Cabe preguntarse ¿el PSOE se
ha transformado en algo cualitativamente distinto al simple ocupante del
aparato de estado español que fue durante las legislaturas de Felipe González?
¿Ha cambiado sustancialmente su programa, por lo que ha sido blanco de una
vistosa campaña conservadora (obispos, enseñanza privada, asociaciones de
víctimas del terrorismo, ...)?
Si nos quedáramos con las
apariencias, con una observación vulgar o superficial, tendríamos que atribuir
a Zapatero una cierta política de izquierdas en la que anotaríamos el regreso
de las tropas de Irak, la ley del matrimonio homosexual, la reforma de la educación,
la ley de dependencia y hasta cierta reforma laboral que pasa entre elogios de
patronal y sindicatos 'mayoritarios', sin que se rompa un plato: hasta parece
que amainan las alharacas de la derecha más reaccionaria. El portavoz
'socialista' López Garrido acusa al PP de no tener programa para España y de
hacer gala de la oposición en solitario y por sistema. ¿Se diría, pues, que el
PSOE tiene un proyecto para una nueva transición que incluye el cambio del
modelo de estado y que desde la 'izquierda parlamentaria' se puede encauzar la
tarea históricamente fracasada de la democratización del Estado (intentada en
cada período histórico desde 1812 y otras tantas veces abortada? Nosotros
creemos que no. Zapatero cabalga sobre una ilusión -la reforma de los Estatutos
de autonomía y la Constitución-, la 'independencia' de su política exterior que
aprovecha una coyuntura de crisis imperialista propiciada por la resistencia de
los pueblos de Irak, Afganistán, Palestina,... pero el ascenso de masas en
Sudamérica ya le pone en su lugar: el de la metrópoli expoliadora cuando el
gobierno boliviano toma el control de sus recursos naturales. Veamos que hay de
lo demás: la Iglesia Católica ha rebajado el tono de la protesta cuando el
gobierno les ha prometido mejorar su financiación y mantener sus privilegios,
desarmando el proyecto de la enseñanza laica universal.
Si el gobierno puede
jactarse de reforma laboral consensuada es, sin duda, porque se han concretado
las principales reformas pedidas por la patronal -abaratamiento del despido- a
cambio de pasos inocuos en estabilidad del empleo temporal (vaya progreso: tras
años de contratos temporales, pasar a fijo con despido fácil y barato), sin que
CC.OO. y U.G.T. hayan hecho más que adoptar las expresiones y buscar puntos en
común con los empresarios, se diría que actúan ya como tales... Por eso se
meten a facilitar la 'dirección y organización de la empresa', firman despidos
y expedientes de regulación de empleo en aras de la productividad y sólo
protestan tímidamente cuando las 'deslocalizaciones' les dejan sin base social
a la que representar anulando su papel de actores necesarios de la colaboración
de clases.
Curiosamente, el gobierno
anota en su haber el crecimiento del empleo y la estabilidad económica. Bastaría que dieran un vistazo a su
alrededor, más allá de las cifras oficiales descontextualizadas, para que
dieran con la realidad de paro masivo juvenil y femenino, con la temporalidad y
siniestralidad laborales más elevadas de Europa Occidental, con un creciente abanico
retributivo y con un tremendo problema de carestía de la vivienda que
imposibilita la emancipación de la juventud y un nivel de endeudamiento tal de
familias y particulares -sobre todo hipotecario- que amenaza con llevar al
traste al conjunto del sistema financiero español con las subidas de los tipos
de interés y de los carburantes (uno de los motores de la inflación).
¿Puede Zapatero contentar a
todos y 'encantar la serpiente' para cambiarla a un cesto constitucional sin
que se rebote? ¿pero es eso posible? ERC acaba de ser excluida del Gobierno
tripartito de la Generalitat de Catalunya por respetar la voluntad de sus bases
de votar 'No' al Estatut de Catalunya. Mas y Zapatero abrieron la crisis del
gobierno Maragall con otra típica alianza entre la burguesía catalana y el
capital español: algo que cambia en la forma -el redactado del Estatut-
preservando la Constitución de la 'nación española, una e indivisible' y la
soberanía del poder central, heredero del consenso con el aparato franquista.
El 'cepillado' del Estatut, como dijo Alfonso Guerra en frase que ya se ha
hecho célebre, a base del recorte de 160 artículos sobre el total de 223 y bajo
presión incesante del PP –deberían apadrinarlo ya que han contribuido tanto a
pulirle las aristas-, da la medida de la situación.
Ni que decir tiene que
nosotros nos oponemos al Estatut y seguiríamos votando NO aunque se hubiese
puesto a referéndum el texto aprobado por el Parlament el 30 de Setiembre: por
principio, porque somos republicanos y contrarios a la Constitución monárquica
a la que está sometido. Porque estamos por la destrucción del Estado
capitalista y centralista, del que un estatut autonómico es una pieza más, una
mera descentralización de lo que debe ser abolido para organizar el territorio
sobre nuevas bases radicalmente democráticas: la autoterminación de los
pueblos. Esta es la tarea pendiente y no una enésima versión del 'café para
todos' y el 'fondo de compensación inter-territorial' que pretende el
PSOE-versión Zapatero para conciliarlo todo. La reivindicación nacional de
Catalunya no se acaba en un vergonzante preámbulo, ni la aprobación del Estatut
representa un solo paso en la dirección de resolver el encaje de la soberanía
del pueblo de Catalunya dentro de una 'España democrática', precisamente porque
parte del principio contrario.
