MUNÍCIPES O LA TAREA DEL HÉROE

             La reciente dimisión, por imperativo judicial, del alcalde de Palacios de la Sierra ha puesto en la palestra una problemática relacionada con la tarea de nuestros munícipes o concejales, que a veces se me antoja parecida a la los héroes por las consecuencias que de ella se derivan y/o se pueden derivar. Cierto es que las leyes están para cumplirlas, y nadie está exento de ese acatamiento, pero en el caso aludido, sin entrar a “juzgar” si la sanción impuesta por el juez es acorde con el “delito” cometido o si las razones aducidas por el regidor son válidas para justificar su conducta, el ciudadano José Alonso, por haber ejercido de representante municipal, ha visto como su vida ha sufrido un cierto quebranto que tendrá repercusiones en su ámbito social y personal. “Tengo la conciencia tranquila”, como dijo en el acto de cesión del cargo, es muy importante, esencial, y la mayoría de las veces es suficiente pero tengo la impresión de que alguna secuela quedará en la piel del munícipe.

            Este asunto, en el que por cierto la gravedad de los hechos es muy discutible, enlaza con el gran número de problemas a los que tienen que hacer frente los concejales, empezando por la circunstancia horrible de que en alguna región de nuestro país el desempeño del compromiso capitular puede costar la vida. Me paro a pensar en la preparación de las listas electorales para los próximos comicios en el País Vasco y se me pone la carne de gallina, pero acabo diciendo: son héroes. ¿O cómo llamar a los que ponen en peligro su pellejo; soportan los insultos de grupúsculos agresivos de neonazis; se tragan las escenas de paranoicas que se viven en algunos Ayuntamientos; se desgarran cuando ven su nombre en una diana; pierden vida privada por la obligada necesidad de llevar guardaespaldas; piden comprensión a su familia, algo destrozada,..., por defender unas ideas o un programa político? Es algo tremendo que sólo ellos, los que se involucran en esa situación, saben lo que es.

Pero también, a otro nivel por supuesto, y sin posible comparación alguna con la situación anterior, hay circunstancias en las que el puesto de concejal acarrea unas cargas, que en principio no estaban escritas y engrandecen la labor, ingrata en muchas ocasiones, desarrollada por los ediles. La asunción de unas actuaciones programáticas conlleva el trabajar para sacarlas adelante, y esto es lo que se ha de exigir a los elegidos para formar la Corporación, palabra muy expresiva de lo que debe ser un Ayuntamiento. Creo que en el haber de unos candidatos comprometidos con su tarea se debe tener muy en cuenta la dedicación a los vecinos y a los problemas que tiene el municipio. Muchas veces esta función se ve afectada por conductas ajenas espurias que hacen tambalear la idea inicial que ofrecía el sillón del salón de plenos.

Esas cuestiones se aprecian mucho más en el medio rural que en el urbano. Por un doble motivo: económico y personal. Económico porque la remuneración del puesto de concejal es mucho mayor en la ciudad que en el campo, dónde en muchos casos el “amor al arte” es la nómina mensual, y puede compensar ciertos sinsabores que tiene la “cosa pública”; y personal debido al contacto más directo y permanente que hay en las calles de los pueblos entre los vecinos y el alcalde, que “obliga” a los concejales a pasar mucho tiempo entre los bastidores municipales -incluso de alguno se podría decir que se lleva el Ayuntamiento a casa-; montones de horas dedicadas a lo de los demás que nunca van a ser reconocidas ni económica ni particularmente. Pero hay más; la proyección a título personal, de algo que sólo debe afectar a su actuación como concejal, puede enturbiar la vida de los dignatarios del pueblo y esto, que no debería ocurrir nunca, es bastante más delicado.

Han pasado los tiempos en los que algunos candidatos tenían demasiados intereses personales y nuestros concejales, los que se empeñan en trabajar con los mimbres de la democracia en los proyectos qué mejorarán la vida de los vecinos, merecen más aprecio. El homenaje que, organizado como todos los años por la Diputación Provincial, se celebró recientemente en el Día de la Provincia a la figura del munícipe es todo un acierto al que sólo falta la certificación popular. Quizás algunos o muchos de los protagonistas de este comentario renieguen de solemnidades, pero seguro que se sentirían sobradamente premiados si ven que los ciudadanos tienen más comprensión hacia la labor que desarrollan.

Carmelo


 

     La Chinada Salas de los Infantes 2002