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MADROÑO. Arbutus unedo. En latín no clásico,
“Arbutus”, es arbolito; soy, pues, un arbusto.
Y, según el boticario judío segoviano, Andrés
Laguna, “un-edo” es un aviso dietético: ¡Come
solamente uno! Sienta mal comer muchos de mis
tentadores frutitos de una sola asentada.
Mis flores, urceoladas (como una orza),
aparecen al terminar el verano. Y esto
sucede antes de que madure la cosecha de
la floración del año anterior. Así, en
plenitud otoñal, podéis ver en el mismo
árbol, y al mismo tiempo, las bayas maduras,
las que fueron flor en el estío de hace
más de un año, con la flores que serán
ricos madroños el próximo otoño.
 
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Por mucho que me cuiden no creceré más
de ocho metros. Las ramas y tronquitos
fueron antaño muy apreciados para hacer
un fino carbón vegetal, llamado cisco.
En el escudo de Madrid está bien claro que el madroño era apreciado
por los “ricos omes”. No puede haber duda de que los osos degustaban
los nutritivos frutos y comían más de uno cada vez. Por ser buena materia
prima para carbón de leña estuvo a punto de desaparecer nuestra
especie de las laderas y barrancos de la sierra madrileña.
Os invito a recordar al claretiano Justino Rodao Olmos, de
tierras segovianas. Fue misionero en China, estuvo a punto de
dejar su vida allí, acusado de ser “enemigo del pueblo”. 
Pasó sus últimos días en Colmenar Viejo (+ 21-01-12)
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Mientras otros duermen yo preparo la primavera


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