Las Apariciones de la Virgen

Joachim Bouflet

 

Un signo grandioso apareció en el cielo: una Mujer (Ap. 12,1)

 

Desde los primeros siglos, la Iglesia reconoce en las apariciones mariales el signo de la atención particular que la virgen María tiene hacia los hombres. La aparición perpetúa aquí abajo la presencia de Aquella que Cristo moribundo a dado como madre a toda la humanidad, en la persona de San Juan, al pié de la cruz: "Mujer, he aquí a tu hijo..." (Jn 19, 26b). Toda aparición marial auténtica es por lo tanto un signo de la solicitud de María hacia aquel a quién ella se manifiesta y, a través de él, hacia toda la Iglesia.

 

LA VISION, ICONO DE OCCIDENTE

Esta afortunada fórmula de Sylvie Barnay (1) nos lleva a plantear directamente la principal cuestión: ¿qué es una aparición? Es una visión, una imagen que toca a los sentidos. El vidente –aquel que "ve" a la Virgen– percibe una imagen de la Madre de Dios, modo según el cual ella se manifiesta, se comunica con él. No una representación ordinaria, sino mejor un icono, en el sentido sacral en el que lo entienden los cristianos de Oriente, es decir una imagen habitada por una presencia sobrenatural. Esta imagen traduce, haciéndola perceptible, una presencia actuante, que opera por medio de la imagen que la revela: la aparición no es entonces una alucinación, imagen sin objeto. La teología oriental del icono ayuda a comprender lo que es la aparición, como lo explícita además en otras formulas la teología mística de Occidente, según la cual la gracia divina realiza, ejerciéndose sobre las facultades de conocimiento (comprendidas aquí las facultades sensibles) del vidente, una comunicación personal entre este y la Virgen María que quiere manifestarse a él. Imagen que es el soporte y el instrumento de una comunicación sobrenatural, tal podría ser la definición de la aparición. Esto explica al mismo tiempo que, entre las numerosas personas que se encuentras cerca de él, solamente el vidente sea quien perciba según un modelo sensible a la Virgen que él afirma ver, y que ésta se muestre bajo diferentes aspectos y se dirija al vidente (y al pueblo) en una lengua que puedan entender, es decir, instaurando una real comunicación interpersonal entre ella y él.

 

EDUCADORA Y GUARDIANA DE LA FE

¿Por qué se aparece María? Estando la Revelación cerrada con la muerte del último Apóstol, parece superfluo que la Iglesia –el pueblo de Dios– tenga necesidad de algo más. A no ser de la gratuidad del amor divino, esta misericordia que resplandece y estalla en cada página del Evangelio, y de la cual María, la madre por excelencia, es la incansable dispensadora. En efecto, la aparición, en su mensaje, jamás añade nada a la Revelación: ninguna enseñanza nueva, ninguna revelación original. Simplemente, manifiesta bajo forma de signo, con carácter a veces carismático, la actualidad de un amor que no se ha apagado en la cruz, y del cual ella es la testigo por excelencia: la Madona de las apariciones es la humilde sierva del Altísimo, María de Nazaret, la Virgen del Fiat y del Magníficat, la Virgen de la cruz y de Pentecostés. Aquella que Dios se eligió como Madre con el fin de hacer de nosotros sus hijos, en Jesucristo. Y, desde los primeros siglos del cristianismo, la piedad de los humildes –fuesen ellos sabios Doctores de la Iglesia o grandes santos– se ha complacido concibiendo que, lejos de permanecer inaccesible en las alturas del empíreo tras su Asunción, la Madre de Dios no cesa de mostrarnos que ella es igualmente y siempre nuestra madre. Ella se prueba por esos signos que son las gracias que nos obtiene, y, entre estas gracias, preciosa por lo rara, la aparición: la intervención sensible y amante, plena de ternura y de gratuidad.

Las primeras apariciones de la Virgen se remontan a la época patrística: Gregorio de Nisa (+394) relata una visión de María y del apóstol San Juan con la que habría sido favorecido San Gregorio el Taumaturgo (+270). Desde esta época por lo tanto, la idea de intervenciones extraordinarias de la Madre de Dios es admitida. Pero es el concilio de Efeso (431) el que, proclamando la maternidad divina de María, da a la piedad marial un impulso decisivo: las mentalidades se abren ampliamente a la devoción marial, y por ello a la presencia de María en la vida del cristiano y a la perspectiva de posibles manifestaciones por su parte. Quizás la primera aparición tuvo lugar en el monte Anis en el siglo IV, dando lugar al nacimiento del santuario del Puy-en-Velay, que será en la Edad Media uno de los altos lugares mariales de Europa; la legenda subraya en primer lugar el carácter carismático del hecho, pero también sus repercusiones institucionales: a la curación de la vidente, que la tradición dice tratarse de una pobre viuda llamada Vila, se añade la petición de informar al obispo, es decir de someter el hecho a su apreciación.

