ADDENDUM

ALGUNOS APUNTES DE TEOLOGÍA Y METAFÍSICA MARIAL

 

La Santa Virgen personifica la Substancia universal, es decir: aquello que es fundamental y que permanece a pesar de los «accidentes» cambien; aquello que es apto a existir en sí y no en otro (cui competit esse in se et non in alio); personifica también la Virtud global e indiferenciada: el alma identificada al amor de Dios, a la Contemplatividad.

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María personifica la Esencia informal de todos los Mensajes, ella es en consecuencia la "Madre de todos los Profetas"; ella se identifica a la Sabiduría primordial y universal, la Religio Perennis.

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Una palabra presupone el silencio; no se puede escuchar en medio de un alboroto. El silencio debe de ser perfecto en la medida que la palabra es noble.

Cuando hay extinción del alma, hay virtud. El alma es virtuosa cuando ella es como Dios la ha creado; los vicios o son privaciones o son defectos superpuestos. El alma primordial, iluminada, silenciosa, es el "loto" (padma) que contiene la "joya" (mani); es este loto el que personifica la Santa Virgen. Ella es la "Paz" que vehicula la "Bendición". O ella es el "Santo Silencio" que contiene la divina Palabra (logos).

Pero este silencio, en realidad, es vida: "Soy negra, pero hermosa". Que el alma caída calle -vacare Deo- y las Cualidades divinas se miran en ella; estas Cualidades divinas de las cuales ella lleva las guías en su substancia misma.

La verdad y la belleza son vías hacia el santo silencio: ellas efectúan el recuerdo de nuestra substancia paradisíaca. Porque el silencio está hecho de verdad y de belleza; es un vacío que en realidad es plenitud.

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Como todo ser celeste, María manifiesta el Velo universal en su función de transmisión: ella es Velo porque es forma, pero es Esencia por su contenido y en consecuencia por su mensaje. María está a la vez cerrada y abierta, inviolable y generosa; ella está "vestida de sol" porque está vestida por la Belleza, "esplendor de lo Verdadero", y ella es "negra pero hermosa" porque el Velo está a la vez cerrado y transparente, o porque, tras haber estado cerrado en virtud de la inviolabilidad, se abre en virtud de la misericordia.

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La Virgen Madre personifica la Sabiduría supra-formal, todos los Profetas han bebido de su leche; desde este punto de vista, ella es más que el Hijo, que representa entonces la sabiduría formal, es decir la revelación particular. Al lado del Jesús adulto, por el contrario, María es, no la esencia informal y primordial, sino la prolongación femenina, la shakti: ella es entonces, no el Logos bajo su aspecto femenino y maternal, sino el complemento virginal y pasivo del Logos masculino y activo, su espejo hecho de pureza y de misericordia.

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María es Virgen, Madre, Esposa: Belleza, Bondad, Amor; siendo su suma la Beatitud. María es Virgen con relación a José, el Hombre; Madre con relación a Jesús, el Hombre-Dios; Esposa con relación al Espíritu Santo, Dios. José personifica la humanidad; María encarna, o bien el Espíritu visto bajo su aspecto de feminidad, o bien el complemento femenino del Espíritu.

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La Santidad en si, coincide con la Plenitud de Gracia (gratia plena), la cual llama a la Presencia de Dios (Dominus tecum)

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La figuración en las imágenes de los Nacimientos, del buey, animal dócil, la mula, animal obstinado, son susceptibles de la interpretación siguiente: el buey, que además era sagrado en los antiguos Semitas, está armado de cornamenta y une en él la suavidad y la fuerza; representa al «guardián del santuario»; es el espíritu de sumisión, de fidelidad, de perseverancia; la mula, animal «profano» cuyo relincho ha sido llamado «la invocación de Satán», es el espíritu de insumisión y de disipación.

En esta misma figuración, la Virgen se identifica con el alma en estado de oración; San José, padre adoptivo de Cristo, representa la presencia del maestro espiritual; los visitantes, resumidos de alguna manera en los Reyes Magos, representan lo que se podría llamar "el homenaje cósmico" que afluye hacia el hombre santificado, y del cual hablan las escrituras hindúes diciendo que «los Cielos resplandecen por la gloria de un Mukta (liberado)»; finalmente, la noche que envuelve la escena de la Natividad, pero que está iluminada por la estrella, el testimonio divino, representa la muerte iniciática o la soledad, o también la extinción de lo mental.

