando uno se enamora. Uno se daría cuenta que muchos fenómenos que nos parecen a veces tan lejanos, tan austeros, tan extraños en los místicos o en los religiosos, son inmediatamente aclarados si se los mira, si se estudian a partir de una experiencia común que es la de estar enamorado o haberlo estado. Creo que estas personas están completamente enamoradas, simplemente. Por el contrario, aquello de lo cual están prendadas es menos palpable, menos visible... Es una pequeña diferencia y al mismo tiempo es un abismo. En tu libro «Lo Infinitamente Presente», se trata de eso. Es muy bonito. Hay algo de ese orden, de esas dos imágenes...

Es una simple historia de amor. Entre el amor de un ángel hacia un ser humano, y el amor de un ser humano hacia otro ser humano, la diferencia es invisible. Está en el interior de los hombres, pero en realidad, yo, no la veo...

Si... si. Eso es. Y lo que decía a propósito de los textos de los Padres de la Iglesia, es que incluso las palabras más verdaderas pueden ser utilizadas por nosotros como una diversión, para alejarse de algo. Es terrible porque es muy difícil salir de estas situaciones de huida. Tengo una biblioteca donde hay un cierto número de libros de ese tipo. No hay solo eso, hay de todo. Leo de todo. No hago que venga el Juicio Final sobre los estantes de la biblioteca, voy donde buenamente me parece. Pienso que uno puede encontrar su bien exactamente por todo, pero se muy bien lo que yo busco en esos libros, y me río de mi mismo. A veces me pregunto porque releo...

¿Para que te lo digan todavía una vez más...?

Si, por glotonería. Lo cual no es nada...

¿Quizás también para ser asegurado de nuevo?

Si, puede ser para ser asegurado, y puede ser también para pasar el tiempo. Por impaciencia extrañamente. Quizás porque hay algo de la soledad, algo del paso del tiempo en la vida, que no está completamente aceptado. Entonces uno abre los libros, porque es una ocupación que te coge y que te pone afuera. Que te pone afuera... y que te mete adentro. Es muy ambigua la lectura...

¿Qué te pone «afuera»?

Si, que te pone «afuera». Y cuando ese «afuera» está muy cercano de palabras muy preciosas como por ejemplo las de los Evangelios, las de Cristo... entonces...

Pero en esta actividad, como en otras, hay todavía algo de la violencia de la soledad, de la dureza de la soledad que uno quisiera evitar. Es humano. Uno no siempre puede hacerle frente. Me parece que lo más sano en esta vida es mirarla de frente, de frente; incluido, antes que nada, aquello que en ella no nos gusta. Aquello que no corresponde a lo que nosotros nos imaginamos de ella, aquello que esperamos. En el fondo aquello que yo espero es aquello que no espero. Lo que espero es lo inesperado. Lo que espero es aquello que, por definición, no puedo incluso ni imaginarme esperar. A veces eso toma precisamente la forma de algo que va a ser de tal manera imprevisible que en un primer momento me va a herir, me va a contrariar. Es por ahí que yo conozco la vida –que yo la reconozco en todo caso–, que yo se que ella es fiel.

¿Cuándo ella te brutaliza?

Si, eso es. Cuando me contradice, cuando me trata duramente. Pero quizás uno no puede siempre afrontar esto. Uno no tiene siempre necesidad, no tiene siempre el corazón orientado hacia ello. Uno tiene necesidad de una paz más rápida. Quizás menos verdadera, pero más rápida. Se tiene la necesidad de una perfusión inmediata de imágenes, de calma de superficie.

¿No es la soledad también un refugio... un refugio en el que persistiría todavía una cierta forma de miedo...?

