La realidad de nuestros pueblos es la expresión de la vida, la cultura, el
devenir de los siglos, … una página extendida de nuestra historia a un solo
golpe de vista. Y nos lo estamos cargando.
Debo partir de una afirmación tajante y clara respecto a las intervenciones
que se están llevando a cabo en la arquitectura popular rural, incluso en la
arquitectura monumental y lo hago extensible a los cascos urbanos, configuración,
etc. Hemos sufrido la invasión del hormigón y el cemento como remedio rápido,
urgente, irremediable al deterioro imparable de nuestra cultura rural. En los
últimos quince años hemos pasado de una imagen bucólica, medieval, rural o
verde a las mezclas más caprichosas y esperpénticas que abofetean nuestros
pueblos. Parece evidente la contradicción en la que nos movemos: Desde todos
los foros de la política y desde las diferentes administraciones se está
vendiendo la imagen virtual del turismo rural; cuando sea realmente real la
sorpresa será incalculable ante la mutación que se está produciendo en el
producto primario de ese turismo. Estamos arruinando el objeto de deseo del
turismo de interior. No quiero entrar en las causas políticas, pero
comprenderán que son varias e igualmente varios los responsables del presente
desmán.
Salvo algún núcleo que podría definirse como experimental, no se está
rehabilitando el patrimonio rural. Es evidente que se están rehabilitando
algunos edificios, pero se cuida tan poco el área visual inmediato que el
efecto logrado es decepcionante.
Quizás es un planteamiento excesivo, pero deberían condicionarse las ayudas
a la rehabilitación del patrimonio a un cuidado exquisito del resto del
entorno en que se ubican esos edificios.
El descuido de los alrededores es salvajemente tercermundista con claros
signos de deshumanización acelerada.
Los materiales tradicionales se están revelando como los más ecológicos,
sanos y durables frente a los modernos. La diferencia está entre la rapidez
de la inmediatez y la serenidad disfrutada de lo que se hace con la sabiduría
de la experiencia contrastada en el tiempo.
No es posible una intervención en el espacio rural sin tener en cuenta su
realidad temporal intrínsecamente ligada a su realidad existencial.
¿Qué hacer?
Desde hace más de diez años, dos personas en Burgos (a lo largo y ancho de
la provincia y pateando todos los pueblos y todos los tejados) dos personas se
destacaron por su interés en encontrar una solución adecuada a los graves
problemas que presentaban tanto las estructuras de las cubiertas como, más
directamente, su rehabilitación o conservación.
A nadie de ustedes se les escapa la evolución que en estos últimos años se
ha vivido, se está viviendo hoy día, en lo que respecta al cuidado y a la
forma de mirar los edificios que solemos llamar “históricos”,
“nobles” o “singulares”.
Aún cuando pareciera una obviedad, que lo es a poca atención que se preste a
estos inmuebles, la evolución antinatural de estos edificios a lo largo de su
azarosa y muchas veces maltratada realidad es un exponente irrefutable del
nulo interés, respeto o consideración que históricamente hemos tenido por
estos ejemplares únicos e irrepetibles.
Es posible que esa realidad objetivable nos acerque a una filosofía que aún
hoy aletea sobre ellos: “Las cosas valen en cuanto nos sirven para lo que
pretendemos”. Reconozco que es una tesis arriesgada e incluso insolente
pero no me resisto a exponerla porque presupongo que es común (debería decir
ha sido común) a la mayoría de personas, grupos, entidades o instituciones
que han tenido alguna relación con estas piezas.
Unicamente los edificios que no han sido útiles, los que han dejado de
cumplir una función diaria, los que se han abandonado junto al resto de las
otras edificaciones, se han librado de intervenciones que han desfigurado
descaradamente su integridad.
No hago distinciones en esta afirmación entre edificios religiosos, civiles o
particulares; nobles o populares.