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El color oscuro de algunas Vírgenes (por el cual la Virgen negra se asemeja, así como por su maternidad, al simbolismo hindú de Kali "la Madre"), se refiere a la No-Manifestación divina, de la cual la Virgen es el soporte en su calidad de Madre del Verbo; Este es el "descendimiento" o la encarnación, o la manifestación de eso No-manifestado.

La Virgen madre representa la condición substancial de la manifestación hipostática, es decir su base que, debiendo soportar "lo Unico", no debe de ser manchada por "lo múltiple", identificado simbólicamente por "la carne" que en efecto es el ámbito de la cantidad, de la diferenciación y del hecho bruto.

El alma del contemplativo que, por su acto espiritual y por el soporte ritual de este, realiza en nacimiento universal del Verbo en su corazón, debe de ser "virgen" y "pura", o en otros términos; "pobre" y "vacía", con el fin de poder servir de soporte al nacimiento de la "Presencia real"; el alma debe por lo tanto llevar, como la imagen sacra de la Virgen, la huella de la divina No-Manifestación, es decir la oscuridad. Esta huella es por una parte, a título transitorio y secundario, la nox profunda y el "descenso a los infiernos", en otras palabras, la muerte iniciática en la cual se opera el fiat lux, y por otra parte, a título permanente, lo indiferenciado o la extinción con relación al mundo, de la ilusión o de la corriente de las formas; este estado de muerte es idéntico a la pobreza en el espíritu y a la humildad. El color sombrío de la Virgen negra (como el de ciertas pratîkas hindúes, la de Kâlî particularmente, o incluso como la negrura de la piedra encerrada en la Kaabah) significa así el silencio o la ausencia de manifestaciones en el alma del contemplativo, mientras que en el Niño Jesús de la misma imagen, ese color significa la Indeterminación divina.

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En los simbolismos tradicionales más diversos, el complemento del héroe es la Mujer celeste. La vía espiritual tiene un aspecto de heroísmo -es la mayor Guerra Santa- puesto que se trata de vencer al dragón del "alma incitando al mal" es decir el mundo y el ego.

María indica la Vía y personifica al mismo tiempo la Beatitud final, la Recompensa suprema.

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Los recipientes sagrados deben de ser nobles; por ejemplo el cáliz eucarístico debe de ser dorado en su interior para poder recibir el vino consagrado; la Virgen llevando al Niño divino no podría ser una mujer ordinaria; un templo debe de ser digno de la Presencia divina y conforme a la irradiación espiritual.

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El misterio de la encarnación tiene dos aspectos: el Verbo por una parte y su receptáculo humano por otra; Cristo y la Virgen-Madre. Con el fin de poder realizar en ella misma este misterio, el alma debe de ser como la Virgen, ya que por lo mismo que el sol no puede reflejarse en el agua más que cuando está en calma, por lo mismo el alma no puede recibir al Cristo más que en la pureza virginal, en la simplicidad original, y no en el pecado, que es perturbación y desequilibrio.

Por «misterio» no entendemos algo incomprensible en principio -a menos que no lo sea en el plano puramente racional- sino algo que desemboca en el Infinito, o que es visto en relación con ello, de manera que la inteligibilidad se vuelve ilimitada y humanamente inagotable. Un misterio es siempre «algo de Dios».

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Las perfecciones virginales son la pureza, la belleza, la bondad y la humildad; son estas cualidades las que debe de tener el alma en busca de Dios.

La pureza: el alma está vacía de todo deseo. Todo movimiento natural que se afirma en ella es entonces considerado con relación de su cualidad pasional, bajo su aspecto de concupiscencia, de seducción. Esta perfección es fría, dura y transparente como el diamante. Es la inmortalidad que excluye toda corrupción.

La belleza: la belleza de la Virgen expresa la divina Paz. Es en el perfecto equilibrio de sus posibilidades que la Substancia universal realiza su belleza. En esta perfección, el alma deja toda disipación para descansar en su propia perfección substancial, primordial y ontológica. Hemos dicho más arriba que el alma debe de ser como un agua perfectamente calma; todo movimiento natural del alma aparecerá entonces como una agitación, una disipación, una crispación, por lo tanto una dejadez.