Durante toda la época medieval se sucederán mariofanías semejantes, que a veces darán lugar a la erección de santuarios: Europa entera es una constelación de ellos, desde Evesham (Inglaterra, 709) hasta Meterdomini (Italia, 1041) o a Santa Gadea del Cid (España, 1399). María aparece para dispensar sus gracias –curaciones, protección–, pero también para enseñar: se hace educadora de la fe, cuando el pueblo de Dios se deja ir hacia la tibieza o la negligencia, no dudando si es necesario en reprender con severidad. Es lo que ocurre en Trois-Epis, en 1491, en una aparición considerada como la primera de la época moderna: si los hombres no se convierten, la justa cólera de Dios los golpeará.

Confrontada a tales hechos, la autoridad eclesiástica se ve en la obligación de intervenir: para canalizar la piedad de los fieles o, llegado el caso, para denunciar la ilusión, el fraude o la superchería (¡las apariciones falsas ya existían entonces!). Será necesario sin embargo llegar al concilio de Trento para que un comienzo de legislación en materia de apariciones se promulgue. Una legislación que se atiene sobre todo en extraer de los hechos aquello que puede servir a la edificación del pueblo de Dios, es decir no tanto al relato de la aparición y de sus circunstancias que a su impacto sobre la piedad de los fieles: al signo que constituye la aparición, sucede un santuario, que testifica su fecundidad. Este esquema se mantiene hasta el siglo XIX, independientemente de las particularidades ligadas a cada caso: la Virgen aparece antes que nada para que sus hijos se enraícen más todavía en la comunión eclesial, que es comunión de oración en la caridad. El papel de los videntes, de los testigos, es secundario, lo que importa, es el mensaje y su recepción por parte del pueblo de Dios.

Mensaje variado en función de los acontecimientos, pero que lleva siempre a lo esencial: la comunión eclesial. María aparece cuando esta comunión está amenazada, bien desde el interior –a causa de la tibieza o de los pecados del pueblo de Dios–, o bien desde el exterior, cuando surgen los peligros del Islam conquistador, y más tarde de la herejía. Incansable, la Virgen interviene para estimular y animar la piedad –en Cotignac (Francia, 1519), en Savona (Italia, 1536)–; para curar o proteger, sobretodo cuando las epidemias de "peste"– en Monte Berico (Italia, 1424)–, para ganar las almas a la fe en su Hijo –en Guadalupe (Méjico, 1424)–, para reafirmar la fe amenazada por los turcos, en Sveta Gora (1539), o por los protestantes, en Ziteil (Suiza, 1580). Hasta el último siglo, tales apariciones son frecuentes en toda la catolicidad.

 

