La Crisis del EjércitoAutor: Maurice Bertrand
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El autor defiende que se está produciendo una revolución intelectual comparable a las que trajeron el Renacimiento, la Reforma, la Revolución Científica, la Democracia, la Revolución Industrial y la Descolonización.
Esta nueva etapa de avance social nos situaría por encima de las guerras, al hacer inaceptable, en los países desarrollados, la lucha armada como medio de solventar conflictos.
Los ciudadanos de los países democráticos desarrollados no están dispuestos ya a perder su vida ni la de otros en conflictos armados que encima defienden intereses trasnochados que ya no comparten, como la soberanía o la "grandeza" nacional. Ni siquiera se admite ya la lucha por conservar las posesiones coloniales, y hay un amplio consenso sobre la necesidad ética y conveniencia de la autodeterminación de los pueblos.
Acusa de irreales las argumentaciones a favor de los sistemas militares actuales, ya que no definen correctamente las posibles amenazas a la paz en el mundo actual, y soslayan las tendencias políticas y sociales comentadas anteriormente.
Como un claro ejemplo, señala que Europa, cuna de innumerables conflictos hasta el pasado más reciente, que han provocado no sólo guerras continentales, sino mundiales, ha superado ese ciclo al comprender que las viejas creencias nacionalistas son mucho menos efectivas que la cooperación económica y social.
Asimismo, arguye que los sistemas políticos tienden hacia la creación
de estructuras de ámbito superior, como el proceso integrador europeo,
que corre parejo a la globalización económica.
Este movimiento se produciría impulsado por los pueblos, a pesar
de la oposición de los gobiernos, las grandes empresas y el sistema financiero
mundial.
El autor denuncia la pasividad y derrotismo de la izquierda y el mundo intelectual, frente al pensamiento único liberal-capitalista y ofrece argumentos para mantener confianza en las ideas progresistas.
El abrumador desequilibrio entre el poder militar de la OTAN y el resto del mundo es tal que una vez desintegrada la URSS, ningún país ni coalición puede hacer frente a tal capacidad de combate (ver datos), por lo que la guerra en las condiciones tradicionales no tiene sentido al no existir amenazas reales, y los arsenales militares, tanto convencionales, como nucleares, químicos y bacteriológicos están absolutamente sobredimensionados.
Por otro lado, el autor propone utilizar métodos de control y reducción de armamento, y medidas de vigilancia como las que se han utilizado durante la guerra fría para impedir de hecho la posibilidad de ataques entre los diferentes países. Medios como el aviso previo de maniobras, la inspección de arsenales, la presencia de observadores, etc, se han demostrado tan eficaces que suponen una garantía de mantenimiento de la paz al evitar la posibilidad de ataques por sorpresa, y controlar efectivamente la cantidad y calidad del armamento en poder de cada estado.
También resulta fundamental anular las exportaciones de armamento a otros países, en especial los más inestables, que no podrían fabricarlos por sí mismo, y por lo tanto, suponer una amenaza para el resto del mundo. Sólo gracias a una política ciega e inmoral de acumulación de beneficios económicos se explica que vendamos armas sofisticadas a estados dictatoriales que las utilizan para mantener oprimido a su propio pueblo y amenazar los estados vecinos.
El autor propone la creación de una estructura internacional mejor estructurada y mucho mejor financiada que la ONU (que considera inútil e inoperante debido a su misma concepción) y que sea capaz no ya de reaccionar tarde y tímidamente a los conflictos armados, sino de trabajar activamente en su prevención, terminando con su causas de raíz. Esta estructura podría obtener financiación de la propuesta del premio Nobel de Economía James Tobin de implantar un impuesto mundial a las transferencias de capitales, que haga recaer el coste de la paz sobre los movimientos financieros especulativos y no sobre los salarios de las clases medias y bajas, dejando intactos los presupuestos sociales.
