Es un cuadro que se enmarca dentro de un contexto de pintura "naif" que estaba desarrollando durante estos años, en ese sentido se emparenta con Paisaje con un asno, esa sensación proviene de la singularidad con la que se ha pintado cada motivo y el deseo de mostrar las partes o elementos fundamentales de cada uno de ellos. Para ello altera la disposición convencional de figuras y objetos: hace desaparecer la pared del establo para dejar ver aquello que hay dentro, muestra las raíces de los árboles, varía las perspectivas de los objetos de forma que unos aparecen de frente, otros de perfil como la regadera y el cubo, o la escalera y los pájaros que hay sobre ella dentro del establo. Los objetos están represeantados con claridad, precisión y nitidez imprimiéndoles solidez onírica. Este es el elemento específico de Miró y su obra y que le diferencia de los demás Surrealista, en él es el sueño el que da solidez material a los motivos, nos permite ver su verdad y consistencia a través de su singularidad.
Esta obra además evidencia que la leyenda sobre la torpeza de Miró a la hora de dibujar es falsa y queda claramente desmentida.
También muestra un elemento que es constante en su obra, la preocupación por la naturaleza, un sentimiento cósmico que huye de lo grandioso y sublime para refugiarse en lo auténtico y humilde, la unión con la naturaleza a través de las pequeñas cosas.