EL SIGLO DE MARIA

El siglo XIX ha sido llamado "el siglo de María", a causa de mariofanías que, desde la revelación de la Medalla Milagrosa (París, 1830), se sucedieron con una frecuencia y una amplitud hasta entonces desconocidas, culminando en las apariciones de Lourdes en 1858, y prosiguiendo bastante después de esta fecha. Conviene de todos modos, sin banalizar los hechos, si ponerlos en su contexto. Francia parece, más que nunca, ser el reino de María, puesto que sus intervenciones más brillantes han tenido como marco nuestro país; pero no puede dejarse en silencio que se producen también apariciones mariales en otros países, en los cuales tienen una resonancia considerable, aun cuando permanezca local. En 1877, la Virgen apareció a dos niñas de Gietrzwaldzie, aldea de Polonia situada en el centro de una región recientemente anexionada por Prusia; el Kulturkampf está en su apogeo, el ocupante quiere desenraizar a la vez la lengua polaca y la religión católica, es decir, hacer perder a los Polacos su identidad nacional y cultural: la Virgen habla en polaco, invita a la oración del rosario (específica de los católicos) y promete su asistencia; no hace falta nada más para volver a dar coraje a las multitudes y suscitar un potente movimiento de resistencia al opresor. En 1879, es en Irlanda que María se manifiesta, en Knock Mhuire; varias personas son testigos de la aparición, silenciosa, pero rica en símbolos fácilmente descifrables por un pequeño pueblo aplastado: el país está bajo la ocupación inglesa, los Irlandeses no tienen acceso ni a la propiedad terrena ni a los puestos en la administración, y la enfermedad de la patata ha causado una terrible hambruna, empujando a más de un millón de personas a emigrar hacia los Estados Unidos; ahí también, es toda una población la que es galvanizada por la aparición, viendo en ella una invitación a permanecer fieles a su fe ancestral y a esperar días mejores. Otros hechos tienen, a una escala más limitada, un impacto comparable: en Green Bay (Estados Unidos, 1859), la Virgen reconforta a una comunidad "papista" sometida a las presiones y a los abusos de la mayoría protestante; en Ilaca (Croacia, 1866), ella vuelve a dar a los católicos el sentimiento de su identidad, frente a las vejaciones de que son objeto por parte de los ortodoxos; en Marpingen (Sarre, 1876), como en Filippov (Bohemia, 1866), la Virgen sostiene la esperanza de poblaciones ocupadas, la primera por Prusia, la segunda por Austria; hasta en regiones de tradición católica que no conocen ni persecución ni invasión; la Virgen viene a estimular el fervor del pueblo de Dios: en 1871 en Locherboden (Tyrol), en 1888 en Castelpetroso (Italia), donde el obispo mismo es testigo de la aparición. En todos estos casos, la autoridad eclesiástica ha visto la probabilidad de una intervención sobrenatural, sancionada por la autorización de edificar una capilla –a veces erigida más tarde al rango de Basílica (Knock Mhurire, Filippov)–, o por el reconocimiento canónico de la realidad de la aparición (Gietrzwalldzie, en 1977).

Si volvemos a Francia, nos impresiona el número de apariciones mariales que jalonan el siglo XIX; solo se conocen las más célebres, y son ya una decena. El ambiente religioso que reina tras la Revolución da cuenta en parte del fenómeno, pero esta explicación no es suficiente. La ola de descristianización y de persecución sangrienta que ha golpeado al país durante un decenio, a tenido como consecuencia la transformación en profundidad de las mentalidades religiosas, se sentirán los efectos de ello hasta los años 1870-1880: la piedad popular conoce un brote de vitalidad, procesiones y manifestaciones religiosas son devueltas a su lugar de honor, nuevas devociones surgen (al Corazón Eucarístico de Jesús, por ejemplo; otras, anteriormente confidenciales, llegan a una gran difusión (la del Corazón Inmaculado de María, sobretodo). Las fundaciones de familias religiosas se multiplican, y los nombres de los nuevos institutos son reveladores: numerosos de ellos se ponen bajo el vocablo de la Virgen o de uno de sus misterios, en particular la Inmaculada Concepción, cuya definición dogmática interviene en 1854. Además, esta piedad muy marial está fuertemente marcada por un espíritu de expiación y de reparación –es necesario "reparar" las impiedades, las blasfemias y los sacrilegios de la Revolución–, tema que vuelve con insistencia en ciertos mensajes de la Virgen en sus apariciones; corre esta piedad el riesgo de politizarse desde el momento en el que se asimila Revolución o República, reflejo frecuente en los medios de tradición católica, es decir, de la mayoría de los Franceses. Considerados como herencia de la Revolución, las sublevaciones que conoce Francia, y también Europa entera, y que en la segunda mitad del siglo atentan contra la soberanía temporal del Papa, favorecen una lectura no solamente política, sino escatológica de los signos de los tiempos: Francia; hija primogénita de la Iglesia, encuentra ahí el sentido de su misión sobrenatural. Varias apariciones mariales de final del siglo formulan mensajes de carácter resueltamente político y escatológico, pero ya la primera gran mariofanía del siglo autoriza una tal lectura: las revelaciones que le son dadas en 1830 a Catherine Labouré, novicia de las Hijas de la Caridad de la Rue du Bac, en París, contienen visiones y palabras proféticas relativas a la situación y al porvenir políticos de Francia, incluso si la finalidad de las apariciones es por otra parte la difusión de la Medalla Milagrosa.

