De la belleza y su hielo Bettina Geisselmann consigue en su obra un juego entre forma y contenido que ella sitúa cerca del filósofo Vilem Flusser (Dinge und Undinge, 1993) pero la suya no es otra que la lucha entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Forma y contenido, o mejor placer y medida. "Bueno es saber que los vasos/ nos sirven para beber;/ lo malo es que no sabemos/ para qué sirve la sed", canta con Antonio Machado. Como todo arte surgido de la pasión, del juego de los contrarios, de la ambiguedad. Sus botellas no son lo que parecen, esconden mucho más. Son un laberinto de espejos: el hielo rojo y la sensualidad.
Hay un erotismo en sus imágenes, una forma de preguntar. Un atardecer en un mundo hecho a la medida del creador. Como huellas de lo que fué. Como un esqueleto del alma. Nosotros fuimos y nos reconocemos en la arquitectura de nuestras pasiones, de nuestras dudas. Hay algo mágico en ello. Hay también algo terrible. Es la belleza una extraña sombra en la memoria. El paraíso estaba ahí.
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