APARICIONES DE LA VIRGEN
Isidro-Juan Palacios
ALBA DE LAS APARICIONES
Nadie sabría decir el porqué, así que inútil sería planteárselo. El caso es que tenemos la intuición: la Divinidad existe. Esa es la certeza que perdura, esa es la seguridad que se mantiene, incluso en épocas como la nuestra, de tan flaca memoria y sensibilidad. Hemos nacido del recuerdo, del parentesco y de los antepasados. Por muy remotas que sean las edades, por muy lejano que se nos diga que está el ser humano primitivo o el origen primordial de la vida, seguimos sabiendo que somos hijos de los dioses. Los antiguos (ya de antaño, ya de éste, ya de los siglos venideros), al abrir los ojos, los vieron y los conocieron. Tenían un trato cotidiano y asiduo con ellos. Nosotros no los vemos ahora, porque al nacer ya estamos ciegos, y por eso no les amamos, y por eso los hemos olvidado. Pero siguen estando ahí, mucho más cerca de lo que creemos, mucho más cerca que el latido del corazón. Y de esto seguimos también teniendo el presentimiento. Como estrellas muy distantes, demasiado distantes, frías, trascendentes, ignoradas, los percibimos; o como piedras o espinos semisecos al borde del camino, los sospechamos. Los adivinamos todavía, de una forma tan acentuada, que terminaríamos por inventárnoslos, si ellos -mudos e invisibles- no se manifestarán, no se descubrieran. Y aunque lo neguemos, cuando los rechazamos lo los matamos, tarde o temprano divinizamos o mitificamos aquello que les sustituye: un modo de existencia, una idea, un anhelo, un temor, un propósito, un pensamiento, una historia, un sistema político, un tesoro...
Así, pues, he aquí la sentencia, éste es el sino: dioses y hombres nos necesitamos mutuamente. La aparición, por eso, al sobrevenir, demuestra dos coss: que la Divinidad y los inspirados poemas que la cantan no son una ocurrencia humana, dado que es ella la que se abre y se entrega tal y como quiere hacerlo; y, segundo, que la Divinidad tanto nos ama, como necesidad tiene de nosotros. Su presencia, al fundar el hecho religioso o la sutileza entrañable, quiere decir que no podemos prescindir de la aparición. Y, por otra parte, sus mensajes, pidiendo nuestra devoción hacia sí misma, un templo o un sacrificio; sus palabras, solicitando nuestra ayuda para sus tareas y sus luchas; sus imágenes, mostrándose para atraernos, evidencian que ella no puede pasar sin cada uno de nosotros. Este acontecimiento, en consecuencia, pone de relieve que la Divinidad, por un lado, es «tal cual es», mientras que por el otro destaca que el ser humano es mucho más que un «hombre», y que una persona, cada ser, es bastante más de lo que cree «ser», ya que dentro lleva la semilla de su divinización: el logro, la realización, el fruto de ser dios. Por todo, hay que concluir que las apariciones son una verdadera poesía, una relación recíproca, un libro de buen amor.
Desde que el «hombre» ha dejado de tener un trato habitual y cotidiano, un encuentro personal con sus dioses, ha hecho que tengamos de ellos un presentimiento intelectual tan sólo. De ahí que la religiosidad deje de ser una vivencia, para transformarse en una especulación cristalizada, en un sistema de ideas, en una filosofía, en una teología.