Los acontecimientos de La Salette (1846) marcan un giro en la historia de las mariofanías, como lo ha señalado Philippe Boutry: se pasa de la aparición-signo a un tipo donde "la perspectiva pastoral que dominaba el enfoque tridentino de la aparición da progresivamente paso a un modelo atestatario, más factual en sus formulaciones, más individual en sus formas de reconocimiento, más popular en sus modos de recepción, no sin suscitar tensiones y hasta conflictos entre la Iglesia y los testigos, autoridad y fieles"; el modelo de la aparición atestataria prevalece todavía hoy en día; el ejemplo más destacable, hasta hoy inigualable, sigue siendo Lourdes. El papel del vidente, testigo privilegiado, si no único, de la aparición, se hace preponderante, la ejemplaridad de su vida es en adelante tomada en cuenta (Catherine Labouré, después Bernadette Soubirous, son canonizadas; los niños videntes de Fátima son objeto de un procedimiento de beatificación). Mélanie Calvat, la vidente de La Salette, reivindicará hasta el final de su larga vida la exclusividad de una lectura de la aparición de la cual ella ha sido testigo, entrando por ello en conflicto abierto con la autoridad eclesiástica; no resiste la vidente la tentación de politizar al extremo el mensaje, revelando el secreto que le ha sido confiado en 1846 y afirmando alto y fuerte que forma parte integrante del mensaje de la Virgen, en tanto que la Iglesia lo considera de otra forma. Además, varios autores y propagandistas de la aparición, impresionados por su carácter dramático –las lágrimas de la Virgen, la gravedad de sus palabras–, ven aquí un acontecimiento excepcional, único; esto es olvidar que la Virgen ya se ha mostrado llorando anteriormente: en Ziteil (Suiza, 1580) y en Siluwa (Lituania, principios del siglo XVII), y que ha tenido un lenguaje de una extrema severidad en Trois-Epis (Francia, 1491) los mismo que en Casacanditella (Italia, 1052).

En Lourdes (1858), los hechos son más simples, más transparentes: la sobriedad del mensaje, la discreción de la vidente y la toma de responsabilidad pastoral ejemplar del peregrinaje naciente han permitido la expansión de la gracia inicial, cuya riqueza ha sido puesta en evidencia por la santidad fuera de lo común de Bernadette Soubirous.

Menos impresionantes, las apariciones de Pontmain (1877), de Pellevoisin (1876) y de Saint-Bauzille de la Sylve (1877), ilustran este esquema, ya que cada una contiene elementos originales que le confieren una significación precisa; si la última es un sobrio recuerdo de las peticiones formuladas treinta años antes por la Virgen en La Salette, las otras no escapan, bien que mal, a una lectura política: en Pontmain, la aparición coincide con la retirada de las tropas prusianas en el oeste del país, y se atribuirá a la Virgen no solamente la preservación de Laval, a punto de ser asediado, sino el fin de la guerra; en Pellevosin, la condición social de la vidente –una "hija de servicio" (¡y solo Dios sabe en que poca consideración se las tenía!)– reaviva viejos prejuicios sociales y da pretexto a tentativas de recuperación por los "señores", aristócratas monárquicos ligados con el obispo del lugar, monárquico también. En cuanto a la epidemia de pretendidas apariciones que desde 1872 se extiende a partir de Krüth/Neubois en la Alsacia-Lorena ocupada, traduce el desarraigo y las angustias de una población rural católica, de piedad simple, afectada por la situación que sufre. A partir de esta época, la era de las grandes apariciones atestatarias en Francia se cierra, primero por que se perfila la perspectiva del acercamiento de los católicos a la República (1891) –las mariofanías que predican la soberanía de Cristo y, en consecuencia, la de un rey, se vuelven molestas–, y en segundo lugar por que la piedad popular encuentra nuevos modos de expresión, sobre el terreno del apostolado social en particular, que sancionará con fuerza la encíclica Rerum Novarum (1891). De esta manera las apariciones de la Virgen a Ana-María Coste, en Lyon (1882-1883), y aquellas de las que es beneficiario en 1888 el joven Jean Bernard en Vallensanges, no tienen a penas eco; y los hechos de Tilly-sur-Seulles (1896-1899) denotan bien, por su complejidad, su politización y por las desviaciones que ocasionan, que hay un grave problema de adecuación entre la realidad vivida por el pueblo de Dios y los mensajes atribuidos a la Virgen María. Los obispos son conscientes de ello, y rehusan en adelante a reconocer nuevos hechos de aparición, no dudan en intervenir fuertemente para poner término a manifestaciones cuyo carácter desviante pone en peligro la comunión eclesial.