No se si la soledad es un refugio... Pero estoy tocado por una palabra que puede a menudo oírse sobre la soledad como calificada éticamente de egoísmo o de protección, ¡de refugio! Es verdad que paso un tiempo considerable de mi vida en una forma de protección, de preservación. Preservación de uno mismo... o quizás de más que de uno mismo... Y efectivamente sería deshonesto si hablara de soledad evitando el tema de esa necesidad animal de retirarse, de evitar el encuentro. De preservar algo... Si, hay una gran parte de mi vida así... Además si no estuviera contrapesada por otra cosa, uno iría suavemente hacia una línea de fuga autista. Hay una parte que está –incluso en apariencia de manera pasiva, silenciosa, no actuante– girada hacia la ruptura. Lo cual no me impide haberte dicho que, en la soledad, no me vivo para nada como separado; eso es verdad. Las dos cosas son verdaderas, y a veces simultáneamente verdaderas. Simplemente, yo estoy religado de otra manera. Estoy religado de manera diferente que por los lazos consagrados, los lazos de pleno día, los lazos oficiales. Estoy religado de una manera que sería muy difícil de expresar. Una manera de la que vienen sin duda los libros, la escritura. Si ... ahí, hay sin duda un estado paradójico de la soledad tal como yo puedo experimentarla. Dicho esto, con el tiempo, siento cada vez menos –y quizás nada en absoluto– culpabilidad de esta vertiente de protección. Lo digo porque, a veces, he vivido esta culpabilidad. Es muy difícil liberarse de esa culpabilidad...

¿Esa culpabilidad se encuentra en lo más profundo de ti, o está generada por el entorno?

Es una culpabilidad que debo tener en mi, porque la siento en los demás... Creo que lo que uno siente, lo que uno percibe en el otro, a menudo es uno mismo. En el otro, es mi propio corazón el que oigo batir. Siempre reconociendo perfectamente la alteridad del otro, aquello que en él se me escapa. Un ejemplo a propósito de esta culpabilidad: muy frecuentemente en el discurso que los escritores segregan sobre si mismos, una respuesta parece casi siempre obligada, esa que sigue a la pregunta sobre el encuentro entre el escritor y los lectores. He escuchado a autores decir que ellos estaban contentos de tal firma de ejemplares, contentos de salir de sus casas, que si no ellos no se encuentran nunca con sus lectores, que es una ocasión de conocerles, etc...

Curiosamente, siento que no creen en lo que dicen, sino que se sienten obligados de decirlo para hacerse perdonar algo. ¿Hacerse perdonar que? A veces tengo la impresión de que a uno se le pide excusarse. ¿De que?: de estar solo. De vivir una vida que no es completamente ordinaria, o que puede parecer un lujo. Que lo es además, y aquí no hablo de dinero... no está relacionado con esto... Este lujo está simplemente ligado a una sobreabundancia de tiempo, ligado a una gracia de poder expresar lo que se siente. De hecho, son las cosas tan pobres como esta las que son verdaderas riquezas y de las que muchas personas están privadas por numerosas razones. Razones históricas, razones económicas, razones sociales...

Si, concerniente a la soledad tengo a menudo la impresión de que, de manera más o menos larvada, se me dice: «¡Oye, no es muy normal estar completamente solo...! ¡y encima aparentemente lo vives muy bien... podrías al menos excusarte...!»

Llama la atención constatar que en las sociedades antiguas, la soledad estaba indisociablemente ligada a la sabiduría, mientras que hoy en día el solitario es visto como un marginal. ¿Por qué esa diferencia?

Lo menos que se puede decir es que han pasado muchas cosas desde la antigüedad... Pero pienso que, aunque solo sea en los últimos treinta o cuarenta años, ha habido también mucho cambio. Quizás deberíamos releer el comienzo del «Diario de un cura rural» de Bernanos. Hay dos páginas fascinantes sobre el aburrimiento que cae sobre este mundo como una lluvia de cenizas, y sobre la reacción que va a tener lugar enseguida. Reacción que el autor prevé desde ese momento a pesar de que el libro está escrito entre las dos guerras. El prevé la reacción animal instintiva que este mundo va a adoptar con relación a este aburrimiento: ¡todo salvo eso!

Resulta que el estado de soledad está ligado a esta cosa espantosa del aburrimiento. Desde luego, yo tengo dificultad en entender eso porque, personalmente, donde yo sufro más, es cuando, por ejemplo, ¡se me pide que vaya a París...!

¿Por qué la soledad es vista en esta miseria? ¿Por qué suscita un pensamiento de miseria y en reflejo de huida...? Eso me es tanto mas difícil de comprender cuanto que yo la vivo de otra manera, incluso si no me resulta siempre fácil de vivirla...

