
LA LUZ Y LA ESPERANZA.
JUAN PABLO II. EL MAGNO.
Fernando
Alonso Barahona
El entierro y el
funeral celebrado en la Ciudad del Vaticano por SS Juan Pablo II ofrece más allá de su carácter multitudinario, diplomático o
espiritual unas características muy extraordinarias.
En
primer termino su universalidad. . Roma, ciudad eterna, ha recobrado su
naturaleza católica en toda su profundidad, en todo su esplendor. Contemplar la
presencia serena de los dirigentes mundiales, de fieles de las tres grandes
religiones monoteístas y del Presidente de los Estados Unidos (la única
superpotencia universal) posee sin duda un significado radical. Juan Pablo II
ha sido capaz de dotar al mensaje cristiano de una catolicidad capaz de hacer
sentir y rezar a cristianos de distintas iglesias, a políticos de todo tipo y
sobre todo a los hombres y mujeres de buena voluntad.
Pero
en segundo término el colosal despliegue de medios tecnológicos y la
transmisión del acto a todos los lugares del mundo supone una hermosa metáfora
del siglo XXI: el tiempo de la comunicación,
la capacidad de conectar a la vez con todos los lugares de la Tierra
donde ha llegado la civilización.
Para
Juan Pablo II sus casi 27 años de
pontificado han supuesto una misión de luz por cuanto la difusión del Evangelio
supone el Camino, la Verdad y la Vida. Pero ha sido sobre todo una misión de
esperanza que se resume en esa frase radical de compromiso: “No tengáis miedo
“. La otra columna de su Pontificado se
simboliza en el TOTUS TUS, de entrega total a la Virgen María
La muerte en este caso no es sino el tránsito
a la esperanza eterna. El Papa no ha
desperdiciado ni uno solo de sus días al frente de la Corona de Cristo. Y su
muerte constituye tal vez el acto más profundo de entrega a la misión del
Vicario. La jornada histórica vivida el
viernes 8 de abril y contemplada y sentida por millones de personas es el último servicio de Juan Pablo II a la
Humanidad. Un acto que simboliza a la vez la pasión de catolicidad (universal)
y el tono del siglo XXI (la cercanía y la comunicación).
Y
sobre la presencia espiritual del Papa muerto la llama del Dios Vivo. El futuro
Vicario de Cristo tiene dibujado ante sí el camino a seguir que no es otro que
seguir a la altura de su tiempo: universal, cercano, juvenil y comprometido.
Sin
duda no son escasas conclusiones para un funeral de Estado.
La
elección del nuevo Papa, Benedicto XVI, en la persona
de Joseph Ratzinger es la respuesta adecuada a las
necesidades del siglo XXI. El hombre de confianza de
Juan Pablo II, filósofo y teólogo de altísimo nivel
y, sobre todo, un hombre de Dios.