 

EL SECRETO DE MARIA

En 1917, los acontecimientos de Fátima (Portugal) pasan desapercibidos, aunque no en su zona, ya que Europa está embarcada en la fase última de un conflicto al cual la entrada en guerra de los Estados Unidos acaba de conferir una dimensión mundial; percibidos inicialmente como una aparición atestataria, al cabo de los años se revelan como más complejos y más importantes de lo que han dejado entrever las primeras declaraciones, a menudo muy sucintas, de los tres niños que dicen haber visto a la Virgen. Diversos fenómenos a priori inexplicables (el más espectacular es la famosa danza del sol del 13 de octubre de 1917) parecen testificar el carácter sobrenatural de los hechos; su reconocimiento por el obispo de Leira en 1930 responde a la expectativa de los fieles en los que la devoción hacia Nuestra Señora del Rosario, título bajo el cual se ha presentado la Virgen, no ha cesado de crecer desde hace trece años. El mensaje es simple, de factura "clásica": llamadas a la oración, sobre todo a la recitación diaria del rosario, y a la conversión. Cuando el obispo reconoce la sobrenaturalidad de las apariciones, no ignora que las comunicaciones de la Virgen están bastante más desarrolladas y sobre todo son bastante más graves que lo que han dicho los niños que, además, han hecho constantemente mención de un "secreto"; el obispo sabe que Lucia, la más pequeña de los videntes –los otros dos han muerto jóvenes–, ha recibido desde que está en el convento (se hizo monja) otras revelaciones celestes, de las que le ha tenido puntualmente informado: estos nuevos mensajes explican y prolongan los de 1917, ya en parte mantenidos secretos. El conjunto de los temas de Fátima se hizo público en 1942, suscitando una viva polémica; los autores distinguen Fátima I (únicamente las comunicaciones de 1917) y Fátima II (las revelaciones complementarias de sor Lucía). El contenido es ampliamente combatido al considerarlo como fruto de una imaginación exaltada, pero, al calmarse los ánimos, uno no puede dejar de impresionarse por la coherencia del conjunto: insistencia en la devoción al Corazón Inmaculado de María, que exige compromiso personal y fidelidad; recuerdo de los fines últimos del hombre, cuyo destino sobrenatural está ordenado a la gloria de Dios; y, sobre todo, petición de la consagración solemne de Rusia a este Corazón Inmaculado, variedad de predicciones sobre la inminencia de una nueva guerra mundial, sobre el papel que jugará Rusia en la persecución contra la Iglesia, en la futura conversión. Sin contar el "tercer secreto", cuyo contenido es todavía desconocido (2). A posteriori, el acontecimiento de Fátima se revela, por el alcance del mensaje que la Virgen expresa, y por las intervenciones con las que ella puntúa su recepción progresiva por la jerarquía eclesiástica, como una aparición de ruptura. El Modelo atestatario es de ahora en adelante eclipsado, pero no sabremos esto hasta después de 1942, cuando casi todas las palabras atribuídas a la Virgen (y a Cristo) fueron publicadas.

De esta manera, hasta el final de la última guerra, las mariofanías reproducen el esquema clásico, con a veces suficiente fortuna como para beneficiarse de una aprobación eclesiástica: es el caso de Beauraing (1932) y Banneux (1933), en Bélgica, que están en el origen de una epidemia de falsas apariciones en todo el país. Pero las tensiones y la pruebas a las que Europa debe hacer frente en esta época constituyen un clima ideal para la proliferación de hechos extraordinarios de los que la mayor no hacen más que traducir los dramas que afronta la sociedad, y los terrores retrospectivos que estos dramas suscitan: la guerra civil en España, después la segunda guerra mundial y sus continuaciones, dejan tras de si una multitud de mariofanías de las cuales la mayor parte se destacan por el contenido muy pesimista, incluso escatológico, de los mensajes atribuidos a la Virgen, por las desviaciones del sentimiento religioso a que dan lugar; más de una vez, la autoridad suprema de la Iglesia interviene con un rigor ejemplar: los hechos de Ezkioga (España, 1941-1033), de Voltago (Italia, 1937), de Heroldsbach (Allemagne, 1949-1952), son condenados sin recurso por el Santo Oficio. Otras numerosas apariciones, denunciadas por los obispos como frutos de la ilusión, del fanatismo, o como supercherías puras y simples, pronto se desvanecen en el olvido: de este período solo se pueden retener algunos hechos que se distinguen por la fuerza de los mensajes de una real riqueza y por su impacto pastoral: las apariciones de Sitio Guarda, en 1936 en Brasil, que formulan los temas propios de Fátima II (entonces desconocidos); las apariciones, impactantes, de Heede (Alemania, 1937-40), que movilizan toda una población en la resistencia al nazismo; las de Bonate (Italia, 1944), cuyo mensaje se dirige ya a un país vencido y llamado a reconstruirse. Esta exaltación de lo maravilloso se nutre, desde la publicación de los temas de Fátima II, de una diabolización de Rusia y del comunismo, y de una recuperación de elementos propios de las apariciones portuguesas: multiplicación de secretos, repetitividad en fechas fijas de las manifestaciones de la Virgen, danza del sol. Raras son, entre 1941 y 1960, las mariofanías que revisten una significación original en adecuación a la evolución del mundo y de la Iglesia; se pueden citar los hechos de Amsterdam (1945), durante mucho tiempo discutidos, cuyas riquezas parece que solo hoy salen a la luz; de Marienfried (Alemania, 1946), que proponen una lectura altamente teológica del misterio de María; de Tre Fontane (Roma, Italia, 1947) con mensaje de una impactante actualidad llamando al pueblo de Dios a la meditación de la Escritura, tras haber anunciado el dogma de la Asunción; los "hechos misteriosos" de Ile-Bouchard (Francia, 1947), muy impregnados de una simplicidad evangélica, que parecen haber sido providenciales en una país roto por los conflictos sociales y amenazado de insurrección; finalmente, las apariciones de Balestrino (1949-1971) que ya, por su duración, se inscriben en la perspectiva del concilio Vaticano II. Estas mariofanías han dado lugar a un movimiento de piedad popular de una auténtica profundidad, que no ha cesado, y varias de ellas están camino del reconocimiento oficial por parte de la Iglesia.