Además, el gran misterio para mí en la vida... ¡son las parejas! Aparentemente es una cosa que la mayoría de las personas viven... no debe de ser tan complicado... Pero para mi, yo me digo: «¡Caray... ¿cómo se puede hacer para vivir de dos en dos...?!». Se trata, quizás, de un punto de vista de soltero, pero a veces me he preguntado si la gran soledad –en el sentido de una soledad sufriente, sufrida, pasiva– no se encuentra ahí, en las parejas, en medio de la pareja, bastante más que en el estado de alguien solo en su casa, leyendo o no leyendo, o del que está en un monasterio, o del niño –porque se trata también de soledad en el punto culminante de sus juegos–, yo me pregunto si la soledad no está a veces totalmente en medio del mundo. Es peor, es más grave...

Lo mismo que cuando nos referimos al amor ¿no nos encontramos confrontados al hecho de no tener más que una sola palabra para hablar de estados a veces muy diferentes?

Si, si. Y que incluso se excluyen a veces... Si. Quizás porque la soledad tiene un lazo con la palabra. Lo que yo he sentido en ciertas parejas que he podido conocer, entrever, olfatear... es una penuria de palabras, una indigencia de palabras. No basta con hablar para hablar. Hablar, es cuando es como la primera vez... Es decir, que no repites... Además incluso no es repetible. Hablar, es estar sobreexpuesto. Vulnerable. Totalmente. Solo, ante el otro solo. Es ahí donde la palabra puede venir. La pura palabra, la simple palabra. Y esta cosa, me pregunto si a veces no falta horriblemente a personas que viven todo el tiempo juntas... Se me podrá decir que esta palabra falta también justamente cuando se está solo. Pues bien, no forzosamente... A mi, esta palabra, no me falta.

Quizás porque escribo... Sin embargo, no escribo siempre. Escribo de vez en cuando. Escribo menos de lo que se podría imaginar. Resulta que publico mucho, pero si se mira bien, los textos son pequeños, los editores reúnen en las ediciones libros escritos en momentos muy alejados unos de otros...

De todas maneras, incluso cuando no escribo, hay algo... como decirlo... hay el silencio... Cuando consigo despertarme, cuando consigo salir de mi somnolencia de lector de periódicos, en ese momento el silencio y la soledad están poblados. No están poblados esos momentos por criaturas invisibles –incluso si quizás las hay– sino que están vivos, palpitantes como un corazón. Son respirantes, son movientes... Es el verdadero alboroto en el interior del silencio. Es increíble lo que circula en el interior de la soledad cuando ella es plenamente aceptada y vuelta simple. Cuando no es ya más objeto de miedo. Ahí, hay una palabra. Incluso si no se la consigna, incluso si esa soledad no da lugar a la escritura. Todo no da lugar a la escritura, y puede incluso que lo mejor no de lugar a la escritura...

Porque eso se nos escapa...

Si. Si, y además está muy bien así. Da un poco de rabia, pero también está bien ...

En una de tus obras dices: «Los solitarios aman la mirada, uno no puede no verlos...» ¿Piensas que el solitario ejerce una cierta fascinación sobre los demás?

Yo no puedo hablar más que de mi, mirando. Es verdad que sin parar estoy cogido por eso... Lo extraño es que para mi la imagen de la soledad más fascinante, la más elemental, insistente, la que vuelve sin cesar, es la de una madre con un niño. Curiosamente hay ahí dos personas. Pues bien, si yo tuviera que dibujar la soledad dibujaría eso... Hay una belleza del estado de abandono, de dejadez, de vacío y de vaguedad en la que se encuentra un rostro captado en la soledad, o captado en un pensamiento, en una espera. Es como una ventana que se abre de repente y al borde de la cual tuviera yo necesidad de asomarme... Es un estado casi vertiginoso. Hay un maravillamiento para mi que nace de eso. Estoy extremamente conmovido, incluso trastornado, hasta casi ser el tonto del pueblo... Si por un lado yo hubiera podido ser un buen autista, por otro tengo también algo en mi como para ser un tonto del pueblo bastante aceptable... Eso ocurre desde que percibo un onza de soledad en este mundo o en una persona, en la presencia de alguien. Incluso si esta soledad no es conocida por la persona, porque hay estados de desasosiego, pero también estados de alegría, que atraviesan a las personas, que nos atraviesan y que no se conocen, que incluso ni se vivencian. Existen, vienen, nos atraviesan, y están fuera de la consciencia... Es solamente cuando uno está en el exterior que uno puede, a veces, en ciertos momentos, verlos. Y cuando asisto a eso...

