Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz
¿QUÉ ES LA SOCIEDAD SACERDOTAL DE LA SANTA CRUZ?
Han de estimarse grandemente y ser diligentemente promovidas aquellas asociaciones que, con estatutos reconocidos por la competente autoridad eclesiástica, fomenten la santidad de los sacerdotes en el ejercicio de su ministerio (Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 8)(1).
La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz tiene como fin la promoción de la santificación sacerdotal, conforme al espíritu y la praxis ascética del Opus Dei (Estatutos, n. 57)(2). Fue erigida por la Santa Sede al mismo tiempo que la Prelatura personal del Opus Dei: Queda erigida a la vez -se lee en la Constitución Apostólica Ut sit, de 28 de noviembre de 1982- la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz como Asociación de clérigos intrínsecamente unida a la Prelatura.
Pertenecen a esa Asociación miles de sacerdotes incardinados en diócesis de los cinco continentes: hay obispos, clero rural, sacerdotes profesores de teología, miembros del clero parroquial... En la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz buscan un estímulo para cumplir mejor sus obligaciones con Dios, con la Iglesia y con los demás, una ayuda para luchar cada uno por ser un santo sacerdote. Pero cabe preguntarse: ¿qué pretende esa Asociación? Algunos la confunden con la Prelatura del Opus Dei: ¿en qué se diferencia de esa Prelatura? Otros consideran que un sacerdote diocesano no debería apuntarse a nada, o que sería menos diocesano si lo hiciera: ¿sucede eso en este caso?; ¿qué ofrece la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y qué espera de los sacerdotes que piden ser admitidos?; ¿qué supone para un sacerdote unirse a ella?
Hay muchos sacerdotes que se sienten llamados
por Dios a pertenecer a esa Sociedad, y otros muchos que, sin
sentir esa específica llamada, la ayudan con su oración o
participan de sus actividades formativas. De todos estos temas
hablaremos en las siguientes páginas.
(1) Cfr.C.I.C..c.278, 1° y 2°
(2) A la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz
se dedican los capítulos 1º y 11 del título XI de los
Estatutos o Cadex iurix particularis del Opus Dei. Entre otros
lugares, están publicados íntegros en las dos obras a las que
se hace referencia en la nota (8)
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HISTORIA DE LA SOCIEDAD SACERDOTAL DE LA SANTA CRUZ
El Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz es el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador también del Opus Dei. Por lo que se refiere al desarrollo de la Sociedad Sacerdotal pueden distinguirse diversos hitos.
El 14 de febrero de 1943
El 2 de octubre de 1928, el Beato Josemaría
Escrivá funda, por inspiración divina -divina ductus
inspiratione: así se expresa Juan Pablo II en la citada
Constitución Apostólica Ut sit-, el Opus Dei: una
movilización de cristianos -laicos y también sacerdotes- que,
sin salirse de su sitio, buscan la santidad en el ejercicio de su
trabajo profesional, y en el cumplimiento de sus deberes
ordinarios.
Enseguida comienza el trato apostólico con personas de distintas edades y condiciones. A algunos sacerdotes amigos suyos les pide que le ayuden en la atención espiritual de los laicos que se acercan al Opus Dei: algunos de ellos nunca pasarán de colaboradores; otros comienzan a sentirse llamados a vivir el espíritu del Opus Dei.
Pero lo que más urge al Fundador durante esta primera etapa es la atención sacerdotal específica de los laicos del Opus Dei: necesita sacerdotes que transmitan su misma espiritualidad a los laicos y que puedan dedicarse, en cualquier lugar del mundo, a sacar adelante esa tarea. No podía ni quería sustraer sacerdotes a las diócesis para atender las necesidades del Opus Dei.
Por tanto, el único camino era la ordenación sacerdotal de algunos hijos suyos, que hubieran vivido antes según el espíritu del Opus Dei, lo conocieran bien y fueran buenos profesionales. Poco después de terminar la guerra civil española, ya se estaban preparando algunos; entre ellos, Mons. Alvaro del Portillo. Otros dos, que se ordenarían con él en 1944, también eran ingenieros: Jose María Hernández de Garnica y José Luis Múzquiz, fallecidos santamente, en 1972 y 1983. Los tres cursaban ya estudios eclesiásticos avanzados, y se examinaban en el Seminario Metropolitano de Madrid.
Pero el Fundador no sabía aún cómo podrían ordenarse y dedicarse con total disponibilidad al Opus Dei, es decir, cómo resolver el problema jurídico de la incardinación de esos sacerdotes. Rezaba, pedía consejo a reconocidos canonistas, pero la solución no venía... Así llegamos al 14 de febrero de 1943.
Era el décimo tercer aniversario del inicio de la labor del Opus Dei entre las mujeres, y don Josemaría Escrivá celebraba Misa ese día en un Centro que las mujeres del Opus Dei habían instalado poco antes en la madrileña calle de Jorge Manrique. En la Misa, después de la Comunión, nació la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: El 14 de febrero de 1943 -escribió más tarde-, después de buscar y no encontrar la solución jurídica, el Señor quiso dármela, precisa y clara: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Es uno de los momentos fundacionales del Opus Dei. Esa solución le permitiría incardinar a los sacerdotes que se ordenaran al servicio del Opus Dei. Al terminar la celebración, pudo hablar ya de esa Sociedad y comenzó a preparar la documentación para su aprobación eclesiástica.
