Nació el 4 de noviembre de 1897 en Tetuán de las Victorias (Madrid).
Quienes le conocieron cuentan de él que era hombre de gran tenacidad, íntegro, sencillo, muy parco en la palabra. También se dice que en pleno conflicto bélico comentó sus propósitos para el futuro: "Cuando termine la guerra, el teniente coronel Cipriano Mera volverá a empuñar el palustre".
Albañil y anarquista. ¿Anarquista?, ¿De los que tiran bombas y niegan cualquier clase de autoridad?. Sucede, sin embargo, que verdadero anarquismo no es eso, todo lo contrario, "Supone una actitud, una concepción humanista básica que defiende y proclama la dignidad y la libertad del hombre en cualesquiera que sean las circunstancias" (Abad de Santillán).
Hombre pacífico fue Mera, a quien nadie pudo imputar jamás un delito de sangre. Quizá por ello, para evitar más muertes, se uniera a la Junta casadista en el último acto del drama de Madrid.
Sus primeras actuaciones
en lo social datan de los años de la Dictadura de Primo. Años
muy difíciles, en los que Mera compartió su precaria existencia
entre la cárcel y el andamio.
En el verano de 1936
la huelga de la construcción había paralizado a más
de cien mil hombres. El día 3 de julio, cuando ya Mola ataba los
últimos cabos de la conspiración, el gobierno de Casares
Quiroga trató de poner parches al conflicto huelguístico.
Pero la CNT, en cuyo seno ocupa Mera un lugar muy importante, decide no
acudir al trabajo. Los huelguistas, reunidos en el solar del Colegio Maravillas
de Cuatro Caminos, exponen su opinión. En aquella jornada hablan
Cipriano, Teodoro Mora y Antonio Vergara. Mera es el único que advierte
a los reunidos de la inminente intentona reaccionaria que se prepara. Pocos
días después están todos en la Modelo, detenidos.
La huelga de la construcción
proseguía el 18 de julio. El 19 Mera es liberado por su compañero
Mora. Cuando le dan el fusil, en la cárcel, Mera lo aprieta con
sus manos temblorosas. Acaba de nacer el militar.
Una de las mayores
hazañas de Cipriano Mera, cuando todavía era un simple miliciano,
fue la conquista de Cuenca. En Madrid seguía reinando la confusión
propia del momento, lo cual explica que los mandos militares no estuvieran
organizados todavía. Mera se entera por un joven dirigente del Comité
de Defensa Confederal, Eduardo del Val, de que en Cuenca la Guardia Civil
retiene la ciudad y está dispuesta a defenderla a todo trance. Así,
se presenta en Cuenca con un par de camiones y un centenar de hombres.
No tarda en conquistar la ciudad pero, no contento con ello, se lanza a
la aventura de liberar los pueblos de la provincia.
En la serranía
de Cuenca pasa como un huracán de sangre la revolución anarcosindicalista
tan soñada por Mera. La palabra precisa del jefe electriza a los
campesinos, que van engrosando las filas de los que se dicen vengadores
del pueblo. Todo es de todos: las casas, las tierras, el dolor y la muerte.
Se hace la guerra, pero al mismo tiempo se está poniendo en marcha
la revolución social.
A principios de agosto
combate en la sierra de Gredos al frente de un millar de hombres formando
parte de la "Columna del Rosal".
Habiendo conquistando
los nacionalistas Talavera de la Reina, a principios de septiembre, el
Alto Mando decide reconquistar la plaza con la citada columna. Dirige el
ataque Cipriano Mera, cuyos hombres reciben un duro castigo. Carecen de
municipios y el Gobierno de Madrid sólo manda promesas. En tales
condiciones la columna de Mera y la de López-Tienda, a punto de
ser cercadas, viven momentos de angustia. Discuten ambos jefes y se impone
el criterio de Mera, que rompe el cerco por Cebreros en una auténtica
aventura de comando. Sus hombres disparan desde los camiones lanzados a
todo gas mientras atraviesan las filas enemigas hasta llegar a Cebreros,
todavía sin ocupar por el enemigo. En una audaz maniobra estratégica,
Mera se había adelantado a los propósitos de las tropas de
Franco.
Tras esta gesta, los
hombres de Mera descansan en Madrid. El enemigo se acerca con sus mejores
unidades de combate al mando de Yagüe. Se piensa en fortificar la
ciudad, lo cual entraña serios problemas. Mera, albañil de
profesión, discute acaloradamente con Líster. El anarquista
y el comunista se enfrentan por primera vez, en este caso dialécticamente.
El Gobierno de la
República se traslada a Valencia, huyendo de la catástrofe,
y el Ministerio de la Guerra convoca a todos los jefes de Columna para
preparar la defensa de Madrid. Cipriano Mera es situado en el puente de
San Fernando.
Los combates son violentísimos.
La noche del 15 de enero Mera fue a ver al General Rojo para pedirle un
galón, el que fuera. "Yo ya no quiero ser el responsable Mera, quiero
ser el sargento Mera o lo que sea; y si soy el sargento Mera no pasará
lo de hoy". Poco después, Mera recibiría los distintivos
de mayor (comandante).
El general Rojo destaca
la perfecta organización y la disciplina de sus unidades de choque:
"Tal evolución en Cipriano Mera, que también se operó
en otros jefes libertarios..., fue un índice claramente significativo
de un proceso de cambio y adaptación extraordinaria a las circunstancias
cambiantes desde el inicio de una Revolución que se había
transformado en guerra. Tal actitud en un hombre tan realista y a la vez
sincero como Cipriano Mera, no podía atribuirse a ambiciones personales,
a las que desde siempre se había mostrado tan ajeno".