La bondad: la misericordia de la Substancia cósmica consiste en aquello que, virgen con relación a sus producciones, ella conlleva una potencia inagotable de equilibrio, de rectificación, de curación, de absorción del mal y de manifestación del bien, y que, maternal hacia los seres que se dirigen a ella, ella no les niega su asistencia. Igualmente, el alma debe desviar su amor del ego endurecido, para dirigirlo hacia el prójimo y la creación entera; la distinción entre el «yo» y el «otro» es como abolida, el «yo» se vuelve «otro» y el «otro» se vuelve «yo». La distinción pasional entre el «yo» y el «tu» es una muerte, comparable a la separación entre el alma y Dios.

La humildad: la Virgen, a pesar de su santidad suprema, permanece mujer y no aspira a ningún otro papel; y el alma humilde tiene consciencia de su rango y se desdibuja ante lo que la sobrepasa. Es así que la Materia Prima del Universo permanece en su nivel y no tiende nunca a apropiarse de la transcendencia del Principio.

Los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de María son otros tantos aspectos de la realidad cósmica de una parte, y de la vida mística de otra.

Como María -y como la Substancia universal- el alma santificada es «virgen», «esposa» y «madre».

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La Oración dominical es la plegaria más excelente de todas, puesto que ella tiene como autor a Cristo; ella es, por consiguiente, más excelente en tanto que oración, que el Ave, y es por esto que ella es la primera plegaria del Rosario. Pero el Ave es más excelente que la Oración dominical en tanto que contiene el Nombre de Cristo, que se identifica misteriosamente con Cristo mismo, ya que «Dios y su Nombre son idénticos»; ahora bien Cristo es más que la Oración que él ha enseñado, el Ave, conteniendo a Cristo por su Nombre, será entonces más que esta Oración; es por esta razón que las recitaciones del Ave son mucho más numerosas que las del Pater, y que el Ave constituye, con el Nombre del Verbo que ella contiene, la substancia misma del Rosario. Lo que acabamos de enunciar viene a decir que la plegaria del «servidor» dirigida al «Señor» corresponde a la realización del estado edénico o primordial, y por lo tanto a la plenitud del estado humano, mientras que el Nombre mismo de Dios corresponde a una finalidad más allá de todo estado individual.

Desde el punto de vista microcósmico, «María» es el alma en estado de «gracia santificante», cualificada para recibir la «Presencia real»; «Jesús» es el germen divino, la «Presencia real» que debe operar la transmutación del alma, a saber la universalización de ésta, o su reintegración en lo Eterno. «María» es «superficie» o también «horizontal»; «Jesús» es «centro» y «vertical». «Jesús» es Dios en nosotros, Dios que nos penetra y nos transfigura.

Entre las meditaciones del Rosario, los «Misterios gozosos» conciernen al punto de vista en el que nosotros nos situamos, y en conexión con las oraciones jaculatorias, la «Presencia real» de lo Divino en lo humano; en cuanto a los «Misterios dolorosos», ellos describen el «encarcelamiento» redentor de lo Divino en lo humano, la profanación inevitable de la «Presencia real» por las limitaciones humanas; los «Misterios gloriosos» finalmente se relacionan con la victoria de lo Divino sobre lo humano, con la liberación del alma por el Espíritu.

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La Santa Virgen es inseparable del Verbo encarnado, como el Loto es inseparable de Buda, y como el Corazón es la sede predestinada de la Sabiduría inmanente. Hay en el Budismo toda una mística del Loto, la cual comunica una imagen celeste de una belleza y de una elocuencia insuperables; una belleza análoga a la custodia conteniendo la Presencia real, y análogo sobretodo a esa encarnación de la Feminidad divina que es la Virgen María. La Virgen, Rosa mystica, es como la personificación del Loto celeste; en un cierto sentido ella personifica el sentido de lo sagrado, el cual es la introducción indispensable a la recepción del Sacramento.

