Jota Mayúscula

Mariano Baselga Ramírez

Todo el que sale a rondar
sale con dos intenciones:
a matar o a que lo maten
y a robar los corazones.
El Molinero y el chico del señor Agustín (el Manina)... ¡anda, anda!, y el Chorricos y Niceto el de la Sastra... ¡menudos chicarrones! ... y el hijo del tío Cubiletes y Melico el pequeño... Decididamente aquella noche están de ronda los chicos menos chicos del lugar. Y que rasgan recio a juzgar por los bordonazos de la guitarra y el sostenido chillar repiqueteado de requintos y guitarros. Sin guardar simetría perfecta, la agrupación resulta sumamente estética; hay mucho de artístico en la rondalla que pausadamente sube la calle Mayor, algo que se amolda maravillosamente a la luz y al ambiente, algo que compone, como los granos de un moscatel bien esporgado o las nacientes matas de trigo sembrado a voleo. Aquellas manos, cuyo fejudo roce pulimenta los mangos de azada, hieren con rasgueo poderoso el instrumento de mi tierra, y la vetusta jota al salir de las cuerdas parece que ríe y remoza con placer de abuela que ve a sus netezuelos silabear el relato de antiguallas que ella conserva y acecina, y la decrépita guitarra aceptando las rudas caricias de tales dedos parece decir gozosa al tocador: ¡Cuántos años hace que entré a servir en tu casa!

Una calle que, por lo tortuosa, parece dibujo de un pulso temblón, árabe en eso y en lo angosta, y que, por ser tuerto entre los ciegos, se llama la calle Mayor; anchos aleros que dan oscuridad al pavimento desigual y primitivo; en el fondo, un trozo de cielo muy bonito recortado por la figura de una torreta cuadrada, donde el gusto mudéjar hizo sus peculiares travesuras con ladrillos y azulejos; debajo, una plaza amplia y desahogada, verdadera estralica de mano en opinión de populares labios, porque es mercado público, juego de pelota, circo taurino y mentidero oficial, y dígaseme qué falta para un cuadrito de la tierra si no es una luna descarada y revisalsera que refleja en veletas y baldosas haciendo en las paredes de la iglesia mil y un juegos con los resaltes de la obra y en la calle con las grotescas exageraciones que a la figura humana imponen las sombras de la noche.

La verdad es que nada faltaba al sencillo clasicismo de la ronda. Al entrar en la calle Mayor, embalsamada por el tufillo del mosto que descansa en las bodegas, ladró un mastín, y luego otro y dos más aún; allá hacia el fin se oyó cantar un gallo y más cerca de los rondadores sonó un poderoso y sostenido relincho, demostración cariñosa de una bestia amiga en honra y gloria de alguno de los mozos, y seguidamente dejóse llegar distintamente una voz que cantaba dentro de la plaza y que indudablemente nacía en alguna otra cuadrilla allí parada:

Callecita de la Virgen
cuántas veces te he rondado
y las que te rondaré
si no me llevan soldado.

Casi casi cesó la música en la calle por la extrañeza de tal intrusión, mas la cosa no pasó de un inoportuno calderón y volvió a salir la jota de las vihuelas más animada aún y turbulenta, imagen y semejanza del molinero, director de aquel cotarro y un hombrón como un trinquete, que en cuanto estuvo a punto cantó con mucha pausa y mucho re pindoneo la obligada en tales casos:

En la plaza se oye gente
y en la plaza se ha de entrar
pena de la vida tiene
todo el que se vuelva atrás.

Dicho y hecho; la rondalla fue siguiendo su marcha pesada y majestuosa hacia el centro de la villa, cuando a los pocos pasos oyó a otro cantor de la plaza quien, con una vocecilla chillona y esmirriada que disculpaba su mote de el Poquico, cantó:

En la voz he conocido
al molinero que canta,
con el polvo de la harina
tiene mala la garganta.

–Tengamos la fiesta en paz –dijo en voz baja el aludido, y luego, animándose– : échala tú, Manina. –¿, Yo? Mal empleada canta para ese arguello del Poquico... En vista de cuya resistencia, el Niceto, un hombre casi maduro, soltó el chorro de su sobrada voz envuelto en la copla:

Esta noche rondan pollos
porque los gallos no están;
en cuanto salgan los gallos
los pollos se acostarán.

Pero aún no se habían repuesto las orejas del susto producido por la vozarrona del Niceto, cuando sonó dentro de la plaza esta otra canción dicha como sólo se dice en mi tierra cuando se echa la jota por alto:

Esta noche ha de salir
la ronda de los chavales
con una piedra en la mano
afilando los puñales.