Lo que me conmueve en el otro está siempre ligado a un estado de soledad. Y esta soledad no puede aparecer, me parece, más que en un estado de despojamiento. Hay algo de un poco débil, de un poco sin defensa, que se da a ver. He ahí porque los niños me conmueven tanto... Porque la protección, el cuidado de ellos mismos, no lo tienen. No todavía... No se han encerrado en ese cuidado. Ellos juegan. Juegan hasta casi morir de agotamiento en sus juegos, hasta ignorar los horarios de comidas y de la noche que llega. Tienen mil cuidados, pero no este, no el de ellos mismos. Hay una debilidad en ellos, todo el tiempo, una cosa extremadamente frágil. Y cuando siento esa cosa en quien sea, me quedo completamente parado. Lo que me emociona en el otro está siempre ligado a la soledad. Es siempre ahí donde yo se que el encuentro puede tener lugar. Tanto si dura un segundo como si dura años; eso no tiene ninguna especie de importancia porque no es del orden del tiempo. La muerte, que es muy glotona, tomará muchas cosas en el otro y en mi, pero no eso ¡porque eso se le escapa! Está fuera del alcance de su mano. Son sin embargo las cosas simples. Es la simplicidad viviente y frágil de cada uno. Cuando se la deja tal cual, cuando se la deja a su aire. Cuando finalmente uno se desprende de sus espesores que son pobres armaduras: el saber, la consciencia de uno mismo, la decencia a veces, el hábito, todas esas cosas que sirven de pantallas, de murallas, de pesadas vestimentas que uno se pone encima. Cuando en ciertos momentos todo eso cae, la soledad está entonces entera, y al mismo tiempo es la fraternidad la que está ahí. Es muy extraño porque permanece también la separación. Aquí está el otro en un estado en el que yo se que no podré nunca encontrarme con él porque está abismado –en todos los sentidos de ese término– en un ensueño, en un pensamiento, en un amor o en una angustia que solo es de él, que no es conocible más que por él, y que quizás no es incluso expresable, y al mismo tiempo es ahí donde experimento aquello que de él y de mi pertenece a un cimiento común, pertenece a la misma humanidad. Yo se, en ese momento, que estoy hecho como él, de la misma materia. Perdido, expuesto, frágil... y luminoso, irradiante. La soledad puede encontrarse en una habitación, pero también está ahí, en medio del mundo. Para conocerla, uno puede creer que hay que ir a un monasterio, pero es suficiente por ejemplo con ir al vestíbulo de una estación, o a la calle...

Entre el monasterio y el vestíbulo, ¿no encontramos precisamente la diferencia entre la soledad y el asilamiento?

Si... puede ser. Pero pienso que hay mil vías posibles. Porque tras los altos muros, como en el alboroto de una gran ciudad o de un vestíbulo de estación, la misma cosa está presente y puede ser alcanzada. Es posible –es incluso seguro– que religiosos, personas retiradas en el esplendor de sus oficios, de su celda, de su plegaria, de su poco sueño, de su disciplina, que algunos de entre ellos estén en un estado de destrucción total... Que estén cogidos en un machacamiento, en un resentimiento.

No es seguro que lo que uno se imagina de estos lugares sea siempre justo. ¿Quién sabe lo que hay en el corazón del hombre?... Yo, por ejemplo, no se lo que es orar... La palabra me impresiona solamente. Siento, adivino, que es una gran cosa. Una cosa bella... Pero yo no la conozco en absoluto. No la conozco como para vivenciarla, como para ir hacia allí –no sabría incluso ni como ir hacia ella...– Esa cosa es grande y bella, es todo lo que yo supongo de ella...

Silencio...

