OPINIÓN

LA FIEBRE PRIVATIZADORA

Asistimos en nuestros días a una compulsiva fiebre privatizadora por parte del Gobierno del P.P. y, lo que es peor, ante la pasividad de la opinión pública. Ni los eminentes tertulianos radiofónicos ni los sesudos articulistas de prensa escrita parecen preocupados por esta cuestión o, si la tratan es para aplaudir este desguace incontrolado de la "cosa pública".

El proceso de incubación de la "enfermedad" es siempre el mismo. En la primera fase se hace llegar a la ciudadanía la preocupación gubernamental por la imposibilidad de gestionar eficazmente el servicio o empresa pública de que se trate, y la certeza de que su paso a las dinámicas empresas privadas, ocasionaría un mejora sensible en la explotación o servicio.

La segunda fase consiste en quejarse amargamente del coste que, para las arcas del Estado, supone el mantenimiento del servicio o empresa pública de que se trate, coste que, por otra parte pagamos todos con nuestros impuestos. Ya tenemos otra coartada: aumentan los ingresos del Estado con la venta y, como se reducen los costes, pues pagamos menos impuestos.

En la tercera fase el Gobierno suele contar con el apoyo de los tertulianos, intelectualoides y demás estómagos agradecidos ya mencionados. Éstos repiten una y otra vez que, en un marco de competencia perfecta, sin la tutela estatal, los precios por los servicios ofrecidos dismimuirán de forma notable así que, ¿a que espera el Gobierno para privatizar?.

Lo malo es que de la tercera fase sólo se habla cuando es demasiado tarde. Lo que nos queda es un oligopolio privado, dominado por los de siempre, los cuales provocan una situación de colusión: alza imparable de precios, con la garantía de que ningún tiburón bajará los precios unilateralmente. En resumén, ni bajada de precios ni de impuestos ni de nada, pagamos los de siempre pero a mayor precio. Si esto es demagogia que vengan los del sector de carburantes y lo vean...

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