Primavera de 1950
En la Causa de Beatificación de Josemaría
Escrivá muchas personas testimoniaron su amor apasionado por los
sacerdotes. Nunca se había alejado de ellos, lo que le había
permitido advertir los afanes de santidad de tantos sacerdotes,
sus problemas y dificultades, y, a veces, su soledad desde el
punto de vista humano, y su necesidad, como cualquier hombre, de
saberse querido y ayudado: con frecuencia recordaba todo lo que
había aprendido de sus compañeros en los seminarios de Logroño
y Zaragoza, su breve e intensa experiencia rural, su trato
amistoso con sacerdotes de Madrid...
Al acabar la guerra civil española, a partir de 1939, muchos obispos le llamaban para dar ejercicios al clero: hay constancia de que desde esa fecha hasta 1942 dirigió más de veinte de esas tandas de una semana de duración -algunas, con un centenar de asistentes-, teniendo que realizar desplazamientos incómodos a sus expensas, sin cobrar ni un céntimo por ésa ni por ninguna otra tarea sacerdotal: había decidido proceder así ya en 1938. Y todo, mientras mantenía su ingente labor con los laicos: se estaba realizando en aquellos años la primera expansión del Opus Dei por España, a la que seguiría luego la de otros países.
A la vez, se daba cuenta, por el trato con los miles de sacerdotes a los que llegaba su predicación y dirección espiritual, que el espíritu que Dios le había entregado ofrecía a muchos de ellos luz e impulso para vivir su sacerdocio: santificarse en su propio estado, tomando ocasión del trabajo, de las circunstancias de su vivir diario como sacerdotes. Les ayudaba ese espíritu para acercarse a Dios y servir a la Iglesia. Era su amor por el sacerdocio lo que le hacía desvivirse así por los sacerdotes.
Estamos a mediados de los años cuarenta. En 1946, el Fundador traslada su domicilio a Roma, mientras Dios seguía alimentando en su corazón el deseo de servir a los sacerdotes, de manera cada vez más intensa.
El Opus Dei estaba ya a punto de recibir la aprobación definitiva de la Santa Sede como institución de ámbito universal: sucedería en 1950; e iniciaba su andadura en varios países: Italia, Portugal, Gran Bretaña, Irlanda, México, Estados Unidos... Pero el Beato Josemaría Escrivá advertía ya claramente que debía extender a los sacerdotes la luz y la fuerza que Dios le había comunicado.
Así que meditó y rezó mucho, y llegó a una conclusión: emprendería una nueva fundación para ayudar a los sacerdotes de las distintas diócesis, aunque eso le exigiera tener que abandonar el Opus Dei.
Fue un momento difícil aquél de 1949-1950: dejar el Opus Dei, en el que por su humildad ya no se consideraba imprescindible, era alejarse de la criatura que Dios había puesto en su corazón y en sus manos veintidós años atrás, a la que tanto amaba y que tanto le había costado sacar adelante.
Llegó incluso a comentar su decisión con sus colaboradores, con algunas personalidades de la Curia Romana y con sus dos hermanos: con estos últimos, para prevenirles ante la posible nueva campaña de maledicencias y quizá calumnias que ese sacrificio suyo levantaría.
Mons. Javier Echevarría se refiere al estado de ánimo de los allegados del Fundador en aquellos momentos difíciles: Imagino el profundo dolor que les produciría, aunque comprendían la necesidad de esa nueva fundación; pero, ante todo, impresiona el heroísmo con que Mons. Escrivá de Balaguer estuvo siempre dispuesto a responder a lo que el Señor le pidiera, e incluso, si se diera el caso, a abandonar lo que, secundando fielmente la Voluntad divina, había nacido en sus manos con tanta oración y tanto sacrificio (Palabra 239, junio 1985, p. 25).
Uno de sus biógrafos, el francés François Gondrand, explica así la preocupación del Beato Josemaría en aquellas circunstancias: Está convencido de que la espiritualidad del Opus Dei puede contribuir mucho a que esos sacerdotes se santifiquen en su estado. Pero, ¿cómo incorporarles a la Obra sin alejarles de las diócesis en que trabajan y sin modificar en nada las relaciones y los lazos que les unen a sus obispos respectivos? (...) La solución, que durante tanto tiempo había buscado y nadie le había sugerido, era muy simple. En efecto: si la vocación al Opus Dei consistía en buscar la santificación a tra-vés de las ocupaciones ordinarias (...) estaba claro que los sacerdotes podían hacer lo mismo, esforzándose, en su caso, en cumplir su ministerio con la mayor perfección posible; la Obra sólo aportaría la ayuda espiritual para que lo lograsen (Gondrand, F.; Al paso de Dios, Rialp, Madrid, 1985, pp. 195- 196).