Pienso en una historia... A propósito de... –si puedo decirlo frívolamente– a propósito de Dios. La anécdota que más me ha regocijado, que ha hecho reír, y que continúa haciéndome reír cuando a veces pienso en ella, es una historia que he encontrado en Maurice Clavel que contaba una experiencia ocurrida a un amigo suyo. Maurice Clavel era creyente, convertido, e incluso tenía a veces esa vivacidad demostradora que tienen a menudo los recién convertidos. No hablando entonces más que de eso –como un enamorado que acaba de descubrir a su bella y que no puede soportar ningún otro discurso si su bella no es el centro del discurso– él recibía a menudo confidencias sobre este tema. Es así que un día un amigo le dijo: «En cuanto a mi, yo era completamente ateo, serenamente ateo, y después un día, en un camino por el campo, he visto a un ángel (o a Dios)». Entonces Maurice Clavel le pregunta: «¿Pero cómo? ¿Dónde?». Y el otro, un poco dubitativo, responde: «Esto puede parecer extraño, pero mientras que yo no pensaba en absoluto en estas cosas –estas cosas no eran ni un tema de preocupación, ni incluso de discusiones, me eran totalmente indiferentes– he mirado a una vaca, y en los ojos de la vaca... ¡he visto! Me he quedado totalmente trastornado, y después de mi paseo por el campo fui a ver a un sacerdote».

¡Evidentemente, lo que me hace todavía reír más, es que ahora está esta historia de las vacas locas...! ¡Tiene gracia!

No solamente esta historia es divertida, sino que al mismo tiempo es muy justa. Ilustra muy bien esa idea de ver algo ahí donde habitualmente no se veía nada...

Si. Si. Y lo que me divierte, es esa cosa extraña y divertida en el interior mismo de la experiencia. Para hablar de Dios –sabiendo que difícilmente se puede hacerlo, e incluso en absoluto– a veces he pensado que El se ponía una nariz roja. Que El tenía una nariz de payaso... Porque hay muy bellas claridades que nos son dadas de esa manera, de repente, en la vida diaria, con un lado siempre divertido, incluso un poco descabellado. Yo me digo que la Verdad es siempre de ese orden. En lo que a mi me concierne, las más bellas lecciones, los apoyos más seguros, los más profundos, me han venido a menudo con una vertiente cómica, una vertiente un poco semejante a la de esta historia.

¿Piensas que en nuestra soledad, Dios esté sentado cerca nuestra? ¿Qué hay una presencia, invisible pero manifestándose por diferentes episodios, que hace que esta soledad, de repente, puede tomar un sentido?

Pienso que uno nunca está abandonado. Nunca, nunca, nunca... Nunca. Sin embargo, no es algo que yo perciba. Lo que yo percibo no es más que del orden de lo humano. Todo el tiempo. Incluso si «eso» pasa por lo humano, es cuando menos de lo humano. Como una palabra que me viene y que es terrestre; como una ocasión que se me da o una sorpresa que me ocurre y que es también totalmente encarnada, de la que alguien real es el portador. Yo no tengo ese sentido, el sentido de lo invisible en lo «casi-tocado» de lo invisible. Dicho eso –y es una creencia que en mí es imposible de quitar– creo que uno no está nunca, nunca, nunca abandonado. Nunca.

¿Es una gran fuerza sentir eso? La fuerza de la debilidad...

Si. Pero a veces uno puede olvidarlo. A veces yo lo olvido... y después me doy cuenta que lo he olvidado... Es una creencia, más que una sensación...

¿Una certeza interior?

Si, una certeza, pero a condición de no hacerla entrar en un ámbito de saber, o en un ámbito en el que se podría justificar algo...

Ahí también se trata de una historia de amor. No hay por lo tanto nada que justificar.

Si, eso es. Si, tienes razón, si se habla de una historia de amor eso se aclara mucho más fácilmente. Es una certeza que no puede ser objeto de ninguna prueba y que, pienso yo, no puede ser objeto de una apología, de una apologética. Convencer, hacer apología de algo, intentar extenderlo de manera voluntaria, de una manera crispada, de una manera razonante, discursiva, es algo que me crispa y me aflige. Eso induce a lo contrario. Si se quiere transmitir algo en esta vida, es por la presencia más que por la lengua y por la palabra. La palabra debe venir en ciertos momentos, pero aquello que instruye y aquello que da, es la presencia. Es ella la que es silenciosamente actuante.

