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Delvaux
Por otra primavera
¡Lo casuales que son todas las cosas! Y, por supuesto, también lo son las pasiones, que algunos enarbolan como estandartes íntimamente ligados a su identidad, como si fuesen suyas, como si las hubiesen elegido voluntariamente. Se arrebujan en la banderita que les ha tocado y dicen: "ale, mira que bien he elegido".
Tal vez de no haber sido por la casualidad, ni siquiera la primavera hubiese coincidido con internet. Acaso fue por causa de la primavera el nacimiento de esta página. La primavera es como un montón de pus en una herida: si no le das salida por algún lado te acabas envenenando, o te acaba reventando el artefacto en las manos. Así pues, puedo decir que esta página es el resultado de la primavera, que venía en 2000 bastante llena de pólvora suspendida en el aire. Se encendía un mechero y saltaban chispas en cuatro manzanas.
Artículos
varios
Se pueden enviar
artículos variados a brasshat@teleline.es
Tampoco conocía yo a Friedrich más que por su Viajero y, un día, revisando yo pinturas de Pieter Bruegel El Viejo en internet, asomó sigiloso el Árbol solitario. Entonces comencé a encontrar más cuadros del pintor y me gustaron. Y los almacené en el disco duro, hasta que, casualmente, coincidió internet con la primavera, y se obró el milagro.
Hoy, un año después de que esta página apareciese, he decidido darle el toque que le faltaba: éste mismo, unas cuantas líneas del autor del sitio para hacerlo un poco menos impersonal. Aunque, me da a mí que lo que pasa en realidad es que de nuevo ha vuelto a coincidir la primavera con internet, y por algún lado tengo que reventar, que, si no, me entretengo arrancándome pieles de los labios hasta que me sangran.
Dicen algunas niñas sensibles que Rusia es maravillosa porque en ella vive gente maravillosa, y que los cuadros de Friedrich son muy bonitos, porque aparecen arbolitos y cielos azules. Desde luego, son una monada. Por los menos son normales, como hay que ser. Por eso los he elegido.
Brasshat
23 de marzo de 2001
Sobre los árboles solitarios y retorcidos
Tras una marea insondable de casualidades, uno puede llegar a creer férreamente
que la primavera y los árboles tienen mucho en común. Es una posibilidad infinitesimal,
como nacer. Pero, cuando pasa, tampoco se tira uno de los pelos y dice, ¡me
ha tocao la lotería! ¡no me lo puedo creer! En buena parte eso pasa cuando
uno está rodeado por otros a quienes también les ha tocado.
De modo que, como sólo podemos ser aquello en lo que somos distintos de los otros, voy a hacer un poco de trampas y voy a sentirme orgulloso de que me guste Friedrich, de que odie la primavera (como los que odian los yates, porque no los pueden tener), y de que tenga un fijación un tanto extraña con los arbolitos retrocidos y monstruosos. Aunque todos esto lo sienta por casualidad y pudiera ser justamente al revés. Así que, como el casual quinqui que le mete un rayazo de lado a lado al Mercedes 600 del casual rico (lo odia porque no puede ser como él), me dedico a meterle rayazos a la primavera, y a tirarle piedras como un poseso.
Los árboles de la pintura de Friedrich son siempre retorcidos, espantosos. Son siempre esperpentos en medio de lugares gigantescos y solitarios, criaturas fantasmales atrapadas en un enorme hueco. Son seres subyugados a la Naturaleza, que existen involuntariamente, pero que, en fin, asumen su vida displicentemente, que es lo más terrorífico.
Ya hasta me da pereza ponerme ahora a explicar que es lo que me sugieren a mí los árboles.
Lo único para lo que quería añadir este texto era para introducir la idea de un árbol universal. Cuando uno se sale un poco de las veleidades cotidianas puede dedicarse a pensar en ideas universales que le ayuden a explicarlo todo. Y es como llevar una de esas mantitas con las que se obsesionan los niños pequeños y que, mientras van con ella, se sienten tranquilos. Seguro que es una tontería, pero ayuda. A lo mejor, que sean los árboles y no una mantita, es otra casulidad. Yo os aconsejo que busquéis algo: una mansión imaginaria, gigantesca, llena de arbotantes; una estación del año; los ríos que van a dar en la mar; una farola; una antena parabólica; un grifo; un chino de la suerte. ¡Si vale cualquier cosa! El truco es crearle mentalmente las relaciones suficientes con el mundo exterior, y después vale pa tó. ¿Que te petas con el coche?... piensas en el grifo; ¿que se muere tu perro?... acaricias el grifo; ¿qué te manda a la mierda tu chorbi?... pintas un grifo, óleo sobre lienzo, y reflexionas en lo mal que hiciste al poner a alguien por encima del grifo, a quien le importas mucho más... es, simplemente, cuestión de imaginar. A estas alturas es cuando se puede buscar al malo, que tiene que ser otra idea absoluta, por ejemplo, una parada de bus, un búfalo cafre, la primavera...
Se puede probar con una sábana roja y gualda. ¿De quién va? ¿De los buenos o de los malos?
Brasshat
21 de abril de 2001