La solución llegaba justo a tiempo: un ligero
retraso de semanas en la tramitación de la aprobación del Opus
Dei iba a resultar providencial, pues permitió que la Santa Sede
aprobara también la incorporación de sacerdotes de las
distintas diócesis a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
Cuando Mons. Escrivá cae en la cuenta de que esos sacerdotes
caben en lo que ya está fundado, experimenta una gran alegría:
no tiene que abandonar el Opus Dei. El Señor, sin duda
-comenta Gondrand-, le había hecho creer que le pedía ese
des-garrador sacrificio, a la manera como había pedido a Abraham
que sacrificase a su hijo, para probar su obediencia...
(Ibidem, p. 197). Pero además quedaba probada también su
pasión por el sacerdocio y por los sacerdotes. Era la primavera
de 1950.
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LOS SOCIOS DE LA SOCIEDAD SACERDOTAL DE LA SANTA CRUZ
La Sociedad Sacerdotal tiene, como asociación íntimamente unida al Opus Dei, una estructura perfectamente configurada tras su erección pontificia, en 1982, como asociación clerical propia e intrínseca de la Prelatura, de manera que con ella forma un todo único y de ella no puede separarse (Estatutos, n. 36, pár. 2°). Por tanto, tiene un tratamiento jurídico propio, que la distingue de la Prelatura del Opus Dei, aunque permanezca indisolublemente unida y esté animada por la misma espiritualidad.
Pertenecen a la Sociedad todos los
sacerdotes incardinados en la Prelatura
Por un lado pertenecen a la Sociedad todos los
sacerdotes que, ordenados para el servicio del Opus Dei, están
incardinados en esa Prelatura personal erigida por Juan Pablo II
en 1982.
Son los que, siendo laicos, pertenecían ya al
Opus Dei y trabajaban en muy distintas profesiones; después,
tras cursar estudios insti-tucionales de Filosofía y Teología y
obtener un doctorado eclesiástico, se ordenan primordialmente
para atender las actividades pastorales de la Prelatura.
Pertenecen también a la Sociedad otros
sacerdotes incardinados en las diócesis
La mayoría de los socios de la Sociedad
Sacerdotal no pertenecen al presbiterio de la Prelatura, sino al
de sus diócesis respectivas, a las que sirven y de las que
exclusivamente dependen.
Son sacerdotes -también diáconos- de cualquier diócesis o de otra institución jerárquica secular -del clero castrense, por ejemplo-, que trabajan donde el respectivo obispo les ha colocado: en una parroquia, en la delegación diocesana de la juventud o de cáritas, en la enseñanza, o como capellán del cementerio o de un asilo... No abandonan ese lugar o esos trabajos por pedir la admisión en la Sociedad Sacerdotal. Al contrario: lo que ellos buscan y lo que se les ofrece en la Sociedad Sacerdotal son unos medios ascéticos para santificarse luchando por mejorar su sacerdocio secular, precisamente allí donde su obispo les haya pedido que trabajen.
Por tanto, su vinculación con la Sociedad Sacerdotal es meramente asociativa. Esto quiere decir que no tienen un superior jerárquico con potestad de régimen por pertenecer a ella: su único Superior, al que desean estar unidos y obedecer como cualquier otro sacerdote de la diócesis, es su propio obispo.
Saben que el espíritu del Opus Dei les puede ayudar interiormente para luchar con más afán por su propia santidad y por sacar adelante mejor las tareas ministeriales encomendadas, y por eso se comprometen a conocer a fondo y a vivir ese espíritu. Pero sin salirse de su sitio. De manera semejante a un laico que trabaja en tal empresa y que está unido en matrimonio: si desea vivir el espíritu del Opus Dei, no es para descuidar ni su trabajo ni a su mujer, sino para santificarse atendiéndolos mejor. Esto es un rasgo básico del espíritu del Opus Dei: no sacar a nadie de su sitio, ayudar a cada uno a hacer mejor lo que ya estaba haciendo antes. No hay cambio de sitio ni de actividad. Lo que sí debe haber es un cambio de actitud, al descubrir con luces nuevas -las que Dios le concede al llamarle al Opus Dei- que sus ocupaciones diarias son el camino de su santidad, son el lugar donde le espera constantemente el Señor.
Si ese sacerdote, después de su incorporación a la Sociedad Sacerdotal, no luchara por vivir mejor las virtudes cristianas y sacerdotales; o no mejorara la atención de su parroquia o su trabajo en la curia diocesana, o sus clases de catequesis; si no vibrara con las vocaciones sacerdotales y con el seminario..., no estaría viviendo con plenitud el espíritu del Opus Dei.
Una perspectiva radicalmente desenfocada para entender la pertenencia de un sacerdote secular de una diócesis a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz sería pensar que ese sacerdote considera insuficiente la vocación sacerdotal, o que los demás sacerdotes no están en condiciones de aspirar a la santidad. De manera gráfica, el Beato Josemaría solía explicar -con palabras tomadas de San Pedro- que los cristianos -sacerdotes y laicos- hemos de brillar como linternas en la oscuridad -quasi lucernae lucentes in caliginoso loco (cfr. Surco, n. 318), ser como faroles encendidos: que den luz y calor de Dios a los demás. Lo único que buscan los sacerdotes que se sienten llamados a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, y lo único que se les ofrece, es un espíritu y unos medios para que ese farol no se apague, vibre y sirva así para que otros muchos se acerquen a Dios a través de su ministerio sacerdotal, vivido con plenitud.