Por ejemplo, un enamorado no podrá persuadirme de las gracias y de las virtudes de aquella a la que ama. Por el contrario, lo que él puede hacer es estar de tal manera penetrado, de tal manera cogido por ese amor, que las ondas pasen de él a mi y provoquen un asombro y después una especie de alegría transmitida indirectamente, y quizás entonces el deseo, en mi, de amar. Creo que se es contagioso de uno mismo...Es lo mismo que siento en los libros. Los libros transmiten a la persona que los ha escrito. Transmiten su hálito. Si el aliento es malo, es esa maldad la que será transmitida, pero si el aliento es sano es esa salud, esa alegría la que será transmitida. Pero es verdad que el aliento es tanto lo uno como lo otro, a veces en el mismo libro, y a menudo en la misma persona. Hablando trivialmente, uno no está terminado. Uno nunca está terminado... Eso no impide que lo que se transmite sea esa parte vital de uno mismo: alegría o tristeza; es el amor a esta vida o si no, el contrario, el odio a esta vida. Y uno puede muy bien esconder el odio a esta vida bajo las palabras contrarias... No pasa nada, eso se siente. Uno puede mentir, pero eso se percibe... Además, ante un niño no hay escapatoria. Lo que uno es, es lo que pasa. Si se tiene un discurso contrario a lo que se es, el niño no se dejará coger por ello. Hay además una cosa a propósito de la infancia que no se resolver en la soledad, porque para mi es un misterio. En la soledad también, yo encuentro algo de la infancia. En el estado de silencio, en el estado de soledad, reencuentro algo de la claridad de la infancia. Ahora bien, en cuanto a estos dos estados, la soledad y el silencio, cuando se frecuenta a niños se sabe que la mayor parte de ellos no los soportan. Solamente yo, para reencontrar al niño, debo pasar por estos dos estados. Debo coger estos dos caminos, que permanecen extraños, o por lo menos raros, al niño. Es siempre un misterio para un niño que un adulto vaya a retirarse a una habitación para leer, para escribir... o incluso para nada. El silencio, cuando es total o casi total, y cuando dura, es también un estado extraño para el niño, un estado que él va a dedicarse a perturbar... Quizás ese sea el estado adulto. Estado que no es además un estado bien existente. Es un estado un poco fantasmagórico, un estado de paso. Se dice que la infancia es un estado de paso, una cosa temporal, efímera, pero yo creo que es el estado adulto el que es efímero. La infancia, ella, es eterna.

¿El estado adulto es más efímero, más frágil?

Si, el más frágil. Y yo diría incluso de una mala fragilidad. Nada es más perecedero que el estado adulto. Nada es más fácilmente descomponible y más rápidamente muriente.

Me acuerdo de aquello que decía ese psicoanalista inglés, Winnicott. A propósito de la soledad y del niño, él señala que la capacidad de un individuo para estar solo, reposa sobre su experiencia anterior de niño «solo en presencia de la madre». ¿Qué piensas de eso?

Me gusta que cites a Winnicott porque a mi me gusta mucho, y no conocía esta reflexión. La encuentro muy justa.

Esta frase me ha impactado porque ¿cuántos niños pueden pasar en buenas condiciones ese periodo de «estar solo en presencia de la madre» para aprender la noción de tiempo y por vía de consecuencia la noción de soledad que, esta vez, no será más portadora de angustia...?

Si. Si. ¡Ah..! ¡Entonces... me estás aclarando algo de mi... Esas «grandes vacaciones» entre la madre y el niño... yo he debido tenerlas en cantidades enormes! Como consecuencia de esto, quizás es por eso que hoy en día este estado de soledad no me es terrible en absoluto. Incluso me es deseable, porque a penas lo he dejado... que ya pienso en él. Exactamente como se piensa en alguien...

Esta noción de «aprendizaje» de la soledad estando solo en presencia de la madre parece muy importante, porque permitiría al niño descubrir que puede estar solo sin estar abandonado; de descubrir que la madre puede estar a la vez en el exterior y en el interior.