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Uno de los nombres que la letanía de Lorette atribuye a la Santa Virgen es Sedes Sapientiae, «Trono de la Sabiduría»; en efecto, como san Pedro Damian (siglo XI) lo ha señalado, la Santa Virgen «es ella misma ese Trono admirable del que trata el libro de los Reyes», a saber, el Trono de Salomon; este Rey-Profeta que según la Biblia y las tradiciones rabínicas fue el sabio por excelencia. Si María es Sedes Sapientiae, es antes que nada porque ella es la Madre de Cristo, que siendo el «Verbo» es la «Sabiduría de Dios». María no habría podido ser el lugar de la Encarnación si ella no tuviera en su naturaleza misma la Sabiduría a encarnar.

La sabiduría de Salomon es a la vez enciclopédica, cosmológica, metafísica y simplemente práctica; bajo este último aspecto es política tanto como moral y escatológica, siendo al mismo tiempo bastante más que eso.

En cuanto a la sabiduría de la «Divina María», es menos diversa que la de Salomon porque no engloba ciertos ordenes contingentes: su sabiduría no podría ser ni enciclopédica ni «aristotélica», por así decirlo. La Santa Virgen no conoce, y no quiere conocer, más que aquello que concierne a la naturaleza de Dios y la condición del hombre; su ciencia es necesariamente metafísica, mística y escatológica, y por ese hecho mismo contiene virtualmente toda ciencia posible, como la luz una e incolora contiene las luces diversificadas y coloreadas del arco iris.

La Santa Virgen en tanto que Sedes Sapientiae personifica esta Sabiduría misericordiosa que desciende sobre nosotros, y que nosotros, lo sepamos o no, llevamos en nuestra propia esencia; y es precisamente en virtud de esta potencialidad o de esta virtualidad que la Sabiduría desciende sobre nosotros. La sede inmanente de la Sabiduría es el corazón del hombre (el corazón en cuanto «centro esencial» y no como «sede de la sentimentalidad»). (Frithjof Schuon)

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«La Santísima Virgen es por naturaleza, y no por adopción, el receptáculo humano del Espíritu Santo (de ahí "gratia plena" y "dominus tecum"). "Inmaculada Concepción", la Santísima Virgen vehicula a priori al Espíritu Santo y de ese modo lo personifica. De ello resulta que una invocación a María, como por ejemplo el Ave, es práctica, implícita y quintaesencialmente una invocación al Espíritu Santo. La Virgen, como el Espíritu, es la "matriz" a la vez inviolable y generosa de todas las gracias». (Frithjof Schuon, El Sufismo, Velo y Quintaesencia)

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En la plegaria, en el sentido espiritual que vamos brevemente a describir, no se trata de pedir algo para uno mismo o para los demás, sino de crear en el alma un «estado» de sumisión total y de plasticidad ontológica. Esta «plegaria espiritual» es una «vibración» que armoniza el alma con las «cualidades» de la Virgen. Recitando el Ave María, el alma se aplica a si misma las palabras del Angel a María, y la repetición cuasi indefinida, o el ritmo, del Rosario engendra esta vibración que «transforma» el alma en su prototipo virginal. Hagamos notar de paso que el carácter propiamente técnico de la "plegaria espiritual" que acabamos de ver, hace que se emparente con la «oración de Jesús» utilizada en la Iglesia de Oriente, así como con los métodos análogos que se encuentran por muchos lugares y que revelan todos la Invocación de un Nombre divino, pero este no es lugar para desarrollar estas consideraciones. Será suficiente con señalar que el Ave María contiene, como dos joyas incrustadas, los nombres de Jesús y de María. A propósito de esto, tiene su interés el subrayar que estos dos nombres no figuraban en la salutación del Angel a María y que han sido añadidos por la Iglesia.

La utilización del Ave María -o del Rosario- en tanto que «plegaria espiritual» aparece como el medio susceptible de crear en el alma esa «receptividad» a la Gracia que es la aplicación en el «microcosmos» humano del Fiat Lux cosmogónico del Génesis destinado a «organizar el caos», o del misterio de la Encarnación, el Verbo, Luz del mundo, descendiendo en el seno virginal de María para engendrar ahí al Cristo.

Según la primera perspectiva , el alma humana, en su estado de caída o de «separatividad», es un «caos» caracterizado por el endurecimiento, la diseminación, la torpeza, la dispersión, la fealdad, etc... siendo todo esto contrario a las «virtudes espirituales» de pureza, bondad y de humildad de la Substancia primordial.

