En diciembre de 1995, en medio del profundo movimiento huelguístico, cuatro millones de trabajadores gritaron al unísono: ¡Abajo el plan Juppé! Desde entonces, Francia ha conocido no sólo un gran auge del movimiento huelguístico, no sólo un endurecimiento tanto en la extensión en el tiempo como en las formas radicales del propio movimiento huelguístico: el principal rasgo, con relación al período anterior, lo constituye la madurez en la conciencia de los proletarios franceses, acerca de dónde están los obstáculos a franquear.
La disolución de una cámara de diputados donde la derecha disponía de la mayoría más amplia jamás alcanzada en Francia (un 80%) correspondía a un doble factor:
I. El Gobierno Juppé y su plan de austeridad, salía herido de muerte de las grandes movilizaciones del invierno del 95.
II. La burguesía francesa, quiso forzar la situación, al amparo del descrédito real de los partidos tradicionales (PSF y PCF), con el firme propósito de utilizar a fondo el aparato del Estado, reforzado por la democracia formal, para imponer a hachazos su super plan de austeridad ante las citas de Maastricht y del Euro.
Los resultados de las elecciones fueron una gran derrota política para sus planes. Y al mismo tiempo, no significaron el menor cheque en blanco para el nuevo gobierno de coalición de izquierdas. Al contrario: en sanidad y en correos, las huelgas, además de largas, han sido "violentas", como lo atestiguan los numerosos secuestros de directores de centro, las numerosas asambleas generales en todos los centros de producción, en las que los enfrentamientos con las direcciones sindicales, han sido constantes, incrementándose todos y cada uno de los elementos que apuntaban hacia el total desbordamiento de las mismas, por los trabajadores.
A la luz de los últimos desarrollos, cabe comprender mucho mejor, cuales eran los planes perseguidos con la disolución de la Asamblea Nacional y la convocatoria de nuevas elecciones: una apuesta, un riesgo, ante una situación incontrolable e incontenible.
Es en ese contexto general en el que han irrumpido en la arena política los últimos movimientos clasistas, a los que en un primer tiempo, con el menosprecio habitual, gobierno de "izquierdas" y oposición de "derechas", tachaban de grupusculares. Eso ocurría en diciembre de 1997. Quedaban lejos las movilizaciones de diciembre de 1995: dos años de madurez política separaban unas acciones de otras, con el derribo de un gobierno y la subida de otro, encabezado por Lionel Jospin, tildado en las primeras cumbres europeas de "aventurero e inconsciente" (aquello de las 35h. semanales y mayor protección social), cuando su problema no era otro que el de gobernar en un país en el que los trabajadores señalaban inequívocamente su voluntad de lucha, su desconfianza hacia cualquier gobierno, fuere del signo que fuere.
En plenas fiestas navideñas, el gobierno tuvo que reunirse en sesión extraordinaria y anunciar el desbloqueo urgente de cantidades astronómicas, para intentar detener el creciente movimiento de ocupaciones simultáneas en todas las ciudades de los centros paritarios de socialización de la miseria. La opinión pública, refrendaba al mismo tiempo, no sólo sus simpatías con el movimiento de parados, también expresaba su comprensión ante la violencia extrema que crecía en los suburbios de todas las capitales de Francia.
Y es así, como en Francia, unos "grupúsculos", dejaron de serlo muy pronto, para, ante el desconcierto de las centrales sindicales, que veían cuestionada su representatividad, sentar a todo un primer Ministro, a todo un gobierno, a una mesa de negociación, en la que del día a la mañana, se hicieron más concesiones a los proletarios amotinados, que en décadas de campañas electorales. Y no se trataba ésta vez, del juego de siempre: prometo e incumplo. Se trataba de concesiones inmensas a aplicar de inmediato. Y los amotinados, dijeron: ¡NO BASTA!
Y fueron desalojados de todos los centros que ocupaban.
Y los han vuelto a ocupar. Pero también han ocupado la Bolsa Y en sus múltiples acciones, han hecho gala de imaginación (liberar los peajes de las autopistas), ocupar restaurantes y hoteles de lujo, haciéndose "invitar" por sus dueños.
Y su popularidad no ha hecho más que crecer, ante un mundo, que despierta de golpe de un sueño indecente y embustero: el de la sociedad de abundancia. Un sueño, una cortina espesa de humo, hay miseria, hay marginación social, hay desesperados que no tienen otra cosa que perder, más que sus cadenas.
Francia, con una madurez extraordinaria, muestra el camino que habrán de recorrer, uno tras otro, todos los proletariados europeos, ante la cita de Maastricht, del Euro, en un mundo en el que las sacudidas bursátiles, nada tienen de coyuntura, son estructurales. Un mundo en suma, en el que ante y contra la miseria a la que aboca a la humanidad entera el capital y su naturaleza, esto es, su finalidad propiamente dicha: revalorizarse a costa de la esclavitud, los trabajadores deberemos oponer con firmeza, nuestra emancipación por nosotros mismos.
El homenaje al ciento cincuenta aniversario del Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, ¡ha comenzado!
Por ello, la prensa, ahora, calla sobre lo que ocurre en Francia!
Germinal
3 de febrero de 1998