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Tenía el alma femenina y el cuerpo de áspera caliza como el caracol o la margaritífera. Dionisio le llamaba Aragol, Petisme Mañoland y Cataluña La Franja de Ponent. En otro tiempo Aragonia, hoy Ara-gonía.
Siempre llegaba tarde al festín. La juventud emigraba, empujada por el cierzo, con las cigüeñas. Saboreaba el mar, se reconocía en la translucidez del alabastro desgranado en la playa y regresaba por Pascua como el salmón.
La rompida de Calanda o una jota fiera le golpeaba los sentidos, la responsabilidad de sentirse especie sin proteger le irritaba.
Se refugiaba en el trabajo,  el silencio monacal del desierto le ayudaba a pensar. El color de la luz del horizonte le inspiraba. El rencor jamás se había instalado en su estancia, según atestiguaban los libros de historia y su propio carácter. Se había ganado el sobrenombre de noble y lo llevaba con orgullo patrimonial, cuando le comparaban con las tribus vecinas de indiscutible identidad colectiva. En el fondo, como no padecía de envidia,  se sentía individuo y universal.
La idea de pertenecer a alguna manada la cuestionaba por experiencia propia, no siempre negativa. Había formado parte de multitud de catarsis: fiestas patronales, manifestaciones anti-trasvases... porque se nutría de su energía renovadora y amistades nuevas.  Su vida, aunque apadrinada por Saturno el Retardador, era cíclica y esperanzada. Las cuatro estaciones se suceden irremediablemente para todos, mortales e inmortales. Conocía mucha gente -mal llamada- solitaria con la que  a menudo se relacionaba. Gente soñadora, segura de sí misma y perla elaborada. Almejas de río nacaradas. Náyades de tranquila acequia.
Reservó alojamiento en la autopista de la información.  Necesitaba encontrar la Memoria de la Sal, aquella que tenía gran experiencia en atravesar el túnel que conducía al Jardín de las Delicias, antes de que -hace millones de años- Pangea se resquebrajara. 

 

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Midi:  De La Bullonera. Alberto Turón

Huellas y Horizontes