Es obvio que el sacerdote secular goza de una esfera de autonomía, de libertad y de responsabilidad personales, en la que cae de lleno su decisión de utilizar los medios que -con el auxilio divino y tratando de seguir las mociones del Espíritu Santo- considere oportunos para avivar el carisma de su ordenación, máxime si esos medios no sólo son compatibles con su dependencia, unión y comunión pastoral con su Ordinario y su presbiterio, sino que tienden a reforzarlos.
Es obvio también que este camino del que venimos hablando no pretende, ni remotamente, presentarse como superior a ningún otro, ni tampoco como exclusivo. Igual que es evidente -y es motivo para dar gracias a Dios- que, desde que el Señor quiso abrirlo en su Iglesia, ha dado notables frutos de santidad entre miles de sacerdotes (3), y que responde a ese tipo de Asociaciones sacerdotales que el Concilio Vaticano II recomienda, como hemos señalado al comienzo de este trabajo.
¿Quiénes pueden ser socios de la Sociedad
Sacerdotal?
Pueden pertenecer a la Sociedad Sacerdotal de la
Santa Cruz los diáconos o sacerdotes seculares que se sientan
llamados por Dios para vivir ese espíritu -los Estatutos (n. 61)
hablan expresamente de la necesidad de vocación divina-, y
pueden incorporarse sin límite de edad alguno. E1 Beato
Josemaría Escrivá experimentaba una alegría grande cuando
solicitaba la admisión algún sacerdote anciano o que sufría
alguna enfermedad crónica.
En cambio, los alumnos de seminarios que aún no son diáconos, no pueden pertenecer a la Sociedad Sacerdotal. Pero, si barruntan su vocación antes de ordenarse, pueden ser considerados y admitidos como Aspirantes (cfr. Estatutos n. 60, pár. 1). En muchos casos, estos seminaristas serán candidatos al sacerdocio que han descubierto su vocación al calor de las actividades formativas del Opus Dei y que, animados por ese espíritu, se entregan al servicio ministerial de su diócesis. En otros muchos, se tratará de jóvenes que han vislumbrado su vocación junto a algún sacerdote de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ilusionado por fomentar las vocaciones para el seminario (4).
Los religiosos o los miembros de institutos
seculares, lógicamente, tienen que vivir el espíritu y utilizar
los medios ascéticos propios de su familia o instituto. Por esta
razón de respeto y aprecio hacia esos otros caminos suscitados
por el Espíritu Santo, es lógico que no puedan integrarse en la
Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que tiene un espíritu
distinto.
(3) En el proemio de la Constitución Apostólica Ut
sit, el Romano Pontífice hace constar que el Opus Dei se ha
esforzado, desde los comienzos, en llevar a la práctica
la doctrina de la llamada universal a la santidad, y en promover
entre todas las clases sociales la santificación del trabajo
profesional X por medio del trabajo profesional. A
continuación, añade que mediante la Sociedad
Sacerdotal de la Santa Cruz, ha procurado ayudar a los sacerdotes
incardinados en las diócesis a vivir la misma doctrina, en el
ejercicio de su sagrado ministerio.
(4) Conviene insistir en que estos futuros
sacerdotes se ordenarán para el servicio de la diócesis. En
ningún caso esos seminaristas son seminaristas de la
Prelatura o del Opus Dei. Tampoco los que son
enviados por sus Obispos para cursar estudios en algún Ateneo o
Facultad regido por la Prelatura o los que residen en algún
colegio eclesiástico encomendado al Opus Dei: siempre serán de
y para la propia diócesis. Como ya se ha recordado, el clero de
la Prelatura procede únicamente de los laicos ya incorporados a
ella anteriormente.
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LOS FINES DE LA SOCIEDAD SACERDOTAL DE LA SANTA CRUZ
A través de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, un sacerdote de cualquier diócesis puede sentirse llamado por Dios a santificar su ministerio según el espíritu del Opus Dei y vivir ese espíritu con total entrega.
Podrá vivir el espíritu del Opus Dei con tanta plenitud como un laico o un sacerdote que pertenezcan a la Prelatura. Porque la Sociedad Sacerdotal tiene la misma finalidad de ayuda y formación para la santidad y el apostolado que la Prelatura del Opus Dei, pero entre los clérigos diocesanos. Los medios de formación -clases, retiros, convivencias, dirección espiritual, etc.- son también similares. Y la espiritualidad es también la misma: la santificación del trabajo ordinario y los demás deberes sociales y familiares.
Para un laico, casi todo girará alrededor de un laboratorio de investigación o de su trabajo agrícola o de su oficina y de su familia: allí tiene que ser santo; y para un sacerdote, todo su afán de santidad y servicio se centrará en su ministerio sacerdotal.
Qué ofrece la Sociedad Sacerdotal a los
sacerdotes
Fundamentalmente, un camino de santificación en
el trabajo sacerdotal ordinario y unos medios ascéticos y
espirituales para recorrerlo con aprovechamiento.