–¡Arrea, arrea! –dijo uno de los de la calle– ; seguir hacia la plaza, que hay quien compra leña.
–Prudiencia y prudiencia –añadió sentenciosamente el Manina, uno de los gallos más alegres y bonachones del pueblo; y, como si sus palabras buscasen la conciliación, soltó la siguiente banderilla:

Salid, mozos, a rondar,
los de la guitarra nueva,
y sabréis qué gusto tienen
los palos de avellanera.

Y siguieron la marcha hasta unos veinte pasos antes de la plaza, en donde les dejó clavados la canta de los de adentro:

Si alguna cuadrilla viene
que a mi cuadrilla se atreva
uno a uno, dos a dos
tres a tres o como sea.

–Vaya, esto es ya desafiar, ¿verdá? –preguntó Chorricos.
– Prudiencia, prudiencia y prudiencia, que más vale aguantar una miaja que no... ecétera, ¿verdá Niceto? –preguntó Manina.
– Lo que yo digo (habló Niceto), que esto... parará en una cosa u otra –y ya casi junto a la iglesia soltó la voz:

Si llegamos a la plaza
donde se corren los toros,
para unos serán las risas,
para otros serán los lloros.

Y sin terminar la tornada de rigor en nuestro canto popular, en cuyas coplas se vuelve al primer verso después de repetido el último, sonó en la plaza el siguiente incisivo cantar:

Esta noche ha de llover
que esté raso, que esté nublo,
y he de romper la vihuela
en las costillas de alguno.

Los de la calle Mayor penetraron en la plaza. En ella esperaba la otra ronda parada al pie del recto mallo que ocupaba el centro geométrico del recinto y allá se dirigió la primera con reposados ademanes de alta comedia, y allá bien junto a los chavales fue donde el Melico disparó esta bomba:

Hay hombres en este mundo
que se tienen por muy hombres
y entre gallos son gallinas
y entre gallinas capones.

Tampoco esta vez fue posible oír la tornada. Un diluvio de palos, bofetadas e improperios hizo sus veces, porque ambas rondas se convirtieron en un solo pelotón, montón diría mejor, del que salían voces, manos airadas y chirimbolos de mil clases que la semioscuridad mentía haciendo horrísono y casi macabro el espectáculo. Las guitarras, heridas de muerte por su violento choque contra las cabezas, lanzaban su postrer gemido en forma indefinible, mezcla del ¡ay! melodioso del enfermo y del ronquido fatal del expirante. A docenas los insultos, a cientos los ayes, a pares las frases prohibidas por los misioneros; y por el suelo fajas rotas, clavijas y borlones de guitarra, tal cual navaja y... el alcalde con el secretario poniendo fin a la gresca sin otro recurso que su venerable y respetada presencia. Cuando, diez minutos después, era conducido a la botica el bueno de Niceto en hombros de dos rondadores, decía entre quejido y quejido a sus acompañantes:

-Ya dije yo que esto iba a parar en una cosa u otra.

 

Mariano Baselga Ramírez (Zaragoza, 1865-1938). Abogado y doctor en Filosofía y Letras, fue desde l891 a 1902 profesor auxiliar de la Universidad de Zaragoza, a la que se había incorporado para susti tuir al rector Hernández Fajarnés. Simultaneó la literatura con el mundo de las finanzas, y llegó a ser director del Banco de Crédito de Zaragoza – la entidad financiera más antigua de la ciudad, fundada en 1845 por Juan Francisco Bruil entre otros – y presidente de la Cámara de Comercio. En 1892 publicó Cartas a Luisa (un manojo de cartas de amor dirigidas a la que habría de ser su primera mujer, Luisa Jordán González) y Memoria histórico-descriptiva sobre la Catedral de Santo Domingo en la antigua Isla Española; y en 1896, El Cancionero Catalán de la Universidad de Zaragoza, obra premiada en los Juegos Florales zaragozanos de 1895. Cultivó el costumbrismo aragonés, al que dedicó dos títulos: Desde el cabezo cortado (1893) y Cuentos de la era (1897). Ocho años después de su muerte, la Institución Fernando el Católico publicó unos Cuentos aragoneses, precedidos de un excelente prólogo biográfico de Juan Moneva y Puyol, donde se recogen los dos libros mencionados, así como ocho cuentos más agrupados bajo el epígrafe Por los ribazos, aparecidos entre 1896 y 1898. El cuento aquí elegido pertenece a la primera de las colecciones mencionadas.


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