Según la segunda perspectiva, el alma humana debe de identificarse con el «seno virginal» de María para llegar a ser el «lugar» de la generación del Verbo. Según el Maestro Eckhart -y según toda la tradición específicamente cristiana y la concepción trinitaria de la Divinidad- la Voluntad del Padre es engendrar eternamente el Hijo, y no hay otra voluntad. Este «nacimiento eterno» del Hijo se produce fuera del tiempo y del espacio en ese «lugar» que es la Virgen: es la misma generación del Hijo que se produce en María o la operación del Espíritu Santo en el misterio de la Encarnación que es a la vez temporal e intemporal. Es una vez más la misma generación del Hijo la que debe de producirse en la Iglesia -y en cada alma- y eso también en el tiempo y fuera del tiempo. Es, en consecuencia, en la medida en la que el alma se identifica con la Virgen cuando se realiza en ella el misterio de la Encarnación: es necesario entonces que el alma se vuelva «intemporal».

La recitación de las palabras del Ave produce y realiza en el alma las «cualidades» de la Substancia primordial y el «contenido» del misterio de la encarnación:

AVE MARIA - Saludando a María, el alma reconoce la misteriosa Belleza de la Substancia primordial y de sus diversas «cualidades», es decir que ella se identifica misteriosamente a aquello que ella nunca ha dejado de ser eternamente en Dios, si no es por la «ilusión separativa» de la «caída». María es la pureza, la belleza, la bondad y la humildad de la Substancia eterna; el reflejo microcósmico de esta Substancia es el alma en estado de gracia. El alma en el estado de gracia bautismal corresponde a la Virgen María; la bendición de la Virgen se posa en aquel que purifica su alma por Dios. Esta pureza -el estado marial- es la condición esencial, no solamente para la recepción sacramental, sino también para la actualización espiritual de la Presencia real del Verbo. Por la palabra ave, el alma expresa que, adecuándose a la perfección de la Substancia Eterna, se pone al mismo tiempo en relación con ella, además lo hace implorando la ayuda de la Virgen María que personifica esta perfección.

GRATIA PLENA - La Substancia primordial no debe sus «cualidades» más que a esta «gracia» que hace de ella Inmaculada Concepción. La Substancia primordial, en razón de su pureza, su bondad y su belleza, está colmada de la Presencia divina. Ella es pura, porque ella no contiene otra cosa que Dios; ella es buena porque compensa y absorbe todos los desequilibrios cósmicos, ella que es la totalidad y por lo tanto el equilibrio; ella es bella, porque está totalmente sometida a Dios. Es así como el alma, su reflejo microcósmico -corrompido por la caída- debe de volverse pura, buena y bella.

DOMINUS TECUM - El Verbo esta constantemente en comunicación con la Substancia, que, sin él , no tendría ninguna realidad. Esta Substancia está, no solamente colmada de la Presencia divina de una manera ontológica o existencial, en el sentido de que ella está colmada por definición, es decir por su naturaleza misma, sino que ella está también constantemente en comunicación con el Verbo en tanto que tal. Por lo tanto, si gratia plena quiere decir que el Misterio divino es inmanente a la Substancia como tal, Dominus tecum significará que Dios, en su transcendencia metacósmica, se revela a la Substancia, lo mismo que el ojo, que está lleno de luz, ve al sol como tal. El alma colmada de gracia verá a Dios.

BENEDICTA TU IN MULIERIBUS - Entre todas las substancias «microcósmicas», la Substancia universal es llamada buena, bella, etc... Comparada con todas las substancias secundarias, solo la Substancia tal es perfecta, y totalmente bajo la Gracia divina. Todas las substancias derivan de ella por ruptura de equilibrio; por lo mismo, todas las almas caídas derivan del alma primordial por la caída. El alma en estado de gracia, el alma pura, buena y bella, reencuentra la perfección primordial; ella es por eso «bendita entre todas» las substancias microcósmicas.

