Anteriormente, todo el ser humano, todos sus actos, participaban en el Rito a la vez Existencial y esencializante de Dios. El hombre era íntegramente un ser ritual; sus actos naturales eran acciones sagradas, teomorfas y deificantes: ritos.

Su respiración estaba unida a la de Dios, al spiritus Dei. Su mirada veía en todas las cosas sus divinos arquetipos, y su oído oía y comprendía a través de las cosas el mensaje de sus esencias. sus palabras eran revelaciones divinas, afirmaciones propias de Dios pronunciadas por boca humana.

Su andar, origen de la danza sagrada, expresaba la omnipresencia del eje universal, encarnado por el cuerpo vertical del hombre; cada uno de sus pasos, pues, señalaba el divino Centro que está en todas partes: el hombre iba de Dios a Dios, en Su propia Presencia.

En la posición de reposo, se identificaba a la inmutabilidad de ese Centro omnipresente, que todo lo mueve; y, como atestigua la tradición judía, "su luz irradiaba de un extremo del mundo al otro": su irradiación era semejante a la de un sol que nunca se pone, era una emanación de la Verdad, la Paz y la Beatitud divinas.

(El hombre tradicional. Leo Schaya)