Los posibilistas y
oportunistas de todo pelaje se entretienen en comparaciones de un Estatut con
otro, hacen combinaciones electoralistas para el otoño (la campaña del Estatut
vista como palanca para mantenerse en el gobierno -Maragall, Saura-, para
llegar a él-Mas, Piqué- o incluso para volver al poder -Carod Rovira- y
justifican con las necesidades del día a día su adhesión al capital y a sus
trucadas 'reglas del juego'. El debate del Estatut ha reverdecido la
reivindicación nacional de Catalunya: las JERC y las bases de ERC no son un
elemento aislado que la dirección pueda normalizar con un reglamento menos
asambleario y más dirigista. Expresan a una parte sensible del pueblo catalán
que exige la soberanía nacional y rechaza maniobras y chalaneos. No nos
detendremos mucho en el resultado del Referéndum porque la simplicidad de las
respuestas, ‘Si’ o ‘No’ agrupaba a los adversarios de mañana en el Si, mientras
que el NO se defendía sin convicción ni claridad principista. En el caso de ERC,
porque sus titubeos a la hora de fijar la posición, su interés por ser los
defensores de la autonomía del ‘Estatut del 30 de Setiembre’ y sobre todo al
dejar las puertas abiertas a la reedición del tripartito como prioridad consiguieron
desmovilizar a un movimiento que ya había empezado a expresarse y hasta a
manifestarse en la calle. La aprobación del Estatut con muy alta abstención
destaca este hecho y subraya la debilidad institucional: el debate no se
cierra, el Estado de las Autonomías está agotado, la reivindicación nacional no
se consigue, ¡la lucha sigue!
E igualmente, el 'proceso de
paz' en Euskadi no debe abordarse más que desde el punto de vista de los
derechos nacionales de Euskadi. Recientemente hemos visto sonoras declaraciones
de los dirigentes del PSOE de que el diálogo con ETA es sólo para instarles al
abandono de las armas y que a Batasuna sólo se le dirigen para que acate la Ley
de Partidos. El PP denuncia que hay en marcha una negociación política que
puede implicar contrapartidas a la 'tregua permanente'. Batasuna hace gestos de
apaciguamiento: paga fianzas, modera las declaraciones y apariciones de sus
dirigentes evitando que aparezcan siglas, se aceptan sin apelación las condenas
de los últimos procesados, muestran satisfacción por el anuncio de Patxi López
de que el PSE se entrevistará con Batasuna... y estudian el modo de adaptarse a
la Ley de Partidos, aunque sea cambiando las siglas y los estatutos, para
llegar a tiempo a las elecciones municipales con una organización legalizada.
Desde aquí sólo podemos
señalar que no hay componenda posible: sería vano hacerse ilusiones. El marco
institucional: la Constitución y el estado de las Autonomías son la negación de
los derechos nacionales vascos. La Ley de Partidos impide no sólo la
legalización del independentismo vasco sino la mera existencia de una
organización revolucionaria porque excluye expresamente todo aquello que no se
circunscriba al respeto al sistema, a sus 'reglas de juego'
democrático-burguesas. Cualquier otro programa no puede pasar de una
'desideratum' teórico para no ser tachado de violento e ilícito. ¡La Ley de
Partidos ha de ser abolida! Este debe ser el primer objetivo, no sólo de la
izquierda abertzale sino de todo el que se precie de demócrata en el Estado
español.
En segundo lugar, el fin de
los atentados es un elemento ciertamente importante pero coyuntural: sólo los
que niegan la realidad nacional de Euskadi pueden decir que el problema es 'la
violencia' y presentar un futuro en términos de 'rendición del terrorismo'.
Nosotros decimos que hay que seguir viendo como eje de la cuestión al Estado y
su monopolio 'democrático' de la fuerza, a la diferencia radical entre los
opresores y los oprimidos: frente a eso no caben componendas ni puede haber
equidistancias.
La democracia burguesa, con sus
‘libertades’ formales y limitaciones, ha sido sólo un medio de dominación de
clase y una bandera de la dominación imperialista. Pero el período histórico en
que era posible apoyarse en la democracia formal para organizarse mejor contra
el sistema ha concluido, ha cambiado.
Hoy un parlamento burgués ya
no es altavoz para revolucionarios, la degradación del sufragio universal, de
la ‘libertad de prensa’, etc. demuestran que hay poco positivo que hacer en las
instituciones del sistema: no son democráticas ni mucho menos neutrales.
Siempre fueron la casa del enemigo, pero hoy las decisiones se toman fuera.
Sólo los oportunistas toman la democracia burguesa como un fin al que se pueda
supeditar día a día un programa de independencia nacional y unos principios
clasistas.