Si. Eso es. Y después, según la mentalidad que se tenga, si se habla de invisible, del ángel, de Cristo, o de otra cosa, se dirá o bien que es simplemente una exageración de la figura maternal, o más bien de esa escena, primitiva; o si no –y yo me inclinaría a decir claramente una cosa tan loca como esta– yo invertiría las cosas, y yo diría que es verdad que esta figura de la madre con el niño tiene una relación con lo que se va a buscar después –y que pude regocijar– en los textos místicos ¡pero porque la imagen de la madre y del niño no es más que una imagen segunda! Es una realidad más pequeña que la otra, derivada... Como una figura rusa encajada en otra más grande... No es Dios lo que es una imagen de la madre...

¿Eso viene de que la actitud de la madre con el niño tendría un perfume de infinito? ¿Una manera de ser, de ser en el don, que parecería más que humana. Que no podría nutrirse más que de algo «de otro lado»...?

Si... Y sin ese «otro lado», eso no se sostiene. De hecho, si se ama únicamente con nuestra propia voluntad, un día u otro... se rompe. Tarde o temprano, se rompe... y es espantoso.

¿La madre sería más bien un simple barquero. Dejaría pasar otro amor a través de ella?

Si. Pero eso, es cuando las madres saben ser así. Porque no son siempre así... Y entonces hay destrozos, carencias que se provocan. A pesar de que pienso que no hay nada irreversible en esta vida, cosas sin solución alguna, el comienzo en esta vida es evidentemente primordial, y, en los hechos, tengo miedo de que eso sea a menudo desastroso...

Es verdad que en los hechos, se encuentran más a menudo amores antropófagos que amores que dan la libertad. Pero para amar tan plenamente –y en la alegría– ¿no es necesario precisamente nutrir la realidad de uno «de otro lado»?

Si. Porque si todo se mantiene sobre nuestros hombros, tarde o temprano todo cede. Es también por eso que soy incrédulo con relación a muchos libros llamados de «sabiduría». No todos, porque bajo esta denominación se agrupa a menudo todo y cualquier cosa. Pero hay una parte de sabiduría un poco «estoica» que me deja incrédulo.

De hecho, nunca he creído que fuera suficiente, para mantenerse de pié, con construirse a si mismo... solo. Solo, eso no es suficiente...

Y es alguien que ama enormemente la soledad quien dice eso, pero no es contradictorio. No es contradictorio porque en la soledad de la que hablamos, uno encuentra otra cosa que a uno mismo.

Eso es...

En la soledad se encuentra a Alguien diferente de uno.

( Extraído de: La Grace de Solitude, Editions Dervy, ISBN 2-85076-959-2 )

 

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«Estamos ante la vida como ante un mensajero que llamara cada mañana a nuestra puerta. Nosotros le invitamos a entrar, le hacemos sentarse y comenzamos a confiarle nuestras esperanzas y a participarle de nuestras lamentaciones, antes de proponerle compartir nuestra comida y, otra vez, nuestra letanía de quejas, el parloteo de esperanzas, ahora es la noche y le acompañamos a la puerta y le saludamos sin haber pensado ni un segundo en leer esa carta que agitaba todo el tiempo ante nuestros ojos».

«Vivo en la claridad de algunos rostros y en un puñado de palabras bastante débiles como para hacerse oír. Si, es ahí donde yo vivo (...) Hay en nosotros una pureza que nada puede corromper, ni el mundo, ni nosotros mismos en nuestra esclavitud con el mundo: esta pureza es nuestro único lugar de estancia en esta vida, tengamos nosotros consciencia de ello o no».

( L'éloignement du monde - Christian Bobin )

 

«Hay instantes en los que amo a cada uno de aquellos que forman parte de mi vida... Me viene entonces la necesidad de coger el teléfono, llamar a uno y otros, sin excepción, y decirles: "Te amo por completo, en todo lo que en ti no se parece a mi, te amor tal como tu vas, vivo, viviente". Y si no lo hago, es únicamente por miedo a terminar en el hospital siquiátrico totalmente loco y totalmente radiante»

«Ser negligente hacia otro, es estar ante él como ante un libro que no abriéramos, dejándolo oscuro, privado de sentido»

«La maravilla es existir. No hay otra»

«Finalmente no me gusta la sabiduría. Ella imita demasiado a la muerte. Prefiero la locura, pero no aquella que uno padece, sino aquella con la cual uno danza»