EL NUEVO ANALFABETISMO DE LOS SENCILLOS
Al filosofo y al teólogo les agrada especular; son intelectuales que «piensan sin el cuerpo», como dijera Yukio Mishima; son pensadores que desligan las ideas de la carne o de la efímera y pesada materia, para dejarlas volar libres y etéreas hacia la abstracción, ese espacio que el filósofo y el teólogo pretenden dominar, aunque nos les lleve a parte alguna. Esa es la razón por la que, ambos, son bastante reacios a la hora de aceptar o reconocer una aparición. No es casual que ni siquiera las reciban; y si las tienen, nolas experimentan por ser filósofos o teólogos, sino por sencillos. ¿Quiere esto decir que nos encontramos ente el marco de un nuevo analfabetismo? Es indudable que, para estos dos tipos humanos, la respuesta es afirmativa. Pero, ¿se puede uno enorgullecer de tanta civilización conquistada? Los pensamientos independientes, autónomos, levantan murallas que aíslan y estrechan la ciudad, en tanto que la aparición permanece fuera, en la amplia extensión de la campiña donde, sin fronteras, junto a la sombra y la luz, se asienta la barbarie. No hay puertas en el muro par la Virgen, o al menos, si las mantiene abiertas, ella no las atraviesa. Decía Plutarco en el Poder de los Numa que la aparición rompe con el principio de «aprehender a la Deidad por medio del intelecto». el filósofo o el teólogo pueden, si cabe, amar a la diosa o a la doncella; pero la comparten con sus ingenios o la supeditan a sus pensamientos. Y por eso ella, dama de un solo amor, no se les muestra. Además, ya desde Platón, están demasiado acostumbrados a diseccionar la realidad, a distinguir y a separar las cosas. Diferencian y enfrentan el alma del cuerpo, el espíritu de la materia, el cielo de la tierra, lo sobrenatural de lo natural. Elaboran leyes, decálogos, categorías con que armar todo ese artificio... En una palabra: abstraen. Y no se dan cuenta de que la aparición es, justo al contrario, algo muy concreto, palpable, cabal y real. Como sólo el amor auténtico puede ser, el amor que expresa una aparición, es amor de encarnación. Nada tiene aquí que ver con las ideas amadas por el sistema platónico, desencarnadas. En las antípodas, la imagen de una aparición no distingue ni escinde alma y cuerpo, espíritu y materia, cielo y tierra, lo sobrenatural y lo natural. Unos expresan a los otros. Los pies, las manos o la cara de la Virgen son vitales para quienes los han besado; sus lágrimas también, para quienes las han tocado; son piedras preciosas, sus joyas, y buenas sedas coloreadas las telas de sus vestidos. Muy diferente es una aparición de lo que concibe el mundo del filósofo y del teólogo, pues el cuerpo y la materia de la Virgen que tocamos es su alma y su espíritu; del fondo de la gruta, en la tierra, brota el cielo, aparece el ser celestial; y el árbol, la piedra, el agua y el Sol -algunos de sus símbolos-, la creación divina y entera, lo natural, es lo sobrenatural.
Por eso, lejos de fundar una sola forma religiosa mundial para todos los hombres -otra abstracción-, como les gustaría a los filósofos y a los teólogos, anulando etnias, modos de ser, raíces e identidades, la aparición se diversifica. Sin dejar de ser unitaria, se hace varia, esto es, universal. Da vida, por tanto, a hechos sagrados diferentes entre los pueblos y las épocas; e incluso, dentro de una misma religión, como la cristiana, la misma aparición, la misma Virgen, da ocasión a miles de advocaciones, con diferentes bellezas: aquí habla en español o en portugués, y allí en náhuatl o en eslavo; allá se dejó ver rubia y con ojos azules, y cerca se ha aparecido con el cabello y ojos castaños.
Escribe Jünger en La tijera que la aparición es instauradora, fundadora. La aparición de Isis como estrella de la mañana durante el solsticio de verano inauguraba el año para los egipcios. El dato lo recoge Manuela Dunn Mascetti en su obra sobre las Diosas. Es más, afirma Jünger en su citado ensayo: «Ninguna religión puede prescindir de las apariciones. La fortaleza de éstas determina la duración de los cultos...»
Manantial y frescura. El agua, inseparable de la Virgen, es el símbolo que mejor contempla el caos primordial del origen, delque emerge el primero de los seres. Antes de eso, todo era oscuro, invisible, unido y preexistía en el vientre de la primera deidad: siempre, una Madre divina. En su seno todavía reinaba la paz; no se había declarado la lucha entr el Sol y las tinieblas; el blanco y el negro no se excluían. Los conflictos vendrían después... Pero éste es otro tema. Sigamos.
TE HEMOS VISTO, DIVINA AURORA.
