Barca de Alborge

Busco la alegría de ese brazuelo de agua, revoltosa rúbrica de una pedrera limpia de ruinas venerables, que riñe con los niños en la rambla, huyendo de sus manitas enlodadas para ocultarse entre las peñas o hundirse en la arena, dejando su fina espuma por corola de un guijarro, por collar de un haz de juncos. O esa luminosa cabellera de las grutas, vivo cristal que convierte las estalactitas del fondo en relieves palpitantes.

Benjamín Jarnés (Codo, 1888 - Madrid, 1949)

 

Había allí un pobre tonto, Mauricio, siempre sentado en la arena, contemplando el vaivén del mar. Iba descalzo, vestido de andrajos. En invierno acudían a él todos los despojos de un pueblecito costero. De cada casa le arrojaban una prenda, que en verano se le iba cayendo hasta quedar medio desnudo. Le bastaba con un jirón de camisa, con un guiñapo de pantalón. Para comer, mendrugos. Sentado en la arena, veía llegar la espuma y se dejaba salpicar la cara, lamer los pies. La espuma le subía por las piernas, le ceñía la cintura. ¡Qué tibia el agua! Otros niños sólo tienen una muchacha, una madre que los lave. Mauricio tenía el mar: un mar ancho, rizado, ondulante. Verde, blanco y azul. Maravilloso mar, que cada mañana le traía un juguete. Otros niños sólo tienen un abuelo o una hermana que les compren juguetes; Mauricio tenía el mar, que un día le regaló un puño de bastón, otro día un zapato, otro un lindo caracol. Y puñados de conchas, y otros objetos que él no sabía nombrar, que a veces, le daban miedo. "¡Uh! ¡Uh!", gritaba entonces, adelantándose a recoger los juguetes, o huyendo de las cosas que le daban miedo. Porque una vez llegó un hombre destrozado... "¡Uh! ¡Uh!" Ése era el dialecto de Mauricio, porque no sabía hablar como los demás niños. Una tarde lo llevaron al colegio, y todos se le reían. El maestro le miraba muy triste. No lo llevaron más. Otros niños tienen libros, y acuden al colegio a aprender ciencia y travesuras. Mauricio sólo tenía el mar, que tampoco sabía leer, ni decirle nada. Rugía como Mauricio. Dulcemente, unos días; otros, con furia, según su humor. Mauricio rugía dulcemente, como cachorro hambriento. Era dócil, como la arena que se le hundía bajo los pies. Cuando le llamaban para darle pan, acudía muy alegre. Cuando le daban un cachete, lo recibía también riendo; apenas distinguía una caricia de un insulto. Le decían: "¡Ven aquí, idiota!", y acudía brincando de gozo. "¡Ven aquí, hijito!", y acudía también, alborozado. Recogía el pan, las manzanas o el golpe, y volvía a sentarse en la arena, a mirar el mar, a esperar nuevos juguetes. Cuando el mar se iba poniendo sombrío, cuando el agua se iba sorbiendo los colores lindos y sólo quedaba ya plomo y ceniza sobre la ondulante piel, y las olas empujaban al sol y todo el cielo se apagaba, Mauricio, se alejaba despacito, se hundía en las callejas del pueblo. Había allí una casita de mendigos, y en ella un montón de paja y unos guiñapos. Allí se tendía Mauricio, a esperar la mañana. No era aquello tan blando como la arena, pero Mauricio se dormía oyendo el bramido del mar, su camarada.

-¿Y la ondina?