«Mi alma va saltando por el humo que se eleva de un jardín, atraviesa las rosas somnolientas de la cocina, baila sobre la cubierta de los libros que me rodean, ignora totalmente las páginas de este cuaderno y yo, yo espero un poco bobo, un poco vacío, palomar vacío de sus palomas. Esta historia se reproduce a menudo. No me inquieta, incluso si descubro que un día, ella irá a su termino: mi alma haciéndose tan ligera que olvidará volver y alguien dirá de mi: "está muerto" –porque es así como se llama ese género de fuga»

«La nada está en el alma de esas personas en las cuales la tristeza crece al mismo tiempo que el poder. La nada es el olvido de la infancia, de la alegría y del amor. La nada es un dueño que obedece a un dueño más fuerte que él: la ambición, el dinero, el resentimiento»

«El desencanto es más temible que la desesperación. El desencanto es un encogimiento del espíritu, una enfermedad de las arterias de la inteligencia que poco a poco se obstruyen, no dejan ya pasar la luz».

(Autoportrait au radiateur, Christian Bobin)

 

«El árbol está ante la ventana del salón. Yo lo interrogo cada mañana: "¡Que hay de nuevo hoy?". La respuesta viene sin tardar, dada por centenares de hojas: "Todo"»

«Dios pasa riendo ante la ventana del salón, disfrazado de pequeña hoja amarilla arremolinada»

«Aquello que está herido en nosotros pide asilo en las cosas más pequeñas de la tierra y lo encuentra»

«Dos bienes son para nosotros tan preciosos como el agua y la luz para los árboles: la soledad y los intercambios. El infierno es el lugar donde estos dos bienes se han perdido»

«Me gusta apoyar mi mano en el tronco de un árbol ante el cual paso, no para asegurarme de la existencia del árbol –de la cual no dudo– sino de la mía.»

«Entro en el ascensor, pulso el botón del segundo piso y me preparo para un nuevo encuentro con el reverso del mundo»

«El árbol ante la ventana prepara la primavera. Medita en el frío sobre lo que él dará pronto. En algunas semanas propondrá al mundo más luz que todos los libros nunca escritos. Esta luz pasará y el año próximo volverá a dar otra, una vez más. Es el nombre de su trabajo y es el nombre del trabajo de los vivientes en tanto que les queda una estación, un día, una hora: dar, dar»

«Un árbol deslumbrado por la nieve, la terrible inocencia del cielo azul y el rostro de aquellos que la muerte ha comenzado a tutear: tales son desde hace algunos meses mis libros de cabecera»

«Escribo con la esperanza de descubrir algunas frases, tan solo algunas frases, solamente algunas frases que sean lo bastante claras y honestas como para brillar tanto como una pequeña hoja de árbol barnizada por la luz y lustrada por el viento».

( La présence pure - Christian Bobin )

 

«Uno no puede tener la verdad, solamente vivirla.»

«Estamos hechos de eso, estamos hechos de aquello que nosotros amamos y de nada más.»

«Un pintor es alguien que limpia el cristal entre el mundo y nosotros con la luz, con un paño de luz impregnado de silencio.»

«Yo estoy loco de pureza, estoy loco de esa pureza que no tiene nada que ver con una moral, que es la vida en su átomo elemental, el hecho simple y pobre de estar cada uno al borde de las aguas de su muerte negra y de esperarla solo, infinitamente solo, eternamente solo. La pureza es la materia más extendida sobre la tierra. Es como un perro. Cada vez que nosotros no nos apoyamos sobre nada más que sobre nuestro corazón vacío, ella vuelve a sentarse a nuestros pies, a tenernos en compañía.»

( L'inespérée - Christian Bobin )

 

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Obras traducidas al Español: «El Bajísimo San Francisco de Asis» (ISBN 84-8237-082-0)

Obras en Francés: Le Très Bas, La Part Manquante, La Femme à Venir, La Plus que Vive, Autoportrait au Radiateur, Souveraineté du Vide, L'homme du désastre, Eloge du Rien, La Vie Passante, L'enchantement simple, Le huitième jour de la semaine, Mozart et la Pluie, L'épuisement, L'homme qui marche, Ressusciter.