Hemos perdido buena parte de nuestro patrimonio en aras de un supuesto
desarrollo, adaptación a los tiempos nuevos, a la necesidad inmediata, o al
capricho económico y singularizador de los poderosos de cada época.
No se puede ignorar que esa actitud desalmada con los edificios recibidos y
sus valores arquitectónicos o de estilo, podemos conocer, contemplar y
disfrutar de otros edificios híbridos y atemporales que también tienen su
gracia, su historia y su valor (tanto estético como artístico o arquitectónico).
Quizás es mucho pedir a quienes promueven y asesoran sobre la rehabilitación
de dichos edificios un respeto exquisito a los proyectos originales de quienes
los idearon. Es posible que en ocasiones sea imposible tal intervención. Aún
más: todos debemos mirar lo que hacemos y cómo y por qué lo hacemos; pero
debo, tras reconocer los errores que este Servicio Técnico de Obras ha
cometido a lo largo de su existencia, debo insistir en la ineficacia de la
mayoría de los proyectos de rehabilitación visados tanto en los colegios de
Arquitectos o Aparejadores como de ingenieros.
Me atrevo a sugerir que tras la liberalización producida en estos Colegios,
un paso más debería ser la de coordinar el respeto al edificio. Y asumo que
es la Junta de Castilla y León la garante actual de dicho patrimonio, pero
puesto que casi ningún edificio de estos pasa por la Comisión de Patrimonio
antes de las intervenciones, alguien más debería cuidar de ellos.
Y centrémonos en lo que es habitualmente es nuestro trabajo y aportación al
cuidado y rehabilitación de los edificios religiosos de la Diócesis de
Burgos; que más o menos coincide con los términos geográficos de la
provincia salvo, en ocasiones, el Condado de Treviño y el Valle de Mena que
corresponden, respectivamente, a las Diócesis de Vitoria y Santander.
Decía que fue gracias a la dedicación y entusiasmo de Víctor Ochotorena y
Benito Fernández, como comenzó el trabajo en el que vengo trabajando, junto
a Víctor Ochotorena Gómez, con el que formo el Equipo Técnico de la Comisión
de Obras del Arzobispado, desde hace ocho años.
El primer plano que cayó en mis manos sobre una estructura de cubierta de
madera para una torre-campanario de una iglesia, concretamente de la de
Cebrecos, procedía de la mano del Aparejador Diocesano mencionado, D. Víctor.
Como párroco de la citada localidad debía llevar a cabo la recuperación del
edificio y habíamos presentado un apunte de trabajo a base de viguetas
castilla, vobedilla y cemento. En aquel entonces la idea que tenía yo de un
proyecto o una memoria era, simplemente, ridículo; como la mayoría de los párrocos
o de la gente de los pueblos en los que vivimos. Nadie nos había acercado la
realidad física necesaria en esas intervenciones. Se nos habló del templo
como casa de Dios, pero nunca de la realidad material que necesitaba un
mantenimiento y unos cuidados técnico y no piadosos.
Tampoco tenía yo necesidad de ello, ya que ignoraba tales términos. Aún hoy
es una carencia de una buena parte del clero burgalés. Pudiera admitirse esta
carencia si existiese un respeto hacia los profesionales de la edificación,
pero aún hoy nos sorprendemos con la opinión (economicista evidentemente) de
muchos que se fían más del albañil del pueblo que de un profesional de la
rehabilitación o de nosotros mismos.
Llevamos varios años intentando que las obras que se realizan en estos
edificios sean legales (lo que deja entrever que muchas de ellas son ilegales)
: que se presenten proyectos visados, que se cuiden las medidas de seguridad,
el respeto a la identidad del edificio, los permisos pertinentes, etc.
En multitud de ocasiones hemos facilitado los planos de las estructuras a
diferentes arquitectos o aparejadores para que ellos lo cotejasen, redibujaran
e incluyeran en su proyecto para ser visado.