El agua estuvo al principio, y siguió estando ahí y, con ella, la Deidad: contenido de todas las posibilidades, de todas las potencialidades de la creación Su aparición fue el inicio del mundo. Desde entonces, las apariciones han seguido siendo la fuente más directa y viva que lo divino ha tenido y tiene a fin de darse y hacerse conocer. Los Veda, uno de los cultos mas ancestrales del legado indoeuropeo, ofrendan el canto y el rito de la mañana a la divina Aurora: la Bella Mujer que con su manifestación nos «crea», nos hace nacer de su intimidad, nos despierta, a nosotros y a los dioses, que tras ella vendrán, como Indra, el divino y sol invicto. Joven de blancos vestidos, descubre su cuerpo una vez que ha retirado de sí la vestidura negra de la noche -de nuevo ese caos-, y ha brillado: desvelándose, se ha engendrado para nosotros. Asequible a la plegaria, la Hija del Cielo, la primera anterior a todo fulgor, ha sido vista resplandeciente, revestida de luz, como Mujer que refulge a lo lejos. Sabedora de su hermosura, se mantiene enhiesta, como quien se baña, para que nosotros la veamos... Trae la fortuna, el don y la gracia; es la dadora de mercedes: mira de frente a todos los seres; abre las puertas del Cielo.
El poeta védico escribe:
«Te hemos despertado con nuestros cantos»; y ella (Aurora), «despierta a la gente» haciendo «transitables los caminos, avanzando hacia adelante.» «Eres vista por tu generosidad en la primera invocación.» «Permaneces en las alturas de las montañas» -sigue diciendo el poeta-
«La Hija del Cielo -Aurora- va al encuentro de los hombres; y como una joven hermosa, deja sueltos sus pechos, descubriendo a su adorador los bienes. De nuevo, la virgen ha engendrado la luz como antes», «¡Tú pones a la vista tus senos brillando, oh Aurora!»
La leche era todavía el alimento sagrado de los arios cuando éstos llegaron desde el Norte hasta la India, penetrando en aquella región de Asia alrededor de dos mil años A.C. Alba, la doncella y madre nutricia de los orígenes, es por eso llamada la Blanca (de se color es igualmente el jugo que se obtiene de la planta utilizada para el rito védico, el soma, que deriva de «su», cuyo sentido es «engendrar», ya que es en ese libor que luego transparenta por el que se transmite el germen viviente), y es también la Vaca generosa de leche, entre otros apelativos, de donde se explica que todavía el hinduismo conserve el respeto venerable por esos animales.
Algunos pensarán que son sólo coincidencia. Pero es sabido que nuestras Vírgenes mantienen en sus apariciones una vinculación algo especial con las vacas, los toros y los prados. Esos animales y sus pastos constituyen, con preferencia sobre otros, los instrumentos de muchas de sus revelaciones, y uno de sus marcos más escogidos. A Aurora, los Veda, la identifican con la vaca sagrada, y dicen más:
«Tú (Aurora) que con la ayuda de los toros traes el don deseado»; y «como quién deshace una cuerda, generosa avanza, dueña de los pastos».
Es claro que el alcance que aquí tienen los pechos que se muestran y la leche que la Madre divina ofrece poseen la importancia espiritual que el alimento y la visión contemplan. Por tanto, la leche y la visión, no sólo vendrían a satisfacer «el cuerpo», como opinaría el científico moderno, sino asimismo «el alma», es decir, que confortarían al ser por entero, sin esas vanas distinciones que ponen fronteras donde lo indivisible reina, entre el cuerpo y alma. Y todavía, no lejos de agotarse como «materia» que nos aporta vida inmortal en este mundo, esa visión y ese alimento nos proporciona salvoconducto y vitualla para la salvación y el tránsito hasta el cielo.
LA IMAGEN: CUERPO Y ALMA SIN DIFERENCIAS
Es clave. Algo hay que decir, por tanto, sobre la imagen. Cuerpo y alma son uno para los amantes; confundir el cielo y la tierra es una locura amorosa; descubrir lo sobrenatural en la naturaleza es el misterio esencial que el amor destila. Desde Platón, desde los teólogos que le han seguido, desde los científicos que les han heredado, tales afirmaciones son heréticas. Ellos, no sólo han distinguido en elementos la unidad, sino que han llegado a disociarla y a separarla, a escindirla y a enfrentarla. La imagen para quien ama es un todo. Claro que el amor no es intelectual, es una vivencia. Y esa vivencia hace que la imagen efímera, la carne corruptible, la materia inerte, sean asumidas por el amor a la realidad inmortal.