Esa ayuda no interfiere sino que secunda la dirección espiritual colectiva que da el obispo de cada diócesis: se trata -por decirlo con palabras de su Fundador- de una dirección espiritual personal solíci-ta y continua en cualquier lugar donde se encuentren, que comple-menta -respetándola siempre, como un deber grave- la dirección común impartida por el mismo Obispo (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 16).
Esa atención espiritual personal, dirigida siempre a la santificación de la vida ordinaria de cada uno, se recibe a través de meditaciones, círculos de estudio, charlas o conferencias, convivencias, charlas fraternas de acompañamiento espiritual... Todo orientado a la santificación de su ministerio: el que le ha sido encomendado por el Obispo propio y que deberá realizar siguiendo exclusivamente sus orientaciones (5).
Con palabras de su Fundador, habría que insistir en que, cuando un sacerdote se adscribe a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, no modifica ni abandona en nada su vocación diocesana -dedicación al servicio de la Iglesia local a la que está incardinado, plena dependencia del propio Ordinario, espiritualidad secular, unión con los demás sacerdotes, etc.-, sino que, por el contrario, se compromete a vivir esa vocación con plenitud, porque sabe que ha de buscar la perfección precisamente en el mismo ejercicio de sus obligaciones sacerdotales, como sacerdote diocesano (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 16).
Alguien podría preguntarse: entonces, pertenecer a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, ¿qué añade a la condición sacerdotal o a las obligaciones que conlleva? Porque todos los sacerdotes deben santificar a los demás y santificarse en su ministerio. Habrá que responder que, sobre todo, se trata de un impulso y unos medios para tratar de vivir santamente lo que ya tiene obligación de vivir.
Prácticamente nada más. Y nada menos: un espíritu -el del Opus Dei- que anima amablemente y enseña positivamente a buscar la santidad en lo ordinario, en lo concreto y práctico, a luchar con amor día a día; y unos medios ascéticos y de ayuda fraterna que se han demostrado útiles para vivir el sacerdocio con el amor y el espíritu de servicio de un alma enamorada. Mons. Alvaro del Portillo comenta que el espíritu de la Obra confirma y robustece el amor de los sacerdotes a la propia diócesis, su unión y obediencia al Ordinario diocesano del lugar, su vida de piedad, su celo pastoral por las tareas que tiene encomendadas, su formación doctrinal cultivada, su preocupación por las vocaciones y por el seminario, su cariño fraterno hacia los demás sacerdotes del presbiterio diocesano, manifestado en ayuda concreta en la vida espiritual y en el trabajo pastoral, siempre que resulte posible.
A1 servicio de ese deseo de vivir santamente el sacerdocio, están algunas exigencias específicas: frecuentar los medios de formación previstos para cada uno (6); un exigente desprendimiento de los bienes materiales (7); el propósito de aprovechar bien el tiempo y dedicarlo con generosidad al estudio y al servicio de los demás, especialmente a los demás sacerdotes de la diócesis; el deseo de afinar en la obediencia a la autoridad diocesana, etc.
Un solo puchero
¿Cuál es el carisma de la Sociedad Sacerdotal de
la Santa Cruz? Es el del Opus Dei (8)
E1 Beato Josemaría Escrivá solía afirmar que, como en cualquier familia sana, él tenía un único puchero: cada uno, dependiendo de sus circunstancias personales, podía meter en él la cuchara y sacar lo que conviniera para alimentar su alma.
Lo que ese puchero contiene -el espíritu del Opus Dei- no es específico ni para laicos ni para sacerdotes, ni para jóvenes ni para mayores: es para todos los que deseen -impulsados por una vocación divina- alimentarse de él para saber y poder santificar sus personales obligaciones. Se adapta como el guante a la mano -por usar otra expresión gráfica del Fundador- a cualquier circunstancia de la vida y a cualquier trabajo que pueda santificarse. Y la vida y el trabajo de un sacerdote puede y debe santificarse, también por razones específicas. De ahí que el Fundador afirmara dirigiéndose a sacerdotes de distintas diócesis pertenecientes a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: Vosotros sois tan del Opus Dei como yo.
La espiritualidad propia del Opus Dei está encaminada a que el alma sacerdotal -todos los cristianos la tienen desde el bautismo- se ejerza y crezca tomando ocasión de las circunstancias personales de cada uno: el trabajo -sea la fábrica o la cátedra, para unos; o el altar, el despacho parroquial o el confesonario, para un sacerdote-; el trato con los demás -sean los compañeros de la oficina, para un oficinista; o los feligreses y los compañeros en el sacerdocio, para un clérigo-; y cualquier otra actividad, como el descanso, las aficiones personales, los intereses deportivos o culturales..., todo ha de ser ocasión de encuentro con Dios y de servicio apostólico a los hombres. Para ayudar a que eso no sea una teoría o un ideal lejano en la vida de muchos cristianos -tanto laicos como sacerdotes-, entre otros instrumentos, el Señor suscitó en el seno de la Iglesia el Opus Dei con la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
Cuando se trata de un cristiano que es de la Prelatura del Opus Dei o de un sacerdote que se adscribe a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, ese deseo de llegar a ser almas contemplativas en medio del propio trabajo estará hondamente impregnado por una mentalidad secular: amor a la libertad, espíritu de iniciativa, sentido de res-ponsabilidad, etc. Una mentalidad muy adecuada, por cierto, a las tareas propias de un sacerdote secular y diocesano que puede potenciar enormente su eficacia pastoral.