Digámoslo todo: En ocasiones nos saltamos este paso para ejecutar la
estructura que pensamos corresponde a la realidad y necesidad del edificio aún
sin contar con el Arquitecto director. Y es cierto que la mayoría sabe que
estas estructuras funcionan bien, pero no es el camino correcto. Le estudio,
le reestudio, le redibujo para comprenderlo mejor. Y me decido a trabajarlo.
Ahora trabajo con una motosierra, pero entonces, aún teniéndola para hacer
leña, era incapaz de cortar una tabla derecha.
Me acerco a la sierra para pedir la madera necesaria de acuerdo a los planos
recibidos: cada pieza con sus dimensiones concretas y la cantidad de cada una
de ellas. Recuerdo que las más largas eran de abeto (con su singular olor al
cortarlas o trabajarlas). Me parecieron tan perfectos los dibujos ejecutados
en el plano por Víctor y que habían de ejecutarse en cada una de las piezas
que conformarían la estructura de la cubierta que decidí alquilar un taller
de madera para utilizar sus mesas y máquinas para realizar los diferentes
cortes y encajes. Así que, ni corto ni perezoso, me llevé la madera en un
camión desde la sierra al taller del bueno de Castor en Salas de los
Infantes.
Allí, entre los dos, buscamos la mejor manera de colocar las piezas de madera
para realizar los diferentes cortes. Algunas no había manera de adecuarlas en
sus máquinas, o no podíamos con ellas por tener más de seis metros de
largo. Al final de la mañana teníamos preparados los cuadrales, aguilones y
estribos; y en parte de la tarde lo dejamos todo lo demás preparado; todo
salvo la cabeza de las limas. Estas llevan dos cortes que van a encajar entre
sí y con el extremo de la cumbre. Era incapaz de ver esa postura.
Tuvo que venir Víctor, ya en Cebrecos, al pié de la torre, para concretar el
corte. Y poder ver hecha realidad la cubierta de lo que era un montón de
piezas como de un puzle sin saber muy bien cuál sería el resultado final.
De esa aventura viene el que ahora me encuentre al frente de este Servicio Técnico
de Obras junto a Víctor y que llevemos ejecutas más de doscientas sesenta
estructuras de cubiertas por toda la provincia. Se dice pronto, pero son ocho
años prácticamente ininterrumpidos ejecutando estas estructuras con la
prestación personal, como siempre se ha venido haciendo, de las gentes de
cada pueblo o parroquia. Que es otro de los elementos tradicionales que
estamos ignorando en el cuidado de nuestros pueblos y una de las mejores
maneras de acercar a los habitantes del mundo rural la propiedad y cariño
sobre y por sus edificios.
El sistema que utilizamos en la rehabilitación de las cubiertas es conocido
como la carpintería de armar. O arquitectura de lo blanco. Armaduras, que si
se adornan se pueden convierten en complejas lacerías. El libro de Enrique
Nuere, “La carpintería de armar española” reeditado en el 2000 por el
Instituto español de arquitectura y la Universidad de Alcalá, es junto con
el de “Ars Lignea” del Gobierno Vasco sobre las Iglesias de madera, son
los dos textos más explícitos y completos sobre el tema.
Es cierto que sobre tramados de madera hay muchas muestras y variadas en la
colección Arquitectura Popular Española de Carlos Flores en Aguilar. Y
diversos estudios referente a temas concretos de estos trabajos.
Únicamente quisiera transmitir la necesidad de tomar conciencia de que el
entorno en que nos encontramos es un libro de nuestra historia, cultura,
sabiduría, etc y que o lo estudiamos y cuidamos o nos salimos
irremediablemente de nuestra historia; Huérfanos en un mundo desierto y
carente del alma de quienes antes que nosotros, y con más sentido común
ocuparon estas tierras, sufrieron y gozaron en ellas.
Fermín González López
La Chinada Salas de los Infantes 2002