Todas tienen en común el haber sabido captar, en la línea profética de Fátima, el verdadero secreto de María, que no podría ser reductible a los "secretos" que ella confía a tal o cual vidente: la plegaria íntima, oración contemplativa que –a ejemplo de la oración de su Corazón maternal– abarca las intenciones del mundo entero para llevarlas en la última oración de Jesús: "Que todos sean uno...", y que se concretiza en las obras, sin las cuales la fe no podría ser.

 

UNA ESCATOLOGIA MARIAL

Tomando medida a la crisis a la cual está confrontada la Iglesia, y esforzándose por aportar soluciones a ella, el concilio Vaticano II suscita reacciones que sacan a la luz zonas de fractura profundas en el seno mismo de la catolicidad; algunos de sus textos son discutidos en nombre de una fidelidad a la tradición, mientras que iniciativas prematuras y modos de aplicación intempestivos –en materia de normas litúrgicas sobre todo– contrarían a un gran número de fieles ligados a formas culturales a las que no se ha tenido en cuenta. La fractura se abre entre tradicionalistas (más bien "integristas") y progresistas, nunca desde hace mucho tiempo el desarraigo de los católicos ha sido tan palpable, nunca tampoco la institución eclesial les habrá parecido tan intransigente, apelando simultáneamente a los principios libertarios y al respeto de las diversas sensibilidades. En este ambiente a menudo pasional, las mariofanías, rebajadas al rango de supersticiones o de arcaismos devocionales, conocen una crisis que, finalmente, se revelará como benéfica. Se asiste a la emergencia de una primera ola de apariciones mariales cuyo tema consiste en una llamada a la resistencia encarnizada contra el modernismo del ambiente, contra las desviaciones litúrgicas (reales, a menudo) y doctrinales (imaginarias, a menudo), y a la contestación de la Iglesia institucional, de su clero de nuevos sacerdotes, de su apertura a los problemas de la sociedad, al ecumenismo, al diálogo interconfesional. Los años 60 están marcados por mariofanías de gran envergadura, cuyos mensajes acarrean las interrogaciones de una cristiandad desorientada, sin aportarle otra respuesta que una llamada a refugiarse en el pasado, a adoptar una actitud en la que se mezclan nostalgia y reivindicación, con el riesgo de anquilosarse en la reacción. El ejemplo tipo de estas pretendidas apariciones es San Damiano (Italia, 1964-1081), donde los inagotables mensajes de la Madona de las Rosas oscilan entre la denuncia de los males que agobian a la Iglesia (a causa del Concilio) y las protestas de fidelidad hacia esta misma Iglesia, reducida únicamente a los fieles de María reagrupados alrededor de una papa prisionero de su entorno, incluso mártir; poco a poco sale a la luz el tema de una Iglesia carismática opuesta a la institución eclesial, que está llamada a desaparecer. Numerosas mariofanías de estos años explotan hasta la caricatura esta temática: Kérizinen, en Francia (1938-1965), Eisenberg, en Austria (1955-1981), para no citar más que estas. Sin embargo, manifestaciones de la Virgen en la misma época traducen un acercamiento más sereno y más constructivo de la realidad: en Zeitoun (Egipto, 1968), afirmando ver la silueta de la Madre de Dios encima de la cúpula de una iglesia, millares de personas de diversas confesiones se reúnen durante meses en un extraordinario impulso de oración: las apariciones de Natividade (Brasil, 1967), en las que la Virgen se muestra atenta a la realidad de la Iglesia local, son recibidas favorablemente por los fieles y por la jerarquía, mientras que apariciones mariales reconfortan a los creyentes más allá del telón de acero, sea en Polonia (Varsovia, 1959), en Lituania (Skiemoniai, 1962), o en otros lugares. Y sobre todo, los hechos de Garabandal (1961-1965), que "acompañan" literalmente las etapas del Concilio, constituyen por su amplitud y la densidad del mensaje que la Virgen entrega, una nueva "aparición de ruptura" comparable a la de Fátima: la transcendencia del misterio de la Iglesia fundada sobre el Cristo resucitado es reafirmada en términos muy sobrios, la importancia vital de la Eucaristía y del sacerdocio es subrayada, así como la primacía de la caridad. Impactados por los fenómenos asombrosos, ampliamente mediatizados, los hechos escapan con dificultad a las tentativas de recuperación por parte de medios anticonciliares. El otro aspecto del mensaje de Garabandal es que abre en términos explícitos una perspectiva escatológica original, que pronto será recuperada por otras mariofanías, como lo fueron en Fátima la danza del sol y el tema de Rusia. Así proliferan las apariciones de carácter fuertemente anticonciliar y escatológico, de las cuales algunas llevan a sus protagonistas y a sus fieles hasta la ruptura con la Iglesia: El Palmar de Troya (España, 1968) y sus filiales francesas de Frechou (1969) y de Satonnay (1976), Bayside (Estados Unidos, 1970), son los ejemplos actuales más significativos de esta deriva, que se nutre de perspectivas terroríficas de un inevitable Apocalipsis.