Como ha quedado claro en Europa y los países occidentales en su conjunto, los países no pueden ser enemigos cuando se necesitan mutuamente para mantener y ampliar sus niveles de desarrollo económico. Simplemente, la guerra no es rentable; es mucho mejor captar mercados que conquistar militarmente los territorios.
En definitiva, el autor considera que la seguridad del planeta no se puede conseguir con los sistemas militares ni con la ideología vigentes, y que es necesario un radical cambio de rumbo (que ya se está produciendo como una revolución intelectual), que prevenga los conflictos evitando sus causas, y que haga hincapié en el desarrollo económico, la integración política mundial y la redistribución de la riqueza en vez de en el mantenimiento de ejércitos con el fin de intimidar o disuadir las posibles amenazas de los demás países.
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Sistema Internacional de Seguridad(Estructura que propone el autor para mantener la paz.) |
(Comentario de Fernando Sánchez)
Aunque no lo menciona como una de las cuestiones clave en el control de armamentos, yo añadiría que el complejo militar-industrial estadounidense, la inmensa cantidad de recursos que absorbe, y por tanto, la corrupción que produce en el gobierno USA y de otros países, es uno de los factores fundamentales que impiden en la actualidad la reducción sustancial de los arsenales militares y el deseable desvío de dichas partidas presupuestarias a la cooperación al desarrollo, lo que sin duda es el mejor medio de evitar las guerras.
Según diversas estadísticas, el gasto militar mundial es 60 veces superior al presupuesto necesario para solucionar los problemas de hambre y salud del mundo. Y con un poco más, se podría también ofrecer un sistema de educación universal y gratuito que garantizara el desarrollo económico de los pueblos. Pero los gobiernos de los países desarrollados ni siquiera son capaces de destinar el ínfimo 0.7% de nuestros presupuestos a cooperación para el desarrollo.
Es obvio que no se trata de una utopía pensar en terminar con las causas de guerra en el mundo. Pero es ésta actitud pasiva y de abandono de los ideales la que precisamente necesita y alienta el sistema económico ultra capitalista imperante para desanimar todo proceso de renovación de las viejas estructuras. Así se mantiene el poder económico en manos de unos pocos, controlando el poder político, ya que los gobiernos se limitan a acatar sin discusión las directivas de la banca internacional y las grandes empresas.
Mientras se admita que sólo la ciega búsqueda de beneficios, la especulación financiera internacional no productiva y la dictadura del capital deben seguir siendo los principios rectores de la sociedad, no será posible terminar con las causas de la guerra, que al fin y al cabo son la pobreza, la desigualdad económica y la explotación exacerbada de las diferencias étnicas, religiosas o nacionalistas para conseguir mayor poder político y económico.
Creo que es imperativo extender a toda la población mundial el sistema básico de protección social que disponemos en Europa, el llamado "estado del bienestar", financiado con los ingentes recursos ahora destinados a mantener los obsoletos ejércitos, y con nuevas fórmulas como el impuesto sobre los movimientos de capitales.
Es obvio que nadie se juega la vida si tiene una posición económica y social suficientemente estable; trabajo, capacidad de ganarte la vida y la de tus familiares, perspectivas de futuro... Ninguna dictadura, ultranacionalismo ni fanatismo religioso sobrevive a unas amplias clases medias que disfruten de la situación antes descrita, pero sí que se desarrollan activamente cuando la población no tiene nada que perder.
Bastará con redistribuir no sólo la riqueza, sino el conocimiento, la financiación, los medios de producción y la capacidad de consumo para que todo el planeta pueda disfrutar del mejor nivel que vida medio que haya existido jamás en la historia. Los recursos naturales, industriales, científicos y financieros existen en abundancia; la capacidad de producción agrícola e industrial es muy superior a las necesidades globales de la población, y el rendimiento productivo no hace sino aumentar continuamente, por encima del crecimiento demográfico, gracias el avance científico y de nivel educativo de la población laboral.
No sólo podemos cambiar el mundo. Debemos hacerlo.
Y mientras no hagamos nada por cambiar la trágica situación de los desfavorecidos, seremos cómplices de su desgracia.