Fue la Virgen asunta en «cuerpo y alma» a los cielos; y es así como ella se aparece. ¿De qué nos enamoramos ante su visión?, ¿por qué parte de ella suspiramos? Muestra su encantadora figura en silencio; no la partimos. Nos habla, ¿qué es lo que nos habla: su cuerpo o su alma? La imagen es un todo. Su amor no es de abstracción platónica, intelectualizado, ideal. No, nada de eso. Su finura eterna, inmortal, sobrenatural, incorruptible, divina, es de carne efímera y huesos como los nuestros.
¿Por qué el poema del trovador y el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz son intercambiebles? ¿Por qué el amor que Dante tuvo a Beatriz le llevó hasta la Virgen en el empíreo del cielo? ¿Por qué Suso, el místico alemán, amaba a la sabiduría divina encarnada enla imagen de la Virgen-reina, conforme a las reglas creadas por el amor cortés del siglo XII? No hay amores, sino único es el Amor.
APUNTES SOBRE ALGUNAS APARICIONES DE SANTA SOFIA VIRGEN
Pocas son las apariciones de la Sabiduría divina que, en cuanto tales, se han contado. Boecio, hacia el 524 d.C., en la cárcel, parece que experimentó al menos una aparición de la Virgen como Sofía. «Fue como si apareciera a mi cabeza una mujer, de presencia respetable; sus ojos centelleaban, y su mirada me penetró...»
Santa Hildegarda (1098-1179) vio en su primera visión una figura que miraba hacia Oriente. Su faz y sus pies brillaban con resplandor que cegaba; llevaba un vestido de seda blanca con un manto verde por encima. Adornos de piedras preciosas, oro y otras joyas. Sofía Virgen, relacionada aquí con María y con la naturaleza, al presentarse al «lado» del Dios todopoderoso invisible estaría indicando que ella era su imagen. Ese Dios era el Espíritu Santo -todo Amor-. La segunda visión le presenta a la Santa Sabiduría sobre las siete columnas o dones del Espíritu Santo... tuvo muchas otras.
Jacob Böhme (1575-1624), zapatero, educado en la fe protestante, recibió al menos una aparición de Sofía Virgen, de quien aprendió la profundidad de su misterio que luego vertería en sus obras. «Quiero venir a ti, y habitar en ti, en tu coro interior. Tú has de beber de mi pequeña fuente, pues ahora yo soy tuya y tú eres mío...» Y llegó a tener con Böhme una experiencia de amor blanco.
Otra protestante, Lady Jane Leade (1623-1704) vivió tres apariciones consecutivas. Tras oír primero su voz, se le dejó ver como una mujer bella, resplandeciente de sol y vestido de oro. Se le aparece como Madre y se llama a sí misma Sofía de Dios. Viene coronada de estrellas, como reina, rodeada de ángeles, igual que la Mujer del Apocalipsis, y le dice que es la fuerza de Dios, el principio divino que ha de nacer en el interior de cada ser humano.
Vladimir Serguéievich Solviov (1853-1900), primero en Moscú, luego en Londres y por último -la tercera- en Egipto, tuvo tres apariciones. A los treinta y seis años, en la iglesia moscovita de la Ascensión, se le presentó rodeada e impregnada de rayos azules. Durante su estancia en Inglaterra sólo le vio el rostro. Y en Egipto, en 1876, una voz le invitó a salir al desierto: «¡Ven... te espero!»
Por su parte, Jacob Wirz también la vio y dialogó con ella. Era María la encarnación de Hagia Sofía, la Sabiduría «hecha hombre». Y Anna Katharina Emmerich describió su «nacimiento», esto es, como se exteriorizó del seno de Dios que era su propio seno, su hogar, su morada. En el trono divino de la Trinidad hubo un movimiento interno. Un ser venía de dentro y
Apareció en el cielo una figura como de una virgen. No era la Santísima Virgen María en el Tiempo, sino en la Eternidad... Vi formarse su aparición ante la Santísima Trinidad como el aliento forma una nubecilla delante de la boca... Y de la Divinidad salió otra visión.
«Era un Vaso para el Santísimo», un cáliz, un Santo Grial.
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(Fragmentos extraídos de: «Apariciones de la Virgen - Isidro-Juan Palacios - Ediciones Temas de Hoy - ISBN 84-7880-464-1. Actualmente agotado. Algún ejemplar puede conseguirse en: IBERLIBRO )
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