A partir de los años 70, en una Iglesia que poco a poco descubre y asimila las aportaciones del Vaticano II, se producen mariofanías que responden a las nuevas aportaciones e interrogaciones del pueblo de Dios, cuyos mensajes ponen el acento, incansablemente, en la necesidad de una conversión de corazón, en la oración alimentada de la Palabra de Dios y de los sacramentos, en las exigencias de una caridad que osa comprometerse, etc. Por primera vez desde hace más de medio siglo, la autoridad eclesiástica reconoce el carácter sobrenatural de apariciones, en Betania (Venezuela, 1976-1984); otros hechos suscitan verdaderos despertares de la fe e incluso una renovación social en profundidad: en su momento, el obispo de Louda reconoce el carácter sobrenatural de las apariciones que se producen en su diócesis (desde 1986), mientras que un poco por todas las partes del mundo las mariofanías llaman la atención por su adecuación a los reales problemas de hoy en día, y por los frutos que ellas producen: los acontecimientos de Cuapa (Ecuador, 1980), de Kibeho (Ruanda, 1981), de Soufanieh (Siria, 1982), de San Nicolas (Argentina, 1983), y, en Europa, los sucesos del Escorial (España, 1980) y de Oliveto Citra (Italia, 1985), por ejemplo, son beneficiarios de la atención acogedora de obispos edificados por su impacto positivo; todas tienen como carácter común el no disociar el misterio de la Iglesia de la necesidad, para aquellos que lo tienen, de vivirlo plenamente, en conformidad al Evangelio, en la oración y la vida sacramental, pero también en la acogida prioritaria de los pobres, la solicitud hacia todos, el esfuerzo por la paz, el ecumenismo y el respeto a los derechos del hombre.