Reforzar la condición diocesana
Lógicamente, ese mismo espíritu se irá
concretando en las diversas situaciones en que cada uno se
encuentre: a un padre de familia se le animará en la dirección
espiritual a que se esfuerce por santificar y santificarse en su
hogar; a un sacerdote, en cambio, en otros puntos, adecuados a su
condición.
Por ejemplo, los Estatutos
determinan que el espíritu que informa a los socios de la
Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, debe estar presidido por
los siguientes criterios:
1. Promover con todas sus fuerzas entre los demás
miembros del clero de la diócesis la búsqueda de la santidad
sacerdotal y la obediencia a la Jerarquía eclesiástica (cfr. Estatutos,
n. 68).
2. No hacer nada sin el Obispo (nihil
sine Episcopo agere): nada de lo que se refiera a la
vida sacerdotal y al ministerio. Se trata de una invitación
constante a secundar, desarrollar, potenciar, con espíritu de
iniciativa, las orientaciones del Ordinario en la actividad
pastoral.
3. No abandonar la propia condición diocesana,
sino al contrario, vivirla siempre con más amor de Dios.
4. Conducirse con la máxima naturalidad con los
demás hermanos sacerdotes.
5. No querer distinguirse de los demás
sacerdotes, sino procurar con todas las fuerzas estar unidos a
ellos.
6. Tratar con total caridad a todos los miembros
del presbiterio diocesano, evitando hasta la más mínima sombra
de desunión (cfr. Estatutos, n. 69) o de que pueda
parecer que existe una jerarquía propia de la Asociación (cfr. Estatutos,
n. 73).
Muchas de estas concreciones nos llevan de la mano a un aspecto importante del espíritu que se vive en esta Asociación: la fraternidad que une a los sacerdotes por su ordenación y pertenencia al presbiterio.
Fraternidad sacerdotal
En la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz se
practica, con naturalidad y delicadeza, la corrección fraterna,
medio de santificación recomendado por el Señor en el Evangelio
y que tanto aprecian las personas que desean luchar por la
santidad. Es una de las manifestaciones de la ayuda fraterna que
los sacerdotes pertenecientes a la Sociedad Sacerdotal procuran
prestarse entre sí y prestar a los demás miembros del
presbiterio diocesano.
Esa ayuda de hermanos abarca todos los ámbitos de la vida y tiene variadísimas manifestaciones: caridad, afecto humano y sobrenatural, comprensión, delicadeza en el trato, atención a los sacerdotes ancianos y enfermos, cuidados humanos y espirituales a los que están más solos o necesitados...
Prohibido hacer grupo
Por eso, quien intentara encajar a los socios de
la Sociedad Sacer-dotal de la Santa Cruz -en cuanto tales- en el
juego de las distintas corrientes o
grupos existentes real o supuestamente en el
presbiterio de una diócesis, se equivocaría.
E1 único impulso que la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz puede dar a sus socios en este terreno de las relaciones con los demás sacerdotes es el encaminado a fomentar la unidad, incluso la vida en común en la medida en que desee fomentarla el obispo diocesano.
Su amor a la diócesis y a su unidad, su mentalidad secular y su amor al espíritu del Opus Dei les impediría a ellos mismos aceptar otras consignas: saben que el Señor les llamó a la Sociedad Sacerdotal para ser fermento, no para ser quiste; para abrirse en abanico, no para actuar en grupo. Cada uno actúa en las cuestiones que afectan a la pastoral y a su organización y a la del presbiterio diocesano de acuerdo con su Obispo y según su leal saber y entender, con tanta libertad como cualquier otro sacerdote que desee estar unido a su obispo, a la Iglesia y que la ame apasionadamente.
No es en cambio romper la unidad del presbiterio usar de la legí-tima libertad que tiene cada cristiano a la hora de organizar, por ejemplo, su tiempo libre y su vida de piedad personal, y de utilizar los medios que considere oportunos para fomentar su lucha ascética: una libertad que, expresamente, ha sido reconocida por el Magisterio y la praxis eclesiástica desde tiempo inmemorial, también en el caso de los sacerdotes (cfr. Presbyterorum ordinis, n. 8; C.I.C., c. 278).
Quien no supiera apreciar esta libertad, que tanto puede redundar en beneficio de la santidad sacerdotal y, en consecuencia, en su eficacia apostólica, no podría entender ninguna asociación de clérigos de las recomendadas por el Magisterio, ni, por tanto, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
Qué se pide a los sacerdotes socios de la
Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz
Hay un requisito para ser admitido como socio de
la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: tener una vocación
divina, que lleva consigo la disponibilidad total y habitual de
buscar la santidad, según el espíritu del Opus Dei (9). Eso comporta, en el caso de
los sacerdotes que desean ser admitidos en la Sociedad Sacerdotal
de la Santa Cruz como Agregados o como Supernumerarios (cfr. Estatutos,
n. 59, 1° y n. 61), lo siguiente:
1. Destacar por su amor a la diócesis.
2. Obediencia y veneración al propio Obispo.
3. Piedad, buena formación en la ciencia sagrada,
celo por las almas y espíritu de sacrificio.