ET BENEDICTUS FRUCTUS VENTRIS TUI, JESUS - Jesús que es la Bendición y que, según las apariencias, nace de la Virgen, es llamado «ser bendito»; en realidad, sin embargo, no es el Verbo Eterno que nace de la Substancia, sino que es esta y, con ella, todas las substancias «separadas» las que mueren en el Verbo y que resucitan en él: es el misterio de la Asunción de María. Aquello que en principio es Dominus tecum, se vuelve en la manifestación, fructus ventris tui, Jesús; es decir que el Verbo que comunica con la Substancia siempre virgen de la Creación total, se refleja en sentido inverso hacia el interior de esta Creación: él aparecerá ahí como el fruto, el resultado, no como la raíz, la causa. Y por lo mismo: el alma sumisa a Dios por su pureza, su bondad, y su belleza, parece dar nacimiento a Dios, según las apariencias; ahora bien, este Dios naciendo en ella la transmutará y la absorberá, como Cristo transmuta y absorbe su cuerpo místico, la Iglesia, que de militante y sufriente llega a ser triunfante. Pero en realidad, el Verbo no nace en la Substancia, ya que él es inmutable; es la Substancia la que muere en el Verbo. Por lo mismo, cuando Dios parece germinar en el alma, es en realidad el alma la que muere en Dios. Benedictus: el Verbo que se encarna es él mismo la Bendición, sin embargo, como él es, según las apariencias, manifestación como la Substancia, como el alma, él es llamado bendito; porque él es visto entonces, no con relación a su transcendencia -que volvería a la Substancia irreal- sino bajo su apariencia, su Encarnación: fructus.

JESUS: es el Verbo que determina la Substancia, que se revela a ella. Macrocósmicamente, es el Verbo que se manifiesta en el Universo como Espíritu divino; microcósmicamente, es la Presencia real que se afirma en el centro del alma, se extiende ahí y finalmente la transmuta y la absorbe. Es la deificación, fin último del hombre. (Abbe Henri Stephanne - F. Schuon)

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El primer título con el que la piedad hace honor a María es el de "Madre", y no olvidemos que si la Iglesia la ha proclamado "Madre de Dios", Theotokos, también ella es llamada "Madre de los hombres". Y, bajo esta última denominación, ella es también la Nueva Eva recogiendo, para magnificarlo, el destino de la primera Eva que era la "Madre de los vivientes" (Gn 3,20) ¡madre desdichada de vivientes desdichados!.

La redención, para el hombre individual, es el "segundo nacimiento", que le es conferido por la iniciación bautismal. Ahora bien, como se ha repetido a menudo, este segundo nacimiento no se opera ritualmente más que por un "retorno a la madre", es decir al origen. Es por eso que la cuba bautismal ha sido siempre asimilada con un vientre materno. Pero la iniciación bautismal es, como toda iniciación, virtual: deposita una semilla divina, brotada del Espíritu Santo, que debe pasar a un seno maternal para ser alumbrada. Es María la que acoge al bautizado en su seno y le prepara para hacer pasar al acto la virtud de la iniciación bautismal. "San Agustín -escribe el bienaventurado Grignion de Montfort en su Tratado de la verdadera devoción a la santa Virgen, llama a la santa Virgen forma Dei, "el molde de Dios", el molde adecuado para formar los dioses: aquel que es puesto en este molde divino es pronto formado y moldeado en Jesucristo y Jesucristo en él; él llegará a ser Dios, puesto que él es depositado en el mismo molde que ha formado un Dios".