Entre las múltiples mariofanías que se desarrollan actualmente en el mundo, la de Medjugorje, en la ex Yugoslavia, ha conocido una resonancia considerable: mediatizadas en exceso, presentadas como las últimas y las mas grandes, estas presuntas apariciones atraen todavía hoy en día a millares de peregrinos en un lugar que ha sido remodelado en profundidad por quince años de coloquio ininterrumpido entre el cielo y la tierra: Medjugorje no ha devenido la parroquia modelo que la Virgen habría reclamado, el incentivo del lucro a relegado a un segundo plano el fervor inicial de los habitantes, los mensajes –insípidos a fuerza de repetitivos– derivan hacia una banalización que no llega a ser evitada por el suspense de innumerables secretos de divulgación siempre retrasada. Sin embargo, los fieles continúan afluyendo, en una confusión que va creciendo: "Hay muchos desordenes: hay Padres franciscanos sin misión canónica, comunidades religiosas instaladas sin el permiso del Ordinario diocesano, construcciones de lugares de culto efectuados sin la aprobación de la autoridad eclesiástica, propagación de peregrinajes oficiales en las parroquias, etc. Medjugorje, entendido como lugar de presuntas apariciones, ya no sirve para promover la paz y la unidad, sino que crea la confusión y la división, y no solamente en la Iglesia particular" (declaración de Monseñor Peric (3), obispo de Mostar, in Present, 25 de enero de 1997). Sin embargo, gracias a un sutil juego de desinformaciones, los hechos de Medjugorge son tenidos como el ejemplo mismo de la mariofanía contemporánea, eclipsando cualquier otra aparición. El contenido a la vez conciliador y escatológico de los mensajes, la carga afectiva y sensible que modela el comportamiento de los visionarios asi como el desarrollo de las ceremonias litúrgicas y para-liturgicas, responden en apariencia a las necesidades de ciertos cristianos desorientados en vísperas del tercer milenio y, paradójicamente, resucitan el esquema desde hacía tiempo superado de la aparición-signo que prevalecía antes del siglo XIX.

¿Se puede ver aquí el indicio del declinar de las mariofanías, y del recentramiento de la fe católica, vivida en la comunión eclesial, sobre el misterio de la Trinidad, fuente de toda vida, de la que el Evangelio nos ofrece desde siempre la incomparable Revelación? En esta perspectiva, solamente las intervenciones mariales que contribuyen a reestablecer la relación entre Dios y "el hombre viviente que es su gloria" (cf. San Ireneo) podrían ser consideradas como verdaderas, ya que ellas proponen sobre el devenir de la humanidad una visión de esperanza –aunque sea al precio del sacrificio y de la prueba– , y no el implacable terror de castigos inevitables. Tal es la auténtica escatología marial: aquella que permite al hombre caminar en la fe, obrar en la caridad y mantener la esperanza.

 

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1.- Sylvie Barnay, «Les apparitions de la Vierge», Paris. Cerf, 1992, p. 51.

2.- El presente ensayo fue escrito hacia el año 1996, por lo tanto antes de que el Vaticano desvelara el contenido de la visión de Fátima.(NDLR)

3.- Es indispensable, para una información completa de los lectores, de precisar que Monseñor Peric (obispo de la diócesis de la que depende Medjugorje) desde su nominación ha manifestado una constante y sistemática hostilidad hacia las apariciones de Medjugorje, como su predecesor, del cual era secretario y después vicario general, tras una querella que le opuso a los Franciscanos, y que se remonta al comienzo de las apariciones. Es muy difícil, en este contexto controvertido, hacerse una opinión estando las opiniones divididas.

Sobre el tema se puede leer en frances "La Vierge apparait-elle à Medjugorjge?" de René Laurentin (1996), Nouvelle Edition, Paris. (NDLR). En Español: René Laurentin, «Apariciones de la Virgen en Medjugorje», Editorial Herder, 1989.

Sobre este controvertido caso se pueden consultar también otros documentos en las siguientes direcciones:

http://www.esglesia.org/medjugor.htm

http://www.fcpeace.com/esp.htm

El caso Medjugorje (en cristiandad.org)

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(Extraído de: «Marie et le Mystère Marial»; Revista: Connaissance des Religions nº 47-48, Juillet-Décembre 1996; B.P. 10 VOGUE (Francia). Enlace: http://cdr.religion.info/ )

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DOCUMENTOS ANEXOS:

CRITERIOLOGÍA ELEMENTAL DE LAS APARICIONES (Frithjof Schuon)

APARICIONES DE LA VIRGEN (Isidro-Juan Palacios)

LAS APARICIONES MARIANAS Y LA RESTAURACIÓN ESPIRITUAL DE OCCIDENTE

APARICIONES EN RUSIA

SOBRE LA VIRGEN (Frithjof Schuon)

 

ENLACES:

LAS APARICIONES MARIANAS (en DISIDENCIAS)

CRITERIOS DE DISCERNIMIENTO (en CRISTIANDAD.org)

CRITERIOS (en CRISTIANDAD.org)

APARICIONES (en CRISTIANDAD.org)

VERDADERAS Y FALSAS APARICIONES (en CRISTIANDAD.org)

APARICIONES MARIANAS (María Carolina Alfonzo H.)

MUNDUS IMAGINALIS de Henry Corbin

GARABANDAL 1961-1965

MALAKÛT, el mundo intermedio...