Un domingo, bajaron los niños a la playa; y, tras ellos, en una lancha roja, se acercó una joven tostada por el sol, semidesnuda. "¡Mira, el idiota, Susana!" "¡Pobrecillo!" Y fue a acariciarle. Mauricio la miraba con sus grandes ojos, que nada decían, que apenas tenían dentro un poco de azul, un granito de sol. Ella le ofreció bombones. "Para ti, Mauricio. ¿Quieres jugar con nosotros?" "No sabe jugar a nada. Es tonto", decían los rapaces. "No importa. Se sentará conmigo. Le peinaré, porque va muy sucio". "¡Quiere ser su novia! ¡Susana quiere a un idiota!"Dibujo: Ester y Neida. Tercero de primaria. CEIP de Sástago Pero los niños siguieron jugando, olvidándose de Mauricio y de Susana. Se sentaron muy juntitos y ella le acarició la frente, le atusó la pelambre... Una tarde, Susana llevó a la playa su pastilla de jabón y un peine. Otra tarde, llevó su aguja y un carrete de hilo, y cosió a Mauricio la camisa y los rasguños del pantalón. Otro día, una gorrita azul. Y, siempre, bombones... Mauricio tenía ya dos amigos: Susana y el mar. La voz de Susana era muy dulce, como los bombones, y sus manos, finas, como de seda, como el musgo recién lavado de las rocas. Mauricio le tocaba el pelo rubio y las manos, embelesado... Pero algunas veces ella se despedía bruscamente, se hundía en su lancha roja, se borraba en el mar. "¡Adiós, adiós! ¡Te traeré queso y manzanas!" Y Mauricio, plantado en la arena, la veía marchar hacia un islote verde, que sirve de merendero a los turistas. Mauricio no podía ir allá; pero, a la vuelta, Susana le traía merienda: queso, frutas, algún trozo de embutido. Mauricio lo comía todo lentamente, sentado en la arena, mientras el mar se merendaba también muy despacito el sol, gran naranja encendida. Cuando terminaba la merienda, ya hacía frío, y el mar se enfurruñaba como todas las noches. Hay riñas entre él y las nubes. Todo se mezcla. Arriba y abajo, todo es ya mar, un mar borroso, sin colores verdes, azules y violetas. Un doble mar gris, ceniciento, negro, fosco, irritante. Mauricio le arrojaba los despojos del salchichón y de la fruta, y se alejaba sin volver la cabeza. Aquel amigo le fastidiaba ya un poco. Le traía juguetes muy sucios. Nunca bombones, como Susana. Desde entonces ya sólo quería a la muchacha forastera. Hasta que un domingo... Vinieron los muchachos, riendo, saltando, como siempre. Mauricio buscó entre ellos a Susana; pero Susana no venía. Esperó un poco... Miró con sus grandes ojos azules a los niños. No sabía preguntarles de otro modo. Pero los niños sólo sabían el idioma del colegio, no sabían el idioma del amor. Al fin, uno de ellos gritó: "¡Susana ya no viene! ¡Ni vendrá!" Mauricio sólo oyó una palabra, sólo vio un gesto de burla. No conocía los tiempos del verbo. "Viene... Vendrá...". Para él era lo mismo. Sólo oía: "¡Susana!... ¡Susana!... ". También un perrillo entiende el nombre de la niña que le tira de las orejas y le da trocitos de carne de membrillo o terrones de azúcar. Se sentó muy triste en la arena, frente a los rapaces. Pero, de pronto, le acometió una alegría... ¡Ya, ya se daba cuenta! Susana fue a merendar. Sólo que él no estaba allí cuando zarpó la lanchita. Susana estaba en el islote, y volvería a traerle salchichón, manzanas y un trozo de aquel pan tan sabroso que amasan los gnomos para los dientecillos blancos de Susana. Mauricio esperó. Ella volvería más tarde, al ponerse el sol. La traerían la sombras. Cuando Susana abandonaba el agua, el mar se quedaba siempre muy triste y muy frío, merendándose el último pedazo de sol rojo... Esperó, hasta muy  tarde. No había comido nada desde la mañana. Todos habían merendado, hasta el mar. Él esperaba el regreso de la lanchita color de sangre, donde retozaba la risa de Susana, donde se alzaban aquellas manos blancas brindándole fruta... No venía. Ya era de noche, muy de noche. El mar, león hambriento, rugía desesperadamente. ¿Por qué no se tragaba la fría rodaja de la luna? Pero ésa no le gusta. Ruge toda la noche, llamando al sol, siempre nuevo, siempre tan sabroso, tan caliente... Mauricio se cansó de esperar. Allí en el islote, Susana ¿no le habría olvidado? Y él tenía hambre. Habría que ir a buscarla. Vaciló un instante... Por fin se internó pausadamente en el mar, fue hundiéndose... Allí, en el islote, le aguardaba Susana, con su pastilla de jabón de olor, con sus bombones. Rectilíneo, iluminado, fue siguiendo su ruta, en brazos del mar, su viejo amigo, hacia la pequeña novia. Avanzó... Desapareció... Al día siguiente, las olas dejaron en la arena el último regalo de Susana: la gorrita azul de Mauricio.

(El profesor inútil. Benjamín Jarnés. Edición de Francisco Miguel Soguero. Institución Fernando El Católico. DPZ.)


 - Cuentos de ondinas - Proyecto Ondina - Leyenda francesaCartas al Ebro - Otros autores aragoneses -


   Huellas y horizontes    -   @ Lola Bielsa