Ciertamente el bautismo con la eucaristía son capaces de dar al hombre la naturaleza crística, de llevarlo a la theosis, pero después de que él haya sido dado a luz por María, como lo ha querido Jesús, cuando ha dicho a san Juan y por él a todos los hombres: "Hijo, he aquí a tu madre". Es además el sentido del adagio, reconocido oficialmente por la Iglesia: "Ad Jesum per Mariam". El hombre entonces puede elevarse, siguiendo a la Virgen, en su "Asunción", hasta la cumbre de los cielos, ya que si María es llamada "Reina de los Angeles" y "Reina de los Cielos", eso significa que ella ha, en tanto que mujer terrestre, recorrido y recapitulado todos los estados superiores del Ser simbolizados por las palabras "cielos" y "ángeles", y en su "Coronación" se ha unido a la Divinidad, de la cual ella había salido, de la misma manera que Jesús, después de su Resurrección, subió, él también y el primero en tanto que hombre "por encima de los cielos" (Ac. 1,10;He.4,15) donde él reside como Verbo divino desde toda la eternidad. Ese es también el sentido de la "escala de Jacob", y es la razón por la cual la Virgen María es invocada, en la letanía del Acathista bajo el título de "Escala que hace subir a los hombres de la tierra al cielo". La Virgen, en tanto que mujer terrestre, ha integrado todos los estados superiores del Ser y, por ello, ha llegado a ser, al lado de Cristo, el prototipo humano de la humanidad glorificada. De manera que, para aquel que ha llegado a ser "hijo de María", según la voluntad de Jesús, ya no hay necesidad tras la muerte de recorrer efectivamente, a la manera de una transmigración, la multiplicidad de los estados superiores para alcanzar la deificación, puesto que, en esta calidad de "hijo de Dios", él los ha ya integrado virtualmente.

Esta colaboración intima de María en la realización integral de la Vida espiritual cristiana, que es la "cristificación del fiel", el cristiano verdadero siendo, según la formula tradicional, "otro Cristo" (alter Christus), nos invita a considerar, de una manera distinta de la habitual, el icono de la "Virgen en majestad", sentada, presentando a su hijo sentado sobre sus rodillas y como saliendo de su vientre (fructus ventris tui); en Oriente, el icono correspondiente llamado la "Virgen del signo", representa a María con el niño en su vientre abierto. El niño es desde luego el Niño-Dios, Jesús, pero es también el niño divino que el elegido debe llegar a ser, a imitación de Jesucristo, pasando por el seno de la Virgen. (Jean Hani)

 

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«La plegaria sin distracción es la intelección más alta de la inteligencia (el espíritu)»; «La plegaria es la ascensión de la inteligencia (el espíritu) hacia Dios»; «El estado de oración es un habitus impasible que, por un amor de lo supremo, arrebata sobre las cimas intelectuales, al intelecto prendado de sabiduría»; «La oración es un estado del intelecto, destructor de todos los pensamientos terrestres»; «Aquel que ora en espíritu y en verdad no extrae ya más de las criaturas las alabanzas que dirige al Creador: es desde Dios mismo que él alaba a Dios»; «La salmodia nivela las pasiones y apacigua la intemperancia del cuerpo; la oración hace efectuar a la inteligencia su actividad propia»; «La salmodia revela la sabiduría multiforme; la oración es el preludio de la gnosis inmaterial y uniforme». (Evagiro Pontico)

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«Que la oración no se separe del intelecto más que del sol su rayo. Sin ella, las preocupaciones sensibles envuelven al intelecto como las nubes sin agua y le quitan su esplendor propio» (Elias el Ecdicos)

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Ahora prestad atención a esta palabra: quien recibió a Jesús tenía que ser necesariamente virgen. Virgen indica alguien que está vacío de toda imagen extraña, tan vacío como cuando todavía no era. Mirad, ahora podríamos preguntar: ¿cómo puede, el hombre que ha nacido y alcanzado una vida intelectual, quedar vacío de toda imagen como cuando todavía no era? ¿No es cierto que sabe mucho de cuanto son las imágenes? ¿Cómo puede, sin embargo, estar vacío? Ahora atended a la distinción que os quiero comunicar. Si yo fuera en tal forma intelectual que todas las imágenes comprendidas desde siempre por todos, además de las que están en Dios mismo, estuvieran en mí, intelectualmente, y si a pesar de ello yo no sintiera apego por ninguna de ellas, ni en el hacer, ni en el dejar de hacer, ni en el antes ni en el después; si, antes bien, estuviera en el ahora presente, libre y vacío, por amor de la voluntad divina, para cumplirla sin interrupción, entonces, verdaderamente ninguna imagen se me interpondría y yo sería, verdaderamente, virgen como lo era cuando todavía no era.

Que el hombre sea virgen, sin embargo, no le priva en absoluto de las obras que ha realizado; nada le impide ser virginal y libre, sin impedimento alguno frente a la verdad suprema, de la misma manera que Jesús está vacío y es libre y virginal en sí mismo. Como dicen los maestros, sólo lo semejante tiene motivo para la unión con lo semejante; por eso el hombre debe ser virgen y sin mancha, si quiere concebir al Jesús virginal.

