OBRAS PUBLICAS Y NATURALEZA. Diciembre 2004.
Los países desarrollados, léase también España, se caracterizan entre otras cosas, por un uso intensivo del espacio. Ciudades, infraestructuras de comunicaciones, cultivos y ganadería intensivos, y por tanto, por la restricción y extrema escasez del espacio disponible para hábitats teóricamente poco productivos, como bosques y matorrales, cultivos extensivos, cauces de ríos y torrentes, pastos, etc. pero de una gran importancia medioambiental porque son los que posibilitan la vida de la mayor parte de las especies, fauna y flora natural. Esta situación se agrava en los espacios próximos a las grandes ciudades que, son ocupados por una red de carreteras como si de una tela de araña se tratase.
La mayor parte de ciudadanos de los países desarrollados viven en las ciudades, al margen por completo de los entramados naturales que funcionan en esa naturaleza que, se percibe muy lejana y poco atractiva, y que, además se organiza sobre unos códigos y unos usos que le son, cree, ajenos y especialmente incómodos cuando entra en contacto con ellos. Esta circunstancia se ha acentuado con la transformación de la sociedad rural en sociedad urbana. Ya hay una generación de adultos que son completamente urbanitas y por tanto absolutamente desarraigados de un entorno natural. En estas circunstancias, el único conocimiento posible de ese espacio exterior a las ciudades se realiza a través de los libros, la escuela y de salidas esporádicas, en que se realizan actividades sobre el terreno que, en la mayoría de las ocasiones no son mas que una proyección de la vida en la ciudad y por lo tanto no tienen nada que ver con el medio en que se realizan.
La generación de adultos urbanitas de la que hablaba, además no ha tenido ni tan siquiera la oportunidad de ese conocimiento. El ultimo mensaje que recibió de lo rural fue, huye, esto es solo miseria, lo que hay aquí y lo que se puede hacer no vale nada, el futuro y el valor están en la urbe. Y esta generación es la que está decidiendo ahora. Desde pensadores y políticos a ingenieros y obreros, todos los estamentos, planificadores, proyectistas y ejecutores activos pertenecen en su mayoría a esa generación y sus circunstancias y sus valores que, se reflejan en sus actos cotidianos.
Así, en el momento de planificar una infraestructura todo es licito, porque lo que aporta esta infraestructura es muy superior, según su escala de valores, al uso anterior de ese espacio. Y en el momento de desarrollar el proyecto, lo importante son las líneas rectas, los costes mínimos, ... factores que determinan como y donde se construirá; y al ejecutarlo, como nada aledaño tiene valor, se ocupa, se arrasa, se modifica mucho mas allá de lo necesario, con el único cometido de aportar comodidad o superar la falta de planificación.
El resultado son unas infraestructuras quizás apropiadas para el uso de los urbanitas, pero que han acabado con un patrimonio, sin valor para ellos, de un alto interés para el futuro. Se produce un despilfarro gratuito e innecesario de un activo cuyo valor real esta en alza por escaso y por necesario, y se compromete al mismo tiempo la supervivencia de comunidades y especies, léase biodiversidad, y se limita o se hacen inviables proyectos de desarrollo sostenible sobre esas áreas. Por tanto se hipoteca o se niega el futuro no solo de ese espacio sino de toda la sociedad, urbanitas incluidos, que necesitarán de ese espacio usado de otra forma.
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