En octubre de 1937
Mera es ascendido a jefe de Cuerpo de Ejército y se hace cargo del
IV. Era la más alta graduación alcanzada por un jefe anarcosindicalista,
lo cual provocó la inquietud y la protesta de ciertos jefes y comisarios
comunistas.
A partir de este momento,
y a pesar de los servicios prestados a la República, su figura se
difumina. Salta de nuevo a la actualidad al iniciarse el último
acto de la guerra, el más dramático porque supuso una guerra
civil dentro de otra: la sublevación del coronel Casado.
Días antes
de la sublevación comunista, Mera y sus fuerzas estaban en Guadalajara,
donde reciben la visita de Negrín. Cipriano Mera le recuerda a Negrín
que con anterioridad le ha enviado informes en los que denuncia las traiciones
que venían cometiendo en las unidades del Ejército los elementos
pertenecientes al PC.
Durante esa entrevista
con Negrín, se apuntaron varias soluciones para salvar lo insalvable,
ya que el general Franco exigiría la rendición incondicional.
En primer lugar, cabía la posibilidad de seguir la guerra, creando
una línea de apoyo en le Segura. La segunda solución era
pactar con el enemigo, parlamentando directamente sin intermediarios extranjeros.
La solución que propone Mera era sensata y heroica a la par: romper
todos los frentes, crear pequeños grupos de gente selecta y volver
a la guerrilla.
Negrín dio
la callada por respuesta.
En diciembre de 1938,
Casado ya tenía hechos sus propósitos. Negrín, desde
Valencia, decidió la destitución de Casado, pero ya era demasiado
tarde.
La actitud de Mera
ante los sucesos que se avecinaban fue la de siempre, noble, como fue siempre
su ideario anarcosindicalista. Lo que no sospechaba era que Casado y los
de la Junta iban a engañarle.
El 5 de marzo de 1939
se reunía con Casado en el Cuartel General del Ejército del
Centro, en los sótanos del Ministerio de Hacienda. Desde allí
habló por radio a todos los españoles. Después de
atacar duramente a Negrín, habló de paz "una paz honrosa,
basada en los postulados de justicia y hermandad". Es decir, no renunció
al honor y la dignidad personal, por las que siempre había luchado.
Terminó diciendo: "si por desgracia para todos nuestra paz se
pierde en el vacío de la incomprensión, también os
digo serenamente que somos soldados y como tales estaremos en nuestro puesto
hasta sucumbir defendiendo la independencia de España". Mera
fue el único aglutinante en aquellos dramáticos momentos.
Hasta el Campesino se afeitó la barba y se escabulló como
pudo. Mera recibió las adhesiones los anarcosindicalistas y de gentes
anónimas deseosas de que acabara aquel infierno.
Desde El Prado, desde
Alcalá, los comunistas iniciaron su marcha sobre Madrid. No tardó
en unírseles el teniente coronel Barceló y poco más
tarde, el coronel Ortega al mando de la 5ª Brigada de Carabineros,
más los defensores de la posición "Jaca". Una vez en Madrid,
son reforzadas por los comunistas existentes en la capital y ocuparon las
calles y plazas estratégicas. Así empezó una guerra
interna que se prolongó hasta el 13 de marzo, mientras Mera, cumpliendo
órdenes de Casado, seguía retenido en el Ministerio de Marina.
El día 9, los
comunistas atacaron duramente el Ministerio de la Guerra, en cuyo interior
estaban las fuerzas del Consejo casadista, pero fueron rechazados. Es entonces
cuando es llamado Mero, que fue el único que puso remedio al asunto
al ordenar que se presentaran en Madrid sus fieles de la XIV División,
a la que se unieron buena parte de la XXV y la XIII. Eran los anarcosindicalistas,
obedientes a su jefe militar y a sus ideales, que libraron una sangrienta
batalla contra los comunistas en el interior de Madrid hasta acabar con
ellos.
Cipriano Mera era
el dueño de Madrid, pero Casado no contaría con él
a la hora de negociar con los nacionalistas y con el apoyo de Besteiro,
le traicionó. Las condiciones de Mera para entregar la capital no
iban a ser cumplidas. Pese a intentar seguir luchando hasta el final, por
último, lúcido y honesto, dio orden a sus hombres de abandonaran
las líneas de combate y se dispersaran.
Se marchó a
Orán, en compañía de sus fieles Verardini, Del Valle
Liberino González y el comandante Luzón. En Orán fue
detenido, pasando tres años en un campo de concentración.
A su salida fue detenido por los gendarmes franceses, en febrero de 1942,
siendo entregado por el Gobierno de Vichy a las autoridades franquistas.
Después de poco más de un año, es condenado a muerte.
Las protestas internacionales alcanzan el nivel del clamor, habida cuenta
del prestigio y respeto que su trayectoria personal ha merecido. Por fin,
el 15 de diciembre de 1944 le fue conmutada la pena y tras un indulto en
1946 pasó a Francia, donde cogió de nuevo el palustre. Cuando
se le cayó de la mano, a los setenta y dos años, se convirtió
en un pensionista del Gobierno francés.
Murió en París,
a los setenta y ocho años el 24 de octubre de 1975. A su entierro
asistió una multitud enfervorecida y silenciosa. Lo presidía,
con Teresa, su fiel compañera y sus hijos, el Presidente de la República
en el exilio, algunos ministros, el Presidente de la Generalitat, y otras
muchas personalidades políticas.
Antes de morir, legó
el importe íntegro de los derechos de autor de sus Memorias al
Movimiento Libertario.
*Este artículo es un extracto del libro "Los Generales del Pueblo" de Cristóbal Zaragoza.