Ahora ¡atended y observad con aplicación! Si el hombre fuera siempre virgen, no daría ningún fruto. Para hacerse fecundo, es necesario que sea mujer (...) Es bueno que el hombre conciba a Dios en sí mismo, y en esa concepción él es puro y sin mancha. Es mejor, sin embargo, que Dios fructifique en él, pues la fecundidad del don no es más que la gratitud del don, y así el espíritu se hace mujer en la gratitud que renace y en la cual el hombre engendra, de nuevo, a Jesús en el corazón paterno de Dios.

Muchos dones buenos son concebidos en la virginidad; pero no son engendrados, de nuevo, en Dios por la fecundidad femenina en una alabanza de gratitud. Los dones perecen y se anonadan, de suerte que, por su causa, el hombre no llega a ser nunca más bienaventurado ni mejor. Entonces su virginidad de nada le sirve, porque más allá de su virginidad no llega a ser una mujer plenamente fecunda (...)

Los esposos raramente dan más de un fruto al año. Pero ahora estoy pensando en otra clase de esposos: todos los que se hallan apegados a las oraciones, los ayunos, las vigilias y los diversos ejercicios y penitencias exteriores. Todo apego en la acción que te prive de la libertad de estar en ese ahora presente al servicio de Dios y de seguirlo sólo a él en la luz por la cual te guiaría en el hacer y en el dejar de hacer, libre y nuevo en cada instante, como si no tuvieras otra cosa, ni la quisieras o pudieras hacer; todo apego y toda intención en la acción, siempre que te prive de la nueva libertad, a eso llamo ahora «un año», pues por su causa tu alma no da ningún tipo de fruto, mientras no ha realizado la acción que has emprendido como algo propio; y no confías en Dios ni en ti mismo antes de haber realizado la acción que has emprendido (...) y no confías en Dios ni en ti mismo (...) por eso no das fruto si no has realizado tu obra.

(...) Más de una vez he dicho que en el alma hay una potencia a la que no afectan ni el tiempo ni la carne; fluye del espíritu y permanece en el espíritu y es completamente espiritual. Dios se halla en esa potencia tan reverdecido y floreciente, con toda la alegría y gloria, como es en sí mismo. Allí hay una alegría tan cordial e indescriptible que nadie sabe hablar de ella con propiedad (...)

Hay, todavía, otra potencia, igualmente incorpórea, que fluye del espíritu y permanece en él y es siempre espiritual. En esa potencia Dios luce y arde con todo su reino, con toda su dulzura y con toda su delicia. Verdaderamente en esa potencia hay una alegría y una delicia tan grandes sin medida que nadie es capaz de explicar ni revelar. Por otro lado digo: si hubiera un hombre que con el intelecto y según la verdad mirara por un instante la delicia y alegría que hay en su interior, todo el sufrimiento que pudiera padecer y que Dios permitiera le sería bien poca cosa y una nonada; digo más: incluso le sería una alegría y un descanso (...)

Algunas veces he dicho que en el espíritu hay una potencia y sólo ella es libre. A veces he dicho que es una custodia del espíritu; otras he dicho que es una luz del espíritu y otras veces que es una centella. Pero ahora digo que no es ni esto ni lo otro, y sin embargo es algo que está por encima de esto y lo otro y por encima de lo que el cielo lo está sobre la tierra (...) está libre de todo nombre y desnuda de toda forma, totalmente vacía y libre, como vacío y libre es Dios en sí mismo. Es tan completamente una y simple como uno y simple es Dios, de manera que no se puede mirar en su interior (...) Mirad, en la medida en que él es uno y simple se aloja en ese uno, que llamo una ciudadela en el alma, y si no es así no puede entrar allí de ninguna manera; sólo así penetra y se halla en su interior. Esa es la parte por la que el alma es igual a Dios y ninguna otra. Lo que os he dicho es verdad; pongo a la verdad por testigo ante vosotros y a mi alma como prenda.

Que Dios nos ayude a ser una ciudadela, a la que Jesús suba y sea recibido (por una virgen) y permanezca eternamente en nosotros en la manera que os acabo de decir. Amen. (Maestro Eckhart)

 

 

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