4. Esfuerzo en promover vocaciones.
5. Afán por cumplir con la máxima perfección
los encargos ministeriales.
Vida de piedad
Y se les pide, lógicamente, una intensa vida de
piedad, que alimente su lucha ascética y su caridad pastoral:
habitualmente, además de la celebración de la Santa Misa y del
rezo de la Liturgia de las Horas, cada uno ofrece sus obras a
Dios, hace un rato de oración por la mañana y otro por la
tarde, dedica unos minutos a la lectura de la Sagrada Escritura y
de algún libro espiritual, reza el Santo Rosario y el Angelus, y
examina diariamente su conciencia.(10)
Todos esos actos de piedad no son considerados fines en sí mismos, sino que se entienden como medios para ir adquiriendo, con ayuda de la gracia, una vida de contemplación en el desempeño de las tareas ministeriales y en todas las actividades de su vida; para crecer en las virtudes y en el servicio a los demás. En una palabra, para reavivar la gracia que hay en cada sacerdote en virtud de la ordenación (cfr. II Tim. 1,6) y, antes, en virtud del propio bautismo.
Alguien podría considerar que, al tratarse de caminos y metas que todo cristiano y todo sacerdote, de una manera u otra, debería recorrer, sería superflua la adhesión a ninguna institución. Lo que hay que hacer es vivirlo, podría pensarse. Efectivamente. Y de hecho, hay sacerdotes santos a los que Dios no les ha llevado a unirse a ninguna institución eclesial. Pero puede el Señor -y de hecho lo hace, y la Iglesia lo contempla con alegría, como hemos visto- llamar a muchos sacerdotes a vivir un espíritu, impulsándoles a emplear fielmente unos medios ascéticos, y a dedicarse generosamente a una ayuda fraterna, para que muchos otros se decidan a descender de la teoría general a la práctica.
En definitiva, se les pide luchar por alcanzar
la santidad en su vida sacerdotal y ministerial y en todos los
aspectos de su existencia. Un Cardenal, buen amigo del Beato
Josemaría, deseoso de que la Sociedad Sacerdotal de la Santa
Cruz se desarrollara más en su diócesis, veía una dificultad
precisamente en ese tono de vibración sacerdotal, y advertía al
Fundador: Me parece a mí que sois un poco exigentes:
cuando alguien pide la admisión en la Obra, queréis que lo dé
todo y que se dé del todo. ¿No es esto un poco excesivo?.
El mismo Cardenal -el que fue Arzobispo de Sevilla, José María
Bueno Monreal- testimonió así la respuesta del Beato Josemaría
Escrivá: Mira, no, me dijo. En el Opus Dei no seremos ni
uno más ni uno menos de los que Dios quiere que seamos. Y la
llamada que Dios hace es de entrega total, completa, cada uno
dentro de su estado, con naturalidad, pero sin concesiones.
Cuando un sacerdote viene a pedirnos que le demos lo que le
podemos dar, le damos la espiritualidad que tenemos: ésa es la
entrega total: sin salir de su sitio, reforzando su condición
diocesana, pero dándose del todo. Si no le doy esto, una
espiritualidad que él puede seguir, ¿qué le voy a dar yo?
¿qué le puede dar el Opus Dei a un sacerdote? (Testimonios
sobre el Fundador del Opus Dei, n. 3. José Maria Bueno Monreal,
Ediciones Palabra, Madrid 1991, pp. 43-44).
(5) Ni el Opus Dei pretende -ni los laicos que
pertenecen a la Prelatura lo consentirían- inmiscuirse en
aspectos técnicos del trabajo de cada uno, ni en las decisiones
profesionales que, en uso de su libertad, tome cada uno. Lo mismo
hay que decir respecto a los trabajos pastorales de los
sacerdotes en el servicio de la diócesis.
Por ejemplo: un párroco que pertenezca a la
Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz trabajará pastoralmente
como le indique el obispo y de acuerdo con sus propios criterios
y su propia iniciativa y libertad. En la ayuda espiritual se le
recordarán las orientaciones pastorales dadas por la jerarquía;
se le animará a que trabaje intensamente y a que procure hacerlo
humanamente mejor; a que viva la caridad pastoral y las demás
virtudes en su trabajo; a que cuide su vida interior.
Pero no le dirán si tiene que convocar una
reunión de señoras, o aumentar o disminuir los actos de culto,
o votar a tal sacerdote para arcipreste... Ahí la Sociedad
Sacerdotal de la Santa Cruz ni puede ni debe decir nada.
(6) Fundamentalmente, un círculo de estudios semanal o quincenal; un retiro mensual y un curso de retiro (normalmente, los que están previstos y organizados ordinariamente en las diócesis); la conversación de ayuda espiritual y, una vez al año, una convivencia con otros sacerdotes.
(7) Los sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, además de hacer frente con su trabajo a las necesidades personales y a las obligaciones familiares, viven un total desasimiento de los bienes temporales.
(8) No es el momento de extendernos en consideraciones en torno al carisma del Opus Dei, sobre el que hay buenos libros (vid., entre otros A. de Fuenmayor, V. Gómez-lglesias J.L. Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Eunsa, Pamplona 1989, pág. 39 y ss.; P. Rodríguez, F. Ocáriz y J.L. Illanes, El Opus Dei en la Iglesia, Ediciones Rialp, Madrid 1993, passim).
Entre los rasgos definitorios de ese carisma -que es el de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz-, se han señalado: la referencia a un horizonte de santificación del mundo y de los quehaceres temporales; la valoración del trabajo como lugar de ia propia santificación y medio para llevar al mundo el espíritu del Evangelio; el sentido vocacional de la propia tarea de santificación y de la labor de almas; la referencia a la honda y decidida llamada a la santidad personal; la dimensión apostólica, que no es sólo -en el caso de los sacerdotes- caridad pastoral, sino también apostolado de amistad y confidencia con preocupación por la formación, en todos los ámbitos (humano, intelectual, ascético, etc.); la plena libertad en todas las cuestiones opinables; la universalidad, que no implica desamor a lo particular y concreto...
(9) Cada laico, cada sacerdote, tiene una sola vocación; pero muchos sacerdotes se sienten llamados por Dios a potenciar su sacerdocio a través del espíntu del Opus Dei.
(10) Como se ve, estos actos de piedad reflejan la praxis multisecular de la Iglesia. El decreto Preshyterorum ordinis, n.l8, se refiere, por ejemplo, entre los recursos para fomentar la vida de piedad del sacerdote, los actos por los que se nutren los fieles de Cristo con la palabra de Dios y de la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la Eucaristía, la fructuosa recepción de los sacramentos, especialmente por el frecuente acto sacramental de la penitencia, preparado por el diario examen de conciencia; la lección divina; el cotidiano coloquio con Cristo Señor en la visita y culto personal de la santisima Eucaristía; el retiro espiritual y la dirección espiritual; la oración mental y vocal; la reverencia y el amor, con filial devoción y culto a la Bienaventurada Virgen María.
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Ya hemos visto que los sacerdotes de las distintas diócesis -los llamados sacerdotes Agregados y Supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz-, no tienen ninguna vinculación jurídica de carácter jurisdiccional con la Prelatura del Opus Dei. Sólo tienen una relación de carácter asociativo, para la ayuda espiritual. De ahí que la organización de la Asociación sea muy sencilla.
Es Presidente General de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz el Prelado del Opus. Le ayuda para la dirección de la Asociación un Sacerdote Director Espiritual, que no tiene ninguna potestad de régimen en la Prelatura del Opus Dei: el Fundador de la Obra tenía mucho interés en que fuera así, para resaltar más claramente que no hay ningún Superior eclesiástico en la Asociación. E1 único Superior con jurisdicción sobre cada sacerdote es su propio Ordinario, esto es: el Prelado del Opus Dei para los sacerdotes incardinados en la Prelatura (que ya estaban bajo su jurisdicción cuando eran laicos miembros de la Prelatura); y los Obispos de las diócesis respectivas, para los sacerdotes Agregados y Supernumerarios.
Si hablamos de un determinado país, el Vicario Regional de la Prelatura es a la vez Consiliario de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, y está asistido por otro Sacerdote Director Espiritual con funciones no de gobierno, sino de orientación y de animación, servicio y asistencia espiritual.
En un ámbito local, pongamos por ejemplo una diócesis, algunos de los sacerdotes socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, con nombramiento del Presidente General, se ocupan de organizar la atención espiritual de los demás, animándoles en primer lugar a secundar activamente las orientaciones impartidas por el Obispo para todo el presbiterio. Su misión es la de facilitar una asidua atención espiritual, dar círculos o meditaciones, atender a los enfermos, orga-nizar conferencias teológicas, a veces por encargo de la autoridad diocesana, etc.
Además, el Consiliario -personalmente, o a
través de un delegado-, con la ayuda de un sacerdote que recibe
ese encargo durante un quinquenio, mantiene las relaciones de la
Sociedad Sacerdotal con la autoridad diocesana.
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COOPERADORES DE LA SOCIEDAD SACERDOTAL DE LA SANTA
CRUZ
Sin tener vocación para asociarse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, hay muchos sacerdotes que participan de sus medios de formación o ayudan de alguna manera en sus actividades al servicio del clero. Muchos de ellos contribuyen con su oración y con sus limosnas y, si lo desean, son nombrados Cooperadores de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Si pueden, algunos contribuyen con su ministerio sacerdotal, por ejemplo, atendiendo espiritualmente a algunas personas de la Prelatura.
Estos sacerdotes participan de los bienes
espirituales -oración de unos por otros, sufragios, etc.- y de
otros que la Santa Sede ha concedido al Opus Dei. A modo de
ejemplo: con las condiciones habituales y renovando, por
devoción, sus obligaciones como Cooperadores, pueden lucrar
diversas indulgencias parciales y otras plenarias en algunas
ocasiones especiales (el día de su nombramiento como Cooperador;
el 19 de marzo y el 29 de junio; el 14 y el 29 de septiembre; el
27 de diciembre).
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| Jorge Molinero. Suplemento informativo. Basílica Pontificia de San Miguel. San Justo, 4.28005 MADRID |